Pinos de Anchorena

El historial

Publicado por el 26/04/2017

A esa hora de la tarde los rayos del sol barrían la mitad del living. Había dejado de llover después de un rato largo. Encendí la computadora y caminé hasta el borde de la ventana, buscando el aire fresco de un día que se reinauguraba. Las nubes se evaporaron rápidamente. Tenía que terminar un encargo de mi jefe, un trabajo de hormiga que me dejaría los ojos y los nervios destrozados. Sin dudas pasaría la noche en vela. Dormí la siesta para juntar energía. Iba a necesitarla. Comprobé que hubiese suficiente café. Mientras tanto la pantalla de la puta máquina se veía negra, sin señales. Tendría que resetearla hasta que se le acomodaran los patitos. Tras las cortinas, la vecina de enfrente me observaba pasear en bolas por el departamento. Quizá se esté tocando esa vieja chota. Quién sabe.

¿Qué marca es esta? Mamadera, dónde pude comprar un café tan ordinario. Tengo que sentarme a trabajar. Mi jefe se va  poner como loco si no termino a tiempo. Es un campeón para romper las pelotas, especialmente si no tiene nada que hacer. Maldigo el día en que me eligió de mano derecha, qué me habrá visto. Ahora no tengo respiro, el sueldo es más jugoso, sí, pero eso no le da derecho a llamarme a cualquier hora. Y por Dios que he estado al filo de preguntarle si no tiene mujer o pastillas para dormir, o la puta conciencia de una persona medianamente normal. Este café es un asco. Veamos si la compu agarró viaje. Nada. ¿Qué carajo le pasa? Es raro. Uy, la concha de la lora, me olvidé de ir a buscar a Juli, qué animal. Ahora voy a tener una discusión con mi ex, y ninguna excusa. Me cago en mí, la puta que me parió…Llamarla…tengo que llamarla ya mismo.

¾Hola, Ernestina ¾al otro lado de la línea un silencio tenso. Después su voz.

¾Escuchame pedazo de forro, dónde tenés la cabeza. Julieta estaba llorando a mares, la encontré solita esperándote en el jardín, y vos, vos…

¾Uy, disculpame, estoy hasta las bolas con un trabajo y te juro que… ¾no alcancé a terminar la frase.

¾Te va a llamar mi abogado, ¿entendés? Esta es la última vez que haces algo así.

¾Pero… ¾cortó.

Después de caminar como un loco por el departamento y cabecear la puerta del baño hasta abrirme un tajo en la frente, me tapo la herida con papel higiénico y espero un rato mirándome al espejo sin encontrar más que la mirada de un idiota crónico.

Teléfono. Debe ser ella de vuelta. Atiendo con el alma en el piso.

¾Hola…¿Ernestina?

¾Yo no tengo voz de Ernestina, pillín ¾es mi jefe y tiene tonito de apurado.

¾Eh…eh… Ernestina es mi ex mujer jefe.

¾-Ah, no sabía que te entretenías hablando con ella mientras yo te imaginaba adelantando algo de nuestro trabajo ¾daban ganas de golpearlo cuando usaba el plural¾. Me acaban de llamar del buffet de abogados de Irurzún y quieren que eso esté terminado para mañana sí o sí.

¾Eh, sí, claro. Estaba en eso.

¾Mmm…no se nota mucho.

¾Es que…

¾Recordá lo que te digo siempre, más vale morir que claudicar, eh.

¾Sí jefe, no se haga problema. Llegaré a tiempo, pierda cuidado.

¾Así me gusta. Que descanses.

El muy hijo de puta me toma el pelo deseándome un buen descanso. Y otra vez está la vecina chusma de enfrente mirando para acá. Porque no le decís a tu maridito que te atienda como corresponde… ¡chota! No sé para qué me gasto si no puede escucharme. Ajá, ahora cierra las cortinas.

El cielo se está oscureciendo. Refucilos. Va a llover a cántaros de nuevo, será posible. Uy, la ropa que colgué en la terraza hace un ratito ¡No! Tarde. Se largó a morir la concha de la lora. Ya fue, que se moje y ojalá venga un viento y se lleve puesto todo, empezando por la conchuda de la vecina. Mejor me pongo a trabajar. Acatá…al fin se prendió esta máquina del orto. ¿Y este cartel? Ah, es para borrar el historial. A ver… Mmm, esto es medio raro, a ver qué dice acá. ¿Borrar datos de tu vida? ¿Eh? ¿De dónde salió esto? ¿Un hacker? ¿Se me cagó la compu? A ver…apretemos acá a ver qué pasa. Dice…eliminar los siguientes elementos… mmm…El principio… a ver qué más… Última hora, Último día, La semana pasada, Las últimas semanas, El origen de los tiempos. ¿El origen de los tiempos? ¿De qué? ¿De mi vida? La puta madre. Esto es una joda o estoy tan limado que veo cualquier cosa. Probemos. ¿A ver qué pasa si aprieto eliminar última hora? Listo. Ahora a llamar a Ernestina.

 

¾¿Hola Ernestina?

¾Hola, cómo estás. Sí, decime.

¾No, nada. Lo del abogado que dijiste…

¾¿Abogado? ¿De qué hablas?

¾Eh, nada. Todo bien. ¿Y Juli?

¾Acá está, te manda un beso.

¾Ah, ok, sí, sí, mandale un beso. Nos vemos.

¾¿Vos estás bien?

¾Sí, sí, sí…bueno, nos vemos.

¾Chau.

 

La puta que lo parió, la puta que lo parió. Y ahora qué hago. Será una casualidad, habré soñado lo de mi hija y en realidad fui a buscarla. Pero eso no pasó, estoy seguro. Me estaré volviendo loco entonces. Es eso, debo haber sufrido un stress agudo por culpa del boludo de mi jefe y no tengo registro de lo que hice. A ver… en esta semana murió mi perro. Si aprieto borrar lo de hace una semana, Batuque debería…digo… él también es parte de mi vida…entonces debería…

Dios mío, qué estoy diciendo. En qué clase de nabo me he convertido, pero…y si fuera así. Veamos… La semana pasada… borrar… listo. Y ahora qué.  ¿Esperar? ¿Y ese ruido? Están rascando la puerta de entrada. El único que hace eso es…ay, la concha de la lora, esto es una joda. Na, na naaaa. Debe ser el perro del vecino o un ruido adentro de mi cabeza. Cómo es que se llamaba eso. Acúfenos, eso es. Tengo el oído atrofiado y… pero la puta madre, ese es el ladrido de Batuque. Dios, qué hago ahora… ¿abro o no abro? Es mi perro, pero en teoría está muerto. O sea que yo podría revivir todo lo que pasó en esta última semana. O lo que es peor, eso ya ha revivido, pero bajo qué formas, qué clase de cosa es la que ha vuelto. No quiero averiguarlo. Y encima este puto trabajo sin terminar, qué me importa. A no ser que… que haya empezado a vivir de nuevo la semana pasada y esto todavía no haya ocurrido. Es decir, yo no estaría acá en este momento y sin embargo soy consciente de que ha cambiado la lógica del tiempo vaya a saber por qué motivo, y de dónde es que salió este…¿poder?, y qué tengo que ver yo, por qué me ha tocado a mí. Un segundo, esto quiere decir que el presidente todavía no ha muerto. No no no no no. Es imposible. La tele. A ver. El presidente volará a Italia la semana próxima. Eso ya ocurrió. Estoy viviendo en la semana anterior. El ladrido de mi perro es extraño, suena apagado, como una cosa que se está quedando sin pilas. Un segundo… es el mismo sonido de cuando lo llevé a sacrificar. La puta madre, qué carajo hago. Tengo dos alternativas. Salvar la vida del presidente o… qué carajo me importa el presidente. ¿Qué es más importante? Acaso nunca pensé en terminar con todo, aquella estupidez de que los seres humanos tendrían que poder desenchufarse, apelar a una eutanasia limpia, sin dolor, sin contratiempos dramáticos, no es algo que he pensado siempre, en joda y en serio. Ahora tengo la oportunidad, y a un solo click. Mi vida no es algo de lo que pueda vanagloriarme, eso lo sé. Además me la paso metiendo la pata, estoy seguro de que mi hija estaría mejor si yo no existiese, mi trabajo es un asco, hasta mis vecinos parecen mirarme con desprecio, soy un idiota a tiempo completo, o peor, una basurita en la vida de los demás. A ver…si ocurre lo que pienso, todo desaparecería, chau dolor y nos vemos en Disney. Ma sí…El origen de los tiempos. Eso es. Acá voy…click.

La monja

Publicado por el 30/03/2017

La vi venir entre las hojas que levantaba un viento repentino en medio de la tarde. Era una mujer muy entrada en años, con la decrepitud a cuestas, esa horrenda máscara del final, aviso de la antítesis de la belleza de la vida, que no es mero esteticismo, sino vigor. Amagué a cruzar para darle una mano, se la veía tambalear en la vereda despareja, y el incordioso lienzo blanco que le cubría la cabeza le flagelaba la cara y le obstruía la visión. Se va a ir al piso en cualquier momento, me dije. Pero no. Resistió, lo hizo bien, arrugando la cara, con paso titubeante, hasta detenerse en la esquina. La vestimenta, si bien liviana, era a la vez una traición a punto de cometerse. Por eso se levantaba la falda con las manos. Y ahí estaba, como si fuera a tomar vuelo y aterrizar al otro lado de la calle. Yo me bajé del auto para asistirla, sentía que no podría lograrlo sin ayuda. La desolación del domingo convertía a la tarde en un desierto. Decidí acercarme y tomar a la monja del antebrazo.

-Buenas tardes -dije.

-Sabía que Dios enviaría a un ángel para socorrerme –sonó graciosa.

-No soy necesariamente un ángel, señora. Eh, disculpe -temía quebrar algún tipo de reverencia cristiana-, no sé cómo llamarla.

-Si bien no soy señora de nadie, podría tomarlo como un cumplido y aceptar que estoy casada con Dios.

-Yo solo quería ayudarla a cruzar. Y mejor me callo, no vaya a ser que malinterprete mis palabras.

-Eso no sería posible. Para mí la única palabra y verbo es Dios. La vida es movimiento y en un sentido más estricto, acción. Y si estás acá tomándome del brazo, quiere decir que tu corazón está a salvo más allá de tus palabras. Ni la falta de tiempo, ni la vergüenza, ni el no te metas, han sido más fuertes que tu solidaridad.

Empezaba a sentirme un héroe con muy poco. Pero en el resto de los días, ¿cuánto dedicaba yo a los demás? No me refiero a ver pasar la pobreza por la tele y levantar las cejas y abrir la boca para pronunciar: qué barbaridad, che. Sino a la realidad que tira de tus narices con solo asomarte a la ventana de tu casa a la hora de las primeras sombras. Esa legión de la miseria que no tiene consuelo ni solución. Pero por qué se me venían a la cabeza.

-Sé lo que pensás-aseguró mientras cruzábamos.

-¿Eh? -me quedé mudo-. ¿En qué sentido me lo dice? ¿Por los cartoneros? -estaba desconcertado y sorprendido. Leía mi mente. ¿Cómo?

-Es más que eso. He visto que algo ocurre cuando me ayudan como lo estás haciendo vos. Es como si la gente se humanizara de repente y viera la miseria y el sufrimiento, no como una película, sino como una trama que no da lo mismo, ni para el gran director, ni para los protagonistas -no me atreví a preguntarle si el desfile de la pobreza había atravesado su mente.

Al llegar a la otra vereda no pude soltarla, mi mano se aferraba con fuerza. Miré alrededor. Nadie. Ningún comercio abierto, ni autos, ni siquiera un perro hurgando en la basura. Tampoco basura. Solo un espacio deshabitado. Las viviendas parecían la muestra dudosa de una barriada clandestina. Al levantar la vista quedé enceguecido por un resplandor.

-Ya que estoy la acompaño, si no es molestia. Espero que el convento no quede tan lejos como para hacerme cambiar de opinión -reí con gusto, percibía en ella un sentido sutil de la ironía sin el cual es imposible concebir a Dios.

-El camino se mide por los hechos, hijo, no por la distancia recorrida -se me fueron las ganas de seguir con los chistes-. Lo último depende del Creador. Me queda poco tiempo. Vaya a saber si podrás ayudarme de nuevo a cruzar una calle -noté que sonreía bajando la cabeza. Me devolvía el golpe con la única verdad revelada desde el principio de los tiempos: todos partiremos.

-Ahora sí que no voy a soltarla hasta llegar al convento.

-Sos un muchacho fuerte, puedo sentirlo en tus manos. Eso no dura para siempre. Yo también me creí inmortal, y justo el día que pensé que podía con todo, vi extinguirse a mis seres queridos, asumí la brevedad, la fragilidad de la carne, lo impredecible, aquello que acecha.

-¿Usted dice que la muerte es la gran maestra?

-Todo lo contrario. Digo que la vida, los ojos con los que debe verse la vida, es un llamado de la conciencia, un tesoro que jamás hay que dilapidar en vano, ni por orgullo ni por desgano. Parte del significado está en advertir que el tiempo no es un regalo sino una oportunidad. Dios lo administra, nosotros tenemos que justificarlo, y la recompensa es la felicidad de los que nos rodean.

-¿O sea que no se puede ser feliz sin mirar alrededor?

-¿Acaso se puede ser feliz en soledad, sin dar, mientras nos interpela el sufrimiento ajeno?

-Creo que no. Pero también es cierto que si uno no alcanza la felicidad, no podrá hacer felices a los demás ¿No le parece?

-En parte. La felicidad es un acontecimiento mutuo, recíproco. Me refiero a que tampoco se es feliz con solo creer en Dios. Eso no alcanza. Puede ser una ofrenda válida, quizás ayude a interpretar el mundo de otra forma, pero la fe es un hecho más amplio, generoso, compasivo. Es una fórmula sencilla y por eso la más complicada. Pero ver al prójimo implica también dejar de verse a uno mismo, y hay suficiente egoísmo en el mundo como para desmoralizar a cualquiera. Vivimos en un ensayo a medias en vez de ser parte de la gran obra.

Si bien la marcha era lenta, las cuadras se expresaban en distancias imposibles. Una suerte de vía crucis en el que me invadió la culpa. Tras caminar un trecho prolongado, de perder el rumbo absorto en la reflexión, empecé a intuir que no nos dirigíamos a ningún lugar en especial.

-Y ¿cuánto falta para llegar al convento?

-Lo que haga falta –su voz fue seca.

-¿Eso significa que usted no es una monja?

-¿Y vos sos lo que decís ser?

-A qué se refiere.

-A que la mayoría de la gente vive en una continua transición y nunca se decide a ser algo definitivo. De ahí el problema.

-Pero no cambiar es un pecado, si me permite la metáfora.

-Quien se la pasa mudando de piel, acaso está conforme consigo mismo.

-Creo que no. Pero tampoco creo que ser una sola y misma cosa traiga más que monotonía, iguales resultados.

-Vos hablás de las acciones físicas y yo hablo del ir y venir espiritual. Las últimas hacen a las primeras, les dan sentido. No por nada dejé que me tomaras del brazo.

-¿Cómo que dejó que la tomara del brazo? –había en la monja una presencia creciente, quizás dos presencias, todas las presencias, y a la vez una única presencia.

-Sé adónde ibas, lo que pensabas hacer.

-No, no lo sabe. No es posible.

-A mi edad yo no camino por cualquier lugar, menos un domingo. Y hablando de eso, me siento cansada por falta de costumbre. Por suerte hemos llegado –se detuvo en un solo movimiento.

-¿Es acá? Esto no parece un convento.

-Vos tampoco parecés un hombre tonto. Y sí, es acá. Ya podés marcharte. Muchas gracias.

Me retiré con un saludo breve y una reverencia casi imperceptible. Que Dios te bendiga, me dijo. Al soltarla una fuerza benévola me abarcó por completo. El desastre al que había llegado mi vida tuvo de pronto una esperanza. Por delante me quedaba una familia pendiendo de un hilo, pensamientos rotos, la ponzoña que solo puede curar la cordura. Me di vuelta para ver cuál era el sitio exacto de la orden religiosa y no vi nada. Entre densos nubarrones bajos se filtró un resplandor tenue, la certeza de que el sol seguía estando ahí a pesar de todo.

La caja de fotos

Publicado por el 07/03/2017

Serían las doce de la noche cuando escuché el timbre. Nadie recibe visitas a tan altas horas y sin avisar, a no ser que haya que comunicar una desgracia. Era raro. Hacía medio año que tenía nuevo domicilio. Casi nadie podía saber dónde ponía a descansar mi cuerpo noche tras noche. Esperé unos segundos antes de atender el portero. Tenía que asegurarme de que no fuera una de las típicas confusiones de departamento, o una broma tonta de adolescentes aburridos. Sonaron seis timbrazos más. Antes de atender respiré profundo. No se sabe cuándo es que llegarán las malas noticias, pero mi intuición me decía que se trataba de otra cosa.

¾¿Hola? ¾dije. El tono de mi voz escapó en un susurro¾. Hable, quién es ¾siguió un silencio de un segundo y luego, el sonido de un suave llanto lejano.

¾Soy yo ¾escuché.

Identifiqué enseguida su voz y una especie de susto reminiscente me tomó el pecho. Qué decirle, que no era hora, que estaba cansado, que qué hacía acá…Ninguna de las respuestas era la indicada, y menos después de cinco años compartidos durmiendo en la misma cama, armando un futuro que se cayó a pedazos con el tiempo.

Me quedé estupefacto, en silencio, pensando. Pero no en algo concreto, sino repasando a medias todas las opciones, como si estuviera delante de un tren que marcha a gran velocidad, observando personas a través de las ventanillas sin poder identificarlas en sus rasgos íntimos. Así que dije lo primero que se me vino a la cabeza.

¾Ernestina…yo…yo no puedo…no podemos vernos. Ya lo hemos hablado.

¾¿Y ni siquiera vas a bajar a abrirme? ¾la voz sonó suplicante pero yo advertía el engaño enmascarado detrás de la dulzura. Ya había pasado por todo eso y los recuerdos todavía estaban frescos. Pero cómo negarme.

¾Pasá ¾dije, y pulsé el botón para que atravesara la puerta del hall del edificio, entendiendo que lo que acababa de hacer me devolvía a un tiempo que creía haber dejado atrás.

Nos acomodamos en la mesa del living. Entre las manos traía una caja mediana de color blanco.

¾Bueno ¾dijo, bajando la cabeza y abriendo la caja sobre la mesa¾. Yo no podía quedarme sola con esto. Tampoco me daba para tirarla. Creo que es algo que nos pertenece a ambos ¾adentro estaban las fotos de nuestra historia, una secuencia inmóvil que sin embargo no era el reflejo exacto de lo que habíamos vivido juntos. No dije una sola palabra.

¾Acá estábamos en Mendoza, ¿te acordás? Creo que fue nuestro viaje más bonito. No sé. Hemos ido a lugares donde la hemos pasado mejor, más impactantes, incluso en otras épocas en las que estábamos mejor de plata, pero en ninguno se repitió la ¿magia?, ¿puedo llamarlo así?, de lo que vivimos juntos, ahí, mientras contábamos los pesos para ver qué excursión dejábamos afuera ¾se rio con la naturalidad y la hermosura que supo desarmarme en otros tiempos.

¾No hagas eso ¾la amonesté con la ternura con que solía decirle que no tenía derecho a ser tan… ¿perfecta?

¾Y esta, mirá esta ¾mostró una foto en la que yo me abalanzaba sobre ella, mientras una de sus amigas congelaba el instante. Por demás graciosa, pues el cabello no alcanzó a taparle el asombro, y le quedó una expresión rarísima e inolvidable. Y yo parecía un salvaje domando un animal arisco. No pude aguantar la risa. La fotografía era demasiado cómica.

¾Bueno, pero a cuento de qué viene todo esto ¾repliqué¾. Esas fotos son parte del pasado. Y no quiero ponerme nervioso al admitir que tal vez fuiste la persona más importante en mi vida, pero también sé que nuestra forma de ser nos llevará derechito al fracaso.

¾Vos querés decir que somos algo así como el Titanic, que tarde o temprano vamos a…

¾Sí, y ni siquiera importa si hay botes salvavidas o si tomamos otras rutas para evitar el desastre. No sé cómo explicarlo, pero es como tener la facultad de poder adelantar el tiempo.

¾Ah, ahora te convertiste en una especie de adivino con el diario del lunes ¾comenzaba a azotarme la delicia de su sarcasmo¾. Ya pasaron seis meses, tres días y catorce horas ¾entendí que la cosa se ponía pesada.

Ella era una versión femenina de Florentino Ariza. Y yo un Di Caprio de segunda clase, a punto de soltarme de la tabla, rogando por la piedad helada de las aguas del desengaño. ¿Qué pretendía? ¿Corregir el presente a fuerza de una nostalgia fotográfica? ¿Eso era todo? ¿Por qué entonces flotaba entre ambos una sensualidad inquietante que hacia hormiguear el cuerpo?

El día que me fui o que me echó, no lo recuerdo bien, tampoco tiene tanta importancia, nos juramos entre gritos y cara a cara, amén de los malos tratos y el nivel de exaltación, que nunca volveríamos a dirigirnos la palabra, ni a buscarnos.

¾Bueno, pero mirá esta otra foto ¾dijo sin acusar recibo¾. Acá vos tenés el pelo un poquito largo y…

¾Basta, esto no nos va a llevar a ningún lado. Los dos sabemos que esto es un disparate ¾fue un impulso de autoritarismo tajante¾. ¿Qué viniste a buscar?

¾A vos ¾lo dijo mirándome fijo a los ojos. Me quedé mudo. Tomé la fotografía y observé a un tipo distinto, que por aquel entonces creía en algo, ya no el que hasta hacía unos instantes se encerraba detrás de una muralla para sanar las heridas. Pero se ve que el destino se encapricha y decide venir a tocarme timbre a las doce de la noche, a preguntarme si estoy seguro de que no vale la pena defender una historia de amor. Y la verdad es que jamás he estado seguro de nada. O como dicen los filósofos: si todo puede ser diferente, entonces nada es seguro. La frase me ha consolado en los fracasos. Quien sabe, quizás nadie pueda sujetar con firmeza las riendas de su vida, y menos si la comparte con otra persona. Así que jugarse entero por mantener algo tan volátil como una relación de pareja, quizás sea un acto de arrojo desproporcionado en tanto no se sepa exactamente qué es lo que hay que hacer para que funcione.

¾No te quedes así callado. Me metí el orgullo donde ya sabés para venir hasta acá a esta hora de la noche ¾la noté desarmada, real, dueña de la convicción necesaria para mover una montaña.

¾Es que…¾la fotografía temblaba en mi mano¾…es que yo debería volver a ser el tipo este del pelo largo ¾agité la foto¾, y no estoy seguro de que todavía sea una parte de mí ¾la vi levantarse con aire soberbio.

¾-Yo voy a salir por esa puerta –la señaló con ganas, como si en vez de una simple puerta fuese un portal a otra dimensión de lo nuestro¾-, y lo voy a hacer con la caja de fotos o sin ella, vos decidís si lo que está acá adentro tiene todavía alguna razón de ser. Yo ya puse lo mío, espero escuchar tu respuesta.

Cerré los ojos un instante y pensé que siempre me ha resultado odiosa la posibilidad de elegir entre dos problemas, o bien, entre dos grandes soluciones. Recordé las sabias palabras de mi madre: “hijo, la vida siempre te va a poner ante una disyuntiva”. La frase era exacta para casi todo momento importante de la vida, pero la respuesta tenía que dársela uno mismo.

¾-Ma sí   ¾- dije  ¾-, que sea lo que Dios quiera.

¾-¿Eso es un sí?   ¾-preguntó.

¾-Digamos que es un más o menos. ¿Alcanza?

¾-No tengo ni idea   ¾-respondió lagrimeando.

¾-Pues… es lo que hay.

¾-Eso no es cierto. Tenemos un más o menos y esta bonita caja blanca llena de fotos.

Volver al barrio

Publicado por el 07/02/2017

Llegué a mi viejo barrio buscando un repuesto para el auto. Un negocio que trabajaba a precios bajísimos, lo convertía en una fija cada vez que las máquinas empezaban a descomponerse. Una ráfaga interior de las que desata la nostalgia me causó una excitación inesperada. El tiempo había volado, depositándome en otra vida donde no podía pensar hacia atrás. Y ahora la casualidad me instalaba de nuevo en una parte de mi vida, en mi querido barrio de juventud. Es que suele pensarse, como cuando cambiamos de trabajo y juramos volver a encontrarnos, que se volverá naturalmente a los lugares que recordamos con cariño, y sin embargo casi nunca es así. Entonces lo que parecía un despegue momentáneo, termina siendo el barrio al que nunca volviste. Pero ahí andaba yo de vuelta, buscando una pieza del motor para no quedarme a gamba.

—Búscate una cosa igualita a esta—me ordenó el mecánico.

—Y dónde —contesté.

—Hay una casa de repuestos en un viejo barrio al norte de la ciudad. Mandate ahí — me anotó la dirección mientras se secaba el sudor de la frente con el antebrazo.

Reconocí el barrio. Claro. Era mi antiguo barrio. Allí había pasado unos buenos años, de pobreza franciscana pero feliz al fin, ya que es más fácil encontrarse a gusto haciendo las cosas bien que teniendo los bolsillos llenos de dinero. Y yo sentía que era eso lo que estaba haciendo en aquel entonces.

El sol estaba alto y yo andaba contento de haber podido conseguir mi repuesto. El auto era una herramienta fundamental desde mi ascenso en el trabajo. Pero no tenía la seguridad de que hubiera salido beneficiado, pues me faltaba tiempo para todo, incluso para ver a mi hijo con la frecuencia deseada. Era como si la evolución y el éxito, la realización personal, se tirara de los pelos con las cuestiones elementales, especialmente las afectivas. Consumía mucho tiempo llegar a ser alguien en el trabajo, y habiéndolo alcanzado, la justificación parecía discutible y absurda.

El modo en que el barrio me abrazó, recaló en mí no como si las cosas fuesen cosas, sino como si las cosas excedieran la mera atribución estética del paisaje. La gente me observaba con la insólita admiración que se le profesa a la gente importante, como en esos pueblos del interior donde se alcanza el grado de celebridad con solo provenir de la gran ciudad. Y en este barrio ocurría algo parecido. De modo que manejé unas cuadras bajo el influjo de ese apego cordial aunque exagerado.

No podía demorarme. El tiempo era una voz despótica. Mi trabajo, las obligaciones, la locura que insumía quedar a mano con mi ascenso, transformaron lo cotidiano en un collar de ahorque.  Tenía muchas cosas que resolver. Pero el azar me había puesto a reflexionar, y de pronto sentí que me rebelaba contra mi nuevo status, mi lugar en el mundo. ¿Acaso no extrañaba vivir en aquel barrio, en la casita que alquilaba a la pareja de ancianos? Y qué había con ellos, como podía yo andar por ahí y no pasar a saludarlos. Tal vez se tratara solo de eso, de aprovechar aquella vuelta casual para saldar  anhelos pendientes, un saludo sencillo y seguir con lo de uno.

Así que por un instante volví a ser aquel muchacho buscavidas que luchaba por el mango, que todavía desconocía el amor y que nada sabía de la existencia del hijo que debía a pasar a buscar de un momento a otro por el colegio. Todo había cambiado, pero el barrio no. Ahí estaban sus veredas desparejas que podría recorrer con los ojos cerrados. El almacén del viejo Braulio, siempre pegado del otro lado de la reja, multiplicando nuestro sentido de la libertad. Incluso la higuera que crecía en el patio del fondo, y hasta el aroma del lugar, que como el olor que identifica a las personas, era capaz de caracterizar el exacto momento en que se entraba al barrio.

Seguí deslizándome con lentitud, deteniendo la vista en la calidez de esas casitas bajas sobre las que se derramaba el sol iracundo del mediodía. Y como los caballos que vuelven sin necesitar de la guía del jinete, mi auto desembocó en la cuadra donde supe vivir. El corazón me dio un vuelco y retrocedí hasta aquellos años, motivado además por una realidad calcada a la de mis recuerdos. Nada había cambiado. Todo parecía parte de un plan, porque divisé a los viejitos que me alquilaban la casa tomando fresco en la vereda, atentos a las historias mínimas que pasaban caminando delante de sus ojos.

Estacioné enseguida y me bajé como el hijo pródigo que vuelve de una incierta aventura por el extranjero. Caminé unos pasos sonriendo y vi que me miraban al borde del susto. Yo había bajado de repente. No tardarían en calmarse ni bien me reconocieran. La luz del día les resaltaba las arrugas, la piel gastada, como a punto de partirse y los ojos vidriosos de los viejos muy viejos.

—¿Cómo andan? —dije emocionado. Y me siguieron mirando fijo con la cabeza ladeada—. Ey, Doña Pepa —dije—cómo anda Adolfito —rematé, y advertí que abrían la boca y los ojos, como si estuvieran viendo un fantasma—. Cómo andan —dije riendo, seguro del abrazo que rompería la distancia de los años. Pero no pasó nada. Solo pestañearon frenéticamente.

—Es que… —dijo Doña Pepa, y vi que Adolfito agachaba la cabeza con una vergüenza culposa—, es que no nos acordamos quién es usted —dijo—y al callarse se abrió un silencio tan incómodo como profundo.

Escuché el viento sacudir las hojas del añoso limonero que estaba a mis espaldas. No agregué nada. Después hablé y era como estar dentro de una pesadilla.

—Ah, bueno, disculpen —dije, y me subí al auto pasmado de terror. No me recordaban.

Encendí el auto y los miré a través de la ventanilla. Cuchicheaban como si un loco hubiese bajado a saludarlos. Yo advertí que estaba llegando tarde al colegio de mi hijo. Mientras me alejaba, el barrio se fue borrando de mi memoria.

Año nuevo, vida nueva

Publicado por el 06/01/2017

Como todo jubilado al que le sobra el tiempo, solía inventarme actividades para mantenerla cabeza ocupada. Por eso cortaba el pasto de la vereda del vecino luego de terminar con mi parte, y se lo dejaba parejito como una mesa de billar. Al ver que ni siquiera me daba las gracias, una actitud sorprendente pues es un tipo de buenos modales, abandoné la tarea, el impensado favor que un día había comenzado. Me dediqué a perder el tiempo pegado a la reja de entrada, sentado en una silla con la compañía de mi perro. Desde ahí y a esa hora en que volvía del trabajo, lo veía entrar y salir de su casa, no sin antes saludarme y conversar un rato conmigo, ya que tenemos una relación amena, especialmente en estas fechas de fin de año. Así somos en el barrio, al menos los que llevamos largo tiempo viviendo acá. De modo que hemos mantenido un vínculo próximo pero sin la intimidad de los que comparten silencios sin inmutarse. Ahí estábamos meta darle a la charla, mientras el pasto parecía crecer a cada instante. Me asombraba algo. Él jamás hablaba de eso y ni siquiera lo aludía de manera indirecta. Quizás, admitir el desmadre natural en ambos frentes, dotaba a esa pequeña barbarie de una consentida normalidad. Decidí seguirle la corriente mientras pasaban los días. Advertí que en la actitud de los vecinos había una especie repudio tácito a nuestra dejadez, una manera de arruinar lo que todos convenimos por el solo hecho de vivir en el mismo lugar. Llegué a tener una discusión con mi propia mujer. Me recriminó el abandono de nuestra intachable reputación familiar, además de entregarlos a la burla sin que se me moviera un solo pelo. Yo antes le cortaba el pasto a él sin que me lo pidiera, le dije, y ella lo entendió todo al instante, y siguió lavando los platos de espaldas, callada, intuyendo de qué iba la cosa.

La altura del césped me carcomía bajo las formas de un pudor interno, fulero, aguijoneante. En cambio él parecía preferir la ironía de perder el tiempo hablando paparruchadas, como si el salvaje y desmedido paisaje, no existiera más que en mi imaginación.

-Sabe qué vecino -me dijo un buen día con aire resignado.

-Qué cosa -me apresuré a ponerme de pie y lo miré a los ojos, listo a aceptar sus disculpas, para luego replegarse y dejar todo como un pequeño malentendido.

-Que ya que vienen las fiestas -otra vez estábamos en fin de año-, es bueno que hayamos encontrado esta afinidad, que nos resulte tan fácil hablar de igual a igual -Yo pensé que nuestras charlas de la tarde, los momentos en que él iba y volvía del trabajo, eran el fruto inesperado del principio de la discordia, esa crencha que caía sobre el asfalto e invadía la vereda hasta casi cortar el paso de la gente. Así que apenas moví la cabeza y dejé que una calma inventada me recorriera por dentro, cerré los ojos y respiré profundo. Ya anidaba en mí una bronca difícil de neutralizar, como los celos de los amantes, que fingen tener todo bajo control y se pudren por dentro hasta estallar de la bronca. Se fue y noté en él un andar lánguido, despreocupado, de quien no tiene lugar adonde ir pero tampoco le importa, como si las coordenadas de la vida le favorecieran porque sí.

La noche de fin de año llegó como llegan esas fechas, sin la lógica viva de la temporalidad, aun cuando el año había sido muy malo y la malaria debería haber retardado la percepción del tiempo. Y ahí estaba esa noche cálida, después de un día que asustó a todos con una furibunda tormenta. La ciudad de transformó en un escenario oscuro y expectante, trajo el pálpito del temor de la muerte, la creencia nunca olvidada de que en algún momento todo se irá al garete y será sin aviso ni pronósticos del tiempo. Pero después el cielo abrió y el atardecer parecía más prometedor que nunca. No soplaba una gota de viento y el cielo se apagaba de a poco formando extrañas combinaciones de colores en el horizonte. Justo entonces decidí ir hasta la reja, mientras en casa se llevaban adelante los preparativos de la cena, en donde las mujeres se lucen con sus platos, y los hombres nos preguntamos qué sería de las fiestas, por no decir, qué poco futuro tendrían las fiestas en caso de que dependiesen de la iniciativa masculina. La vereda estaba hecha un desastre, el viento y el látigo de la lluvia levantó el suelo desprendiendo algunos terrones, dejando un aspecto maltrecho a todo el frente de la casa. Por esas cuestiones inexplicables, la vereda del vecino permaneció intacta. Si bien sufrió también el embate climático, se veía más entera, menos castigada y por lo tanto, más presentable que la mía. Sentía un cosquilleo eléctrico en el cuerpo, cosa rara. Vi que el vecino salió a otear el paisaje, se quedó ahí con los brazos en jarra y olisqueando el aire al estilo casual de los perros, indiferente a mí presencia, como si yo no existiera. De modo que finalmente se me dio por hablarle.

-Qué pasa vecino -le pregunté. En el tono iba un ajuste de cuentas, una venganza que voló por el aire y cayó en medio del plexo de ese hombre que había girado para hacer que yo al fin tuviera un lugar en el mundo.

-Uh, no lo había visto -respondió, y era obvio que disimulaba para no quedar en evidencia. No soy un tipo que pase desapercibido, ni siquiera cuando no me han visto, yo estoy ahí, emana de mí, lo sé, una fuerza, un campo de energía que pone a andar los radares de los demás.

-Pásese más tarde por casa, quisiera tener el placer de saludarlo, darle un abrazo -dije, y quedó atado a la trampa de no querer hacerlo, y sin embargo no poder rechazar mi invitación.

-Cómo no, con gusto. Levantaremos las copas y de paso le traeré algo que he guardado para usted -me pregunté por qué nunca nos habíamos tuteado. Quizás la falta de tacto, el hecho de no poder avanzar hacia esa zona invisible donde el afecto lleva a la confianza. A la vez, la expresión se me antojó amenazadora, preñada de una dosis intimidante, una premonición de un peligro futuro pero cercano.

-Lo espero, no me vaya a dejar con la copa en la mano, eh -reí con exageración. Él asintió y entró en su casa sin perder tiempo, parecía una sanguijuela que ha sido atrapada en una situación embarazosa.

La cena familiar transcurrió sin sobresaltos, fue amena, de charla fluida y anécdotas que vienen a cuento cada vez que se llega al tope del año y se mira atrás sin abordar las frustraciones.Y en cambio se opta por elegir personajes, víctimas al azar, a las cuales sacarles el jugo para no tener que hablar de uno. Cuando sonó el timbre, me adelanté a salir por el patio que recorre la parte lateral de la casa hasta la reja de entrada, fingiendo ignorar de quién había tocado. Ustedes sigan con el festejo, dije, y finalmente decidí salir por la parte del garage que da a la entrada principal, así podría espiarlo de antemano. Al principio quise tomarme todo en buenos términos, aunque la imagen del pastizal que afeaba nuestras viviendas, me alentara a creer que algo malo pasaría. No sé por qué, lo pensé en el trayecto y me descubrí con mi cuchillo en la parte posterior del pantalón, con vaina y todo, como si viniera de cortar un pedazo de carne jugoso y lo hubiese puesto a descansar en mi cintura hasta que resolviera el asunto de quien llamaba a la puerta. Lo vi del otro lado de la reja con algo entre las manos, un paquete bastante grande. Qué sería. Temía una emboscada, la distracción necesaria para arremeter mientras yo fisgoneaba el inexistente contenido.

-Abramé vecino, acá tengo lo que hace tanto quería darle -era imposible, no nos unía ninguna circunstancia íntima, jamás nos regalamos nada, era sospechoso y temí que se me adelantara con alguna jugada artera.

-Sí, cómo no, esperesé un segundo -dije y amagué a sacar la llave de la reja. El llavero del cinto sonó como una campanada, me sirvió para tantear el cuchillo.

-Mire, mire -dijo mientras abría la caja ahí, sobre la vereda, al lado del gigantesco pastizal que se levantaba tras de él, recordándome la disidencia que ambos nos habíamos empeñado en disimular.

-Cuando lo vi agacharse, aproveché la oportunidad para clavarle el cuchillo en un solo movimiento. Me estremeció el ruido que hizo al entrarle en la carne, y el aullido apagado que emitió antes de caerse de espaldas.

No me espanté. Sentí una alegría pasajera, pero luego volví en mí y lo vi tirado con la mano en el pecho, sangrando, sin poder decir una sola palabra, con el gesto sorprendido de quien muere sin saber porqué. Yo terminé de abrir la caja y en vez de encontrar el arma que había imaginado, vi una hermosa bordeadora de las que siempre había querido tener, esas que dejan el pasto lisito y suelen ser la envidia de los ojos de cualquier vecino.

Un Dios particular

Publicado por el 24/11/2016

A esta altura soy un satélite de un planeta llamado Brenda. Cuando entramos a la iglesia me colé entre mis compañeros para sentarme a su lado. Su mejor amiga buscó otro lugar, en silencio, con una cara de culo que supera a la de mis padres cuando traigo malas notas. Como está demostrado que Dios no interviene en cosas menores, el milagro de estar cerca suyo se produjo a medias, porque vi que el Turco se acomodaba cerca, quizás esté en el banco de atrás. No quiero ni mirar, últimamente hemos estado a punto de agarrarnos a las piñas por Brenda. Los pinchazos en mi espalda hablan de su enojo. Me debe estar taladrando con un compás. No pienso darme vuelta, menos cuando estoy a un paso del paraíso.

Estamos en una de las misas que organiza el colegio una vez por mes. El Padre Carlos parece superarse con cada intervención. Habla lento, es capaz de dormir a mi fox terrier. Dichosos los que creen sin ver, dice, es lo que creo escuchar a través del sonido defectuoso que escapa de los parlantes que cuelgan de las columnas. Creer no es fácil. Pero puede ser que la fe consista en querer creer. Yo estoy en eso, pidiéndole por Brenda cada noche, y sin embargo, nada, ni siquiera una miradita, una señal. Ahora ella mira al frente, concentrada en el repetido ritual de la misa, un embole cósmico que provoca distracciones, o lo que es peor, una desilusión anticipada sobre la clase de vida que sigue a la muerte. Me la tengo que jugar.

—Brenda, quiero decirte algo —mi voz es un susurro sin fuerza.

—Shh —dice, y apenas si tuerce el cuello para reprochar mi actitud. Y menos mal que es así porque me faltan las palabras o me veo muy tonto, como un personaje de telenovela sobreactuado, que intenta declarar sus sentimientos, su amor. Amor es una palabra muy grande, no es para adolescentes. Que la quiero, entonces, que me gusta, ahí está, que me gusta, pero con eso no alcanza, hay algo más, si no por ¿qué parece que estoy a punto de sufrir un infarto?

—Dale, cagón. Decile algo a Brenda —la voz del Turco me llega en una ráfaga caliente por detrás de la oreja—. Mirá que te voy a sacar la comida de la boca, eh.

Los pinchazos vuelven una vez más. Arqueo la espalda, es una tortura lenta. Cuánto más podré resistir. Llega el punto en que me pican las orejas, vuelo de la calentura y debo estar rojo como un tomate. La misa es un calvario. Tengo que apurarme, decir lo que tengo que decir. Pero por qué acá, qué me impulsa a creer que este es el mejor escenario. Quizás porque antes me faltaba coraje y en este instante, no. Entonces el Turco empieza a tener razón, y es él quien se la merece. Soy un cagón. Desde el altar siguen diciendo que Dios es la respuesta. Me doy cuenta de que el Padre Carlos pide un acto de fe, deja pistas del futuro que les espera a los que tomen la palabra del Señor al pie de la letra. También a los que se atrevan a desafiarla. Pero yo sé que el infierno y el cielo están acá. O ¿por qué es que se murió mi primo o se separaron mis padres? ¿Por qué un chico como yo tiene que sufrir tanto por amor? ¿O se tratará de otra clase de amor? ¿O es que el amor por Brenda es un pecado que se paga con sufrimiento? Al costado del púlpito veo la imagen de Jesús, un hombre herido de muerte, dispuesto a soportar la crueldad humana, implorando un porqué. Si Dios dejó que su propio hijo se desangrara en la cruz, si se negó a salvarlo y lo abandonó, de qué me sirve rezar todas las noches por Brenda. Encima tengo a mi lancero personal perforándome la espalda. Tengo que actuar.

—Brenda, no sé cómo decirlo pero lo voy a decir —un escalofrío me quita el dolor—. Yo… —Brenda se cruza el dedo en la boca, me pide silencio. Estoy perdido. Pero un segundo después se inclina hacia mí y me estampa un beso entre la mejilla y la boca. Me debo haber puesto de todos los colores porque me invade un calor fulminante, como si el diablo me hubiera tomado de los pelos y llevado a las puertas del infierno para después devolverme a la realidad. Lo logré, me dije y cerré el puño. Un cosquilleo eléctrico me atravesó todo el cuerpo. Ahora sí que me voy a dar desquitar con el Turco, le voy a gritar el gol en la cara aunque me echen de la iglesia. Al girar me doy cuenta de que ya no está, hay otros chicos sentados ahí. El cura da por finalizada la misa con el famoso: podéis ir en paz. Tomo a Brenda de la mano, apenas, y le pido por favor que mire las manchas rojas que debo tener en la espalda, mi trofeo de guerra.

—No tenés nada —dice, y me palmea suavemente.

Yo no sé qué hacer. Si el Turco no estaba cuando me di vuelta, si las manchas tampoco, entonces el beso de Brenda…

—¿Brenda, vos hiciste lo que yo creo que hiciste?

—¿Qué cosa? —pregunta.

—Lo del beso.

—No sé de qué me estás hablando. ¿Del beso de la paz? —quedo atontado, mudo.

Al trasponer las puertas de la iglesia veo al Turco en una montonera junto con el resto de mis compañeros. Se ríe de un modo extraño, tiene un brillo rojizo en los ojos. Me muestra algo que tiene en la mano y se ríe. Es el compás, el puto compás. Luego todos cruzan la calle para subirse a la combi del colegio.

La ferretería

Publicado por el 28/10/2016

Descubro que el torpedo de la mochila del baño está roto. Voy a la ferretería de Don Ernesto. Me alegro de que no haya nadie, me irrita esperar.

—Cómo va la cosa, Ernesto.

—Buscando una piedrita para ponérmela en el zapato —contesta.

Apoya las palmas de las manos sobre el mostrador. Lo he visto en esa pose desde que tengo memoria. Hace cuarenta años que maneja el negocio que le dejó su padre.

—Qué andás buscando —dice, y se dispone a ver cómo hago el ridículo. Pero esta vez la tengo fácil.

—El torpedo de la mochila del baño.

—Ajá —se pierde entre las estanterías y vuelve con lo mío.

Intento conversar, es un hombre de pocas palabras, rústico, de trabajo. Viste una camisa a cuadros y un pantalón negro que acostumbra a subir hasta la línea del ombligo.

—¿Cómo va el negocio?

—¿Sabés qué? Yo nunca escuché hablar de dinero a mis padres —entendí la evasiva.

Me quedé de una pieza. Levanté la mirada. Había estanterías con espacios vacíos. Sentí algo por dentro y simulé estar olvidándome de algo. Él aprovechó para arremangarse.

—Y deme una buena pinza Don Ernesto, usted sabe de qué le hablo —se movió lento hacia el fondo. Yo eché un vistazo a la calle. Era una mañana tranquila, sin el típico zumbido de los autos, el alboroto permanente de la zona. Los bordes de los ventanales estaban sucios, marcados con manchas en la parte baja.

—Si rompés esto —Ernesto presentó la pinza ante mis ojos—, yo cierro el local —.Recordé que jamás había tenido que devolverle algo defectuoso.

—Eso es tan improbable como que usted cierre la ferretería —reí mientras me miraba con cara de búho. Calculé que ya había perdido varios minutos. Tenía cosas pendientes y el tiempo justo.

Al volver a casa tardé en acertar el agujero donde encaja el torpedo. La vida era algo así. En el noticiero hacían entrevistas en la calle. Está difícil, ya no sé qué inventar, decía alguien que tomaba el micrófono del periodista con ambas manos. Otra señora abría la bolsa de las compras ante las cámaras poniendo cara de qué cree que puedo hacer con esto. Apagué la tele y me fui al banco. Era lunes, un día tedioso para los trámites. Después aproveché para adelantar parte de la deuda del cumpleaños de mi hija. Visité a uno de mis clientes, pero no me atendió. Algo me decía que el muy turro estaba escondido dentro de la casa, observándome a través de las cortinas. Abandoné por cansancio. Finalmente compré verdura y unos bifes para tirar a la plancha. Tenía que cargar nafta. El muchacho de la estación fregó los vidrios con entusiasmo. Le di unas monedas que tenía en el bolsillo. Me dio las gracias varias veces. En ese momento advertí que había olvidado la pinza en la ferretería. Volví a buscarla. A media cuadra observé que Ernesto estaba parado en el escalón de la puerta, con sus anchos brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida. Qué extraño –me dije-. Disminuí la marcha y amagué a tocarle bocina. Él me alcanzaría la pinza sin tener que bajar del auto. Pero no frené ni toqué bocina. Pasé muy lento y advertí el gesto vacío de su cara. Luego continué camino a casa. A final de cuentas, solo se trataba de una pinza que no me hacía falta.

Trampa para ratas

Publicado por el 14/10/2016

Los sueños se escriben en presente. No sé dónde lo escuché pero es así. Una experiencia en tiempo real, viva. De ahí lo escalofriante de sentirse espectador y parte, y sin embargo no poder hacer mucho con eso.

Mi abuelo está en la carpintería, después del pequeño patio con techo de parra que ataja el calor sofocante de la tarde. Cepilla una madera con una herramienta que me fascina. Es algo divertida, produce un siseo de superficie suave y lisa, un ruido táctil. Quisiera ser él para poder hacer su trabajo. Por ahora no me deja, cuida que su nieto no se lastime. Yo odio esas cosas de los grandes. Ando en patas y el suelo fresco es un milagro pasajero. Aquí solo hay silencio, son las horas interminables de la siesta y es raro que esté metido en la carpintería. Salgo al patio y los pies se alborotan con la temperatura que desprenden los huecos por donde se ha filtrado el sol. Me asomo a la puerta y me ve. Pega un respingo. Avanzo y advierto que he imaginado el sonido aquel. En realidad observa una rata que acaba de caer en su trampa. Es un sistema sencillo: una caja rectangular con una solo entrada, y si funciona bien, ninguna salida. La sostiene un contrapeso atado a una especie de tanza. Los roedores entran tentados por el queso ubicado al final de la trampa. Al comerlo rompen el equilibrio y la puerta cae. Luego el abuelo se deshace de ellas. Estoy viendo cómo es que lo hace. Sobre el gran mesón donde trabaja hay una lata de aceite Cocinero de cinco litros a la que le ha sacado la tapa.

-Lléneme esto hijo -me dice hijo pero no soy su hijo. Me pasa la lata vacía-. Agua hasta la mitad -ordena.

-Sí, abuelo.

Cuando me doy vuelta lo descubro detrás mío. Tiene una horqueta corta pero robusta entre sus manos.

-Ahora vas a ver lo que le pasa a los que se portan mal -se ríe, es una de esas bromas que asustan de verdad. Yo también me río y agacho la cabeza. La lata queda bajo un rayo de sol, bien iluminada. Siento un cosquilleo en los pies, siento que debería tener las zapatillas puestas, pero ya es tarde, me perdería de ser testigo de lo que nunca he visto. Cómo será morirse, cuánto dura la desesperación, el tránsito de verte atrapado en la incógnita de dejar de existir.

-Mirá, esto se hace así, cuando crezcas vas a poder hacerlo vos también -es una lección maestra de cómo matar a esos bichos asquerosos. Engancha a la rata con la horqueta y la levanta. La introduce rápido en el agua y veo que el pequeño cuerpo blanco se retuerce, mueve las patas inútilmente. La cosa termina en unos segundos. Me alegro de que las ratas no tengan expresiones que delaten la angustia irremediable del momento final. Algunas contorsiones nerviosas, y listo. Mi abuelo levanta las cejas. Yo le miró las venas marcadas en los brazos, como si hubiese luchado contra una bestia sobrehumana.

-Eso es todo. Buscá el tarro de la basura que tengo adentro -voltea la cabeza hacia la carpintería. Lo traigo más rápido que volando, la sangre me bulle-. Bien, ahora te toca a vos -no digo nada. Dentro de la trampera tiene que haber otra rata. Cómo es posible -. Tomá, agarrá fuerte. Donde se zafe la horqueta el bicho se escapa. Recordá, un movimiento rápido, así -hace el gesto que yo tengo que repetir-, y la metés en el agua.

 

Entonces me desperté parado en medio de la oscuridad. He tenido episodios de sonambulismo. Estaba aturdido, con la angustia de un asesino culposo. Era solo una rata, me dije. Pero el momento a punto de suceder era clave.  Me apuntaban los ojos de mi abuelo, así que iba a tener que hacerlo. Por suerte desperté. Respiré hondo. La noche debía estar cerrada. Imaginé la llegada de la tormenta en el aviso de un cielo cubierto de nubes negras. No entraba luz por la ventana. Tomaría un vaso de agua y volvería a la cama para conciliar el sueño. Cuando tengo pesadillas -algo que me ocurre seguido-, intento despejarme y dejar que el tiempo pase, que la novedad confusa de la realidad mitigue el efecto pasajero del espanto. Al apoyar la mano en la pared, la sentí más caliente que de costumbre. Con la palma busqué el interruptor. En la mano me vino la sensación de las maderas lustradas del abuelo. Me enternecí al recordarlo. Murió hace muchos años. Con la palma de la mano recorrí de nuevo la pared y no encontré nada. Típico extravío de un hombre asustado que recién se levanta. La calma de la noche anulaba los ruidos. Me encanta la perfección imperturbable del silencio.  En el ambiente hay un olor raro, expansivo. Acabo de recordar que olvidé sacar la basura. Pero no es olor a basura, es otro olor, o más bien un aroma penetrante. Camino unos pasos, quiero saber de qué se trata. Vuelvo a inhalar un poco de aire, seducido por el aroma familiar. No me tropiezo con nada. Conozco al dedillo el lugar exacto que ocupan mis cosas. Un poco más, solo un poco más. Estoy cerca, el olor me llena los pulmones, atraviesa la boca y la garganta como una cosa tangente, tentadora. Siento un apetito voraz. Piso algo que está desparramado en el suelo. En cuclillas estiro la mano y lo toco. Es blando, como gomoso. Lo recojo y lo froto entre los dedos, el olor es invasivo. Me lo llevo a la boca y descubro que es queso, pedazos de queso regados por toda la habitación. Detrás mío empieza a aparecer una luz pareja y cegadora. Una especie de compuerta se abre lentamente. Comienzo a sentir la desesperación de las ratas.

La guerra de los libros

Publicado por el 26/09/2016

—Bueno, tenemos que repartir los libros —se había parado delante de la biblioteca principal. Con un brazo sostenía el otro brazo cuya mano sostenía el mentón. La pose de una pensadora que quería llevarse mi tesoro más preciado, dividirlo como si cortásemos un pedazo de algo justo en la mitad.

—De dónde sacaste semejante disparate. ¿Vos pensás que alguno de esos libros te pertenece? Cuál sería el motivo, si puede saberse, además de que no estoy dispuesto a negociar ni uno solo —ella sabía que era verdad, la más absoluta verdad. Me ataca un celo, una ira inexplicable cuando alguien, y para peor ella, intenta violentar lo que más quiero. Me transformé en un perro guardián, me puse entre ella y los libros, como aquella acción suicida, transgresora y humana del tipo que le hace frente a un tanque de guerra. Ella tenía los cañones apuntados, en los ojos calibraba las filas de los que yo más apreciaba. Para colmo la biblioteca está hecha de roble, es una fortaleza, como un abrazo del tiempo, regalo de mi abuelo, y robusta y eterna como alguna vez lo pensé a él. Así que era un todo inviolable, lo que estaba allí guardaba una definición por encima de un afecto sencillo. No toleraría la sutileza rencorosa que quería poner en marcha.

—Es una locura —dije—, acá no hay nada que pueda interesarte. Cada palabra impresa en estos libros, me pertenece —por algún motivo hablaba de los libros como una posesión desesperante, suerte de extremidades de mi cuerpo que podrían dejarme malherido, mutilado, en caso de ceder a su petición, hecha con tono de mandato, forma común de su personalidad que nos ha llevado a discutir sobre otros temas a lo largo de nuestra relación.

La luz del sol se iba retirando de las cosas, sumiéndolas en un ocultamiento que siempre me ha fascinado; un dejar de ser, una especie de muerte falsa. La misma luz le daba a ella en la cara, remarcaba la belleza natural de sus rasgos finos, amenazados por un mal humor creciente. Yo estaba desprotegido, qué hacer con su decisión, cómo lograr convencerla. Pensé en ceder otras cosas, de ser necesario un brazo.

—Tendríamos que dividirlos sin pensar —dijo inmutable, por dentro imaginaba la risa grotesca de un payaso maldito—. Por ejemplo, mitad y mitad de cada fila, así con cada biblioteca, y listo. Nada que pensar y menos trabajo. No vaya a ser cosa que te agarre el sentimentalismo y estemos acá hasta fin de año. Me parece que es justo ¿no?

Lo más justo era que yo la ahorcase. O algo mejor, tirarle encima la biblioteca para que muriera aplastada por el peso de las palabras que yo no acertaba a decirle. Si bien pensaba en las otras bibliotecas, me torturaba pensar en la principal -ahí estaban los libros con los que tendrían que enterrarme, la sustancia misma de lo que consideraba un efecto de cambio para cualquier vida  sensible-. Pero ella decidió con astucia que ese sería el campo de batalla, y lo hizo con la ansiedad de un depredador al acecho, como cuando se ataca delante de una vidriera con algo que le gusta mucho y está fuera de su alcance. Después de eso, no hay nada que pueda detenerla, no hay caso. Empeñaría sus propios ojos si fuera necesario. De modo que estaba perdido. Pensé en el jardín de nuestra casa, pero me dio fiaca cavar tan profundo, además me quedaría sin derecho a retar a nuestro perro cada vez que la histeria lo pusiera a enterrar un hueso, para luego cambiarlo de lugar, y luego volver a hacerlo, y así. En fin, estoy menos capacitado para cavar un pozo que para asesinarla a librazos. Pero claro, también está el amor que nos tuvimos, la clase de cosa que produjimos juntos, algo en lo que pensar antes de armar un escándalo por unos libros, si a final de cuentas qué son. Maldita sea, por qué tuve que volver a preguntarme qué son. Eso me remite a pensar qué significan para mí, y de vuelta estamos en un problema. Ella agita el índice, cree que será suficiente, y yo estoy empezando a pensar que sí, porque me ha corrido del medio y ahora mira los libros muy de cerca, con anticipado deleite, como si ya fueran suyos.

—La mitad de qué lado te gustaría quedarte.

—La mitad de nada —gruñí.

—La ley dice que tenemos que repartirnos las cosas en partes iguales.

—Sí, pero la ley no entiende ni le importa el valor afectivo de las cosas. Ya te dije que a cambio te podías quedar con lo que quisieras. Sin embargo te negás. Qué sentido tiene eso.

—Tiene todo el sentido del mundo desde que tuviste la ocurrencia de decirme que necesitabas un tiempo. Pues yo no veo que un paréntesis sirva para ninguna relación y menos me trago la ingenuidad de creer que es un espacio que te tomás para pensar. Vos te creés que soy idiota.

—Yo no dije eso. Mejor volvamos a lo de los libros —empecé a creer que un negocio a pérdida podría tener el sabor de una retirada con honor—. Elegí vos la mitad que se te antoje —dije.

—Cómo.

—Que elijas los que se te antojen —comprendí una vez más el leitmotiv que inspira cierta saña femenina, muy distinta de las formas evidentes que los hombres tenemos para desatar nuestros odios o venganzas.

—Cómo que me agarre la parte que quiera. Qué clase de tarado sos.

—Sí, eso mismo. Elegí y listo. Y si querés —me envalentoné en una suerte de jugada inconsciente—, te llevás todos los libros y a la puta madre que lo parió con todo —desde Shaka Zulu que la sorpresa es un recurso infalible para cualquier batalla. Estaba desconcertada.

—Pero yo no quiero tus libros —se comprimió como un globo que pierde el aire. Luego se le erizaron los pelos y estuvo a punto de decirme o hacer cualquier cosa. Pero no lo hizo. Una suerte de indignante mecanismo de defensa la dejó sin habla—. Sabés qué…

—Qué —pregunté casi cerrando los ojos ante la inminencia del cachetazo.

—Metete los libros en el orto, uno por uno, arrancando por la Guerra y la paz, pedazo de forro.

Salió por la puerta hecha un demonio. El portazo produjo una corriente de aire que me despeinó. De nuevo supe que a veces la gente prefiere la mitad de un problema antes que una solución.

 

Te voy a matar

Publicado por el 13/09/2016

—Te voy a matar —dijo y se secó la boca con el dorso de la mano. Estaba agitada, hecha una fiera.

—Pero pará, no es cuestión de juzgar por juzgar. Dejame que te explique —ya era tarde—. No es tan sencillo como parece. Hubieras hecho lo mismo. La tentación es una roncha con prohibición de rascarse. Si hubiese sido al revés,  te juro que… —los infractores están llenos de excusas. Ninguna me servía. Era obvio que podía asestarme una estocada con un palillo.

—Decilo, dale, decilo, no te animás, claro, ahora el señor quiere hacerme creer que me perdonaría como si tal cosa. Y yo sé que no. Has comenzado infinidad de discusiones tan tontas que me da vergüenza recordarlas. Así que no me digas lo que hubieras hecho, hacete cargo, con eso bastaría aunque sea para que nos sentemos a comer de una buena vez. Pero ni siquiera te he escuchado pedir disculpas ¡Ay, Dios! Yo debo tener la palabra estúpida grabada en la frente ¿no? Porque no me vas a decir que vos no tuviste nada que ver —hay ocasiones en que llevas la carga en los ojos. Ella no había visto nada, pero no siempre se necesita la prueba del crimen para deducir al autor. Y era cierto, yo me había aprovechado de ella en reiteradas oportunidades. Bastaba con que se distrajera un poco y entonces mi naturaleza tomaba el mando y ¡zas! Les ocurre a todos, incluso a los hipócritas que marchan con la frente en alto y se sientan a la mesa familiar simulando estar atentos, como quien dice, a lo que pasa solo en su propio plato. Y esa es la vida que llevan, ciertamente aburrida, desapasionada, abstraída de la picardía de hacer lo incorrecto, resistiendo. En cambio yo no pude contenerme.

—Bueno, no es tan fácil, lo acepto —bajé la cabeza, cerré los ojos y ensayé una mueca infantil para casos de emergencia.

—No me vengas con caritas —estaba furiosa. Había trabajado toda la tarde y al llegar a casa cocinó para ambos. Todo bien hasta el momento de enterarse de mi atropello. Todo parece tan fugaz que no tuve tiempo de reflexionar. Es que así suceden las cosas. En un segundo se te va la mano en algo y no hay vuelta atrás. Estaba furiosa. Y cuánta razón tenía. En una convivencia prolongada hasta lo ínfimo es importante. Así que no hace falta tener una gran imaginación para comprender los porqués de su enojo.

—Me encantaría poder manejar el tiempo, volver atrás —dije, y me jugué con algo que debí callar—. Qué tal si los próximos días me hago cargo de la cocina —creí que cierto romanticismo adelantado podría echarme una mano—. Pero la herida estaba recientemente abierta, y era algo que hasta llamaba a ser observado con detenimiento, como si la culpa agrandase ese tajo imperdonable a cada instante.

—Ay, Dios, no lo puedo creer ¿Encima tengo que escucharte hablar? —dijo.

La convivencia hace frágil al amor. Lo intrascendente deja de ser un juego y se vuelve riña absurda, a veces rencor de días, y otras, venganza sutil. No podía parar de hablar.

—Debiste pensarlo antes, contenerte. ¿O acaso no pensás que yo también he sentido y sufro las mismas tentaciones?

—Ya lo sé mi amor —hablé con la voz casi quebrada—, y no te culpo—. Soy un idiota y la verdad es que ya se me fue el hambre.

—Dejá de hacerte la víctima, ¿querés? —su tono continuaba siendo duro, pero adiviné un matiz de esperanza—. Te juro que me das pena. Ya te lo había dicho la vez anterior. No quería que volviera a suceder, pero está clarísimo que te tomás todo en joda. Es que nunca aprendiste a respetar ni si quiera las pequeñas cosas —antes de que ella pudiera terminar el reproche, advertí con la urgencia de H. Simpson que las papas se enfriaban, que un huevo frito de espectacular consistencia esperaba ser saboreado sin más pérdida de tiempo. Mis manos estaban a punto de atacar aquel maravilloso e infalible menú.

—Sabés qué… —dijo, dándose por vencida. Mi boca era un dique desbordado por los jugos gástricos—. Mejor comé, y dejemos que la bronca se me vaya pasando de a poco. Pero ojito eh —le volvió la actitud de un gato acorralado—, la próxima vez que te atrevas a romper mi huevo frito untando una de tus putas papas, por Dios que en esta casa va a arder Troya. ¿Entendido?

—Sí, mi vida.

La Terminal

Publicado por el 30/08/2016

Casi que me goteaba la nariz del frío. Subí el cuello de la campera y hundí la cabeza. De vuelta me encontraron sus ojos chiquitos a través del vidrio, con la mirada calcada de los niños que piden en los semáforos. La mano abierta contra la ventanilla, señalándome, curtida por el tiempo, las huellas dactilares de un adiós. Yo le hice saber que me quedaría, aún con la demorada aparición de los choferes, mateando tal vez en la boletería, calculando la paciencia de los viajeros, lo que tarda el muchacho de los bolsos en cargar todo en la baulera.

—Deberían dejarnos ir con un golpe de mano  —dijo un tipo que apareció a mi lado como un ánima.

—Sí, como los reyes, con el dorso de la mano —dije, y la moví tal cual.

El tipo se rió y no agregó nada. Mientras tanto yo era testigo de un verdadero show de morisquetas. Gestos exagerados y a la vez mudos, lanzados a esa platea que resistía y contestaba a grito pelado, desde abajo, la tierra de los que se quedan.  Los minutos corrían y las caras fueron siendo tomadas por una especie de vergüenza. Ya no tantos mensajes, solo sonrisas tiernas, con la complicidad de los que quisieran no irse, extrañando con el gesto apesadumbrado de sus rostros. Me dije que si era tan así deberían bajarse a las corridas, fundirse en un abrazo y vivir todos juntos bajo el mismo techo para siempre felices. Pero no. En vez de eso deciden aferrarse a uno con la mirada del cordero degollado, llueva o truene, lejos de la piedad por la cual pedía el señor que volvía a hablarme.

—Fuera de los chistes, ya empiezo a extrañarlos. No sé cuándo volverán —lo vi  tomarse la nuez de Adán con una mano y tragar saliva. No necesitaba ser un genio para darme cuenta de que estaba a punto de lloriquear.

—Tranquilo —le dije—. Es como las vacunas cuando sos chico. Duele por un ratito, y después pasa —creo que no compartía lo que acababa de decirle.

Desde arriba y muy pegada a la ventanilla sentí que volvía a mirarme (así eran las despedidas) me hacía señas raras, apuntaba el valijero que estaba encima de su cabeza con el índice. Le respondí con una expresión desconcertada. Decidí responderle con un guiño y levantar el pulgar. Se calmó. El ruido nebulizante del motor del micro ejercía en mí un efecto somnífero, era como si estuviera en medio de una película de Chaplin tras ser golpeado por un tablón. Ninguno de los dos entendíamos nada. Solo era un instante prolongado y absurdo. Los choferes llegaron al fin y subieron con ese aire de celebrities que están a punto de despegar un Boeing 737. Todos agitaron sus manos. El micro había comenzado a moverse. Yo también saludé. Me respondió batiendo la mano desesperadamente, era como ver el ala de un colibrí. Miré hacia el cielo y descubrí que esa bóveda celeste no es un techo ni un refugio, que no hay nada que dé alivio y que provenga de ahí arriba. Alrededor mío estalló un vocerío y desperté de nuevo en la estación de micros con la mano levantada. Decenas de personas lloraban la partida de sus seres queridos, también reían y andaban a los saltitos. A lo lejos, un sueño incandescente se hundía en el horizonte.

—Se nota que lo van a extrañar —me dijo el hombre de al lado, buscando charla de nuevo.

—Seguro —respondí.

No sabía quién era esa persona que me saludó hasta que el micro salió de la rampa y se perdió en el intenso tráfico de la ciudad. Yo solo estaba parado acá, me miró, y eso fue todo.

 

 

Escrito en la pared

Publicado por el 13/08/2016

—¿Pero vos creés en esas cosas?

—¿Quién, yo? —contesté como si hubiera alguien más en el comedor—. Bueno —agregué—, ya sé que es una estupidez, que las supersticiones son formas del miedo. Por algo hablan del miedo al Barba como la vara que castiga si no estás en regla. Es más, algo debe haber porque es muy raro que esta relojería universal, cada pequeño engranaje que la compone no sufra un desperfecto y vayamos a parar a la mierda.

—Y quién te dijo que no va a ser así —afirmó—. Sabes qué, yo creo en las películas de Hollywood. Para mí que esos chabones tiene la posta y te cantan las cuarenta para que vayas sabiendo que si todo se mantiene tal como está, es de puro ojete nomás —el gordo hablaba boludeces difíciles de refutar, algo así como verdades mal dichas. Yo aproveché para pegarle un chupón al mate y casi pierdo las tripas.

—¿Lo hacés a propósito gordo?

—¿Qué cosa?

—Hervir el agua, cabronazo.

—Ah, sí. Es que no hay como sufrir algo peor cuando se la está pasando mal.

—¿Lo decís por lo del negocio?

—Y por qué otra cosa va a hacer —dijo, y se rascó la panza como si tuviera culebrilla—. Pucha che, no vaya a ser cosa que me hayas contagiado la maldición.

—Mirá que sos bocón gordo. Con esas cosas no se jode, ya ves lo que pasó.

Lo que pasó fue que tuve que cerrar el negocio porque me fundí. Ocurrió muy rápido, como una plaga del destino. Todo iba bien al principio, viento en popa, la gente entraba, llevaba lo suyo y volvía al día siguiente. Yo hacía caja, los números cerraban y a otra cosa. Pero desde el día que descubrí la inscripción en la pared, detrás de una de las estanterías, no solo me quedé helado, sino que además empezó a venir la mala. Es desesperante ver que la gente pasa y pasa, pero nadie entra, y las ventas caen y te empieza un cosquilleo nervioso que te hace perder los estribos y preguntarte qué es lo que estás haciendo mal. En realidad yo no había cambiado nada. Yo era el mismo, el negocio también, nunca maltrataba a la gente, hacía rebajitas con los clientes fijos y metía horas como un caballo, me esmeraba por tener las estanterías llenas y el boliche limpio y presentable. Pero algo pasó tras descubrir el cartel aquel. La baja de la clientela fue notable. La inscripción parecía el juego de un niño, estaba escrita con un pulso desprolijo y titubeante: “Este lugar está maldito”. Eso decía el cartel, y con el tiempo la letra me pareció algo tenebrosa, como si hubiesen forzado a alguien a escribirla.

—Che, no te colgués, dale con el mate, ya veo por qué te fundís, por colgado.

—Cortala gordo, me tenés las bolas llenas. Tengo la cabeza que me va a estallar y vos jodiendo con eso. ¿No ves que no sé de qué voy a vivir de ahora en más?

—¿Y por qué no levantás la boludez esa con un trapo húmedo o un poco de pintura, y abrís de nuevo a ver cómo te va?

—¿Te pensás que no lo hice? No sale con nada —el gordo me miró como si yo estuviese delirando.

—¿Cómo que no sale?  Dejáte de joder. Sos un picha floja, no servís ni para espiar.

—O sea que no confiás en mí. Ok. Largá el mate, acomodate la panza, y vamos que te muestro.

Encaramos algo sugestionados. El gordo tenía ese color de los que entran por gracia a un cementerio. El negocio quedaba en la planta baja, yo vivía arriba. Antes del último escalón me tomó del brazo y tiró con fuerza.

—Dejá, te creo —dijo—. No es necesario que me muestres nada.

—Pero vos sos pelotudo. Ahora vamos igual, vení -lo agarré de la manga de la campera y lo llevé a la rastra. Me impactó entrar en un sitio vacío, de aire espectral. Hasta hacía poco rebosaba vitalidad y era un comercio próspero. En su momento llegué a pensar que me volvería viejo detrás del mostrador y que la gente diría mi nombre al avisar a los suyos que saldrían de compras, como en esas barriadas donde la gente vive y muere sin penas ni glorias. Pero no. Había fracasado en menos de lo que canta un gallo.

—Dale. Mové las cachas, gordo, no tengo todo el día. Mirá, ahí está, fijate, vas a ver que no te miento.

Se acercó y dobló un poco la espalda, apoyando las manos en las rodillas. Lo vi aguzar la vista al acercarse, mientras yo me mantenía de brazos cruzados, esperando que confirmara lo que yo le había dicho. Pero abrió los ojos como si hubiera visto un muerto. Luego trastabilló mientras retrocedía, se incorporó y me miró con la boca abierta, pasmado.

—No te hagas el pelotudo gordo, ¿por qué me mirás así?

—Es… es que ahí…-no terminó la frase.

—¿Ahí qué?

—Ahí no dice lo que vos decís —tenía la voz quebrada y los ojos llorosos—. Dice otra cosa.

—Ah ¿sí? ¿Y qué dice huevón? —lo corrí de un manotazo. Comprobé que no mentía. En la pared estaba escrito mi nombre y la fecha del día, pero el año que figuraba era diez años más adelante.

Decidí mudarme, dejar atrás esa historia. Mañana llegará esa fecha que he pensado día y noche desde entonces. Ya es tarde, el sueño está viniendo, los ojos me pesan. Debo dormir.

Quiero vale cuatro

Publicado por el 27/07/2016

—Quiero vale cuatro –dijo el Chino y elevó el mentón en aire marcial.

Ellos se miraron de reojo. Cayeron en su propia trampa y habíamos llegado al tope del susto truquero. Con un quiero se terminaba la partida. Un no quiero habilitaba un par de manos más.

—¿Qué hacemos compañero? —le preguntó el Tano a Cristian—. Para mí que mienten y los comemos crudos. Me sobra con este ancho de basto —dijo y se frotó la carta por el pecho.

El perro toreó del otro de la puerta.

—Deben estar tocando timbre —dijo Cristian, el dueño de la casa—. Que se aguanten un toque así puedo ir a abrir con cara de ganador.

Nunca supimos cuándo fue que el mero hecho de juntarnos a jugar al truco por horas nos volvió jodidos, como si montáramos un personaje sacado de un bar cualquiera. Ni siquiera apostábamos. Pero sí aparecían charlas que los hombres evitan.

Hasta el primer partido de la última ronda todo transcurría normalmente. La ironía y la burla se abrían paso y se aceptaba de buena gana hacer de pinche por un rato, dejarse llevar por las cargadas y retrucar con chistes groseros. Cristian y el Tano siempre jugaban juntos. De modo que los alardes, lo subrepticio y el pasar mentiroso del truco se había aceitado con el tiempo en ambas duplas. Las jugadas se activaban con movimientos que excedían las señas propias del juego. El Chino ni se había mosqueado ante el anuncio del ancho. Levantó los hombros, hizo pucherito con la boca y se mojó la frente, gesto que adelanta el lugar donde irá a parar el ancho de espadas. ¿Mentía?

Lo vi crecer en la partida desde el minuto cero, con cierta jactancia masculina, afectando el estado de ánimo de Cristian, quien siempre decidía sobre su compañero, mucho más impulsivo por la sangre que le corría por las venas. El Chino en cambio, era una máquina de mentir. Todo el tiempo y con la misma cara. Incluso acostumbraba a dejar de pestañear cuando cantaba. Tuviese o no cartas, pegaba un grito corto con voz de führer. Luego medía la duda ajena. Si titubeaban avanzaba. Pero si advertía una chispa de entusiasmo en el inevitable brillo de los ojos de los rivales, se quedaba en el molde.

De modo que aquí estábamos con un vale cuatro en suspenso. Madre mía, quién lo había mandado a jugarla de guapo, pensé, siendo que yo tenía tres pollerudos. Pero me dejé llevar por su determinación, el resultado lapidario de su trabajo psicológico desde que trajo a cuento el nombre de la morocha que ahora Cristian quería presentarnos bajo la formalidad del noviazgo.

—Te digo que te vas a llevar un chasco. No es lo que pensás. Por algo la tomé como un toco y salgo —había dicho el Chino al principio del bueno, cuando la suerte nos daba la espalda. Yo vi que un tic tomó el ojo derecho de Cristian. Luego pasó uno de sus dedos por donde se amontonan las lagañas, arrugó la boca y se recostó en el respaldo de la silla.

—Creo que te equivocás, Chino —la tensión espesaba el aire, costaba respirar—. No todas las minitas son como las que te dan bola a vos. Además ella me aclaró que entre ustedes nunca pasó nada, y debe ser cierto porque lo único que sabés hacer bien es mentir.

—Cómo vamos —pregunté como quien manda a la pausa en un programa de televisión.

—Once a dos —ganaban ellos. Con algo de picardía y jugadas conservadoras, podrían mantener la distancia. Las cartas se nos negaban.

Más adelante, el Chino siguió metiendo la púa sin asco. Vi que con el pasar de las manos Cristian se removía inquieto, perdía confianza y donde podrían salir hechos, montaba la escena del cacareo, estaba en juego la vieja disputa de quien la tiene más grande. El tano y yo éramos meros observadores. A pesar de estar en contra mantuvimos miradas cómplices, entendíamos el magnetismo violento de esos cuerpos enfrentados a los que contenía el largo de la mesa.

Nos pusimos veintitrés a ocho, se cortaban sin remedio. De vuelta la lengua del Chino se puso en acción. Para entonces el tic de Cristian había desaparecido y lanzaba las cartas con relajada languidez, su cabeza se resolvía despreocupada en lo alto, como uno de esos fenómenos que la erosión produce en piedras gigantescas sostenidas finalmente por una superficie ínfima pero en perfecto equilibrio. La luz que entraba por el ventanal le perlaba el rostro y se veía como un ser inalcanzable, digno de la gloria de un prócer.

—Escuchame Cristian, no es que quiera insistir, pero la mentirosa es ella. Si no se quiere hacer cargo es porque somos amigos —el Chino era un presidente en cadena nacional—. Estás a tiempo, yo te aviso. Y acordate que por donde pasa el Chino no vuelve a crecer el pasto —yo me mordí el labio de abajo y me pregunté por qué tenía que mandarse con esa. El asunto iba a terminar mal, y encima ellos se pusieron a cuatro porotos del final. Estábamos fritos. Creí que la solución de mi compañero era cagarse a trompadas antes de terminar la partida. Pero en qué nos habíamos convertido, qué clase de amigos eran capaces de traspasar la joda ordinaria para calzarse de sombrero una estupidez pendenciera.

Fue cuando el perro se puso a ladrar del otro lado de la puerta y todos supimos que había visitas. Alguien tocaba el timbre. En el interior de mi cabeza resonó la campana de los asaltos de boxeo. A sus rincones, pensé, y respiré profundo. Pero la cosa venía de traste. Nadie se levantaría hasta no terminar el juego. Y menos el Tano y Cristian que pensaban juntos en el vale cuatro que el Chino había soltado sin que se le moviera un pelo. Se produjo un silencio que imaginé igual al momento en que se abrieron las aguas del mar rojo. Lo único que rompía la inmovilidad era la agitación maniática de los ojos.

—Sonó el timbre, Cris —dijo el Chino—. Debe ser tu amorcito. Si querés atiendo. Me encantaría ser el primero en enseñarle el camino —estábamos en la pieza que daba al fondo del zaguán.

—¿Quiero vale cuatro dijiste, Chino? –—la cara de Cristian lucía a punto de explotar.

—Ajá. Con un quiero, tenés la oportunidad de volver a llamarme mentiroso.

—Entonces quiero —dijo Cristian y movió la cabeza para que el Tano mostrara el ancho de basto. Después vi que el Chino metía la carta con suavidad en medio del maso.

—Andá a abrir la puerta nomás —ordenó mi compañero, y por primera vez le vi quebrar la cara de piedra con que solía jugar.

 

A la sombra del árbol

Publicado por el 18/07/2016

La tortura de pensarlo me volvía loco. Como en las películas de Hitchcock, el suspenso es peor que el desenlace. Lo medité mirando las flores del jardín que plantamos juntos. Todavía la recuerdo, lejos en el tiempo, enterrando los plantines con la parsimonia amorosa de las cosas que se hacen para siempre. Y yo acodado en la pala observando su dedicación maternal, adivinando los colores de las flores que hoy pintan el fondo de nuestra casa.

-Ya está –había dicho cruzándome los brazos por detrás del cuello, mientras yo proyectaba la imagen del árbol futuro debajo del cual concluí que debía separarme.

A la par de mis razones, fundadas en la revelación del desamor, sé que lo recibido es inmensamente mayor a esta carga que me quita fuerzas para encontrar el momento. Me silencia la entrega simple de los hechos cotidianos, los ojos a los que les juré amor eterno y que aún guardan la ilusión de que todo siga igual. Será así o sospechará algo. Habrá advertido mi desgano, la cara vacía con que pasamos las horas. No lo sé. Pero mi modo de actuar es una señal clara. Sin esfuerzos huyo de las alegrías fáciles, me retraigo, la dejo naufragar despacio en su soledad. Voy queriendo que me descubra y me obligue y me salve de la culpa de emboscarle la esperanza.

-Parece mentira que los Ruiz se hayan separado –comenté-. Sabemos muy poco de los demás ¿no?-. Quería inducirla pero ella siempre encuentra la forma de apuntalar lo nuestro desde la desgracia ajena.

-Por suerte es un problema de otros –me dijo-. Por el contrario, me pasa de vernos viejitos tomados de la mano.

-Claro –asentí-. Pero está visto que el destino es un capricho. Hay cosas que suceden porque sí -quería decirle que nadie está a salvo. Pero el amor que ella siente es testarudo y ciego, igual que lo era el mío.

-Será que les faltó hacer lo suficiente –dijo, como si el amor fuera una alcancía.

Hace rato que el sexo es un convidado de piedra sin rastros de pasión, mecánico y aliviador, sí, pero forzado por los convencionalismos. Después sucede que quedamos enfrentados a un abismo insulso, como inconscientes caballos de tiro.

Antes, los planes nos salían al paso y sin expectativas. El otro era el plan, el milagro se bastaba por sí mismo. Jugábamos de memoria con un dale. En cambio ahora es un trabajo. Odio a los aceptan esa palabra como una verdad, el punto que aspira a construir un modelo, un recipiente donde cabe la forma de un sentimiento. De ahí en más es ir cuesta abajo, desnaturalizar lo que de intuitivo y misterioso tiene el amor. Noto incluso que ríe más que antes, que se arregla para estar más llamativa. Y la veo más linda, pero la admiro desde la distancia de quien observa un cuadro en un museo. Me gustaba cuando la deseaba por anticipado y la tomaba sin mediar palabra. Y no es culpa de los niños. La pasión encuentra su lugar en la desvergüenza.

Ayer me dijo que vendría bien pintar la pieza de los chicos y podar un poco el árbol. Lo comentó en medio de la abstracción que le provoca estar lavando los platos.

-Me gusta verte en casa. A veces sueño que estás todo el día acá. Detesto las horas que nos quita tu trabajo. Quizás –dijo, y se quedó paralizada por un segundo-, sea eso lo que nos falte: tiempo -luego vino lo de la pieza de los chicos y lo demás. Sentí la opresión de cada palabra, los síntomas previos, la sospecha creciendo como un cáncer en las entrañas de la rutina.

-Mmjj- contesté y el aire quedó enrarecido. Tuve que salir a fumar para evitar la incomodidad. El vecino de en frente llegó en tropel con la familia. Me saludó y jugó a correr con su mujer y los chicos hasta perderse por la puerta de entrada. Me pregunté si la vida de la gente no era una gran farsa ¿Qué había del otro lado de las paredes? ¿Con cuánto se contentaban? ¿Ya les había llegado la hora de trabajar por el amor?

En el laburo me distraía con facilidad. El jefe me reprendió por quedarme tieso mirando la nada.

-Hay que andar todo el día con el rebenque en la mano. Te quiero bien despierto, ¿entendido? Ah, y necesito eso para las doce y sin falta – tuve ganas de juntarle la boca con el culo, pero me quedé callado. Ahí decidí el momento. Lo haría esa misma noche.

Volví más cansado que de costumbre. Ella me atendió como un rey. Me sentí una basura que traicionaría su afecto antes de que volviese a salir el sol. Mandé a los chicos a la cama y la televisión se transformó en un ruido molesto. Hoy saltearíamos el rato final que pasábamos juntos cada día, una costumbre que nos apoltrona en el sillón del living con un vasito de licor en la mano.

La cama me pareció de otro. Todo lo que estaba a mí alrededor se volvió inerte, mudo. Prendí el velador y tomé mi libro de la mesa de luz. Ella se cruzó de brazos y revoleó los ojos como un animal a punto de ser sacrificado. Cerré el libro. Había llegado el momento. Uno de los niños entró a la habitación y pidió la bolsa de agua caliente. Esperé. Al volver entró la misma mujer de siempre, no la que estaba acostada hacía un instante. Se tapó hasta el cuello y se puso de espaldas a mí pero sin reticencia, con la naturalidad de una noche cualquiera. Yo había vuelto a agarrar el libro. Faltaba poco para terminar el capítulo. Luego hablé con los nervios y la seriedad que merecía semejante anuncio.

-No sé cuál es el momento indicado para estas cosas –dije conmovido-. Hubiera querido que fuese de otro modo. Desde hace tiempo que me siento mal, raro, hasta que supe lo que me pasaba. Y lo cierto es que…–alargué la palabra y tomé aire. Era el fin del mundo-, es que ya no te amo –afirmé, y me sentí cansado-. Es así, es eso. Y creo que… creo que por el bien de ambos y de los niños, deberíamos separarnos –la palabra cayó como un rayo helado en medio de la cama-. Te juro que no es antojadizo, y tampoco hay otra mujer. Es solo eso.

Torcí la cabeza y vi su cuerpo, un montoncito acurrucado bajo las sábanas. La imaginé llorando en silencio, sin saber qué hacer, qué decir, shockeada.

-Mi amor –dije en automático y le moví un poco el hombro con la mano. Un ronquido profundo y cavernoso salió de su boca. Se había dormido, estaba planchada, ida, fuera del alcance de mis palabras. Recordé que siempre había envidiado la facilidad absurda con que lograba dormirse. Cerré los ojos y maldije el retraso de mi coraje. ¿Habrá otro momento?, me pregunté.

Luego me dormí pensando en comprar la pintura para la pieza de los chicos y en el galpón del fondo donde descansaba la tijera de podar.

La mosca y la araña

Publicado por el 04/07/2016

Alterar el orden de la naturaleza puede llevarnos a una calamidad. Bradbury lo demostró con un cuento. Un hombre viaja al pasado con la prohibición de pisar fuera de una senda antigravitatoria. Ya se imaginan el desenlace. De modo que nada es joda. Un guiño de ojos, cavar un pozo, una patada de más en un partido de fútbol, cualquier cosa, por minúscula que sea, puede desatar la catástrofe. Y ahí me encontraba yo ante la pregunta crucial.

—¿Me amás?

La contestación cambiaría el futuro de mi vida, quedaría atado al compromiso de las palabras. Encima era un casi, estaba seguro que me faltaba poco, pero aún era un presentimiento. Tal vez el amor sea a veces una descoordinación del tiempo sentimental. Me puse a repasar el techo del departamento y vi un lamparón de humedad que crecía en un rincón, pegado a una telaraña donde una mosca luchaba por escapar.

—Hace mucho tiempo leí a Bradbury —le dije, y en la cara debió quedarme un aire pensativo.

—No te cuelgues. Es fácil. No son cosas que deben pensarse demasiado —arrugó el vestido y se lo metió entre las piernas. Dejó las manos ahí y abrió los ojos adelantando la cabeza.

—Sí, lo sé. Tengo dos opciones. Decirte la verdad y jugarme. O mentirte en la cara y también quedar jugado —la idea extrañamente la animó. Surgió de ella una sonrisa tibia como el sol que entraba por la ventana y le iluminaba la mitad de la cara.

—Yo me daría cuenta de que me estás mintiendo. Te conozco.

—Esa respuesta no es acertada —dije, y la vista se me fue de nuevo hacia la mosca. Tensaba las cuerdas de la telaraña. Un arácnido de patas largas caminó despacio sobre la arquitectura de su red—. Deja tu pregunta sin sentido —agregué—. Nadie pregunta lo que ya sabe. Y además, ¿no estamos bien así?

—Así cómo.

—Así, como estamos. Me encanta verte, te extraño, quisiera que esto durara toda la vida pero…

—Pero qué. Al final sos un descreído como todos los hombres. Nunca dan el brazo a torcer. Pero ¿qué pasaba en el cuento de Bradbury?

—Nada. Es una tontería que se me vino a la cabeza. Es algo así como intentar desafiar al destino y meter la pata en el intento. Voy a buscar un vaso de agua —buscaba hacer tiempo. Estaba en desventaja y ella tenía la pelota.

—Gracias —dijo—. Esta es una de las cosas que más amo de vos. Siempre sabés lo que necesito.

Guau, me dije. Un  vaso de agua es más que un vaso de agua. Cómo podía desilusionarla. Es un problema cuando alguien hace todo bien en favor de uno. Es mágico. Te convierte en un héroe infalible de bajo presupuesto. Si me emborracho está bien, si llego tarde está bien, si no le pido disculpas está bien, si no le digo que la amo…mmm, no, eso eleva el precio de la vida en pareja.

—¿Y si mejor me lo preguntás más adelante? El tiempo da muchas respuestas —afirmé y vi que hizo trompita y enarcó las cejas. En el rincón, la araña devoraba a distancia a su presa. La desesperación acabaría pronto con las fuerzas de la mosca.

—O sea que no pensás ser franco conmigo. Dejá, no te gastes. Sé lo que no te animás a decirme —en un segundo se levantó de la cama recogiendo el vestido con ambas manos. Yo la tomé del brazo—. Soltame, soltame te digo.

Tuve que soltarla. Me quedé sentado en la cama y desde la puerta me dijo que no se me ocurriera llamarla.

—No te pongas así, esperá —dije, y luego solté un te amo— el portazo lo tapó todo. Un segundo después golpeaba la puerta con su mano—. Ah, y una cosa más —gritó—, metete a Bradbury en el culo, pedazo de maricón.

No había escuchado mi declaración de amor. Tal vez dije lo que dije hacia adentro, fingí decirlo o solo moví los labios. No lo sé. Una mosca me zumbó cerca de la oreja. Arriba, la araña estaba sola, inmóvil. No había nada más. Esperaba a su próxima presa.

La maestra

Publicado por el 25/06/2016

Enamorarse de una maestra es tan previsible como inútil. Tal vez por eso las palabras idilio y delirio suenan parecidas. De la nada te ves haciendo poses y queriendo llamar la atención. Y a lo sumo sos una cabecita que cada tanto levanta la mano. Más que una gracia es una maldición y para colmo se repite todos los años con una maestra distinta. De modo que una reemplaza a la otra y todo queda en comentarios de niños.

—Viste lo buena que está la de lengua —me preguntó un día Mariano. Era un pícaro que me agarraba al vuelo. Intuí que me habría pescado mirándola con cara de bobo.

—Sí, y explica muy bien —dije—. Casi que ni tengo que estudiar en casa.

—Bueno, tampoco exageres, estás medio olfa por lo que parece —la palabra olfa me hundía en las primeras filas, al lado de los detestables. Debía medirme al hablar.

—Digo que es casi tan clara como tu mamá —la madre de Mariano era la directora de la escuela. Si uno sabía lo que le convenía soltaba un elogio para levantarle la moral y sacárselo de encima cuando se ponía pesado. Tenía la virtud y el “derecho” de gastar a todos sin recibir recriminaciones.

Yo sabía que él también estaba enamorado de ella. Lo vi con mis propios ojos. Al final de la clase se le ponía al lado y se quedaba hablándole. Creo que la maestra le respondía por ser quien era, pero enseguida apretaba sus libros contra su pecho fingiendo estar apurada. El muy tonto la jugaba de galán delante de mí. Y yo me preguntaba cómo es que se definen estas cosas, porque debía elegirme a mí y no a él. Decidí enfrentarlo mientras jugábamos a la mancha en el recreo.

—Se ve que a vos también te gusta mucho la seño —afirmé. Tenía la garganta caliente y los puños cerrados. Pocas veces he sentido ganas de borrar del mapa a una persona. Esa era una. Mi furia empeoraba por no saber si lo hacía solo para joderme.

—Te voy a decir algo —dijo, y me miró como cuando se va a patear un penal midiendo los palos—, las maestras no son de nadie. Si querés podemos preguntarle con cuál de los dos prefiere quedarse.

—Eso es una estupidez —dije—. Somos niños —pero el desafío quedó resonando en mi interior. Y si fuese posible por un segundo que ella…Era absurdo. Recordé haberla visto de compras con su pareja. La llevaba de la mano y sonreían con la incomodidad vergonzosa de los enamorados. Nada podíamos hacer nosotros. Éramos el decorado de un aula, menos que las guirnaldas que dieron la vuelta al pizarrón el día del festejo de la bandera. Qué clase de pretensiones podía tener un niño que ni siquiera sabía lo que era masturbarse. Hasta mi hermana más grande me dijo algo que sonó a advertencia. Lo tuyo es platónico, afirmó, y yo le dije que sí, que seguro que era eso, y no tenía ni la más pálida idea del significado de esa palabra.

—¿Y?, ¿te decidiste? —Mariano era una espina. No aflojaba-. Mirá que si ella no sabe lo que te pasa, te vas a quedar con las ganas eh.

Tenía razón. Comportarse como un hombre y perder la vida en la batalla, eso era lo que correspondía. Juntar el valor suficiente, y el momento, y las palabras y… Me quería matar. Todo resultaba chirlo, como decía mi madre cuando a la sopa le faltaban fideos. Cuál era el idioma de los grandes, qué se decían al momento de declararse su amor, ¿qué se hacía después? ¿Besarla? ¿En la boca? ¿Salir corriendo por las dudas me tirara con el borrador?  Decidí actuar con naturalidad, nada de ensayar discursitos. Eso ya había fallado con otra chica del grado. Diría lo primero que se me viniera a la mente.

En el primer recreo y antes de la clase me crucé con Mariano.

—Hoy es el día, es mi turno, después hacé lo que quieras. ¿Está? —hablé con convicción, me sentía maduro. Me fui antes de que contestara.

Jamás me temblaron tanto las piernas. La clase pasó volando y en el pecho tenía un pequeño animal que luchaba por salir. Conté cada latido hasta perder la cuenta. Cuando todos se levantaron después del timbre yo me quedé quietito, esperando.

—¿Qué pasa? ¿No salís al recreo? —me preguntó y se acercó muy despacio. Definitivamente el corazón se me hizo una bola de fuego—. ¿Te ayudo en algo?

Me dieron ganas de decirle que sí, que necesitaba abrazarla o algo por el estilo. Y eso hice. Mi cuerpo avanzó sin mi consentimiento y enlacé los brazos alrededor de su cintura.

—¿Qué pasa chiquitín? —preguntó mientras me pasaba la mano por la cabeza. Eso me devolvió a mis diez años. Lo que tardó el recorrido de su mano abrió un dolor que desarmó mi fantasía. Luego se puso en cuclillas y me miró a los ojos. Creo que entendió perfectamente lo que me pasaba porque sonrió y yo recordé a mi madre.

—Querés decirme algo. Decílo nomás —levanté la vista y vi que Mariano me espiaba junto con otros chicos, todos muertos de la risa. Tomé aire y me sequé una lágrima que no supe de dónde había salido.

—Claro que quiero decirle algo —hubo una pausa grande como el patio, y como me lo había prometido, dije lo primero que se me ocurrió—. ¿Qué es el amor platónico señorita? —puso su mano en mi pecho y volvió a sonreír.

—Es eso que te late ahí —contestó.

Al incorporarse advertí que medía casi el doble que yo. Luego cruzó la puerta con sus libros y yo me quedé escuchando las risas de mis compañeros.

Amor de góndola

Publicado por el 08/06/2016

Parecía el comienzo de una típica película con Sandra Bullock. Mi carrito de las compras parado frente a la góndola de los lácteos y de repente un golpecito seco producto del descuido.

—Uy, perdón —no terminó de completar la frase. Algo así como, no me di cuenta, o disculpá.

Abrió los ojos sabiendo que era yo, y yo sabiendo que era ella, pero muchos años después. De no ser nadie, hubiera girado el carro y sonreído un poco, para luego plantarme en el sector de embutidos y perderme en mi propia imagen horas después,  mirando el partido y acompañando la picada con una cerveza helada. Pero no. El corazón me dio un vuelco insinuante, algo así como haber pisado en falso y estar a punto de caer en un pozo. Es un segundo, la rémora de viejos recuerdos, no más que eso, un sentir incómodo como el que pudiera tener un perro que escarbando porque sí da con un viejo y olvidado hueso.

—No te la puedo creer. Qué haces, qué ha sido de tu vida —me hablaba desde alguna lejana galaxia.

—Nada extraordinario. Voy muriendo de a poco como todo el mundo —dije, y su sonrisa asomó como cuando las cosas van bien y no hay que preguntarse nada al respecto.

—Sos un… —podría haber dicho guacho, el mismo tarado de siempre o cosas por el estilo. Pero la vida había mutado hacia otra cosa, y las palabras que brotan con espontaneidad cuando se observa la vida como desde la ventanilla de un tren, ya no son las mismas, han adquirido otro sentido, se deshacen a mitad de camino, son de otros.

—¿Soy un qué? —ella bajó la vista y agachándose un poco movió lo que llevaba en el carro para después engancharse el mechón de pelo por detrás de la oreja, como lo ha hecho siempre.

—Nada. No sé qué decirte o cómo seguir estar charla. Está bueno verte, pero bueno, no sé.

Estaba más buena que antes. Me pregunté si se debía al trato que le daba su actual pareja, o si las personas son lo que son, y punto. Miré alrededor, empezaba a sentirme raro, incómodo. Habría venido con su… ¿marido?

Cuando estábamos juntos la palabra marido era dicha tantas veces como la palabra esparadrapo. Ni siquiera se pensaba en eso. En realidad quién quiere hacerlo. Sí, ya sé. Los que le dan a cada cosa un lugar, una pertenencia, una categoría, un status. Sucede que la juventud se da el lujo de poner distancia de todo lo que suene convencional. Hay en eso un aire de patetismo que se esquiva de modo inconsciente. Para qué molestarse con el futuro cuando miramos de frente a la eternidad. Es el lujo, el divino tesoro de la juventud, y en aquel tiempo lo éramos.

—No hay que seguir esta charla más allá de lo que vale. No tengo por qué preguntarte nada. No hay nada que el tiempo no pueda vencer —me vi diciendo lo que no quería. Para qué herirnos, qué clase de compensación estúpida nos anima a decir lo que no queremos: Que si hubiéramos seguido juntos tal cosa, o si a esta altura tendríamos un “proyecto”, palabra de doble filo que a veces lo puede todo y otras lo echa todo a perder—. Para qué devanarse los sesos —dije y casi pronuncio su nombre al terminar la frase—. Es más simple, hay historias que merecen un futuro y otras que solo se preservan como un buen recuerdo.

—Claro, siempre fuiste de pensar así —retrucó con aire desafiante—. Sin embargo no estoy segura de que romper haya sido una buena idea. Tal vez nos apuramos y quizás hoy podríamos llevar un mismo carro para los dos.

Me quedé helado. Un instante de confusión me nubló la vista. Hay veces en que se siente algo con intensidad, una presencia de ánimo que creías dormida, y sin embargo estás invadido por una reminiscencia de otro tiempo, algo que al día siguiente no va a importarte un comino. El viejo y atractivo juego de la seducción metía su cola, era la oferta del día.

—Puede ser —dije—. Las dudas no son lo mío. En realidad mis únicas certezas son las dudas. Nunca sé que pudo haber sido mejor. Es como haber soñado con un número y no  haber entrado a una casa de quiniela. Un absurdo más. Fuiste muy importante para mí. Eso es lo que sé —lo dije sin esfuerzo, justo yo, a quien las confesiones sentimentales le caen peor que un vino picado.

Todo es muy extraño. Vivís con alguien, dormís, comés y cogés con esa persona, es tu delirio y tu perdición y de pronto todo se esfuma, a veces sin una razón aparente. Un día te das vuelta en la cama y hay otra mujer distinta que no se parece en nada a la anterior y que sin embargo, vive, come y coge con vos como si todo fuese muy normal, y nada hubiese sucedido en el medio. ¿Qué son esas gentes que se pierden en el camino? ¿impasses? ¿Ensayos del cinismo amoroso? ¿Cómo es posible que un día lo sean todo, y pasado el tiempo no signifiquen absolutamente nada?

—Vos también fuiste muy importante para mí —dijo—, te diría lo más importante. Pero, qué somos hoy —¿jugaba conmigo, esperaba que le devolviera la gentileza, estaba decepcionada de su vida actual? Pensé de nuevo en las películas de corte femenino mientras una mirada acaramelada terminó de empujarme hacia el abismo.

—¿Sabés que somos? Dos extraños que acaban de chocar sus carritos dentro de un supermercado.

—No lo creo —me respondió, y se alejó zigzagueando como las amas de casa que salen de compras para perder el tiempo.

El crack

Publicado por el 26/05/2016

Me resultaba difícil verlo de nuevo. Ahora asomaba detrás del mostrador del almacén que había puesto con su mujer a unas cuadras de la casa de mi madre. Entré de casualidad en una situación inesperada. Casi todas las cosas buenas de la vida, también las otras, suceden porque sí. Y no como muchos, que atribuyen las consecuencias a planes o sistemas de vida. Nadie tiene el control de nada.

Todavía llevaba yo en la cara el gesto de dolor que me provocó el ruido chirriante de la puerta. Adentro faltaba una luz que le diera vida el pequeño espacio tapizado con estanterías aparentemente repletas. En realidad solo estaban disimuladas con una prolija pantalla de productos en todos los frentes. Si se aguzaba la vista advertías que era solo eso. Como la gente que se enmascara detrás una sonrisa falsa, para dar la sensación de que la está pasando de maravillas.

Al verlo me pegué una especie de susto. Su mujer me saludó como a un cliente más, y él no supo cómo abordar el tema. Simplemente me nombró y se refirió a mí como un viejo amigo. Sí claro -dijo la mujer-, que enseguida sospechó la quinta pata del gato. Verlo me hizo a la idea de tener que comprar más cosas de las que tenía previstas. El impulso vino de la estupidez de ser asaltado por culpas infundadas. No se reparan las vidas ajenas con actos de altruismo.

Sobre una de las paredes había un poster del mítico Independiente de los tiempos del Bocha, y un banderín descolorido por el paso del tiempo.

-Desde la película de Szifrón donde descubren que una persona puede cambiar todo menos sus pasiones –dije-, pienso en vos cada vez que perdemos un partido o no ganamos un campeonato. -Su mujer se hizo a un lado y comenzó a acomodar vaya a saber qué.

-¿De verdad? -dijo-. Puede que tengas razón. En mi caso eso sería lo último que se me ocurriría hacer. Incluso ahora miro o escucho los partidos con mucha más atención. Desde mi retiro he pensado que de todas formas las cosas siguen su curso y que hay que mejorar lo que se tiene. De nada me han servido los psicólogos. Solo los amigos me han dado la fuerza suficiente. Y claro –dijo señalando a su mujer con la vista-, este tesoro que me ha dado los años más felices de mi vida. Dios te quita pero también te da.

Recordé que cuando jugaba al fútbol pintaba para crack. Desde las inferiores que todos los clubes se peleaban por su fichaje. Además era buena gente y tenía un pie dotado para hacer valer cada centavo de las plateas. La gente le hubiera dado un crédito eterno para que jamás tuviese que soltar la pelota, pero no pudo ser. Es el placer indestructible de la belleza al servicio del deporte, chocando una vez más contra la realidad. Giré un poco la cabeza y vi que había una foto encuadrada con el equipo de aquellos años. Se lo veía sonriente y en cuclillas, ubicado en la parte de abajo de la formación con la punta de los dedos apoyada sobre la redonda.

-Qué tiempos aquellos eh. Como jugabas, que te parió.

-Eso ya pasó. Es solo recuerdo -dijo.

Me quedé mudo, creí haber metido la pata en grande. Siempre pasa. Como en el chiste de los bigotes de la tía, y qué bien le quedan.

-No intentaba causar ninguna molestia -me atajé rápido-. Es que eras Dios adentro de la cancha.

Un gato pasó entre mis piernas. Luego lo rocé con el pie y se puso a ronronear mientras fregaba el lomo contra mi pantalón.

-Ahora soy el ángel caído -dijo, y se tocó la nariz como si le picara. Su señora ponía cara de circunstancia, mantenía la vista al suelo como hacen los provincianos cuando les habla uno que viene de la ciudad.

-Siempre fuiste un tipo muy fuerte. Recuerdo cuando salías con mí…-me detuve porque estaba a punto de revelar nuestro pequeño secreto. Había sido novio de una de mis hermanas por aquel tiempo, y era cantado que los celos retrospectivos de su mujer pudieran tirar por la borda un momento aún indefinido-,…te decía que todavía recuerdo aquella moto azul que tenías. Que caño eh. Y fuiste tan demente como para prestármela. Yo era chico todavía, pero no te importó. Creo que nunca te agradecí eso.

-Es una tontería -gruñó-, yo quería quedar bien con vos. No te la presté porque te tuviera confianza.

La confesión llevaba un tirito por elevación. Comprendí que la jugarreta habido tenido por fin congraciarse con mi hermana. Todo bien, yo hubiera hecho lo mismo. No merecía ningún reproche.

-Y cómo va el almacén. Cuánto hace que lo tienen -dije para escapar de la subliminal encerrona. Podía entender cierto odio contra el mundo por lo suyo, lo que no quería decir que tuviera que soportar deslices incómodos.

-En realidad el negocio es de ella -dijo, y su mujer no emitió palabra. En qué se había convertido aquel muchacho simpático que hizo levantar copas a su club y que a punto estuvo de ser contratado por un equipo grande de capital. Dejé que se explicara. Notaba en él cierta ansiedad de ponerme al tanto de su vida después de tantos años sin vernos. Miró de nuevo a su mujer-. Creo que sin ella las cosas hubieran sido mucho peor. Así que acá me ves, levantándola con pala y feliz de la vida. Ah, y sabés qué.

-No -dije- ¿Qué?

-Paradójicamente tengo una kangoo. Podés creer los delirios del destino.

Recordé todo en un flashback demoledor. Una lesión en el tobillo lo había puesto afuera de las canchas cuando estaban a punto de jugar la final. El decidió acompañarlos igual, y viajó con unos amigos porque la fecha era de visitante. El conductor perdió el control y a pesar de que la camioneta volcó, todos salieron ilesos, a excepción suya. Él sufrió un golpe que le cortó la médula y lo dejó paralítico. Era una Kangoo. Ahora, mientras lo veía moverse con alguna dificultad, notaba la disminución del tamaño de sus piernas, y una postura algo encorvada que había ido desarrollando con el tiempo.

-Bueno, y que vas a llevar. Hoy tenemos promoción. Con una compra superior a los doscientos pesos te llevás de regalo una bola de cristal que te canta lo que te va a pasar.

La ironía no me causó ninguna gracia. Pero decidí no devolverle el golpe dialéctico. Tenía demasiado con estar condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida.

-Mejor no voy a llevar nada -le dije-. Iba a comprar un paquete de cigarrillos pero he decidido dejar de fumar en este mismo instante.

-Excelente. Eso te mejorará la calidad de vida. Es de sabio llegar a viejo sin ser un lastre. Yo no puedo decir lo mismo, ¿no cierto mi amor? -le habló sin mirarla, y ella sonrió como acostumbrada a su cinismo.

-Bien, ya tengo que irme. Un gusto verte.

-Para mí también -murmuró, y una mueca de la tristeza acumulada a lo largo de los años se le dibujó en el rostro. No quise agregar nada más, pero me salió del alma dejar una voz de aliento para la pasión que teníamos en común.

-Vamos el rojito eh, que en el próximo campeonato la rompemos-. No soné para nada sincero. Teníamos un equipo de mierda y le hablaba a un hombre que había dejado de vivir de ilusiones bobas.

-Sí, claro -dijo en un tono muy suave, y luego bajó la cabeza. Ni siquiera me extendió la mano para decirme adiós. Tampoco me la había dado al llegar.

Salí del lugar como si nunca hubiese entrado pero vuelvo a ese pequeño almacén cada vez que escucho chirriar alguna puerta.

 

La música de los pájaros

Publicado por el 13/05/2016

Le pedí a mi mujer que me alcanzara el transporte de la guitarra. Solo ella sabe dónde van a parar las cosas que se pierden de vista. Es una cualidad similar a la de los padres cuando te dicen que busques algo, volvés diciendo que no lo encontraste, y al segundo se levantan y van al mismo sitio, toman aquello que no encontraste y te lo exhiben como si fuese un trofeo para tontos.

—Gracias —le dije y ella sonrió arqueando las cejas. Lo recogió del suelo, justo al lado del sillón donde me encontraba.

Las tardes de domingos, tan quietas y silenciosas, con la paz que obtuvimos al concretar nuestro sueño de la casita de campo, nos daba el respiro y el lugar para nuestros pasatiempos. Mientras ella cantaba yo ponía todo de mí para no romper la magia de su voz con arpegios muy suaves. En más de una ocasión la incentivé a que aprendiera a tocar, pero me decía que hay gente hecha para unas cosas y otras para otras. Siempre fue de respuestas simples pero contundentes. Me gustaba contemplar la profusión de las tenues arrugas que se habían ido formando en su rostro, y veía en ella un futuro de abuela que se mece en su sillón de mimbre, rodeada de nietos, los hijos de nuestros hijos, escuchándola cantar.

Nos disponíamos a tocar una de Dylan que ella entonaba como Joan Báez. Se cruzó el dedo en la boca después de mis primeros acordes.

—Shhh —dijo, y arrugó el ceño. Afuera cantaba un pájaro que nos visitaba por las tardes, como si la naturaleza enviase un mensajero celoso de nuestro arte—. Ahí está. No se puede tocar mientras él esté cantando, ¿no?

La inocencia de mi mujer fue el primer encanto que revolucionó mi vida. El trinar del ave simulaba mi guitarra, al tiempo que ella improvisaba un fraseo, y era como si estuvieran hablando entre sí. Yo me sentía aislado pero satisfecho. Observaba en ese deleite de media tarde, a una mujer que hablaba el idioma de los pájaros, moviendo los brazos como si fueran alas, hasta que al fin todo terminaba y yo comenzaba a rasgar mi guitarra como si volviera de una suerte de placentera hipnosis.

—Shhh —dijo de nuevo.

—¿El pájaro otra vez? —pregunté.

—No. Otra cosa. Es otro ruido —hizo una pausa—, como si hubieran abierto la puerta del fondo.

Pensé en el viento que a esa hora se volvía más intenso, en nuestro perro que solía escoger su lugar para escucharnos cantar. Pero no. Vi que se levantó con un gesto extraño y caminó con cierta cautela hacia la parte de atrás de la casa. Seguí improvisando un poco esperando a que volviera. Me sobresalté al escuchar unas voces, luego sobrevinieron unos gritos. Al instante un sujeto entraba al living tomando a mi mujer por detrás, tapándole la boca. Pero también había otro que me amenazaba a distancia con una pistola.

—Quedáte quieto guacho. Quedáte quieto porque sos boleta.

—Tranquilos, tranquilos, todo está bien —dije y levanté las manos. La guitarra hizo un ruido deforme al golpear contra el suelo.

Después de un par de culatazos y puteadas me metieron en el baño y cerraron la puerta del lado de afuera. Podía escuchar lo que decían, me desesperé al saberme inútil, y esos dos con mi mujer de rehén, tan cerca de mí, y sin embargo, a una distancia que se me antojó imposible, terrorífica.

—No la toquen por favor, llévense lo que quieran, pero no la toquen.

Los ruidos empezaron a multiplicarse como si desmantelaran la casa, todo a los gritos y con mucha violencia. Patadas y más patadas, insultos y guarangadas.

—Vos tocá la guitarra putita —le decían a mi mujer—. Tocá te digo.

Imaginé lágrimas y el espanto dibujado en su cara. Unos acordes tétricos actuaron de telón de fondo de las correrías, una música infernal, a tono con lo que estábamos viviendo. Me obligaron a hacer silencio. Me quedé callado y pegué la oreja a la puerta.

Uno de ellos debió tomar una de las bebidas de la pequeña barra junto al hogar. Mirá guacho, mirá, le decía uno al otro, y calculo que se empinaba la botella del whisky más caro. Qué hacés, no desperdicies eso, dame un trago, dijo su compañero. ¿Qué serían capaces de hacer si se emborrachaban? Tocá puta, seguí tocando, no dejes de tocar porque para vos también hay. Los acordes de la guitarra me parecieron infernales. Vas a ver cómo te sacamos buena. No paraban de reírse. Mi mujer lloraba con hipo, como una niña, pero no dejaba de tocar. No no, sueltenmé, les decía, y yo la emprendía a los gritos, sin saber si eso era mejor o peor para ambos. Ahora vas a seguir tocando pero con esto que tengo acá, gritó uno. Imaginé al tipo agarrándose la pija. Enseguida lo mandó al otro a revisar las piezas, y el muy imbécil salió gritando como si comandase un malón. En cuanto a vos turrita, insistía con mi mujer, más vale que me digas donde esconden la teca, pero decimeló cantando y ni te ocurra dejar de tocar eh. Mi ira llegó al tope, y por primera vez sentí que era capaz de matar a otra persona, a esos dos cobardes que jugaban con mi mujer vaya a saber a qué. Entre sollozos y desesperación ella les indicó dónde estaba el cofrecito que usábamos para guardar nuestros ahorros, regalo de un viaje de su madre a Francia. Escuché algo parecido a unas cachetadas y comencé a patear la puerta. Mi mujer gritaba, y sin embargo en ningún momento dejaba de tocar, como si ese fuera su chivo expiatorio. A mí ya no me importaba nada, estaba dispuesto a volar la puerta a golpes. Tranquilízate sorete que por cada ruido que hagás vos, la va a terminar pagando el bomboncito tuyo eh. La voz era temeraria, tenía un dejo de perversidad, una firmeza para nada improvisada, como si lo hicieran todos los días. Caí al suelo rendido, llorando arrodillado. Maldije los materiales con los que estaba construida la puerta. Una cosa es una puerta común y silvestre y otra cosa es esto, me había dicho el vendedor cuando estaba construyendo la casa. Lo puteé a él, a la puerta, al destino, a la mierda en la que estábamos metidos. Intuía que podía pasar lo peor y yo ahí, impotente. La música era un mismo acorde chirriando sin cesar, una danza macabra. Escuché una serie de golpes como si se dispusieran a destrozar la casa por completo. De nuevo los gritos de mi mujer, un poco más apagados, le habían puesto algo en la boca. Arremetí contra la puerta nuevamente, miré hacia todos lados creyendo que podría aparecer mágicamente algo así como una barreta o Dios sabe qué clase de milagro Me fue imposible romperla. De pronto no escuché más voces, ¿el tormento había llegado a su fin? Lo extraño era que la guitarra seguía sonando, pero el ritmo se hizo lento y menos intenso, hasta que finalmente el aire fue ocupado por un silencio atroz. Mi vida ¿estás bien?, grité. Nada. Insistí con todas mis fuerzas una y otra vez hasta quedarme ronco. Nada. Decidí hacer silencio y guiarme por lo que podía escuchar, y fue peor. Era como tener un zumbido ensordecedor en la cabeza. La mente se me quedó en blanco. Me recosté contra la puerta, esperando, vencido. Estúpidamente pensé en el cofre, en las explicaciones que debería darle a mi suegra, en las respuestas absurdas de semejante suposición. Quizás no quería pensar en nada más. No quería darle entidad a lo que imaginaba como escena final. Permanecí unos segundos con los ojos cerrados hasta que algo me sacó de mi estado de shock. Era el trinar del pájaro, el maldito pájaro de nuevo, a pesar de que nunca volvía por segunda vez. Cantaba distinto, como orgulloso y alegre. Y con ese gorjeo manso y encantador me fui quedando dormido.

El alazán

Publicado por el 04/05/2016

Cuando caí por el rancho la tarde era una mano negra que escupía lluvia. Las gotas me mordían la cara. Era finita y violenta. Crucé la tranquera y me agarré el dedo con el pasador. Debió ser que el agua había hinchado demasiado la madera. Ni bien la cerré vi al ternero guacho que merodeaba el corral de los cerdos; no supe qué clase de curiosidad podía encontrar en la inmundicia pestilente del chiquero. Ya lo había visto a Don Horacio arriarlo con la mirada todas las tardes hacia el corral. También recordaba aquella tarde que le metió un topetazo en los testículos. Al instante la mano del viejo le dio justo en la mollera y el golpe produjo un sonido seco, como si la cabeza fuera una calabaza vacía. Mano a mano -había dicho- para después tomarse la entrepierna.

Aquella fue la primera vez que vi entrar un médico en el rancho. Al pobre lo trataron como si fuera un intruso, desprestigiaba la guapeza de la gente de campo. Y su entrada resultó tan vergonzosa que casi podría afirmar que colaboró con la recuperación del paciente. A los dos días el viejo caminaba arrastrando el pesado tacho de comida de los animales, con el dolor metido en las verijas, pero con el orgullo testarudo de no dejarse vencer por las contingencias. Todos nos preocupamos mucho, pero salió adelante sin chistar, y solo cuando un rojo palpitante iba cerrando la lenta puesta del sol, largaba lo que tuviera a mano, oteaba las cenizas del día y volvía reconfortado a su casa.

Yo vivía a unos cinco kilómetros. Tenía apuro de ver que pasaba. Un mal presentimiento me acosaba desde temprano. A la vez el caballo avanzaba muy despacio. Incluso y sin saber cómo justificarlo, me detuve a comer piquillín. Debe haber sido el efecto sedante de la lluvia; suele convertir mi mente en un telón blanco.

Los perros torearon un rato y luego me escoltaron hasta la casa. Me pareció raro que un chivito colgase de una de las ramas del árbol que custodia la entrada. Don Horacio no es olvidadizo ni desperdicia nada. Y tampoco Doña Lila, la amorosa señora que tiene por mujer. Podía presentir que algo malo sucedía puertas adentro. Repasé el corral de las vacas con la vista y me miraron por única vez con cierta expresión humana. Será por eso que uno tiene cara de vaca cuando ve llover. Golpeé las manos por las dudas. Sé que tengo el privilegio de sentirme como en casa, pero nunca pierdo el respeto por la intimidad ajena.

—Buenas buenas —grité, y me di cuenta del atropello ensordecedor de la lluvia. Parecía a punto de romper las tejas. Un tarro de aceite sin tapa hacía de tambor y aumentaba el estruendo. Vi asomar a Doña Lila moviendo la mano en dirección mía.

La penumbra interior estaba dada no solo por la falta de ventanas sino por la espesa y grisácea capa de nubes que dominaba el cielo. Sobre un esquinero, una lámpara a querosene emitía un ruido sordo. Nunca me pareció tan bajo el techo como en aquella oportunidad.

—¿Qué pasó Doña Lila? —dije al advertir el cuerpo inmóvil de su marido en la cama. Tenía la cabeza levantada y respiraba con dificultad. Al costado había un fuentón con un líquido espeso que me recordó a las carneadas de vacas, donde hay que dejar que el animal se desangre por completo.  Tuve la espeluznante ocurrencia de que al otro día podíamos hacer unas morcillas con la sangre de Don Horacio.

—No sé bien cómo fue m’hijo —me respondió la diminuta mujer sin levantar la mirada-—. Alcanzó a decirme que se chocó una rama al galope, y que el alazán le salvó la vida trayéndolo hasta acá. Yo lo vi acostado sobre el cogote del animal —siguió—, allá, pegado a la tranquera. Corrí hasta donde estaba y después lo traje tirando de las riendas. Es un hombre guapo, pero está muy débil, ha perdido muchísima sangre. No sé qué hacer, m’hijo. Por suerte está acá para darme una mano. ¿Cómo fue que se le ocurrió venir con semejante aguacero?

—Pura intuición Doña Lila. No lo vi pasar con las vacas hoy temprano, antes de que se largara con todo, y eso me pareció muy raro. Pero cuénteme como fue lo del accidente. No lo entiendo, no tiene mucho sentido.

Estrujó un trapo en un balde y se lo chantó en la frente. Volaba de fiebre. Su rostro se beatificó por un instante, y luego volvió a la mueca típica de quien sufre sin decir ni a. Pensé que ir a dar aviso a un médico del pueblo me llevaría más o menos tres horas. Mi caballo responde bien pero el trayecto es largo y la lluvia debía de haber hecho estragos. Necesitaba un transporte, la vieja f 100 de los Coronel vendría como anillo al dedo. Pero recordé que habían ido para el bajo bien temprano, y conociendo como se daba todo cuando llovía copioso, esperarían hasta que el agua les diera tregua. Estábamos condenados. La cama estaba empapada y la sangre no paraba de manar, como un río desalentador y turbio. Vi que toda su cara se ennegrecía más a cada segundo. Pensé en el tamaño de la rama y las estúpidas formas en que uno podía morir.

—Voy a tirar esto, ya larga mal olor —dijo Doña Lila y el banquito crujió al quitarle el peso de encima.

Sus manos se cerraron como tenazas sobre los bordes del fuentón y lo levantó sin pedirme ayuda. Se perdió en la abertura que comunicaba con la cocina. Me acerqué a Don Horacio y susurrándole al oído le pregunté qué había pasado. No soy de ensañarme con las explicaciones pero veía una raya negra y curva que le atravesaba gran parte de la cara. Él cerró los ojos muy despacio, resignado, como pidiendo disculpas. Yo salí en medio de la lluvia y fui hasta donde estaba atado el alazán, con el cuerpo echado contra el paraíso de donde pendía el nudo de las riendas. Al levantarle una de las patas traseras me quitó la mano con una patada corta y violenta. Lo calmé acariciándole las ancas y volví a intentarlo. Tenía una espina grande clavada en la parte interna del vaso. Me di vuelta porque sentí un dedo frío en la nuca. Era la mirada de Doña Lila asomando de nuevo por la puerta, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado. ¿Cómo era posible que su caballo más querido…? Entré de nuevo en la casa y la vi llorando sobre el pecho de Don Horacio. La mirada del viejo estaba fija en el techo y sin embargo lo atravesaba, ascendía entre las gotas de lluvia y se perdía en el infinito.

—Nunca lo escuché quejarse —dijo Doña Lila y no me estaba hablando a mí.

Salí de nuevo y el fresco de la lluvia me alivió el alma. Recorrería el tramo hasta el pueblo y volvería para darle el sagrado sepulcro que se merecía. Al avanzar me hipnoticé con el balanceo de la cabeza de mi caballo. Era un animal muy fiel, como el alazán de Don Horacio.