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Borges: una mirada polifónica y local

A treinta años de su muerte, recordamos al escritor argentino por antonomasia con siete testimonios de lectores marplatenses.

08/07/2016
Borges: una mirada polifónica y local
Borges (derecha) junto a Bioy, Silvina Ocampo y amigos en Punta Mogotes (Foto: Télam)
Mariano Taborda

Autor: Mariano Taborda

redaccion@quedigital.com.ar @marianotaborda

Borges es un autor universal y, aunque parezca paradójico, sensiblemente argentino. Sus inspiraciones abarcan un territorio amplio y ecléctico: la mitología nórdica, la lengua germana, la literatura árabe y también la judía, Shakespeare, Cervantes y las obras de género. Las temáticas que lo inquietaban eran de carácter universal: los laberintos, la muerte como destino heroico, la totalidad, el infinito, el lector. Los rasgos cosmopolitas de su literatura encuentran en el imaginario argentino decimonónico el rasgo que completa y alimenta su poética. Los cuentos de orilleros (Hombre de la esquina rosada, El Sur, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz) introducen al criollo, el cuchillo, el mate, el honor. Borges, en su obra, sintetiza una doble genealogía: la raíz materna de soldados que libraron batallas, primero por la independencia y, luego, en las dilatadas luchas intestinas; y la paterna: la biblioteca, la lengua inglesa y la erudición.

El nombre de Jorge Luis Borges está asociado a una simbología precisa: el escritor ciego, con las manos desgastadas sobre el bastón, el cuerpo enclenque, siempre en postura pasiva. El erudito todo-mente, conservador, prácticamente célibe. Fuera del mito está su obra, sostenida sobre una prosa microscópica, pulida hasta la pérdida de la visión. Una obra capital, ubicada en el cénit de la literatura del siglo XX, en todas las lenguas.

Siete lectores marplatenses (algunos no nacieron aquí, otros ya no están, pero todos se acercan al gentilicio) nos cuentan su vínculo con los libros de Borges.

 Matías Gelpi (crítico de cine) 

De Borges lo primero que nos llega es su fama rodeada de una serie de lugares comunes: que es críptico o difícil; que escribía sobre cuchilleros, tigres y espejos; que odiaba al peronismo, se abrazaba a Pinochet y se sentaba a comer con Videla sin problemas; cuentan también que era ciego y, a veces, racista. Aunque lo importante, como subraya Piglia, siguen siendo sus textos. Empecé a leer a Borges porque me enteré que estaba peleado con Sábato; claro, en mi primera adolescencia no podía entender por qué alguien podía estar en desacuerdo con el bueno de Ernesto. Con el tiempo lo incorporé a mi canon íntimo, debe haber sucedido la primera vez que llegué a comprender algunas de las capas de sentido de algún cuento famoso de El Aleph o Ficciones. Luego de unos años de leerlo, he podido entender que a Borges, como todo lo relevante, se lo debe leer porque se lo disfruta; eso sí, lo interesante, si es que se aspira al título intermedio de lector de literatura, es releerlo.

Borges es el escritor más autoconsciente de la historia, tanto es así, que parece no poder dejar que esa maquinaria crítica que es su prosa se exprese en cada centímetro de sus textos. Su voz está presente en cada página que firmó, pero su expresión cabal se encuentra en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; cuento del libro El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) más tarde compilado en Ficciones (1944). De todas maneras como crítico de cine que soy me queda señalar como texto preferido una nota publicada en Sur en 1941, llamada Un film abrumador, compilada por Cozarinsky en Borges y el cine (1974) y también publicada en el tomo Borges en Sur. Es una estimulante crítica de Citizen Kane (Orson Welles, 1941) donde Jorge Luis la descose aplicando el entramado crítico excepcional de su cosmovisión a la gigantesca obra de Orson Welles.

 Juan Carrá (escritor) 

Me costó mucho acercarme a la obra de Borges. Sobre todo por prejuicio político. Pero cuando empecé a leerlo encontré una obra majestuosa. Me acuerdo que fue el cuento Emma Zunz el primero que leí y me pareció brillante. Después, los cuentos relacionados con la gauchesca como El fin o Biografía de Tadeo Isidoro Cruz volvieron a deslumbrarme.

Mentiría si digo que todo lo que escribió Borges me parece genial, hay textos que me expulsan como lector, que no logro entrar en su código, descifrarlo. Por otro lado, Borges es uno de los que más hizo por el género policial: la colección del Séptimo Círculo, dirigida por él y por Bioy es ineludible a la hora de hablar de los mojones más claros para el crecimiento del género por estos lares. Además, dentro del policial están los textos sobre Bustos Domecq, también en coautoría con Bioy.

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Josefina Dorado, Bioy Casares, Silvina Ocampo y Borges caminan por la rambla (1935) (Foto: Clarín)

 Esteban Prado (editor, escritor) 

Por qué odiamos tanto a Borges

En 2009 hice el intento de estudiar Derecho. Fue un año y medio de desempeño por encima de la media, con notas altas y facilidad para entender los patéticos mecanismos de sumisión del otro que caracterizan esa alta casa de estudios. Recién ahí, después de mucho tiempo, pude entrever de dónde viene el rechazo que genera Borges. No creo que esté vinculado con sus boutades, ya sean nerds, snobs o iluminadas. Tampoco con sus declaraciones políticas. Creo poder probar que ese rechazo viene de la circulación de su nombre en ambientes en los que no se lo lee. Por suerte, al entrar a esa segunda “carrera”, mi detector ya estaba entrenado y no tardé en advertir que aquella “eminencia marxista” que inauguraba las clases en un aula magna, cada vez que citaba a Borges –muchas-, hacía que el aura magnífica que yo le daba a su obra se fuese convirtiendo en algo asqueroso: un aura, pero un aura de mierda.

Ahí pensé, estos tipos están enfermos, enfermos de metonimia, piensan que a fuerza de citarlo y ponerlo como escudo alguien terminará pensando que los atributos de la obra citada se corresponden con las del citador. Y es a la inversa: el odio hacia el citador se traslada hacia la obra citada.

Antes de que ese veneno terminase de ser inoculado, abandoné la carrera y volví a leer. Y mientras lo hacía, se fue sucediendo mi historia como lector: un tomo verde apenas leído en la biblioteca de mi tía; un Aleph de papel de diario enorme e incómodo; una edición de bolsillo deshecha; una profesora en actitud mediúmica recitando versos en silencio mientras un estudiante los lee; la relectura, que sería más sostenida de no ser por cierta tendencia a lo finito que nos caracteriza.

Me queda la alegría de haberlo leído sin el mal de los sincrónicos, ahorrándome el placer de ser su contemporáneo. Con el tiempo y con Borges, empiezo a estar seguro de que estamos acá para ser testigos y lectores.

 Federico Polleri (dramaturgo, periodista) 

Borges es, tal vez, la voz más perfecta de nuestra literatura. La que con más decisión se propuso inscribirse —a conciencia y teniendo con qué— en el podio de la literatura universal. A su vez, creo que representó todo lo que podríamos despreciar en un intelectual: era elitista, aristocrático, europeísta, apoyó a cuanta dictadura pudo y despreció lo popular, cuando no estuvo mediado por su tamiz de erudición y su poética exquisita.

Se creía un europeo privilegiado por no haber nacido en Europa. Y si, a diferencia de Cortázar, se quedó a vivir en Buenos Aires, pienso que fue porque se quedó ciego y pudo imaginarse donde quiso: del otro lado del océano, por caso. Algo de esto se desprende de un poema que escribió en el que decía: “Nací en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires”.

Creo que Ricardo Piglia tiene razón cuando dice que Roberto Arlt nos salvó de Borges. No de su literatura, que afortunadamente vamos a tener siempre a mano, sino de la tradición político-literaria que Borges y sus amigos de Florida imaginaban para encauzar nuestra cultura bárbara.

Su brevísimo cuento/ensayo Tema del traidor y del héroe es de las cosas más estimulantes que leí de él. Alguna vez intenté escribir una obra de teatro tomando el itinerario propuesto por Borges ahí, pero traspolando la locación que sugiere —Irlanda, 1824 — a la Buenos Aires de 1810. En el camino me encontré con otra historia de Mayo, y finalmente salió otra cosa. El proyecto quedó pendiente. Creo que alguien debería escribirlo.

 Guillermo Sotelo (músico) 

En un bar de Roma (en el corso Vittorio Emanuele) un borracho me recitó: “¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria? Irían a los tumbos los arquitos pintados entre los camalotes de la corriente zaina”, eran los primeros versos de Fundación mítica de Buenos Aires. Era la primera vez que lo escuchaba recitado. Al otro día compré un libro de Borges en italiano, Finzioni. Antes de eso, por mis hermanas que eran peronistas, lo veía con un poco de recelo. Borges me hizo repensar la Argentina, dije: “¿Este gorila escribe así?”.

De chico me dijeron que había que leer los clásicos. Por esos tiempos leí El Quijote y gran parte del Siglo de Oro, La Divina Comedia, a Goethe. A los catorce años me topé con Rayuela, cuando vi que era una novela experimental a mí no me cautivó. Borges representaba el estudio, era serio. Por él conocí a Conrad, a Gracián, a Stevenson.

De Borges recato la poesía, El Aleph, Ficciones; su primera etapa. Después tiene otros libros más flojos como El libro de arena. En cuanto a la música, le gustaba Brahms, de hecho compuso un hermoso poema: “Yo que soy un intruso en los jardines que has prodigado a la plural memoria del porvenir, quise cantar la gloria que hacia el azul erigen tus violines”.

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Borges, María Esther Vázquez, Silvina Ocampo, Cecilia Boldarín, Bioy Casares y Marta Bioy, en la playa marplatense (1964)

 Santiago Studdert (librero) 

Siempre me gustó cómo se burlaba de sí mismo. De la loca mitología del sí mismo. Y cómo hablaba de otros autores; siempre creyendo recordar. Pero siempre hablando de otras obras: lector sobre todo, y en deuda de gratitud con esa lectura, inocula el deseo de leer lo que él leyó; esto es universalmente claro. Al hablar de Borges hablamos inevitablemente de otros autores, de otras obras; ese estado-de-deuda, ese salirse de la independencia para dar lugar a otros discursos, es un rasgo fuerte de su continuidad singular. Dan ganas de abrazarlo a Cortázar, sí, pero uno se siente amparado por el discurso de cierto Borges, sobre todo por el modo en que está hecho con los demás, en que habita y es habitado por los demás. Y ahí andamos todos, sin empezar ni terminar, haciéndonos de las mismas palabras que sirven a todos; que si no hubiera que publicar, nos pasaríamos la vida corrigiendo.

Y siempre me gustó que se burlara de su obra; monotemática, solemne, informe, juvenil,  singularísima, publicada, etcétera. Y que las contradicciones propias del discurrir fueran tomadas por insuperables, obvias y por esto patéticas y graciosas. Con Bioy, ya que Borges no era suficiente, expresan esto colaborando en las Crónicas de Bustos Domecq. Aquí el cronista estira la parodia hasta el absurdo más ridículo. Hablan de todo esto, hablando de personas imaginarias. Nada puede ser de otra manera. Además, como dijo mi abuelo, si no nos reímos de lo que nos pasa la vida es una joda.

 Emilio Teno (escritor) 

Hay Borges para todos. El adjetivador filoso citado hasta el hartazgo, el polemista avezado en el arte de injuriar, el cuentista matemático y artero, el lector universal. Todos esas sentencias pertenecen, sin duda, a la idea general que tenemos del Borges canonizado, del viejo ciego que lo sabe todo, del Borges al que se va a abrevar a la hora de la cita, el naipe siempre marcado de la literatura argentina. Después está el Borges secreto, aquel que atesora cada uno de sus lectores y que nunca es el mismo. Ese diálogo personal que uno establece con la obra es el que nos revela el misterio de un Borges hecho a nuestra medida. Para mí fue en un tiempo El Golem y Emma Zunz. Más tarde, El Aleph o El jardín de senderos que se bifurcan. Hoy releyéndolo vuelvo a los ensayos de Otras Inquisiciones. Ese libro capital reúne todas las afecciones del imaginario borgeano y las traduce en textos memorables como Kafka y sus precursores; Nathaniel Hawthorne o Nota sobre (hacia) Bernard Shaw. De ese libro también es esta cita: “Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura (…) Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos Assens, fue De Quincey”. Para nosotros ese hombre fue y será Borges.

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