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Extrañaremos mucho a Piglia

El último clásico de la literatura argentina murió el día de reyes, después de padecer ELA durante dos años. Trabajó hasta los últimos días en la edición de sus diarios.

07/01/2017
Extrañaremos mucho a Piglia
(Foto: Revista Ñ / Clarín)
Mariano Taborda

Autor: Mariano Taborda

redaccion@quedigital.com.ar @marianotaborda

Ricardo Emilio Piglia Renzi ocupa un lugar de privilegio en la literatura nacional. Junto con Rodolfo Walsh, Juan José Saer y Manuel Puig, conforma el selecto grupo de la renovación post Borges. La gravitación de este último fue poderosísima para sus contemporáneos y para la generación siguiente, todos querían escribir como él o no sabían cómo escapar de su influencia. Piglia sintetizó la dicotomía del siglo XX entre Arlt y Borges, rescató a Macedonio Fernández, detectó a quiénes se debía leer. Construyó una maquinaria narrativa sutil, inteligentísima y lúcida, en la forma de novela, de cuento o de texto crítico; las relecturas, las múltiples historias yuxtapuestas, la prosa fina. También fue un gran conferencista: durante años dictó clases en las universidades de Harvard y Princeton. En los últimos años, con el cuerpo en descomposición, asistido, releyó más de trescientos cuadernos que escribió durante más de cincuenta años, que editó en tres tomos (el último saldrá este año). Su último y portentoso trabajo.

Nació en 1941, en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Después del golpe del 55, la familia debió abandonar la ciudad, de noche, escabulléndose, por la afiliación peronista del padre. El destino fue Mar del Plata. En estas costas florecientes, luego de las masivas vacaciones de los nuevos asalariados, el joven Piglia comenzó a escribir un diario que nunca abandonaría. Es el germen de una obra sólida y poderosa. En él contaba los amoríos, las primeras lecturas, la dificultad de relacionarse con el padre, el acercamiento a la izquierda política. Cursó Historia en La Plata y los primeros ensayos deslumbraron a los profesores. Uno sobre Martínez Estrada valió que la titular de la cátedra dijera, con el aula magna colmada, que era lo mejor que había leído desde que trabajaba en esa universidad. Los primeros cuentos cosecharon premios y reconocimientos. Luego Buenos Aires y el trabajo editorial, luego las clases en Estados Unidos. Luego el retorno, la recopilación de anotaciones de toda una vida y el cuerpo que se descompone sin pausa.

QueLeer Piglia (3) DANIEL MORDZINSKI

(Foto: Daniel Mordzinski)

CRÍTICO

Piglia es uno de los mejores lectores de su generación. En sus aproximaciones intuitivas y juveniles acertó con Dostoievski, Hemingway, Kafka y Borges. Luego profundizó en Faulkner, Pavese, Arlt, Bretch y Joyce. Dirigió la emblemática Serie Negra de policial norteamericano, género que hoy goza de prestigio pero que en los sesenta era considerado “arte menor”. Gracias a él los lectores argentinos conocieron a Chandler o a Hammett. La precisión de su análisis le hacía seleccionar cuáles valían entre cientos de novelas sin traducir. Aprendió en esa época que todas las novelas policiales son buenas en las primeras veinte páginas, cuando desarrollan el contexto donde se desarrolla el crimen, a partir de ahí funcionan solo las buenas. Fue parte de la emblemática revista Los libros y colaboró con cuanta publicación crítica y cultural hubo en la ciudad de Buenos Aires

Sus libros de ensayos son obras fundamentales de la crítica contemporánea. Crítica y ficción de 1986, Formas breves de 1999 y El último lector de 2005 dan cuenta de toda su claridad intelectual. Analiza el tango y advierte que ya en la década del 20 estaban desarrollados todos los temas de los años siguientes. Hace una relectura del Ulysses de Joyce pero con la atención puesta en el funcionamiento narrativo y no en análisis sociológicos o psicológicos, tentación repetitiva de todo aquel que se enfrenta a la relectura de una obra literaria. Analiza al Che Guevara, romántico e inconsciente, a partir de sus lecturas: el guerrillero que escribe un diario todos los días y que en su mochila carga con medicinas y libros.

Se encargó también de la sombra acuciante de Borges. Desechó la imagen mundialmente famosa del escritor ciego, que es todo mente sin cuerpo; se centra en los textos que escribió en la década del 40 y 50. No analizó sus cuentos desde la perspectiva política sesgada; Piglia era marxista pero entendía que la prosa de Borges decía más que sus declaraciones conservadoras. Pensó el mito de origen enfrentado en dos campos, como una dualidad: la herencia paterna y la materna, el libro y el cuchillo, el deseo y la represión.

Fue, tal vez, el mejor lector de su generación. Manejaba con fluidez la teoría filosófica, la lingüística y la teoría psicoanalítica, pero la sofisticación la encontraba en la visión nueva, en la reinterpretación y no el discurso florido y vacío de académicos que escriben para académicos. La lectura no es sencilla, son ideas complejas, trabajadas, muy pensadas, pero nunca perdió de vista cómo operaban sus teorías en la literatura y en la realidad.

NARRADOR

Era apenas un veinteañero, consciente de sus posibilidades, cuando publicó su primer libro de cuentos. La invasión vio la luz en 1967 editado por Jorge Álvarez, la colección de relatos ya había sido premiada por Casa de las Américas en La Habana. El libro representa una brisa de aire fresco en la literatura argentina. No es una aproximación, una búsqueda, es una revelación. Piri Lugones, Walsh y Sara Gallardo elogiaron a la joven promesa. Nombre falso, de 1975 es un libro fundamental. En el último relato, la noevelle Homenaje a Roberto Arlt, Piglia escribe un cuento aparentemente inédito de Arlt. Hay un detalle que se escapa muchas veces del análisis: en el epígrafe, una frase de Borges es atribuida a Arlt, un guiño completamente transgresor.

Su primera novela Respiración artificial es una obra maestra. Una historia familiar que se entrecruza, la teoría de que los textos de Kafka están inspirados en un joven artista decadente y fracasado llamado Adolf Hitler, la inmigración, la opresión que se vivía en la dictadura; todo está perfectamente calibrado por la mano precisa de Piglia. Siguieron La ciudad ausente, un homenaje a Buenos Aires y a Macedonio Fernández; Plata quemada, el policial que le retribuyó masividad. Con Blanco nocturno ganó el Rómulo Gallegos, entre muchas otras distinciones, y obtuvo la apertura al mercado español, que hasta ese momento, misteriosamente, estaba atento a propuestas mucho menos interesantes. Su última novela, El camino de Ida, está contextualizada dentro de su estadía de más de una década en Estados Unidos: profundiza en el imaginario yanqui del héroe solitario.

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(Foto: Télam)

LOS DIARIOS

El último proyecto de Piglia es la publicación, en tres tomos, de los diarios que escribió en más de trescientos cuadernos, durante seis décadas. En la primera parte (Los años de formación) está la génesis de todo lo que vendrá. La huida a Mar del Plata, los años de estudio en La Plata, el crecimiento sólido y sostenido de su formación intelectual. También los primeros cuentos publicados, los amores, la búsqueda de la soledad para crear. Las discusiones políticas ocupan un lugar central en esos años: del anarquismo pasa al marxismo. El cariño, por herencia familiar, y la discusión, por entender sus límites, con el peronismo. La escasez económica: pasaba días a fruta y mate, consciente de que el camino elegido era el correcto, tenía todo lo necesario para ser escritor.

Los años felices (centrados en el segmento 1968-1975) es el testimonio de la vida literaria de Buenos Aires y la consolidación de su talento. Los amores, los conflictos familiares, los encuentros y discusiones con Puig, Rozitchner, Rivera, Sarlo y Viñas, y la búsqueda de una voz literaria propia son los andamios sobre los que se construye el diario.

QueLeer Piglia (4)Piglia afirma que lo escrito puede ser real o no, lo que es imaginario es el narrador; por eso quien escribe los diarios es su alter ego, Emilio Renzi. La tensión entre la autobiografía y la ficción son la clave de sus diarios. En ellos vemos la cocina de la creación literaria: cómo las ideas se convierten en relatos, los análisis inspiradísimos, su trabajo como editor, la solidez como conferencista y el creciente reconocimiento.

Si hay un escritor que valoró el género de los diarios es Ricardo Piglia. Lee todos los que puede, se obsesiona con El oficio de vivir de Cesare Pavese. Confesó que gracias al primer cuaderno que anotó en la década del 50 pudo seguir escribiendo, fue la piedra fundacional de toda su producción. En la entrada del 31 de agosto de 1971, lo piensa dentro del derrotero de su obra: “Yo escribo estos cuadernos porque confío en que alguna vez tendrá sentido pasarlos a máquina y hacerlos publicar, porque yo habré justificado con mi obra la lectura de estos apuntes diarios y personales”.

EL ÚLTIMO ESCRITOR

Ricardo Piglia era el último clásico en actividad. La más estimulante de las voces de la lengua española. Su muerte representa un corte abrupto, la generación contemporánea a los constructores de la literatura argentina del siglo XX tenía su último baluarte en Piglia. Se termina la vida de un hombre, su producción, su pensamiento. Pero también es la pérdida de algo aún más doloroso — y ese luto tal vez lleve décadas — muere una época.

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