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Que sean como Rodolfo Walsh

Hace exactamente cuarenta años, Rodolfo Jorge Walsh distribuyó la mítica “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Ese día se esfumó la vida de un hombre, desapareció su cuerpo y nació una leyenda.

25/03/2017
Que sean como Rodolfo Walsh
Mariano Taborda

Autor: Mariano Taborda

redaccion@quedigital.com.ar @marianotaborda

Walsh está en un altar. Es una vaca sagrada de nuestro imaginario. Representa la anulación de la distancia entre lo que se dice y se hace. Es un hombre que asumió su rol histórico y se animó. Pero también fue limpiador de vidrios, comerciante de antigüedades, traductor, padre, periodista, criptógrafo en Cuba, corrector, pescó para sobrevivir, y escribió una obra literaria de ficción que se ubican en primer orden de la literatura argentina.

La multiplicidad de su genio y su desaparición terrible hacen que lo que se escapa de la imagen sacralizada sea visto como a través de un vidrio esmerilado. Walsh fue un creador humano, sensible, agudo y lúcido. Su obra literaria —de ficción, no ficción y periodística— representa una constelación sólida que hace dialogar a lo mejor de nuestra creación artística con los turbulentos procesos sociales que atravesaron al país durante el siglo XX.

 NARRADOR 

Es el mejor escritor de su generación. Su primera publicación, de 1953, le valió el Premio Municipal de Literatura. Variaciones en rojo está compuesto por tres novelas cortas policiales al estilo clásico inglés. El detective (un outsider como el Dupin de Edgar Allan Poe) analiza el caso y lo resuelve. Walsh comienza a desarrollar la maquinaria narrativa que funcionará de acuerdo a las necesidades: una investigación periodística, una crónica o un cuento. Luego del éxito de su libro, abandona la fórmula. Influido por el policial negro norteamericano ensucia la eficacia de la trama. La motivación del crimen y su resolución ya no son conflictos individuales. La descomposición de las instituciones, la moral contradictoria de los personajes y resoluciones menos implacables dan al estilo de Walsh mayor frescura.

Tampoco se repitió en el nuevo registro. Walsh es inquieto, curioso, creativo, y su prosa es el universo material donde su creatividad se desarrolla. En los primeros cuentos policiales el detective Daniel Hernández, en la exposición final, detalla todo lo que la historia ocultó o insinuó. No quedan dudas ni segundas interpretaciones: el final es categórico. En los cuentos de la década del 60 Walsh introduce la elipsis; lo no dicho, lo inestable y fragmentario. El lector debe dar sentido, reponer, interpretar. De este modo el texto se abre y crece en sensibilidad. La prosa límpida y certera de los relatos policiales ahora ofrece una mayor plasticidad, otra textura. En Fotos y luego en Cartas los textos son colages polifónicos con voces yuxtapuestas. En forma simultánea se narra el microcosmos (los personajes: un joven revoltoso o un empleado rural) y un macrocosmos (la vida política argentina, el imaginario campo-ciudad). En Esa mujer Walsh narra el encuentro entre un periodista ambicioso y un militar. El periodista indaga acerca del destino del cadáver de Evita; el personaje histórico nunca se menciona. Nota al pie es el cuento en el que el trabajo artesanal con las palabras muestra su faceta más aguda. El relato en tercera persona cuenta el suicidio de un traductor. La carta del suicida comienza a “luchar” contra el relato principal, ganándole una línea a cada página, coronado por la victoria del texto aparentemente secundario.

Otro rasgo interesante de su etapa literaria ficcional es el autobiográfico. Walsh pasó parte de su infancia y adolescencia en internados para descendientes de irlandeses pobres. Los muchachos zanjaban sus diferencias en grescas interminables. Irlandeses detrás de un gato cuenta la historia de un recién llegado que, en tono de aventura, debe sortear el enfrentamiento físico con los mañosos internos. El más interesante de la serie de los irlandeses es Un oscuro día de justicia, último cuento publicado por Walsh. Un niño indefenso es obligado por un profesor a practicar el pugilato con un compañero más fuerte y más avezado en el combate. El pequeño sufre los golpes y la humillación. La única salida que encuentra es que lo rescate su tío. La escena, patética y épica, describe la pelea entre los adultos. Walsh propone una lectura en clave política: el héroe exógeno llega para rescatar al pueblo (utiliza la palabra pueblo para referirse a los jóvenes que asisten, desde las ventanas, al combate). El final justifica lo “oscuro” del aparente día de justicia. El pueblo pierde, no es liberado. La única forma posible es la autoliberación: solo el pueblo se libera a sí mismo.

Walsh era señalado como el sucesor de Borges. El díscolo y provocador David Viñas lo ponía por encima. Tenía el talento, la lucidez y la audacia para seguir desarrollando una obra literaria de ficción destacada, pero la realidad es dinámica y vertiginosa. Interpretó el ritmo histórico y consideró que la contemplación significaba estar del lado incorrecto. Resolvió la contradicción teórica con la acción.

Rodolfo Walsh (1)

 CRONISTA DE TIEMPOS DIFÍCILES 

“Hay un fusilado que vive”, le dijeron al oído, en un club de ajedrez de La Plata. Esta frase, enigmática y surrealista, le llamó poderosamente la atención y comenzó a investigar. Rastreó a los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, consultó los diarios, la causa judicial, el registro de la radio oficial para determinar el horario exacto en que el locutor leyó la declaración de la ley marcial. Walsh es metódico, suspicaz, está dotado de una gran inteligencia. Trabajó como corrector de pruebas de imprenta, atento al detalle, a la lectura sílaba por sílaba. Escribió cuentos policiales, conocía el género, el rol del detective como analista e intérprete. Y además, siempre fue un escritor dueño de una prosa certera, filosa. El momento epifánico el que le comentan que hay una historia de un sobreviviente para contar es crucial: comienza a fundarse el periodismo de investigación en la Argentina.

Operación masacre (1957) es el primer libro de no ficción de nuestra literatura. Walsh determina la ilegalidad de los fusilamientos del año anterior, las pruebas son irrefutables, contundentes. El tratamiento del texto es novedoso: utiliza el procedimiento de la novela para narrar los hechos. Cuenta la vida de los personajes involucrados, recrea las escenas previas a la noche infausta. Recorre los lugares y estudia el terreno, habla con los sobrevivientes, describe con precisión las circunstancias. Así retrata a una de las víctimas y también, con frescura y sin prejuicio, a su clase: “Sus ideas son enteramente comunes, las ideas de la gente del pueblo, por lo general acertadas con respecto a las cosas concretas y tangibles, nebulosas o arbitrarias en otros terrenos”.

En ¿Quién mató a Rosendo? (1969) Walsh desenmascara y pone sobre la superficie la perversidad del sindicalismo burocrático que negociaba con la dictadura de Onganía, representada en el dirigente metalúrgico Augusto Timoteo “El Lobo” Vandor. Esta investigación fue publicada en el periódico de la CGT de los Argentinos. Walsh comienza a distanciarse del circuito de editoriales y librerías, contexto de la distribución de la obra literaria. Reniega de los círculos de intelectuales, son resabios de una cultura burguesa individualista que está de espaldas a los problemas concretos que sufren las mayorías.

En década del 60 alternó el trabajo periodístico con el literario. Publicó libros de cuentos (Los oficios terrestres y Un kilo de oro), que contienen sus trabajos más complejos y logrados. Pudo sostener la creciente contradicción duplicándose: los relatos de ficción y las investigaciones eran dos caras de una misma moneda, el talento y el trabajo artesanal con su prosa en estado de ebullición. Con la agudización de las contradicciones políticas y la radicalización de las organizaciones populares, eligió el trabajo que daba resultados cercanos y tangibles: la denuncia, un caso que se reabre, un debate sobre la descomposición y corrupción del gobierno. Eligió dar testimonio de momentos difíciles.

Rodolfo Walsh (2)

 

 

 LA CARTA 

Tres máquinas de escribir, un mimeógrafo y no mucho más. Desde la clandestinidad eso es todo lo que Walsh necesita para crear una usina con la información que no circula. Se llama ANCLA (agencia de noticias clandestina) y ejerce de contrapeso a los grandes medios adictos a la dictadura. Todavía escribe cuentos, pero como placer privado, es un hábito como jugar al ajedrez. En las peores condiciones ejecuta la perfección del método periodístico: rapidez, agudeza, precisión y talento en la ejecución. Lleva un archivo, analiza los datos, conjetura y finalmente se decide. El trabajo de un año se vio reflejado en la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Su fe en la literatura estaba pulverizada, pero él es escritor, así se reconoce y así firma su última obra.

La lucidez del texto es apabullante. Entiende la planificación del modelo económico y el salvajismo del accionar represivo. Con solo un año de gobierno pudo anticipar lo que vendría: la extranjerización de la economía, la destrucción de la industria nacional, el crecimiento exponencial de la miseria de las enfermedades prevenibles. Fue la última muestra de su apabullante talento.

Dicen que llegó a depositar los sobres en los buzones. Que la cita a la asistía estaba cantada. Que lo vieron, que un militar rubio intentó taclearlo y falló. Que se protegió detrás de un árbol y para no entregarse con vida disparó. Que el arma era casi inofensiva pero llegó a herir a uno. Que llegó muerto a la ESMA o malherido. Dicen, también, que no hallaron su cuerpo y que a sus cincuenta años sabía que quedaba poco. Decimos que su nombre cada vez es más grande, que pasaron cuarenta años y que lo recordamos con un nudo en la garganta y con inmensa admiración.

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