Amores de pared 

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19/08/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Habían escrito sus nombres en la pared. Ahí, en esa suerte de pizzería/barcito sin alardes; un lugar donde sentirse simpático, cómodo y de algún modo contento. Ciertos estados del alma se dan en momentos inesperados. Eso solo está ahí y es suficiente.

En ese bar vi cuán cariñosas pueden ser las personas al manifestar su amor bajo formas totales, los para siempre propios del influjo soñador de los amantes. En las paredes no cabía más nada, ni siquiera en el techo. Dios tiene 99 nombres, el amor se nombra de mil formas distintas.

Estos dos tortolitos que observaba, escribieron los suyos mirándose a los ojos, tal vez en el último resquicio libre que el destino demoró para ellos, así después podrían volver a buscarse y reír tontamente que es como se ríen los que aman. Me alegré por ellos. Nunca he podido hacer eso. Confundo la ceguera pueril a la que conduce el amor con la cursilería. Solo puedo hacerlo en chiste. Pero me da placer verlo en los que sí se atreven a ofrendar tales debilidades románticas.

Les sirvieron pizza y cerveza. Después vino el postre; ella pidió uno solo y cada tanto le daba a él en la boca. Jamás pararon de reírse y de moverse, tenían hormiguitas caminándoles por dentro. Embriagados, se arrojaban a través de sus miradas sabiéndose encontrados. ¿Cómo olvidarlos? Era la escena perfecta.

Volví a ese lugar tiempo después. Todos somos perros de Pavlov. Así que de nuevo estaba ahí, y sin ser muy afecto a las coincidencias, acuno una frase cuando ocurren: las cosas te buscan. Y capaz que es así, o tal vez no. Pero cuando algo insiste en cruzarse en mi camino, estoy a favor de creer que es por algo, razonamiento que es una simple y libre interpretación de hechos fortuitos. Como sea, en la misma mesa de aquella recordada pareja, había otra. Increíblemente advertí que se trataba del mismo tipo, otro corte de pelo, más juvenil tal vez, pero sin dudas era la misma persona. En frente suyo, su mujer y un crio embutido en un portabebés.

La primera sorpresa me la llevé antes de entrar, porque el barcito ya no era aquel barcito. Nuevo nombre y nueva dueña, casi idéntico, pero sin el alma del anterior. Adentro también había cambios. Todos los nombres de los enamorados, pintorcitos rupestres de pizzerías modernas, habían quedado sepultados bajo una reluciente pintura blanca. Me pregunté qué habrían sentido al descubrir que su amor ya no estaba escrito en la pared.

Ella se levantó y pasó delante mío hacia la zona de los baños. Entonces vi que en realidad no era ella; no era la misma mujer que yo había conocido. Era otra. Una que en otro tiempo se había llamado de otra manera, y había pensado quizás, que dos nombres encerrados en un corazón de tinta, alcanzaban para sellar un amor para siempre.

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