Año nuevo, vida nueva

Como todo jubilado al que le sobra el tiempo, solía inv…

06/01/2017
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

Como todo jubilado al que le sobra el tiempo, solía inventarme actividades para mantenerla cabeza ocupada. Por eso cortaba el pasto de la vereda del vecino luego de terminar con mi parte, y se lo dejaba parejito como una mesa de billar. Al ver que ni siquiera me daba las gracias, una actitud sorprendente pues es un tipo de buenos modales, abandoné la tarea, el impensado favor que un día había comenzado. Me dediqué a perder el tiempo pegado a la reja de entrada, sentado en una silla con la compañía de mi perro. Desde ahí y a esa hora en que volvía del trabajo, lo veía entrar y salir de su casa, no sin antes saludarme y conversar un rato conmigo, ya que tenemos una relación amena, especialmente en estas fechas de fin de año. Así somos en el barrio, al menos los que llevamos largo tiempo viviendo acá. De modo que hemos mantenido un vínculo próximo pero sin la intimidad de los que comparten silencios sin inmutarse. Ahí estábamos meta darle a la charla, mientras el pasto parecía crecer a cada instante. Me asombraba algo. Él jamás hablaba de eso y ni siquiera lo aludía de manera indirecta. Quizás, admitir el desmadre natural en ambos frentes, dotaba a esa pequeña barbarie de una consentida normalidad. Decidí seguirle la corriente mientras pasaban los días. Advertí que en la actitud de los vecinos había una especie repudio tácito a nuestra dejadez, una manera de arruinar lo que todos convenimos por el solo hecho de vivir en el mismo lugar. Llegué a tener una discusión con mi propia mujer. Me recriminó el abandono de nuestra intachable reputación familiar, además de entregarlos a la burla sin que se me moviera un solo pelo. Yo antes le cortaba el pasto a él sin que me lo pidiera, le dije, y ella lo entendió todo al instante, y siguió lavando los platos de espaldas, callada, intuyendo de qué iba la cosa.

La altura del césped me carcomía bajo las formas de un pudor interno, fulero, aguijoneante. En cambio él parecía preferir la ironía de perder el tiempo hablando paparruchadas, como si el salvaje y desmedido paisaje, no existiera más que en mi imaginación.

-Sabe qué vecino -me dijo un buen día con aire resignado.

-Qué cosa -me apresuré a ponerme de pie y lo miré a los ojos, listo a aceptar sus disculpas, para luego replegarse y dejar todo como un pequeño malentendido.

-Que ya que vienen las fiestas -otra vez estábamos en fin de año-, es bueno que hayamos encontrado esta afinidad, que nos resulte tan fácil hablar de igual a igual -Yo pensé que nuestras charlas de la tarde, los momentos en que él iba y volvía del trabajo, eran el fruto inesperado del principio de la discordia, esa crencha que caía sobre el asfalto e invadía la vereda hasta casi cortar el paso de la gente. Así que apenas moví la cabeza y dejé que una calma inventada me recorriera por dentro, cerré los ojos y respiré profundo. Ya anidaba en mí una bronca difícil de neutralizar, como los celos de los amantes, que fingen tener todo bajo control y se pudren por dentro hasta estallar de la bronca. Se fue y noté en él un andar lánguido, despreocupado, de quien no tiene lugar adonde ir pero tampoco le importa, como si las coordenadas de la vida le favorecieran porque sí.

La noche de fin de año llegó como llegan esas fechas, sin la lógica viva de la temporalidad, aun cuando el año había sido muy malo y la malaria debería haber retardado la percepción del tiempo. Y ahí estaba esa noche cálida, después de un día que asustó a todos con una furibunda tormenta. La ciudad de transformó en un escenario oscuro y expectante, trajo el pálpito del temor de la muerte, la creencia nunca olvidada de que en algún momento todo se irá al garete y será sin aviso ni pronósticos del tiempo. Pero después el cielo abrió y el atardecer parecía más prometedor que nunca. No soplaba una gota de viento y el cielo se apagaba de a poco formando extrañas combinaciones de colores en el horizonte. Justo entonces decidí ir hasta la reja, mientras en casa se llevaban adelante los preparativos de la cena, en donde las mujeres se lucen con sus platos, y los hombres nos preguntamos qué sería de las fiestas, por no decir, qué poco futuro tendrían las fiestas en caso de que dependiesen de la iniciativa masculina. La vereda estaba hecha un desastre, el viento y el látigo de la lluvia levantó el suelo desprendiendo algunos terrones, dejando un aspecto maltrecho a todo el frente de la casa. Por esas cuestiones inexplicables, la vereda del vecino permaneció intacta. Si bien sufrió también el embate climático, se veía más entera, menos castigada y por lo tanto, más presentable que la mía. Sentía un cosquilleo eléctrico en el cuerpo, cosa rara. Vi que el vecino salió a otear el paisaje, se quedó ahí con los brazos en jarra y olisqueando el aire al estilo casual de los perros, indiferente a mí presencia, como si yo no existiera. De modo que finalmente se me dio por hablarle.

-Qué pasa vecino -le pregunté. En el tono iba un ajuste de cuentas, una venganza que voló por el aire y cayó en medio del plexo de ese hombre que había girado para hacer que yo al fin tuviera un lugar en el mundo.

-Uh, no lo había visto -respondió, y era obvio que disimulaba para no quedar en evidencia. No soy un tipo que pase desapercibido, ni siquiera cuando no me han visto, yo estoy ahí, emana de mí, lo sé, una fuerza, un campo de energía que pone a andar los radares de los demás.

-Pásese más tarde por casa, quisiera tener el placer de saludarlo, darle un abrazo -dije, y quedó atado a la trampa de no querer hacerlo, y sin embargo no poder rechazar mi invitación.

-Cómo no, con gusto. Levantaremos las copas y de paso le traeré algo que he guardado para usted -me pregunté por qué nunca nos habíamos tuteado. Quizás la falta de tacto, el hecho de no poder avanzar hacia esa zona invisible donde el afecto lleva a la confianza. A la vez, la expresión se me antojó amenazadora, preñada de una dosis intimidante, una premonición de un peligro futuro pero cercano.

-Lo espero, no me vaya a dejar con la copa en la mano, eh -reí con exageración. Él asintió y entró en su casa sin perder tiempo, parecía una sanguijuela que ha sido atrapada en una situación embarazosa.

La cena familiar transcurrió sin sobresaltos, fue amena, de charla fluida y anécdotas que vienen a cuento cada vez que se llega al tope del año y se mira atrás sin abordar las frustraciones.Y en cambio se opta por elegir personajes, víctimas al azar, a las cuales sacarles el jugo para no tener que hablar de uno. Cuando sonó el timbre, me adelanté a salir por el patio que recorre la parte lateral de la casa hasta la reja de entrada, fingiendo ignorar de quién había tocado. Ustedes sigan con el festejo, dije, y finalmente decidí salir por la parte del garage que da a la entrada principal, así podría espiarlo de antemano. Al principio quise tomarme todo en buenos términos, aunque la imagen del pastizal que afeaba nuestras viviendas, me alentara a creer que algo malo pasaría. No sé por qué, lo pensé en el trayecto y me descubrí con mi cuchillo en la parte posterior del pantalón, con vaina y todo, como si viniera de cortar un pedazo de carne jugoso y lo hubiese puesto a descansar en mi cintura hasta que resolviera el asunto de quien llamaba a la puerta. Lo vi del otro lado de la reja con algo entre las manos, un paquete bastante grande. Qué sería. Temía una emboscada, la distracción necesaria para arremeter mientras yo fisgoneaba el inexistente contenido.

-Abramé vecino, acá tengo lo que hace tanto quería darle -era imposible, no nos unía ninguna circunstancia íntima, jamás nos regalamos nada, era sospechoso y temí que se me adelantara con alguna jugada artera.

-Sí, cómo no, esperesé un segundo -dije y amagué a sacar la llave de la reja. El llavero del cinto sonó como una campanada, me sirvió para tantear el cuchillo.

-Mire, mire -dijo mientras abría la caja ahí, sobre la vereda, al lado del gigantesco pastizal que se levantaba tras de él, recordándome la disidencia que ambos nos habíamos empeñado en disimular.

-Cuando lo vi agacharse, aproveché la oportunidad para clavarle el cuchillo en un solo movimiento. Me estremeció el ruido que hizo al entrarle en la carne, y el aullido apagado que emitió antes de caerse de espaldas.

No me espanté. Sentí una alegría pasajera, pero luego volví en mí y lo vi tirado con la mano en el pecho, sangrando, sin poder decir una sola palabra, con el gesto sorprendido de quien muere sin saber porqué. Yo terminé de abrir la caja y en vez de encontrar el arma que había imaginado, vi una hermosa bordeadora de las que siempre había querido tener, esas que dejan el pasto lisito y suelen ser la envidia de los ojos de cualquier vecino.

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