Bluebird

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25/11/2017
 

Cristian y yo coincidimos en un montón de cosas. A veces no. Cuando pasa que tenemos diferencias discutimos a muerte, cara a cara. En nuestras fundamentaciones -porque siempre intentamos ser mejor que el otro-, aparecen puntos de vistas nuevos, al menos para nosotros. Es muy gratificante, pero solo cuando lo hemos dejado atrás. En el mientras tanto -que es como llamamos a la transición que anula literalmente nuestro mutuo afecto-, surge una especie de guerra sin cuartel, sin agresiones, pero a muerte. Hoy vendrá al depto -es de los pocos amigos que tiene llave y sabe que mi casa es su casa-, me gusta invitarlo a comer de vez en cuando. Ni bien abro la puerta adivino el ánimo con que cruza el umbral y ya nada es igual. Normalmente los debates surgen mientras cocino. Ya lo veo venir con su afilado parloteo y advierto la intensidad del tema. Finalmente llegamos, sin saber bien cómo, a una zona difusa que llamamos el punto de acuerdo.

Descubrí su estado de ánimo ni bien lo miré a los ojos. No hemos terminado de salir de un tema que incluye un poema de Bukowsky: The bluebird. Hace unos días escalamos en un intercambio de opiniones, todas constructivas, donde definimos la posibilidad del vacío existencial, el dolor implícito de la vida, el espacio dramático y angustioso que habita en nosotros, la necesidad de querer señalar el sol y apenas ser una sombra perdida en un mundo vanidoso, condenado a fingir, sufrir y resistir. Pero para él no existe ningún pájaro de los que hablaba el genial viejo borracho, sino más bien solo una jaula con la puerta abierta. Y yo no podía soportar su opinión.

―¿Es que no te das cuenta? Es más fácil ―repitió lo que siempre decía. Y la sola mención de esa frase me irritaba―. La tristeza, el ser como se es, depende de uno, y no uno de la tristeza o del miedo.

―Ajá, y entonces ¿a qué se deben tus visitas al psicólogo? ―quería importunarlo, tocar la llaga y volver a levantar la guardia porque el tema daba para largo.

―¿La terapia, decís vos? ―jugaba con los términos―. ¿Sabés qué? Es que necesito organizarme. Estoy en pleno duelo. No me es fácil olvidar, eso debo admitirlo. La relación con… ―la pausa, el silencio posterior, fue un cuchillo golpeando el borde de un vaso. ¿Mentía?

―Tranquilo. No hay nada más que hablar sobre ese tema. Caro y yo… ―dije, y resigné mi comentario.

―Sí, pero nunca podré perdonarme lo que te hice ―hablaba en un tono culposo.

Yo creía saber dos cosas, que Cristian nunca había estado enamorado de ella, y que culpa era lo último que podía sentir hacía mí. Desde mi punto de vista las cosas ocurren y ya está, para qué tirarle el fardo. A veces, las causas son indefinibles, estúpidas y hasta simples, más de lo que pudiéramos imaginar. Y hay veces que la ironía del azar lo organiza todo. Eso incluye que alguien se enganche con la ex novia de su amigo.

El aroma de la carne asada produce un cosquilleo en el vientre, para suplantar, postergar, evitar lo que mi amigo y yo sabíamos, lo que quizás nunca debió pasar y que sin embargo tuvo que aceptarse, a final de cuentas es una probabilidad. Incluso ya habíamos hablado de eso hasta agotar el tema, o al menos yo lo creí así, digo, del orden de las probabilidades, de ser alcanzado por un piano mientras se camina por una vereda cualquiera, o de enamorarse de la persona equivocada, o por mejor decir aparentemente prohibida, una suerte de incesto tácito escrito en el manual de los buenos amigos, de los códigos que jamás deber ser rotos. Pero nada es seguro, y si nada es seguro, todo puede ser distinto.

―Pero qué hacer ―me dijo en aquella oportunidad―. Te pido disculpas, es lo único que puedo ofrecerte.

―No las quiero, ni las necesito. Es así ―le había dicho―, o como te gusta decir a vos: es más fácil. Y ocurre, ya está. Un día este mundo se va a ir a la mierda y ni siquiera habremos podido entender para qué carajo vinimos o qué se esperaba de nosotros, en caso de que hayamos sido parte del plan de otro. Y además, qué más da. No me lamento ni reniego de nada de lo que ya pasó, hablo en pasado porque acepto que las opciones se liberan para que otros puedan tomarlas. No te preocupes, ya fue ―fingí no sentirme alterado, pero se me caía el alma.

―Es un vino exquisito ―saboreó e hizo el ruido chasqueando la lengua, costumbre que repetía después del primer trago.

―¿Exquisito? Qué decís. Yo jamás usaría esa palabra para definir un vino. Me da más para una primera cita con una mina, hacerse el estirado diciendo cosas así, digo.

―Ajá, con que aquí vamos de nuevo. ¿Debí decir que vinito cojudo que pelaste? ―rio, intentaba molestarme―. ¿Cuál es la expresión que mejor le sienta al caballero?

―Con un “está bueno”, alcanzaba.

Ni yo entendía porque me metía en discusiones tan insignificantes, pero entre nosotros todo era motivo de polémica.

―Me refiero a que venimos del mismo lugar, no hay que hacerse el refinado, estamos acá, entre amigos, en mi departamento, para morfar algo rico y si es posible agarrarnos un buen pedo hablando boludeces.

―Nunca hablamos boludeces.

―Tampoco decimos exquisito Cristian, dejate de joder.

―Entonces, cómo aludimos algo que supera lo que se conoce. Cómo lo calificamos, con qué palabras.

―Yo que sé.

―Bueno, lo que me pasó aquella vez con ya sabemos quién, fue como encontrar algo distinto, lo percibí…

―Otra vez con eso ―hablaba de Caro, no me cabía ninguna duda―. Te dije que ya pasó, y además vos ya no formás parte de su vida. Tu participación ―aumenté el tono cuando dije tu―, ya terminó. Ocurrió para que entiendas que lo que parece maravilloso ―usé esa palabra a propósito, era como decir exquisito―, puede ser una reverenda cagada, y lo que parecía una ofensa, puede transformarse en una lección de humildad. Yo aprendí eso. Te juro que me lo tomé con tranquilidad y los dejé en paz para que vivieran lo que les pasaba. Eso no se planifica. Y ya cortala de una vez y hacé una cosa, lavate esos platos para bajarle un toque al quilombo que hay acá, y cerrá el pico que ya casi estamos para comer. La carne te gusta bien seca, ¿no? ―esperé a que pusiera carita―. Es un chiste pelotudo ―dije.

La montaña de platos hablaba de mi soledad. No había vuelto a formar pareja desde la separación con Carolina. Y después me dediqué a bancar la parada sin poner distancia con Cristian cuando era él quien se la llevaba a la cama, y a mí todavía me pesaba el solo hecho de pensar en ella. Yo no lo hubiera hecho nunca, estoy seguro. Pero yo no soy Cristian, y él no es como yo. La cosa es que aquí estábamos mientras sonaba la voz de Tinelli en el televisor. Saqué cuentas. Ese tipo había estado hablando boludeces y facturando millones desde que tenía memoria. Es más, recordaba algunos de sus fuckin programas mejor que la cara de mi propia madre, a la que por cierto llamaría al día siguiente, como me prometía hacer todos los santos días para finalmente incumplirlo.

―Abrí las ventanas Cristian ―ordené―. O mejor abrite las del balcón. La noche es una locura, es verano, y nosotros parecemos dos viejos chotos y sin retorno.

―Ok. Che, pero de verdad que está exquisito el vino.

―Y dale con Pernía. Ahora pelo un par de cervecitas bien heladas que tengo en la heladera.

―Che ―dijo, e hizo una pausa. Se rascó la nariz que es lo que hace cuando está nervioso y me preguntó:― ¿Vos no seguirás con el pájaro azul en el pecho por el tema de Caro no?

―¿Qué decis pelotudo? Ya está bueno con eso. Ninguno ganó, ninguno se quedó con ella, y acá estamos, medio borrachines y meta babear del hambre.

―Mejor me voy al balcón ―dijo, y se alejó.

Yo puse el horno al mínimo. Había dejado las papas hechas al costado, ciertamente estaban enfriándose. Probé algunas. No se puede hacer otra cosa con las papas. Me limpié las manos con el repasador, los dibujos me recordaron que había sido un regalo de Carolina, también los platos con los que nos sentaríamos a comer, parte de los souvenirs de la convivencia.

Me asomé a la puerta y observé a Cristian en el balcón mirando a la nada mientras el viento le hacía volar los pelos, estaba apoyado en la baranda con todo el peso del cuerpo, y por eso le grité que tuviera cuidado.

―Cristian, no quisiera ir a llorar un charco de sangre con tu cara. Estamos en un piso ocho y no en el trampolín de la pileta del club. Retirate un poco hacía atrás, te lo digo en serio ―levantó el pulgar para arriba y se quedó como estaba, incluso metió una de sus piernas entre los espacios que separan lo finos barrotes de la verja que recubre el balcón.

―Andá a cagar forro, ojalá te caigas ―le grité―. Ah, ya casi está la comida eh.

Pero en realidad le faltaba un toque. Desde que vivía solo había aprendido a controlar la comida con un tiempo mental. Aproveché para hacerle compañía, pero llevé cerveza bien helada y otros dos vasos limpios. A él le gusta el vino y a mí la cerveza. Además el malbec ya estaba en las últimas.

―Una morocha ―dijo―, como nos gusta a los dos ―aludía a la cerveza negra que me congelaba la mano. Se echó a reír en medio del fluir silencioso de la noche.

Al verlo recordé que siempre me ha gustado disfrutar de esos ratos de calma, mirar la nada, inspirarme en una placentera melancolía que nunca me abandona. Cuando estoy solo suele acecharme todo aquello que perdí, lo que no pudo ser, lo que quizá me sigue cagando la vida, la incómoda sensación de ser muy poca cosa ―vulnerable es la palabra―, una mezcla entre lo efímero, y una poderosa sensación que me hace creer que podría tragarme el mundo de un solo bocado. Le palmeé la espalda con más fuerza de lo debido.

―Epa ―dije―. ¿Ves con qué facilidad podrías ir a para a la mierda? Dejá ese vaso, y tomá, agarrate este otro. Y sí ―dije. Acostumbrábamos a conversar por tandas como si no hubiese pasado nada en el medio―, siempre nos gustaron las morochas, tenés razón. El pelo de Caro es inolvidable ¿no? Más negro que una noche de campo ―Cristian y yo veníamos de pagos chicos donde la noche es un pozo al revés―, negro y lacio, bien lacio lo tenía, y llovido, como la cabellera de esos indios de las películas de antes.

―Sí, tenés razón ―aseguró―. Es eso, nos pinchamos un indio que se hacía pasar por mujer.

―Mirá que sos pelotudo, eh ―lo reté. Solemos putearnos con cariño, conocía su manía de burlarse de todo, pero Caro era otra cosa.

―Ya que lo sugeriste ―dijo―, es muy cierto lo que dicen sobre el llamado del vacío. Si no venías a convidarme cerveza estaría hecho papilla contra el asfalto. De verdad que a veces dan ganas de tirarse ¿viste?, y calculo que le pasa a todo el mundo. Qué habrá en eso ¿no? Será que envidiamos el don de los pájaros, que la única respuesta que nos falta viene en el instante de arrojarse. ¿Vos qué decís?

―Qué manera de hablar boludeces, hermano. Si querés volar anda y alquilate un parapente, una vuelta en avión, o pegate un saque como el Diegote ―se rió con ganas.

―Ese sí que se daba unos vuelos espaciales, eh ―siguió riendo cada vez más fuerte―. Pero en serio te digo ―agregó―, yo hablo de otra cosa, de esto. ¡Uopa! ―se balanceó hacia adelante pisando el borde de la estructura de hierro-. ¿Sabés qué?, a mi Caro me importaba un choto, quería demostrarte que habías sido un ingenuo, que esa minita era capaz de cagarte con el primero que se le cruzara, pero vos andabas más ciego que Borges, entonces te alejaste, hiciste tu nidito de amor con ella y nuestra amistad ya no importó una mierda.

―Pará chabón, yo estaba recontra-metejoneado, qué querías que hiciera.

―Nada. Solo quería que supieras que me la cogía para que terminaras de entender que ninguna minita vale esto ―me golpeó el pecho con el dorso de la mano y luego se golpeó el suyo con la mano abierta―. Ahora, cómo le gustaba la pija a esa Caro, eh.  Golosa, como decíamos en el pueblo ¿te acordás? ―enterró la cabeza entre los brazos en medio de un ataque de risa, parecía a punto de descomponerse. Yo sufrí un espasmo o algo por el estilo, me atacó un cosquilleo en el cuerpo que se me fue directo a las manos.

―¿Qué decis cabronazo? ―dije, y no pude contenerme.

Lo empujé con todas mis fuerzas, pero alcancé a ver la expresión espantada en sus ojos antes de caer. Fue terrible. Me quedé con lo que iba a decirle en la punta de la lengua, una boludez, como tantas, y como para seguir peleando un rato más. Le iba a hablar de la otra sensación, la que incluye el impulso criminal de querer empujar a una persona al vacío. Pero no alcancé a decírselo. Solo lo empujé. Mi pobre pájaro azul.

Pájaro azul – Charles Bukowski

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