El crack

Me resultaba difícil verlo de nuevo. Ahora asomaba detr…

26/05/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Me resultaba difícil verlo de nuevo. Ahora asomaba detrás del mostrador del almacén que había puesto con su mujer a unas cuadras de la casa de mi madre. Entré de casualidad en una situación inesperada. Casi todas las cosas buenas de la vida, también las otras, suceden porque sí. Y no como muchos, que atribuyen las consecuencias a planes o sistemas de vida. Nadie tiene el control de nada.

Todavía llevaba yo en la cara el gesto de dolor que me provocó el ruido chirriante de la puerta. Adentro faltaba una luz que le diera vida el pequeño espacio tapizado con estanterías aparentemente repletas. En realidad solo estaban disimuladas con una prolija pantalla de productos en todos los frentes. Si se aguzaba la vista advertías que era solo eso. Como la gente que se enmascara detrás una sonrisa falsa, para dar la sensación de que la está pasando de maravillas.

Al verlo me pegué una especie de susto. Su mujer me saludó como a un cliente más, y él no supo cómo abordar el tema. Simplemente me nombró y se refirió a mí como un viejo amigo. Sí claro -dijo la mujer-, que enseguida sospechó la quinta pata del gato. Verlo me hizo a la idea de tener que comprar más cosas de las que tenía previstas. El impulso vino de la estupidez de ser asaltado por culpas infundadas. No se reparan las vidas ajenas con actos de altruismo.

Sobre una de las paredes había un poster del mítico Independiente de los tiempos del Bocha, y un banderín descolorido por el paso del tiempo.

-Desde la película de Szifrón donde descubren que una persona puede cambiar todo menos sus pasiones –dije-, pienso en vos cada vez que perdemos un partido o no ganamos un campeonato. -Su mujer se hizo a un lado y comenzó a acomodar vaya a saber qué.

-¿De verdad? -dijo-. Puede que tengas razón. En mi caso eso sería lo último que se me ocurriría hacer. Incluso ahora miro o escucho los partidos con mucha más atención. Desde mi retiro he pensado que de todas formas las cosas siguen su curso y que hay que mejorar lo que se tiene. De nada me han servido los psicólogos. Solo los amigos me han dado la fuerza suficiente. Y claro –dijo señalando a su mujer con la vista-, este tesoro que me ha dado los años más felices de mi vida. Dios te quita pero también te da.

Recordé que cuando jugaba al fútbol pintaba para crack. Desde las inferiores que todos los clubes se peleaban por su fichaje. Además era buena gente y tenía un pie dotado para hacer valer cada centavo de las plateas. La gente le hubiera dado un crédito eterno para que jamás tuviese que soltar la pelota, pero no pudo ser. Es el placer indestructible de la belleza al servicio del deporte, chocando una vez más contra la realidad. Giré un poco la cabeza y vi que había una foto encuadrada con el equipo de aquellos años. Se lo veía sonriente y en cuclillas, ubicado en la parte de abajo de la formación con la punta de los dedos apoyada sobre la redonda.

-Qué tiempos aquellos eh. Como jugabas, que te parió.

-Eso ya pasó. Es solo recuerdo -dijo.

Me quedé mudo, creí haber metido la pata en grande. Siempre pasa. Como en el chiste de los bigotes de la tía, y qué bien le quedan.

-No intentaba causar ninguna molestia -me atajé rápido-. Es que eras Dios adentro de la cancha.

Un gato pasó entre mis piernas. Luego lo rocé con el pie y se puso a ronronear mientras fregaba el lomo contra mi pantalón.

-Ahora soy el ángel caído -dijo, y se tocó la nariz como si le picara. Su señora ponía cara de circunstancia, mantenía la vista al suelo como hacen los provincianos cuando les habla uno que viene de la ciudad.

-Siempre fuiste un tipo muy fuerte. Recuerdo cuando salías con mí…-me detuve porque estaba a punto de revelar nuestro pequeño secreto. Había sido novio de una de mis hermanas por aquel tiempo, y era cantado que los celos retrospectivos de su mujer pudieran tirar por la borda un momento aún indefinido-,…te decía que todavía recuerdo aquella moto azul que tenías. Que caño eh. Y fuiste tan demente como para prestármela. Yo era chico todavía, pero no te importó. Creo que nunca te agradecí eso.

-Es una tontería -gruñó-, yo quería quedar bien con vos. No te la presté porque te tuviera confianza.

La confesión llevaba un tirito por elevación. Comprendí que la jugarreta habido tenido por fin congraciarse con mi hermana. Todo bien, yo hubiera hecho lo mismo. No merecía ningún reproche.

-Y cómo va el almacén. Cuánto hace que lo tienen -dije para escapar de la subliminal encerrona. Podía entender cierto odio contra el mundo por lo suyo, lo que no quería decir que tuviera que soportar deslices incómodos.

-En realidad el negocio es de ella -dijo, y su mujer no emitió palabra. En qué se había convertido aquel muchacho simpático que hizo levantar copas a su club y que a punto estuvo de ser contratado por un equipo grande de capital. Dejé que se explicara. Notaba en él cierta ansiedad de ponerme al tanto de su vida después de tantos años sin vernos. Miró de nuevo a su mujer-. Creo que sin ella las cosas hubieran sido mucho peor. Así que acá me ves, levantándola con pala y feliz de la vida. Ah, y sabés qué.

-No -dije- ¿Qué?

-Paradójicamente tengo una kangoo. Podés creer los delirios del destino.

Recordé todo en un flashback demoledor. Una lesión en el tobillo lo había puesto afuera de las canchas cuando estaban a punto de jugar la final. El decidió acompañarlos igual, y viajó con unos amigos porque la fecha era de visitante. El conductor perdió el control y a pesar de que la camioneta volcó, todos salieron ilesos, a excepción suya. Él sufrió un golpe que le cortó la médula y lo dejó paralítico. Era una Kangoo. Ahora, mientras lo veía moverse con alguna dificultad, notaba la disminución del tamaño de sus piernas, y una postura algo encorvada que había ido desarrollando con el tiempo.

-Bueno, y que vas a llevar. Hoy tenemos promoción. Con una compra superior a los doscientos pesos te llevás de regalo una bola de cristal que te canta lo que te va a pasar.

La ironía no me causó ninguna gracia. Pero decidí no devolverle el golpe dialéctico. Tenía demasiado con estar condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida.

-Mejor no voy a llevar nada -le dije-. Iba a comprar un paquete de cigarrillos pero he decidido dejar de fumar en este mismo instante.

-Excelente. Eso te mejorará la calidad de vida. Es de sabio llegar a viejo sin ser un lastre. Yo no puedo decir lo mismo, ¿no cierto mi amor? -le habló sin mirarla, y ella sonrió como acostumbrada a su cinismo.

-Bien, ya tengo que irme. Un gusto verte.

-Para mí también -murmuró, y una mueca de la tristeza acumulada a lo largo de los años se le dibujó en el rostro. No quise agregar nada más, pero me salió del alma dejar una voz de aliento para la pasión que teníamos en común.

-Vamos el rojito eh, que en el próximo campeonato la rompemos-. No soné para nada sincero. Teníamos un equipo de mierda y le hablaba a un hombre que había dejado de vivir de ilusiones bobas.

-Sí, claro -dijo en un tono muy suave, y luego bajó la cabeza. Ni siquiera me extendió la mano para decirme adiós. Tampoco me la había dado al llegar.

Salí del lugar como si nunca hubiese entrado pero vuelvo a ese pequeño almacén cada vez que escucho chirriar alguna puerta.

 

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