El príncipe azul

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29/07/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Por la vida amorosa de mi hermana habían pasado un par de novios sin pena ni gloria, de los que se miden por el poco tiempo que se nota que les queda. Cuando el reloj le dijo nos vemos al último flaco, este emprendió un retiro indignado, profiriendo como una maldición la inocente profecía de los cuentos: “Esperá sentada que ya va a venir a buscarte tu príncipe azul”. Ella se tapó la boca porque no se aguantó la risa.

Al rato de haberse ido, vi que tiraban algo por debajo de la puerta. Olí un sobre perfumado y escrito con una caligrafía primorosa. “Iré por ti, mi amada”, decía. Era obvio que el flaco se había quedado muy enganchado con mi hermana y pretendía impregnar el mensaje con un toque de humor romántico. Sin dudas, quería compensar su irrespetuosa despedida. Pensé que en cuestiones sentimentales, la gente siempre se despide por partes, en cuotas, como si debiera amarse a través de la esperanza en vez de hacerlo por el propio amor.

Debía avisarle a mi hermana. Pero en vez de eso, me tenté en abrir el sobre. Tal vez quería calcular la clase de amor, el peso del candidato por medio de sus palabras. A fin de cuentas se trataba de mi sangre, y si bien nunca he sido un vigilante, la curiosidad me ganó bajo la forma de un juego, que es la mejor manera de justificar los irreversibles embrollos en los que uno suele meterse. La cartita que guardaba el sobre decía más o menos así:

“He sido invocado por la suerte y gracia de los azares del tiempo y del misterio. Vivo la consumación de la unión perfecta, la encarnación de los sueños. Todo es por ti, amada mía. Eres la fuente de todos mis anhelos. Te amo.”

¿Todo es por ti? ¿Eres? Uy, me dije, qué chifladura tiene este muñeco. Más que amor, necesita un buen chaleco de fuerza. ¿Qué hacer? Advertir a mi hermana o carajearlo ni bien apareciese de vuelta. Lo segundo, pensé, sin dudas. Hay que atender a estos borders a los que una mujer jamás podría pararles el carro. Me quedé expectante y enseguida salí para ver si lo veía. Existe un historial de pelotudeces bastante ridículas que todos estamos dispuestos a cometer por amor. Así que no sería raro que estuviera merodeando cerca de la casa, pensando tonterías tales como ponerse a gritar que la amaba o cualquier otra boludez de noviecito herido. Por suerte no vi moros en la costa. Volví a entrar y en el segundo siguiente, tocaron el timbre.

—Yo voy —dijo mi hermana.

Siempre quiere ser ella quien abra la puerta. Creo que se debe a que las mujeres precisan siempre de novedades, y una puerta siempre aparenta esconder alguna.

—Tranquila —le dije—, yo estoy acá, yo abro.

Al abrir la puerta vi una especie de calamidad, con un parche remendado en el bolsillo de su saco maltrecho y descolorido: Príncipe Azul, decía. Estaba esperando que me preguntara si tenía algo para darle, pero en vez de eso me dijo que venía a buscar a mi hermana. La llamó por su nombre y agregó “mi amada” al principio de la frase. Luego se paró muy recto con la carita alborozada, las manos juntas sosteniendo una flor, y los ojitos brillosos. Jamás le había visto la cara a tan extraño sujeto. Alcancé a olfatear en él el mismo olor que tenía el sobre que había llegado hacía un rato. Me asomé un poco más y vi un caballo blanco que se estaba morfando el rosal de mi vieja.

—¿Es tuyo? —le pregunté.

Movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo, y volvió a quedarse tieso y sonriente. Tenía que actuar rápido. O bien mi hermana sacaba los pretendientes de una jaula de locos, o habíamos subestimado la cantidad de tumbados que caminan por las calles.

—Mirá, loco —le dije—  todo bien con vos pero si no te borrás ya mismo, es probable que te rompa la nariz de un trompazo, ¿se entiende lo que digo?

—No —respondió.

Antes de surtirlo pensé que con un buen baño y unas pilchas más o menos, podría ser uno de esos actores de las novelas que dicen lo que las mujeres esperan escuchar y ver. Alguien agradable con quien pasar el resto de la vida.

En el trayecto que llevó mi puño desde donde estaba hasta su nariz, supe que era la persona ideal para mi hermana, la que aprobaría toda la familia, y la que la haría feliz por siempre. Parecía haber viajado vidas enteras antes de hundir su dedo en el timbre de casa. Segundos después lo vi subirse a su caballo con la nariz ensangrentada y medio tambaleante. Me miró un instante antes de doblar la esquina. Sentí que la mirada transmitía algo parecido a la sensación de un sueño.

—¿Quién era? —preguntó mi hermana.

—Unos rompepelotas de no sé qué religión —le dije, y cerré la puerta apretando el sobre perfumado hasta hacerlo un bollito.

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