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03/03/2018
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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-Pa, che Pa.

-Qué pasa hija.

-Te olvidaste de comprarme las zapas.

-Ok. Mañana vamos.

-Es la segunda vez que decís eso -se ríe. Es más dulce que montaña de caniches toy.

-Perdón hija, es que últimamente ando medio…

Digo eso queriendo creer que antes me acordaba de todo. Pero no. Era peor. Un sujeto desbolado que se ganaba el pan a las apuradas, corriendo de un lado a otro, sin registrar con precisión el daño que los olvidos pueden hacerle a un hijo. El resto son monedas de cinco centavos, empezando por mí, a quien acabo de denunciar por infeliz, no en el sentido religioso, tampoco en el que pudiera darle un librejo de autoayuda, sino bajo el significado que le dábamos en la casa de mis viejos. Cuando alguien olvidaba algo se golpeaba la frente y exclamaba: pero qué pedazo de infeliz.

-Vamos ya mismo por esas zapatillas.

-No Pa. Ahora me pasa a buscar mamá.

-Ah, claro, qué boludo. Perdón hija -corrijo mi lengua puteadora-. ¿Qué estás viendo?

-Bob Esponja.

-Todos somos cacahuates ¿no? -río al decirlo, bailo y canto la canción de los cacahuates, y sigo imitando a los personajes-. Oiga, ¿no debía venir un juguete con esto?Paf, ruido del juguete dando en la frente de Patricio, el amigo de Bob Esponja, pero soy yo quien hace de estrella marina animada. Siempre hago lo mismo, y soy muy gracioso. Saco las voces a la perfección, y el cachetazo en la frente es tan efectivo como el tablón de los tres chiflados.

-¡Ay Pa!

-¿Ay Pa?. Vení para acá -empiezo a hacerle cosquillas. Me encanta verla reír, igual que lo hacía con la más grande.

Siempre me he preguntado cuándo se terminarán las cosas. La idea flota en mi cabeza cuando veo a un viejito que camina en inexplicable equilibrio, las manos pegadas al cuerpo, y los pasos diminutos, como si hiciera un pan y queso con la muerte. Entonces me pregunto cuándo será la última vez que sucedan ciertas cosas: correr a toda velocidad, paladear un buen asado, perderse en los ojos de otra persona, sentir que el agua del mar toca tus pies, la voz de tu madre, la última vez que tu hija vea tus tonterías como algo que todavía encaja en su mundo y la hace feliz. Porque ese día, será un día fatal. Y lo que es peor, creo que está empezando a ocurrir. Entonces no es un día, es una secuencia, una ley del dolor que hay que saber callar.

-¿En qué pensás Pa?

-En nada hija.

Debí decirle que estaba pensando en ella. Se lo digo.

-En vos hija.

-Pero para qué pensás en mí, si me tenés acá.

-En realidad -estiro la palabra, me doy tiempo, mi cabeza es una feria en hora pico-, pensaba en una frase genial que me dijiste una vez… -guardo los pequeños milagros de la sabiduría infantil, aunque sean de chiripa.

-¿Es sobre Papá Noel? -es impaciente como todo niño.

-No, esa no.

Recuerdo esa vez. Como un nabo quise sugerirle que los renos no volaban, que un gordo vestido de rojo embolsaba su cuenta el sacrificio de todos los padres. Me cortó en seco diciendo que tenía derecho a sus propias fantasías.

-Cuál es entonces, Pa.

-¿Te acordás que una vuelta te expliqué por qué debíamos adelantar una hora nuestros relojes?

-Sí.

-Dijiste que si la gente seguía haciendo eso un día no íbamos a tener mañana. Y lo dijiste así, tal cual. Eras más piojo que ahora, y seguro no alcanzabas a comprender que habías hecho un chiste genial.

-Mmm -pensó-. Ahora sí lo entiendo. Y eso qué tiene que ver.

-Que Papá no quiere que haya un mañana.

– ¿Por?

-Porque no quiere que crezcas -adopté la tercera persona, como si fuera otro quien le negaba su camino a la adultez.

-Ay, Pa -puso carita de tener todo bajo control. Luego soltó la frase maravillosa que me escribe por WhatsApp cuando ya se ha ido de casa y siento la necesidad de pedirle disculpas por algo.

-No pasa nada Pa. No pasa nada.

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