Escrito en la pared

—¿Pero vos creés en esas cosas? —¿Quién, yo? —contesté …

13/08/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

—¿Pero vos creés en esas cosas?

—¿Quién, yo? —contesté como si hubiera alguien más en el comedor—. Bueno —agregué—, ya sé que es una estupidez, que las supersticiones son formas del miedo. Por algo hablan del miedo al Barba como la vara que castiga si no estás en regla. Es más, algo debe haber porque es muy raro que esta relojería universal, cada pequeño engranaje que la compone no sufra un desperfecto y vayamos a parar a la mierda.

—Y quién te dijo que no va a ser así —afirmó—. Sabes qué, yo creo en las películas de Hollywood. Para mí que esos chabones tiene la posta y te cantan las cuarenta para que vayas sabiendo que si todo se mantiene tal como está, es de puro ojete nomás —el gordo hablaba boludeces difíciles de refutar, algo así como verdades mal dichas. Yo aproveché para pegarle un chupón al mate y casi pierdo las tripas.

—¿Lo hacés a propósito gordo?

—¿Qué cosa?

—Hervir el agua, cabronazo.

—Ah, sí. Es que no hay como sufrir algo peor cuando se la está pasando mal.

—¿Lo decís por lo del negocio?

—Y por qué otra cosa va a hacer —dijo, y se rascó la panza como si tuviera culebrilla—. Pucha che, no vaya a ser cosa que me hayas contagiado la maldición.

—Mirá que sos bocón gordo. Con esas cosas no se jode, ya ves lo que pasó.

Lo que pasó fue que tuve que cerrar el negocio porque me fundí. Ocurrió muy rápido, como una plaga del destino. Todo iba bien al principio, viento en popa, la gente entraba, llevaba lo suyo y volvía al día siguiente. Yo hacía caja, los números cerraban y a otra cosa. Pero desde el día que descubrí la inscripción en la pared, detrás de una de las estanterías, no solo me quedé helado, sino que además empezó a venir la mala. Es desesperante ver que la gente pasa y pasa, pero nadie entra, y las ventas caen y te empieza un cosquilleo nervioso que te hace perder los estribos y preguntarte qué es lo que estás haciendo mal. En realidad yo no había cambiado nada. Yo era el mismo, el negocio también, nunca maltrataba a la gente, hacía rebajitas con los clientes fijos y metía horas como un caballo, me esmeraba por tener las estanterías llenas y el boliche limpio y presentable. Pero algo pasó tras descubrir el cartel aquel. La baja de la clientela fue notable. La inscripción parecía el juego de un niño, estaba escrita con un pulso desprolijo y titubeante: “Este lugar está maldito”. Eso decía el cartel, y con el tiempo la letra me pareció algo tenebrosa, como si hubiesen forzado a alguien a escribirla.

—Che, no te colgués, dale con el mate, ya veo por qué te fundís, por colgado.

—Cortala gordo, me tenés las bolas llenas. Tengo la cabeza que me va a estallar y vos jodiendo con eso. ¿No ves que no sé de qué voy a vivir de ahora en más?

—¿Y por qué no levantás la boludez esa con un trapo húmedo o un poco de pintura, y abrís de nuevo a ver cómo te va?

—¿Te pensás que no lo hice? No sale con nada —el gordo me miró como si yo estuviese delirando.

—¿Cómo que no sale?  Dejáte de joder. Sos un picha floja, no servís ni para espiar.

—O sea que no confiás en mí. Ok. Largá el mate, acomodate la panza, y vamos que te muestro.

Encaramos algo sugestionados. El gordo tenía ese color de los que entran por gracia a un cementerio. El negocio quedaba en la planta baja, yo vivía arriba. Antes del último escalón me tomó del brazo y tiró con fuerza.

—Dejá, te creo —dijo—. No es necesario que me muestres nada.

—Pero vos sos pelotudo. Ahora vamos igual, vení -lo agarré de la manga de la campera y lo llevé a la rastra. Me impactó entrar en un sitio vacío, de aire espectral. Hasta hacía poco rebosaba vitalidad y era un comercio próspero. En su momento llegué a pensar que me volvería viejo detrás del mostrador y que la gente diría mi nombre al avisar a los suyos que saldrían de compras, como en esas barriadas donde la gente vive y muere sin penas ni glorias. Pero no. Había fracasado en menos de lo que canta un gallo.

—Dale. Mové las cachas, gordo, no tengo todo el día. Mirá, ahí está, fijate, vas a ver que no te miento.

Se acercó y dobló un poco la espalda, apoyando las manos en las rodillas. Lo vi aguzar la vista al acercarse, mientras yo me mantenía de brazos cruzados, esperando que confirmara lo que yo le había dicho. Pero abrió los ojos como si hubiera visto un muerto. Luego trastabilló mientras retrocedía, se incorporó y me miró con la boca abierta, pasmado.

—No te hagas el pelotudo gordo, ¿por qué me mirás así?

—Es… es que ahí…-no terminó la frase.

—¿Ahí qué?

—Ahí no dice lo que vos decís —tenía la voz quebrada y los ojos llorosos—. Dice otra cosa.

—Ah ¿sí? ¿Y qué dice huevón? —lo corrí de un manotazo. Comprobé que no mentía. En la pared estaba escrito mi nombre y la fecha del día, pero el año que figuraba era diez años más adelante.

Decidí mudarme, dejar atrás esa historia. Mañana llegará esa fecha que he pensado día y noche desde entonces. Ya es tarde, el sueño está viniendo, los ojos me pesan. Debo dormir.

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