La bella y la bestia

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22/08/2018
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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—Me hacés daño. Mucho daño. Sos la persona que más daño me hace.

—Perdón. No es a propósito. Lo juro. Además, no tengo la culpa, y lo sabés.

Ella enarcó las cejas. El resto de su cara, como sucede con las personas demasiado hermosas, acompañó su disgusto con un gesto entre simpático y puro. Frunció su boca, y, sin embargo, aun con la furia deformándole la cara, costaba no quedar fascinado por su belleza. La gente linda es así, el mundo le queda bien, la ropa le queda bien, el enojo le queda bien, la vida le queda bien. Todo le queda bien. Y es al revés cuando la gracia no acompaña.

—Tranquila —dije—. No hay que encontrar una solución donde no tiene por qué haberla. Solo somos un problema. Ya lo comprobamos.

—Pero yo te amo —respondió—, y para mí, nadie es más importante que vos.

Moví la cabeza a los lados, apenas. Quería demostrar un disgusto controlado.

—Mirá. No resultó como pensábamos y ya está. Hay que saber aceptar la derrota —no debí usar esa palabra. ¿Quién era yo entonces? ¿El ganador, el que se quedaba con un podio que cualquier otro pagaría por tener? Me corregí:

—Quiero decir que… es peor si insistimos, si nos lastimamos.

Habíamos estado juntos durante tres años. Descubrí que hay dos clases de idiotas. El que no se da cuenta de lo que pasa. Y el que se da cuenta e igual sigue adelante. Yo era de la segunda clase. Cómo vas a dejarla, sos imbécil, decían mis amigos. Cualquiera mataría por estar con esa mina. Y así era. Un sueño. Daba pena cerrar los ojos para dejar de verla. Pero qué más daba si faltaba lo esencial.

—Yo te amo —dijo—. No te das cuenta. No sé qué haría sin vos, incluso creo que… —se tapó la cara con ambas manos y lloró a mares, con moco y todo.

—Esperá. Qué estás insinuando. Dejate de joder. No querrás decir que… ni siquiera se te ocurra pensarlo… dale, ya está, ya va a pasar, ¿o acaso no es lo que siempre ocurre? Primero las cosas parecen una tragedia, y después ya ni nos acordamos del nombre de la persona que amamos.

—Qué decis, cómo no me voy a acordar de tu nombre, si hasta lo tengo tatuado.

Meter la pata siempre ha sido mi especialidad. Mientras más se intenta no decir algo, más se lo dice. Por qué Dios complicaba tanto el asunto. Niño aburrido y caprichoso. Eso era. Qué viejo de barba blanca y larga con cara de armisticio ni qué ocho cuartos. Era un maldito director de una obra ordinaria, donde mal actuaban sus criaturas, seres contradictorios y patéticos que se creían la gran cosa y siempre lo arruinaban todo. Pero por su culpa. No estaríamos acá, meta cagarla todo el tiempo si no fuese por el gran Creador, ay, claro, tenía que inventarnos así de defectuosos e incompatibles, en vez de ponerse un parri-pollo cósmico o lo que sea. Es como decía Al Pacino en la película…cómo era… ah, ya sé: mira, pero no toques; toca, pero no pruebes; prueba, pero no saborees. Las personas deberían ser como los enchufes, macho-hembra, esto se inserta acá, y voilá, hágase la luz. Pero no, tenía que hacerla difícil.

—Escuchame, yo no sé qué decirte, ni qué hacer —no se me ocurría nada—, pero lo que sea que una a las personas, no está, no pasa entre nosotros.

—Pero existió, estuvo —dijo, sin parar de llorar—. Y si estuvo, puede volver a estar.

—Lo que decís no tiene sentido. Eso sucede una sola vez, con cada persona. Es como jugarle a un número a todo o nada. Lo sacaste, ok, festejá y disfrutá hasta que pase. Pero no volverá a ocurrir. O…—dudé—, es dificilísimo que suceda. Aquello de demasiado agua bajo el puente…bla bla.

—O sea que nuestro amor es un número cualquiera de la ruleta de un casino. Sos de lo peor. Si al menos tuvieras la dignidad de…

Es de locos discutir con una mujer. A veces los hombres quisiéramos esfumarnos y ya. Luego aparecer en un planeta habitado por enanos, unicornios y porque no, una cervecería barata y una guitarra. Cualquier cosa, no importa. Pero no queremos discutir, incluso no queremos tener la razón. Es más, somos capaces de dejar de lado el mejor de los argumentos, con tal de no escuchar a esos soldaditos imbatibles que salen de la boca de una mujer. Y no hay forma, si así lo quieren, así será. Pero esta vez yo estaba decidido.

—Mirá. Yo solo quiero que seas feliz —afirmé—, y conmigo no va a pasar. A ver, ¿qué es más inteligente, perder el tiempo, o valorar lo que vendrá, la posibilidad de ir por otra cosa, otra persona que pueda hacernos felices?

—Es que vos me hacés feliz.

—Eso es egoísta. ¿Y yo? —pregunté.

No sé por qué dije eso. Nunca me había preguntado una cosa así. Es decir, qué pasaba con mi felicidad o con lo que corno fuera que sucediese en mi vida futura.

—Vos —era un demonio tomando altura para fulminarme con sus rayos de fuego amoroso—, sos un egoísta de mierda. Yo soy la que sufre, y vos me preguntás por vos, encima te victimizás.

Volví a mirarla, firme, como te miraban las maestras de antes cuando ya habías excedido su cuota de paciencia. Era un flash, como si el tonto más grande del mundo, o sea yo, estuviese frente a la olla en el final del arco iris, y dijera que no le gusta el diseño, ni las monedas de oro que tiene adentro. Era preciosa, tanto como para estar dispuesto a arruinar tu vida al lado de ella.

—Escuchame una cosa —me tomé el mentón sin convencimiento—. ¿Serías capaz de hacer cualquier cosa por mí?

—Sí, claro que sí. Lo que me pidas.

—Bueno, déjame en paz entonces. ¿Entendiste? Dejame en paz.

Me retiré como lo hace el gilazo de Suar en las películas policiales, y que son menos creíbles que los libros de autoayuda. Eso sí, me faltó la explosión de fondo, el mundo ardiendo a mis espaldas, como si me avisara que tal vez ella tuviese razón y yo fuese el equivocado.

 

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