La caja de fotos

Serían las doce de la noche cuando escuché el timbre. N…

07/03/2017
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Serían las doce de la noche cuando escuché el timbre. Nadie recibe visitas a tan altas horas y sin avisar, a no ser que haya que comunicar una desgracia. Era raro. Hacía medio año que tenía nuevo domicilio. Casi nadie podía saber dónde ponía a descansar mi cuerpo noche tras noche. Esperé unos segundos antes de atender el portero. Tenía que asegurarme de que no fuera una de las típicas confusiones de departamento, o una broma tonta de adolescentes aburridos. Sonaron seis timbrazos más. Antes de atender respiré profundo. No se sabe cuándo es que llegarán las malas noticias, pero mi intuición me decía que se trataba de otra cosa.

¾¿Hola? ¾dije. El tono de mi voz escapó en un susurro¾. Hable, quién es ¾siguió un silencio de un segundo y luego, el sonido de un suave llanto lejano.

¾Soy yo ¾escuché.

Identifiqué enseguida su voz y una especie de susto reminiscente me tomó el pecho. Qué decirle, que no era hora, que estaba cansado, que qué hacía acá…Ninguna de las respuestas era la indicada, y menos después de cinco años compartidos durmiendo en la misma cama, armando un futuro que se cayó a pedazos con el tiempo.

Me quedé estupefacto, en silencio, pensando. Pero no en algo concreto, sino repasando a medias todas las opciones, como si estuviera delante de un tren que marcha a gran velocidad, observando personas a través de las ventanillas sin poder identificarlas en sus rasgos íntimos. Así que dije lo primero que se me vino a la cabeza.

¾Ernestina…yo…yo no puedo…no podemos vernos. Ya lo hemos hablado.

¾¿Y ni siquiera vas a bajar a abrirme? ¾la voz sonó suplicante pero yo advertía el engaño enmascarado detrás de la dulzura. Ya había pasado por todo eso y los recuerdos todavía estaban frescos. Pero cómo negarme.

¾Pasá ¾dije, y pulsé el botón para que atravesara la puerta del hall del edificio, entendiendo que lo que acababa de hacer me devolvía a un tiempo que creía haber dejado atrás.

Nos acomodamos en la mesa del living. Entre las manos traía una caja mediana de color blanco.

¾Bueno ¾dijo, bajando la cabeza y abriendo la caja sobre la mesa¾. Yo no podía quedarme sola con esto. Tampoco me daba para tirarla. Creo que es algo que nos pertenece a ambos ¾adentro estaban las fotos de nuestra historia, una secuencia inmóvil que sin embargo no era el reflejo exacto de lo que habíamos vivido juntos. No dije una sola palabra.

¾Acá estábamos en Mendoza, ¿te acordás? Creo que fue nuestro viaje más bonito. No sé. Hemos ido a lugares donde la hemos pasado mejor, más impactantes, incluso en otras épocas en las que estábamos mejor de plata, pero en ninguno se repitió la ¿magia?, ¿puedo llamarlo así?, de lo que vivimos juntos, ahí, mientras contábamos los pesos para ver qué excursión dejábamos afuera ¾se rio con la naturalidad y la hermosura que supo desarmarme en otros tiempos.

¾No hagas eso ¾la amonesté con la ternura con que solía decirle que no tenía derecho a ser tan… ¿perfecta?

¾Y esta, mirá esta ¾mostró una foto en la que yo me abalanzaba sobre ella, mientras una de sus amigas congelaba el instante. Por demás graciosa, pues el cabello no alcanzó a taparle el asombro, y le quedó una expresión rarísima e inolvidable. Y yo parecía un salvaje domando un animal arisco. No pude aguantar la risa. La fotografía era demasiado cómica.

¾Bueno, pero a cuento de qué viene todo esto ¾repliqué¾. Esas fotos son parte del pasado. Y no quiero ponerme nervioso al admitir que tal vez fuiste la persona más importante en mi vida, pero también sé que nuestra forma de ser nos llevará derechito al fracaso.

¾Vos querés decir que somos algo así como el Titanic, que tarde o temprano vamos a…

¾Sí, y ni siquiera importa si hay botes salvavidas o si tomamos otras rutas para evitar el desastre. No sé cómo explicarlo, pero es como tener la facultad de poder adelantar el tiempo.

¾Ah, ahora te convertiste en una especie de adivino con el diario del lunes ¾comenzaba a azotarme la delicia de su sarcasmo¾. Ya pasaron seis meses, tres días y catorce horas ¾entendí que la cosa se ponía pesada.

Ella era una versión femenina de Florentino Ariza. Y yo un Di Caprio de segunda clase, a punto de soltarme de la tabla, rogando por la piedad helada de las aguas del desengaño. ¿Qué pretendía? ¿Corregir el presente a fuerza de una nostalgia fotográfica? ¿Eso era todo? ¿Por qué entonces flotaba entre ambos una sensualidad inquietante que hacia hormiguear el cuerpo?

El día que me fui o que me echó, no lo recuerdo bien, tampoco tiene tanta importancia, nos juramos entre gritos y cara a cara, amén de los malos tratos y el nivel de exaltación, que nunca volveríamos a dirigirnos la palabra, ni a buscarnos.

¾Bueno, pero mirá esta otra foto ¾dijo sin acusar recibo¾. Acá vos tenés el pelo un poquito largo y…

¾Basta, esto no nos va a llevar a ningún lado. Los dos sabemos que esto es un disparate ¾fue un impulso de autoritarismo tajante¾. ¿Qué viniste a buscar?

¾A vos ¾lo dijo mirándome fijo a los ojos. Me quedé mudo. Tomé la fotografía y observé a un tipo distinto, que por aquel entonces creía en algo, ya no el que hasta hacía unos instantes se encerraba detrás de una muralla para sanar las heridas. Pero se ve que el destino se encapricha y decide venir a tocarme timbre a las doce de la noche, a preguntarme si estoy seguro de que no vale la pena defender una historia de amor. Y la verdad es que jamás he estado seguro de nada. O como dicen los filósofos: si todo puede ser diferente, entonces nada es seguro. La frase me ha consolado en los fracasos. Quien sabe, quizás nadie pueda sujetar con firmeza las riendas de su vida, y menos si la comparte con otra persona. Así que jugarse entero por mantener algo tan volátil como una relación de pareja, quizás sea un acto de arrojo desproporcionado en tanto no se sepa exactamente qué es lo que hay que hacer para que funcione.

¾No te quedes así callado. Me metí el orgullo donde ya sabés para venir hasta acá a esta hora de la noche ¾la noté desarmada, real, dueña de la convicción necesaria para mover una montaña.

¾Es que…¾la fotografía temblaba en mi mano¾…es que yo debería volver a ser el tipo este del pelo largo ¾agité la foto¾, y no estoy seguro de que todavía sea una parte de mí ¾la vi levantarse con aire soberbio.

¾-Yo voy a salir por esa puerta –la señaló con ganas, como si en vez de una simple puerta fuese un portal a otra dimensión de lo nuestro¾-, y lo voy a hacer con la caja de fotos o sin ella, vos decidís si lo que está acá adentro tiene todavía alguna razón de ser. Yo ya puse lo mío, espero escuchar tu respuesta.

Cerré los ojos un instante y pensé que siempre me ha resultado odiosa la posibilidad de elegir entre dos problemas, o bien, entre dos grandes soluciones. Recordé las sabias palabras de mi madre: “hijo, la vida siempre te va a poner ante una disyuntiva”. La frase era exacta para casi todo momento importante de la vida, pero la respuesta tenía que dársela uno mismo.

¾-Ma sí   ¾- dije  ¾-, que sea lo que Dios quiera.

¾-¿Eso es un sí?   ¾-preguntó.

¾-Digamos que es un más o menos. ¿Alcanza?

¾-No tengo ni idea   ¾-respondió lagrimeando.

¾-Pues… es lo que hay.

¾-Eso no es cierto. Tenemos un más o menos y esta bonita caja blanca llena de fotos.

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