La ferretería

Descubro que el torpedo de la mochila del baño está rot…

28/10/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

Descubro que el torpedo de la mochila del baño está roto. Voy a la ferretería de Don Ernesto. Me alegro de que no haya nadie, me irrita esperar.

—Cómo va la cosa, Ernesto.

—Buscando una piedrita para ponérmela en el zapato —contesta.

Apoya las palmas de las manos sobre el mostrador. Lo he visto en esa pose desde que tengo memoria. Hace cuarenta años que maneja el negocio que le dejó su padre.

—Qué andás buscando —dice, y se dispone a ver cómo hago el ridículo. Pero esta vez la tengo fácil.

—El torpedo de la mochila del baño.

—Ajá —se pierde entre las estanterías y vuelve con lo mío.

Intento conversar, es un hombre de pocas palabras, rústico, de trabajo. Viste una camisa a cuadros y un pantalón negro que acostumbra a subir hasta la línea del ombligo.

—¿Cómo va el negocio?

—¿Sabés qué? Yo nunca escuché hablar de dinero a mis padres —entendí la evasiva.

Me quedé de una pieza. Levanté la mirada. Había estanterías con espacios vacíos. Sentí algo por dentro y simulé estar olvidándome de algo. Él aprovechó para arremangarse.

—Y deme una buena pinza Don Ernesto, usted sabe de qué le hablo —se movió lento hacia el fondo. Yo eché un vistazo a la calle. Era una mañana tranquila, sin el típico zumbido de los autos, el alboroto permanente de la zona. Los bordes de los ventanales estaban sucios, marcados con manchas en la parte baja.

—Si rompés esto —Ernesto presentó la pinza ante mis ojos—, yo cierro el local —.Recordé que jamás había tenido que devolverle algo defectuoso.

—Eso es tan improbable como que usted cierre la ferretería —reí mientras me miraba con cara de búho. Calculé que ya había perdido varios minutos. Tenía cosas pendientes y el tiempo justo.

Al volver a casa tardé en acertar el agujero donde encaja el torpedo. La vida era algo así. En el noticiero hacían entrevistas en la calle. Está difícil, ya no sé qué inventar, decía alguien que tomaba el micrófono del periodista con ambas manos. Otra señora abría la bolsa de las compras ante las cámaras poniendo cara de qué cree que puedo hacer con esto. Apagué la tele y me fui al banco. Era lunes, un día tedioso para los trámites. Después aproveché para adelantar parte de la deuda del cumpleaños de mi hija. Visité a uno de mis clientes, pero no me atendió. Algo me decía que el muy turro estaba escondido dentro de la casa, observándome a través de las cortinas. Abandoné por cansancio. Finalmente compré verdura y unos bifes para tirar a la plancha. Tenía que cargar nafta. El muchacho de la estación fregó los vidrios con entusiasmo. Le di unas monedas que tenía en el bolsillo. Me dio las gracias varias veces. En ese momento advertí que había olvidado la pinza en la ferretería. Volví a buscarla. A media cuadra observé que Ernesto estaba parado en el escalón de la puerta, con sus anchos brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida. Qué extraño –me dije-. Disminuí la marcha y amagué a tocarle bocina. Él me alcanzaría la pinza sin tener que bajar del auto. Pero no frené ni toqué bocina. Pasé muy lento y advertí el gesto vacío de su cara. Luego continué camino a casa. A final de cuentas, solo se trataba de una pinza que no me hacía falta.

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