La guerra de los libros

—Bueno, tenemos que repartir los libros —se había parad…

26/09/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

—Bueno, tenemos que repartir los libros —se había parado delante de la biblioteca principal. Con un brazo sostenía el otro brazo cuya mano sostenía el mentón. La pose de una pensadora que quería llevarse mi tesoro más preciado, dividirlo como si cortásemos un pedazo de algo justo en la mitad.

—De dónde sacaste semejante disparate. ¿Vos pensás que alguno de esos libros te pertenece? Cuál sería el motivo, si puede saberse, además de que no estoy dispuesto a negociar ni uno solo —ella sabía que era verdad, la más absoluta verdad. Me ataca un celo, una ira inexplicable cuando alguien, y para peor ella, intenta violentar lo que más quiero. Me transformé en un perro guardián, me puse entre ella y los libros, como aquella acción suicida, transgresora y humana del tipo que le hace frente a un tanque de guerra. Ella tenía los cañones apuntados, en los ojos calibraba las filas de los que yo más apreciaba. Para colmo la biblioteca está hecha de roble, es una fortaleza, como un abrazo del tiempo, regalo de mi abuelo, y robusta y eterna como alguna vez lo pensé a él. Así que era un todo inviolable, lo que estaba allí guardaba una definición por encima de un afecto sencillo. No toleraría la sutileza rencorosa que quería poner en marcha.

—Es una locura —dije—, acá no hay nada que pueda interesarte. Cada palabra impresa en estos libros, me pertenece —por algún motivo hablaba de los libros como una posesión desesperante, suerte de extremidades de mi cuerpo que podrían dejarme malherido, mutilado, en caso de ceder a su petición, hecha con tono de mandato, forma común de su personalidad que nos ha llevado a discutir sobre otros temas a lo largo de nuestra relación.

La luz del sol se iba retirando de las cosas, sumiéndolas en un ocultamiento que siempre me ha fascinado; un dejar de ser, una especie de muerte falsa. La misma luz le daba a ella en la cara, remarcaba la belleza natural de sus rasgos finos, amenazados por un mal humor creciente. Yo estaba desprotegido, qué hacer con su decisión, cómo lograr convencerla. Pensé en ceder otras cosas, de ser necesario un brazo.

—Tendríamos que dividirlos sin pensar —dijo inmutable, por dentro imaginaba la risa grotesca de un payaso maldito—. Por ejemplo, mitad y mitad de cada fila, así con cada biblioteca, y listo. Nada que pensar y menos trabajo. No vaya a ser cosa que te agarre el sentimentalismo y estemos acá hasta fin de año. Me parece que es justo ¿no?

Lo más justo era que yo la ahorcase. O algo mejor, tirarle encima la biblioteca para que muriera aplastada por el peso de las palabras que yo no acertaba a decirle. Si bien pensaba en las otras bibliotecas, me torturaba pensar en la principal -ahí estaban los libros con los que tendrían que enterrarme, la sustancia misma de lo que consideraba un efecto de cambio para cualquier vida  sensible-. Pero ella decidió con astucia que ese sería el campo de batalla, y lo hizo con la ansiedad de un depredador al acecho, como cuando se ataca delante de una vidriera con algo que le gusta mucho y está fuera de su alcance. Después de eso, no hay nada que pueda detenerla, no hay caso. Empeñaría sus propios ojos si fuera necesario. De modo que estaba perdido. Pensé en el jardín de nuestra casa, pero me dio fiaca cavar tan profundo, además me quedaría sin derecho a retar a nuestro perro cada vez que la histeria lo pusiera a enterrar un hueso, para luego cambiarlo de lugar, y luego volver a hacerlo, y así. En fin, estoy menos capacitado para cavar un pozo que para asesinarla a librazos. Pero claro, también está el amor que nos tuvimos, la clase de cosa que produjimos juntos, algo en lo que pensar antes de armar un escándalo por unos libros, si a final de cuentas qué son. Maldita sea, por qué tuve que volver a preguntarme qué son. Eso me remite a pensar qué significan para mí, y de vuelta estamos en un problema. Ella agita el índice, cree que será suficiente, y yo estoy empezando a pensar que sí, porque me ha corrido del medio y ahora mira los libros muy de cerca, con anticipado deleite, como si ya fueran suyos.

—La mitad de qué lado te gustaría quedarte.

—La mitad de nada —gruñí.

—La ley dice que tenemos que repartirnos las cosas en partes iguales.

—Sí, pero la ley no entiende ni le importa el valor afectivo de las cosas. Ya te dije que a cambio te podías quedar con lo que quisieras. Sin embargo te negás. Qué sentido tiene eso.

—Tiene todo el sentido del mundo desde que tuviste la ocurrencia de decirme que necesitabas un tiempo. Pues yo no veo que un paréntesis sirva para ninguna relación y menos me trago la ingenuidad de creer que es un espacio que te tomás para pensar. Vos te creés que soy idiota.

—Yo no dije eso. Mejor volvamos a lo de los libros —empecé a creer que un negocio a pérdida podría tener el sabor de una retirada con honor—. Elegí vos la mitad que se te antoje —dije.

—Cómo.

—Que elijas los que se te antojen —comprendí una vez más el leitmotiv que inspira cierta saña femenina, muy distinta de las formas evidentes que los hombres tenemos para desatar nuestros odios o venganzas.

—Cómo que me agarre la parte que quiera. Qué clase de tarado sos.

—Sí, eso mismo. Elegí y listo. Y si querés —me envalentoné en una suerte de jugada inconsciente—, te llevás todos los libros y a la puta madre que lo parió con todo —desde Shaka Zulu que la sorpresa es un recurso infalible para cualquier batalla. Estaba desconcertada.

—Pero yo no quiero tus libros —se comprimió como un globo que pierde el aire. Luego se le erizaron los pelos y estuvo a punto de decirme o hacer cualquier cosa. Pero no lo hizo. Una suerte de indignante mecanismo de defensa la dejó sin habla—. Sabés qué…

—Qué —pregunté casi cerrando los ojos ante la inminencia del cachetazo.

—Metete los libros en el orto, uno por uno, arrancando por la Guerra y la paz, pedazo de forro.

Salió por la puerta hecha un demonio. El portazo produjo una corriente de aire que me despeinó. De nuevo supe que a veces la gente prefiere la mitad de un problema antes que una solución.

 

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