La maestra

Enamorarse de una maestra es tan previsible como inútil…

25/06/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Enamorarse de una maestra es tan previsible como inútil. Tal vez por eso las palabras idilio y delirio suenan parecidas. De la nada te ves haciendo poses y queriendo llamar la atención. Y a lo sumo sos una cabecita que cada tanto levanta la mano. Más que una gracia es una maldición y para colmo se repite todos los años con una maestra distinta. De modo que una reemplaza a la otra y todo queda en comentarios de niños.

—Viste lo buena que está la de lengua —me preguntó un día Mariano. Era un pícaro que me agarraba al vuelo. Intuí que me habría pescado mirándola con cara de bobo.

—Sí, y explica muy bien —dije—. Casi que ni tengo que estudiar en casa.

—Bueno, tampoco exageres, estás medio olfa por lo que parece —la palabra olfa me hundía en las primeras filas, al lado de los detestables. Debía medirme al hablar.

—Digo que es casi tan clara como tu mamá —la madre de Mariano era la directora de la escuela. Si uno sabía lo que le convenía soltaba un elogio para levantarle la moral y sacárselo de encima cuando se ponía pesado. Tenía la virtud y el “derecho” de gastar a todos sin recibir recriminaciones.

Yo sabía que él también estaba enamorado de ella. Lo vi con mis propios ojos. Al final de la clase se le ponía al lado y se quedaba hablándole. Creo que la maestra le respondía por ser quien era, pero enseguida apretaba sus libros contra su pecho fingiendo estar apurada. El muy tonto la jugaba de galán delante de mí. Y yo me preguntaba cómo es que se definen estas cosas, porque debía elegirme a mí y no a él. Decidí enfrentarlo mientras jugábamos a la mancha en el recreo.

—Se ve que a vos también te gusta mucho la seño —afirmé. Tenía la garganta caliente y los puños cerrados. Pocas veces he sentido ganas de borrar del mapa a una persona. Esa era una. Mi furia empeoraba por no saber si lo hacía solo para joderme.

—Te voy a decir algo —dijo, y me miró como cuando se va a patear un penal midiendo los palos—, las maestras no son de nadie. Si querés podemos preguntarle con cuál de los dos prefiere quedarse.

—Eso es una estupidez —dije—. Somos niños —pero el desafío quedó resonando en mi interior. Y si fuese posible por un segundo que ella…Era absurdo. Recordé haberla visto de compras con su pareja. La llevaba de la mano y sonreían con la incomodidad vergonzosa de los enamorados. Nada podíamos hacer nosotros. Éramos el decorado de un aula, menos que las guirnaldas que dieron la vuelta al pizarrón el día del festejo de la bandera. Qué clase de pretensiones podía tener un niño que ni siquiera sabía lo que era masturbarse. Hasta mi hermana más grande me dijo algo que sonó a advertencia. Lo tuyo es platónico, afirmó, y yo le dije que sí, que seguro que era eso, y no tenía ni la más pálida idea del significado de esa palabra.

—¿Y?, ¿te decidiste? —Mariano era una espina. No aflojaba-. Mirá que si ella no sabe lo que te pasa, te vas a quedar con las ganas eh.

Tenía razón. Comportarse como un hombre y perder la vida en la batalla, eso era lo que correspondía. Juntar el valor suficiente, y el momento, y las palabras y… Me quería matar. Todo resultaba chirlo, como decía mi madre cuando a la sopa le faltaban fideos. Cuál era el idioma de los grandes, qué se decían al momento de declararse su amor, ¿qué se hacía después? ¿Besarla? ¿En la boca? ¿Salir corriendo por las dudas me tirara con el borrador?  Decidí actuar con naturalidad, nada de ensayar discursitos. Eso ya había fallado con otra chica del grado. Diría lo primero que se me viniera a la mente.

En el primer recreo y antes de la clase me crucé con Mariano.

—Hoy es el día, es mi turno, después hacé lo que quieras. ¿Está? —hablé con convicción, me sentía maduro. Me fui antes de que contestara.

Jamás me temblaron tanto las piernas. La clase pasó volando y en el pecho tenía un pequeño animal que luchaba por salir. Conté cada latido hasta perder la cuenta. Cuando todos se levantaron después del timbre yo me quedé quietito, esperando.

—¿Qué pasa? ¿No salís al recreo? —me preguntó y se acercó muy despacio. Definitivamente el corazón se me hizo una bola de fuego—. ¿Te ayudo en algo?

Me dieron ganas de decirle que sí, que necesitaba abrazarla o algo por el estilo. Y eso hice. Mi cuerpo avanzó sin mi consentimiento y enlacé los brazos alrededor de su cintura.

—¿Qué pasa chiquitín? —preguntó mientras me pasaba la mano por la cabeza. Eso me devolvió a mis diez años. Lo que tardó el recorrido de su mano abrió un dolor que desarmó mi fantasía. Luego se puso en cuclillas y me miró a los ojos. Creo que entendió perfectamente lo que me pasaba porque sonrió y yo recordé a mi madre.

—Querés decirme algo. Decílo nomás —levanté la vista y vi que Mariano me espiaba junto con otros chicos, todos muertos de la risa. Tomé aire y me sequé una lágrima que no supe de dónde había salido.

—Claro que quiero decirle algo —hubo una pausa grande como el patio, y como me lo había prometido, dije lo primero que se me ocurrió—. ¿Qué es el amor platónico señorita? —puso su mano en mi pecho y volvió a sonreír.

—Es eso que te late ahí —contestó.

Al incorporarse advertí que medía casi el doble que yo. Luego cruzó la puerta con sus libros y yo me quedé escuchando las risas de mis compañeros.

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