Pinos de Anchorena

La monja

La vi venir entre las hojas que levantaba un viento rep…

30/03/2017
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

La vi venir entre las hojas que levantaba un viento repentino en medio de la tarde. Era una mujer muy entrada en años, con la decrepitud a cuestas, esa horrenda máscara del final, aviso de la antítesis de la belleza de la vida, que no es mero esteticismo, sino vigor. Amagué a cruzar para darle una mano, se la veía tambalear en la vereda despareja, y el incordioso lienzo blanco que le cubría la cabeza le flagelaba la cara y le obstruía la visión. Se va a ir al piso en cualquier momento, me dije. Pero no. Resistió, lo hizo bien, arrugando la cara, con paso titubeante, hasta detenerse en la esquina. La vestimenta, si bien liviana, era a la vez una traición a punto de cometerse. Por eso se levantaba la falda con las manos. Y ahí estaba, como si fuera a tomar vuelo y aterrizar al otro lado de la calle. Yo me bajé del auto para asistirla, sentía que no podría lograrlo sin ayuda. La desolación del domingo convertía a la tarde en un desierto. Decidí acercarme y tomar a la monja del antebrazo.

-Buenas tardes -dije.

-Sabía que Dios enviaría a un ángel para socorrerme –sonó graciosa.

-No soy necesariamente un ángel, señora. Eh, disculpe -temía quebrar algún tipo de reverencia cristiana-, no sé cómo llamarla.

-Si bien no soy señora de nadie, podría tomarlo como un cumplido y aceptar que estoy casada con Dios.

-Yo solo quería ayudarla a cruzar. Y mejor me callo, no vaya a ser que malinterprete mis palabras.

-Eso no sería posible. Para mí la única palabra y verbo es Dios. La vida es movimiento y en un sentido más estricto, acción. Y si estás acá tomándome del brazo, quiere decir que tu corazón está a salvo más allá de tus palabras. Ni la falta de tiempo, ni la vergüenza, ni el no te metas, han sido más fuertes que tu solidaridad.

Empezaba a sentirme un héroe con muy poco. Pero en el resto de los días, ¿cuánto dedicaba yo a los demás? No me refiero a ver pasar la pobreza por la tele y levantar las cejas y abrir la boca para pronunciar: qué barbaridad, che. Sino a la realidad que tira de tus narices con solo asomarte a la ventana de tu casa a la hora de las primeras sombras. Esa legión de la miseria que no tiene consuelo ni solución. Pero por qué se me venían a la cabeza.

-Sé lo que pensás-aseguró mientras cruzábamos.

-¿Eh? -me quedé mudo-. ¿En qué sentido me lo dice? ¿Por los cartoneros? -estaba desconcertado y sorprendido. Leía mi mente. ¿Cómo?

-Es más que eso. He visto que algo ocurre cuando me ayudan como lo estás haciendo vos. Es como si la gente se humanizara de repente y viera la miseria y el sufrimiento, no como una película, sino como una trama que no da lo mismo, ni para el gran director, ni para los protagonistas -no me atreví a preguntarle si el desfile de la pobreza había atravesado su mente.

Al llegar a la otra vereda no pude soltarla, mi mano se aferraba con fuerza. Miré alrededor. Nadie. Ningún comercio abierto, ni autos, ni siquiera un perro hurgando en la basura. Tampoco basura. Solo un espacio deshabitado. Las viviendas parecían la muestra dudosa de una barriada clandestina. Al levantar la vista quedé enceguecido por un resplandor.

-Ya que estoy la acompaño, si no es molestia. Espero que el convento no quede tan lejos como para hacerme cambiar de opinión -reí con gusto, percibía en ella un sentido sutil de la ironía sin el cual es imposible concebir a Dios.

-El camino se mide por los hechos, hijo, no por la distancia recorrida -se me fueron las ganas de seguir con los chistes-. Lo último depende del Creador. Me queda poco tiempo. Vaya a saber si podrás ayudarme de nuevo a cruzar una calle -noté que sonreía bajando la cabeza. Me devolvía el golpe con la única verdad revelada desde el principio de los tiempos: todos partiremos.

-Ahora sí que no voy a soltarla hasta llegar al convento.

-Sos un muchacho fuerte, puedo sentirlo en tus manos. Eso no dura para siempre. Yo también me creí inmortal, y justo el día que pensé que podía con todo, vi extinguirse a mis seres queridos, asumí la brevedad, la fragilidad de la carne, lo impredecible, aquello que acecha.

-¿Usted dice que la muerte es la gran maestra?

-Todo lo contrario. Digo que la vida, los ojos con los que debe verse la vida, es un llamado de la conciencia, un tesoro que jamás hay que dilapidar en vano, ni por orgullo ni por desgano. Parte del significado está en advertir que el tiempo no es un regalo sino una oportunidad. Dios lo administra, nosotros tenemos que justificarlo, y la recompensa es la felicidad de los que nos rodean.

-¿O sea que no se puede ser feliz sin mirar alrededor?

-¿Acaso se puede ser feliz en soledad, sin dar, mientras nos interpela el sufrimiento ajeno?

-Creo que no. Pero también es cierto que si uno no alcanza la felicidad, no podrá hacer felices a los demás ¿No le parece?

-En parte. La felicidad es un acontecimiento mutuo, recíproco. Me refiero a que tampoco se es feliz con solo creer en Dios. Eso no alcanza. Puede ser una ofrenda válida, quizás ayude a interpretar el mundo de otra forma, pero la fe es un hecho más amplio, generoso, compasivo. Es una fórmula sencilla y por eso la más complicada. Pero ver al prójimo implica también dejar de verse a uno mismo, y hay suficiente egoísmo en el mundo como para desmoralizar a cualquiera. Vivimos en un ensayo a medias en vez de ser parte de la gran obra.

Si bien la marcha era lenta, las cuadras se expresaban en distancias imposibles. Una suerte de vía crucis en el que me invadió la culpa. Tras caminar un trecho prolongado, de perder el rumbo absorto en la reflexión, empecé a intuir que no nos dirigíamos a ningún lugar en especial.

-Y ¿cuánto falta para llegar al convento?

-Lo que haga falta –su voz fue seca.

-¿Eso significa que usted no es una monja?

-¿Y vos sos lo que decís ser?

-A qué se refiere.

-A que la mayoría de la gente vive en una continua transición y nunca se decide a ser algo definitivo. De ahí el problema.

-Pero no cambiar es un pecado, si me permite la metáfora.

-Quien se la pasa mudando de piel, acaso está conforme consigo mismo.

-Creo que no. Pero tampoco creo que ser una sola y misma cosa traiga más que monotonía, iguales resultados.

-Vos hablás de las acciones físicas y yo hablo del ir y venir espiritual. Las últimas hacen a las primeras, les dan sentido. No por nada dejé que me tomaras del brazo.

-¿Cómo que dejó que la tomara del brazo? –había en la monja una presencia creciente, quizás dos presencias, todas las presencias, y a la vez una única presencia.

-Sé adónde ibas, lo que pensabas hacer.

-No, no lo sabe. No es posible.

-A mi edad yo no camino por cualquier lugar, menos un domingo. Y hablando de eso, me siento cansada por falta de costumbre. Por suerte hemos llegado –se detuvo en un solo movimiento.

-¿Es acá? Esto no parece un convento.

-Vos tampoco parecés un hombre tonto. Y sí, es acá. Ya podés marcharte. Muchas gracias.

Me retiré con un saludo breve y una reverencia casi imperceptible. Que Dios te bendiga, me dijo. Al soltarla una fuerza benévola me abarcó por completo. El desastre al que había llegado mi vida tuvo de pronto una esperanza. Por delante me quedaba una familia pendiendo de un hilo, pensamientos rotos, la ponzoña que solo puede curar la cordura. Me di vuelta para ver cuál era el sitio exacto de la orden religiosa y no vi nada. Entre densos nubarrones bajos se filtró un resplandor tenue, la certeza de que el sol seguía estando ahí a pesar de todo.

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