La oscuridad

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22/10/2018
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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—¿Matías te llamás?

—Sí –me contestó el niño, y se escondió avergonzado tras la mesada que descansaba sobre unos caballetes. La hermana más chica lo miraba de reojo, con la cabeza baja y los ojos caídos. Una invitación a que no siguiera hablando conmigo. No importaba el motivo. Lo sentía así.

—Matías es un nombre hermoso —dije—. Y vos chiquitita, ¿cómo te llamás? ­—No me contestó. Agachó un poco más la cabeza y se puso colorada. Detrás de ellos unos tablones dividían un espacio contiguo a un salón grande donde reinaba la oscuridad. Estábamos en el tercer piso de un lugar que conseguimos de rebote para armar un asado y juntarnos a tomar algo con los muchachos.

Dos heladeras viejas ocupaban una de las paredes pegadas a la puerta. Pero ninguna funcionaba. Había que buscar hielo en la planta baja a cada rato, y nos turnábamos de mala gana para poder enfriar el fernet. El nene no paraba de contorsionar su cuerpo en la silla, pero nunca perdía de vista a su padre, entregado a las mieles masculinas de cuidar la carne, con la cara que ponemos los tipos cuando eso va de perillas y se disfruta de antemano el papel de anfitrión. La pequeña jugaba a esconderse bajo la mesa y espiaba a quien le siguiera la gracia.

La charla discurría teniendo en cuenta a los niños, nada de groserías ni asuntos picantes. Practicábamos una diplomacia limpia y artificial.

—Hielo –gritó uno de los muchachos. Sin chistar, uno de nosotros se levantó y fue a buscar más. La nena quiso acompañarlo. El cabezón había ganado su confianza con algunas morisquetas que incluso causaron la risa de todos, pues poseía una extraña habilidad para mover la cara y hacer voces.

—Aquí tienen –dijo al rato, y apoyó la ollita machucada que nos servía de fuente con una nueva tanda de hielo—. Che, Maravilla  —le habló al asador. Le decíamos así porque había empezado a practicar boxeo—, estuvimos a punto de caernos, las escaleras están muy oscuras, no hay luces. Es un peligro. Por un pelito tu nena no se fue de boca.

—Sí, casi me caigo, papi –dijo la chiquita.

—No. No hay luces ahí. Y vos Cami, te dije que te quedaras acá por las dudas.

—Bueno, che, no es para tanto, ya pasó —dijo el cabezón— Es solo que no se ve un pomo.

La noche siguió y dimos cuenta de unos buenos pedazos de vacío y un asado de primera. Yo observaba que el diablillo del vino ya daba pie para la risa fácil. Las anécdotas fueron develando la típica negligencia del borracho, palabras que no debían ser dichas, enredos con mujeres que pusieron incómodo al pequeño Matías, quien tras la separación de su padre, lo controlaba con un celo enfermizo.

—Vos no hagas caso de lo que decimos, Mati –ordenó Maravilla con ternura, pero ya daba muestras de estar perdiendo la conciencia.

Yo advertía que el pibito empezaba a cabrearse y arrugaba la boca como si la tortura de escucharlo fuese sepultando sin remedio la posibilidad de que sus padres volvieran a estar juntos. Pero intuía otra inquietud en él. No paraba de observar entre los intersticios de las grandes placas de madera que daban al salón de al lado, que a su vez conectaba con el primer tramo de la escalera. De a ratos miraba fijo y se quedaba atento, especulativo, con los ojos muy abiertos, igual que los gatos cuando ven pasar a un pájaro del otro lado de la ventana.

—Ey, Mati, ¿qué pasa? –le pregunté. Se dio la vuelta como si lo hubiera pescado haciendo algo malo. Revoleó los ojos y se quedó de brazos cruzados.

—Tomá este pedacito,Mati –dijo su padre y plantó una costilla chirriante en el plato de su hijo. La nena ya se había quedado dormida en una de esas posiciones de circo que los niños encuentran tan cómodas. Pusimos una campera para abrigarla y la dejamos ahí.

—Una menos –apuntó Fabián, y jugó a soplarse la punta del dedo como si fuese una pistola humeante.

—Ja, qué gracioso —dijo Claudio, el más recatado del grupo, a quien apodamos conductor asignado, luego abreviado en asignado, un disparate que lo ponía loco, y que nos hizo cambiar de opinión luego de que nos dejara a gamba un par de veces por abusar con los chistes.

—Hielo –gritó Maravilla y levantó el vaso vacío—. Y ya que vas, traete otra coquita de la heladera—. Se dirigía a mí, ya habíamos dado la vuelta y era mi turno.

—Ok. Alguien que me acompañe –dije, y miré a Matías. Me daba pena que se aburriera entre los mayores. Pero el chiquito se negaba a ir, movía la cabeza que tenía metida entre los brazos cruzados sobre el respaldo de la silla.

—Dale, no seas maricón –soltó su padre.

—Pará, Maravilla –tuve que calmarlo—. Todo bien, si no quiere venir, que no venga. Ahora vuelvo.

Crucé el umbral de la puerta donde estábamos reunidos, y sentí algo tibio tomándome la mano. Era Matías.

—Yo voy con vos, pero tengo mucho miedo.

—Tranquilo, estás con el Capitán América –dije, y no se rio. Quizás había elegido un superhéroe que no significaba nada para él, pero que al oído sonaba mejor que ninguno.

Caminamos en la penumbra escuchando las risotadas de los demás. Afuera soplaba un viento intenso que hacía temblar los ventanales.

—¿Viste que viento, Mati?

—Yo lo escucho siempre, y de noche –me contestó. Sentí la presión de su mano.

—Tranquilo, ¿quién está acá, eh? –me hacía el gracioso.

—El capitán América –respondió desganado.

Bajamos el primer tramo y se detuvo en seco. Por momentos la oscuridad era absoluta. Tenía que tantear las paredes para poder ubicarme. Ya no sentía a los muchachos, el viento tapó todos los sonidos, ni siquiera escuchábamos el retumbar de nuestros propios pasos.

—Pará, tengo miedo –dijo el chiquitín.

—Es que está oscuro, sí. A mí también me pasaba lo mismo cuando era un enano como vos–siempre me había resultado la estrategia de colocar los miedos de los niños en mi persona, como diciendo: es normal—. Así que tranqui Mati—insistí—, yo también le tenía miedo a la oscuridad.

—No es lo mismo –me retrucó.

—¿Por qué?

—Porque yo no le tengo miedo a la oscuridad, sino a lo que hay en la oscuridad.

Por un segundo mis teorías del niño que buscaba identificarse con los miedos se derrumbó como un castillo de naipes.

—Ajá –No sabía qué decir.

—Ahí ¿ves? –señaló el punto más oscuro del lugar—. A que no te animás a caminar hasta ahí.

—No podría, tendría que dejarte solo –argumenté. En realidad sentía algo dentro de mí, la voz interior que te aconseja no saltar de tal altura, no conducir demasiado rápido, y que ahora ponía distancia con aquel centro oscuro que de pronto adquirió una fuerza sugestiva y aterradora. Si hasta podría asegurar que había dedos invisibles que me invitaban a demostrarle al niño que ahí no había nada, y sin embargo, no podía asegurarlo.

—Ves, sos un maricón, como dice mi papá –se rio y volvió a insistir—. Dale maricón, a que no sos capaz.

No pude tolerarlo. Me había puesto entre la espada y la pared. Le solté la mano y caminé despacio, haciendo el acting del ladrón ampuloso que avanza en puntas de pie. Por dentro me moría de miedo. Llegué hasta ahí y me hundí en la nebulosa. Aún estoy acá adentro. Bah, no sé si es el término adecuado. No sé dónde estoy, solo escucho la voz del niño repitiéndose una y otra vez.

—Dale maricón…dale maricón…

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