A la sombra del árbol

La tortura de pensarlo me volvía loco. Como en las pelí…

18/07/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

La tortura de pensarlo me volvía loco. Como en las películas de Hitchcock, el suspenso es peor que el desenlace. Lo medité mirando las flores del jardín que plantamos juntos. Todavía la recuerdo, lejos en el tiempo, enterrando los plantines con la parsimonia amorosa de las cosas que se hacen para siempre. Y yo acodado en la pala observando su dedicación maternal, adivinando los colores de las flores que hoy pintan el fondo de nuestra casa.

-Ya está –había dicho cruzándome los brazos por detrás del cuello, mientras yo proyectaba la imagen del árbol futuro debajo del cual concluí que debía separarme.

A la par de mis razones, fundadas en la revelación del desamor, sé que lo recibido es inmensamente mayor a esta carga que me quita fuerzas para encontrar el momento. Me silencia la entrega simple de los hechos cotidianos, los ojos a los que les juré amor eterno y que aún guardan la ilusión de que todo siga igual. Será así o sospechará algo. Habrá advertido mi desgano, la cara vacía con que pasamos las horas. No lo sé. Pero mi modo de actuar es una señal clara. Sin esfuerzos huyo de las alegrías fáciles, me retraigo, la dejo naufragar despacio en su soledad. Voy queriendo que me descubra y me obligue y me salve de la culpa de emboscarle la esperanza.

-Parece mentira que los Ruiz se hayan separado –comenté-. Sabemos muy poco de los demás ¿no?-. Quería inducirla pero ella siempre encuentra la forma de apuntalar lo nuestro desde la desgracia ajena.

-Por suerte es un problema de otros –me dijo-. Por el contrario, me pasa de vernos viejitos tomados de la mano.

-Claro –asentí-. Pero está visto que el destino es un capricho. Hay cosas que suceden porque sí -quería decirle que nadie está a salvo. Pero el amor que ella siente es testarudo y ciego, igual que lo era el mío.

-Será que les faltó hacer lo suficiente –dijo, como si el amor fuera una alcancía.

Hace rato que el sexo es un convidado de piedra sin rastros de pasión, mecánico y aliviador, sí, pero forzado por los convencionalismos. Después sucede que quedamos enfrentados a un abismo insulso, como inconscientes caballos de tiro.

Antes, los planes nos salían al paso y sin expectativas. El otro era el plan, el milagro se bastaba por sí mismo. Jugábamos de memoria con un dale. En cambio ahora es un trabajo. Odio a los aceptan esa palabra como una verdad, el punto que aspira a construir un modelo, un recipiente donde cabe la forma de un sentimiento. De ahí en más es ir cuesta abajo, desnaturalizar lo que de intuitivo y misterioso tiene el amor. Noto incluso que ríe más que antes, que se arregla para estar más llamativa. Y la veo más linda, pero la admiro desde la distancia de quien observa un cuadro en un museo. Me gustaba cuando la deseaba por anticipado y la tomaba sin mediar palabra. Y no es culpa de los niños. La pasión encuentra su lugar en la desvergüenza.

Ayer me dijo que vendría bien pintar la pieza de los chicos y podar un poco el árbol. Lo comentó en medio de la abstracción que le provoca estar lavando los platos.

-Me gusta verte en casa. A veces sueño que estás todo el día acá. Detesto las horas que nos quita tu trabajo. Quizás –dijo, y se quedó paralizada por un segundo-, sea eso lo que nos falte: tiempo -luego vino lo de la pieza de los chicos y lo demás. Sentí la opresión de cada palabra, los síntomas previos, la sospecha creciendo como un cáncer en las entrañas de la rutina.

-Mmjj- contesté y el aire quedó enrarecido. Tuve que salir a fumar para evitar la incomodidad. El vecino de en frente llegó en tropel con la familia. Me saludó y jugó a correr con su mujer y los chicos hasta perderse por la puerta de entrada. Me pregunté si la vida de la gente no era una gran farsa ¿Qué había del otro lado de las paredes? ¿Con cuánto se contentaban? ¿Ya les había llegado la hora de trabajar por el amor?

En el laburo me distraía con facilidad. El jefe me reprendió por quedarme tieso mirando la nada.

-Hay que andar todo el día con el rebenque en la mano. Te quiero bien despierto, ¿entendido? Ah, y necesito eso para las doce y sin falta – tuve ganas de juntarle la boca con el culo, pero me quedé callado. Ahí decidí el momento. Lo haría esa misma noche.

Volví más cansado que de costumbre. Ella me atendió como un rey. Me sentí una basura que traicionaría su afecto antes de que volviese a salir el sol. Mandé a los chicos a la cama y la televisión se transformó en un ruido molesto. Hoy saltearíamos el rato final que pasábamos juntos cada día, una costumbre que nos apoltrona en el sillón del living con un vasito de licor en la mano.

La cama me pareció de otro. Todo lo que estaba a mí alrededor se volvió inerte, mudo. Prendí el velador y tomé mi libro de la mesa de luz. Ella se cruzó de brazos y revoleó los ojos como un animal a punto de ser sacrificado. Cerré el libro. Había llegado el momento. Uno de los niños entró a la habitación y pidió la bolsa de agua caliente. Esperé. Al volver entró la misma mujer de siempre, no la que estaba acostada hacía un instante. Se tapó hasta el cuello y se puso de espaldas a mí pero sin reticencia, con la naturalidad de una noche cualquiera. Yo había vuelto a agarrar el libro. Faltaba poco para terminar el capítulo. Luego hablé con los nervios y la seriedad que merecía semejante anuncio.

-No sé cuál es el momento indicado para estas cosas –dije conmovido-. Hubiera querido que fuese de otro modo. Desde hace tiempo que me siento mal, raro, hasta que supe lo que me pasaba. Y lo cierto es que…–alargué la palabra y tomé aire. Era el fin del mundo-, es que ya no te amo –afirmé, y me sentí cansado-. Es así, es eso. Y creo que… creo que por el bien de ambos y de los niños, deberíamos separarnos –la palabra cayó como un rayo helado en medio de la cama-. Te juro que no es antojadizo, y tampoco hay otra mujer. Es solo eso.

Torcí la cabeza y vi su cuerpo, un montoncito acurrucado bajo las sábanas. La imaginé llorando en silencio, sin saber qué hacer, qué decir, shockeada.

-Mi amor –dije en automático y le moví un poco el hombro con la mano. Un ronquido profundo y cavernoso salió de su boca. Se había dormido, estaba planchada, ida, fuera del alcance de mis palabras. Recordé que siempre había envidiado la facilidad absurda con que lograba dormirse. Cerré los ojos y maldije el retraso de mi coraje. ¿Habrá otro momento?, me pregunté.

Luego me dormí pensando en comprar la pintura para la pieza de los chicos y en el galpón del fondo donde descansaba la tijera de podar.

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