Las uvas de la vejez

Me encariñé con el viejito de tanto cruzarlo a la misma…

14/01/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Me encariñé con el viejito de tanto cruzarlo a la misma hora en el mercadito de la vuelta.

—Tan caras las cosas —le dije una vuelta, y se ve que algo se le destrabó por dentro ya que no paró de hablar hasta que llegamos juntos a la caja registradora—. Andá nomás –Sentí que casi me echaba de buen  modo-. No vaya a ser cosa que se te contagie la vejez.

Todo lo que había dicho en esa oportunidad era una bocanada de aire fresco, como si se hubiera puesto a llover sabiduría y yo pescando todo a puro oído. Era increíble asistir a la refundación del mundo a través de sus palabras. Un mundo de anécdotas que aclaraban que la inmortalidad es una idea absurda que hace perder el tiempo, y que morirse no está tan mal después de todo y si es que has hecho de tu vida, algo de lo cual enorgullecerte.

—Tengo todo el tiempo del mundo para escucharlo —le contesté y vi que la cajera nos apuraba con la mirada. El patrón la observaba con el gesto torvo desde un costado.

Afuera había un colectivo repleto de gente, meta tocar bocina. Un tipo se bajó de un auto parado en doble fila, defendiendo –presentí- un poco de su imbecilidad obstructora. El colectivero se bajó, le dio tres bifes, le sacó las llaves del auto y las tiró lejos. El otro no hizo nada. La gente empezó a señalarlo y a reírsele en la cara. Volví la vista al interior de la gran lata humana, y pensé que esa gente transportada ahí dentro por horas, necesitaba un poco de diversión gratuita como la que acababa de ver. Con el viejo también nos reímos un rato. En realidad yo me reí y él sonrió.

—Supongo que la sociedad genera su propio circo para ir tirando —dijo y terminó de colocar la mercadería en las bolsas de plástico—. Adiós muchacho, nos vemos —me saludó.

—Espere —lo atajé antes que se fuera. Se me antojó que podía desintegrarse en el aire para no verlo nunca más—. Yo lo veo siempre por acá, tal vez si coordinamos una hora para encontrarnos yo podría ayudarlo a cargar las cosas a su…—dejé un bache para que contestara, y contestó.

—Geriátrico —dijo y vi una mueca de dolor interno cruzarle la cara como una sombra—. Es un geriátrico que queda a unas cuadras de acá. Me dejan salir cada tanto a hacer algunas compritas. Soy un chico bueno y confían en que volveré a tiempo y sin meter la pata.

Me reí con lo que había dicho, y estiré la mano para que me cediera algunas bolsas. Lo noté aliviado. El peso de los años lo había convertido en una cosa endeble y arrugada.

—Sabés —dijo mientras caminábamos al asilo—, un día de estos vos vas a seguir viniendo al mercadito y yo ya no voy a poder hacerlo. Pero voy a seguir pensando en vos. Cuando llegás a viejo —su tono era lento y conmovedor— todo se pone medio gris y te vas metiendo en una suerte de silencio, como si alguien apagase la máquina que le da energía y movimiento a todas las cosas. Advertís que los que vienen a visitarte tienen más ganas de irse que de quedarse, y eso es como si en realidad nunca hubiesen venido. No los culpo, quizás yo haría lo mismo si se tratase de un viejo tan aburrido como yo.

—Usted no es nada aburrido —contesté, y entonces levantó la cabeza de lado y sonrió apenas—. Es más, yo voy a ir a visitarlo con gusto y nos sentaremos a perder el tiempo hablando pavadas. ¿Le parece?

—Claro, pero te advierto que es un lugar poco recomendable. Es como estar soñando una pesadilla, despertar, y darse cuenta que sos un animal indefenso perdido en una madriguera sucia y mal oliente. Mejor juntate con la gente joven —me aconsejó.

Desde ese día comencé a ir más seguido al mercadito y ahí nos veíamos y charlábamos un rato. A veces lo visitaba en el geriátrico y así iban pasando los días, yo una esponja, él un oráculo, una fuente de vida de la cual emanaba la artesanía gloriosa del hombre tallado por sí mismo.

Con el tiempo advertí que tenía toda la razón. La inercia de la vida suele quedar sujeta al entorno, y ahí dentro, poco y nada podía esperarse de unos ancianos babeantes que miraban la nada a través de la ventana, como si añorasen la llegada de la muerte.

—Qué es lo que queda —le pregunté un día, y se quedó buscando respuestas en el aire —al menos eso creía yo— hasta que me pareció que había olvidado contestarme, como si en realidad no importasen las palabras, sino el hecho mismo de la vida; bailar aun cuando el dj ha dejado de poner música.

—Nada hijo —respondió y me encantó que me llamara así. Me había adoptado con dos palabras—. ¿Viste esas repentinas tormentas de verano –siguió- que vienen preñadas de un augurio medio jodido?

—Sí.

—Eso avanza hacia donde estás —parecía evocar una idea recurrente—, sin nada que hacer más que aprender a disfrutar el enigma pavoroso de lo terrible. Luego resulta que la tormenta se ha perdido en el horizonte sin explicación. Quizás eso sea tal vez lo que quede. Solo la certeza confusa de irte a la cama sabiendo que has sobrevivido a la tormenta por un día más.

—¿Y el sexo? ¿Qué hay con el sexo? —siempre había pensado que el final llegaba cuando cesaba el impulso sexual.

—El sexo no es tan importante después de todo  —contestó, y vi en sus ojos, estoy seguro, un revoleo erótico de mujeres—. Llega un día hijo —me daban ganas que repitiera esa muletilla cada vez que la decía—, en que las cuestiones del sexo, la suspensión de vida sexual en sí, deja de ser tan terrible y lo único que va quedando es una especie de amor en crudo, uno que ha soportado todas las desgracias, decepciones, traiciones y fracasos. Ese día caés en la cuenta de que no hay nada tan profundo y tan lleno de significado como el simple deseo de la compañía. Pero mejor vamos a comprar unas uvas –me dijo.

Llevamos muchas cosas y charlamos otras. Quedé tan pasmado que me llevé las uvas suyas sin querer. Al otro día lo esperé en la puerta del mercado apoyado en un auto y con la bolsa en la mano. Pero el viejo nunca llegó. Tampoco quise averiguar por qué. Solo me quedé ahí hasta que el sol fue cayendo en medio de los ruidos densos de las horas de la tarde. Luego la oscuridad de la noche produjo un vacío que trajo una calma repentina. Vi que cerraban las puertas del mercadito y encima lo sellaban con las cortinas metálicas. Empecé a imaginarlo escondido en el sector de verdulería. Resoplé en una especie de risa forzada y lo dibujé en mi mente con ese aire distraído, meta comer uvas hasta cansarse.

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