Lo incontable

#Ficcionador

07/07/2018
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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-Pero qué fue exactamente lo que pasó.

-No puedo contarlo así nomás, de verdad. Es horrible saber algo y no poder decirlo. Y encima no tener idea de por qué no poder contarlo. O sí, pero, aun así, no saber cómo hacerlo.

Del otro lado del ventanal del café donde estábamos sentados, un pequeño y deforme arcoíris titilaba en un charco que había dejado la lluvia repentina de media mañana. Ahora eran casi las once, y daba la impresión de que un gran día despuntaría en la vida de todos.

-Yo lo conozco, no puede ser -dijo mi amigo y comenzó a girar la azucarera-. Es decir, si hizo algo tan malo, debe ser que se confundió o que no tuvo otra salida.

-Es que no podrías entenderlo -retruqué-. Nunca alcanzamos a conocer a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. Y lo digo en serio.

-Puede ser. Pero yo sí sé lo que hago, lo que está bien o mal.

-Claro, sí, obvio -dije, y volví a pensar en lo que no podía contarle-. Pero qué hay con esas ocurrencias que nos arrepentimos siquiera de haberlas pensado. Sin embargo sabemos que viven en nuestro lado oscuro, y nada cambia el hecho de saber que están ahí, o que alguien es capaz de llevarlas a cabo, quizás tu vecino, tu compañero de trabajo, un familiar del que jamás esperarías cosa semejante, como me pasó a mí.

-Qué raro lo que decís. No sé si es para tanto. Pero coincido con que se trata de eso -torció la cabeza y clavó la vista en un lugar fijo pero incierto. Luego revolvió el café, y quitó una huella de la ventana donde podía leerse al revés: Café Los dos hermanos. Solíamos pasar un rato ahí cuando la casualidad nos cruzaba por las mismas calles.

-Es que…-no sabía cómo seguir, qué decirle, además para qué.

Mi amigo me miraba de reojo, midiéndome, sabiendo que había algo pesado de fondo.

-Mirá… -le dije-, no te pongas mal, sos mi mejor amigo y siempre nos hemos contado todo. Me has prestado el oído cada vez que me ha pasado algo malo. Pero esto es diferente. Es como decía aquella frase, ¿cómo era?, ah sí, que hay cosas de las que se puede hablar y otras que más vale dejarlas ahí. Tampoco sé si me conviene hacer eso. Pero me siento deshecho, te juro. Y si yo mismo no quisiera comprenderlo, es posible que vos tampoco puedas hacer algo con eso. A la vez es una mierda que me hace dar ganas de gritar hasta romperme la garganta.

-Ya veo. No te culpo. Pero no es asunto tuyo, vos no sos el que se equivocó, sino tu…

-No lo digas, no lo menciones, no lo nombres, no quiero que ocupe un puto segundo de mi vida. Te dije que se trataba de él, pero no quiero traerlo a la charla. ¿Ves? Así funciona, es como si lo negara o quisiera borrar lo que hizo, y entonces ya no puedo hablar.

Más allá, contra una pared que cortaba el mostrador en L, el mozo observaba el panorama con un rápido movimiento de ojos. Dos mujeres se levantaban de la mesa. Una de ellas metía un pedazo de algo comestible en la parte interna de su campera. A lo lejos parecían hermanas, bastante fuleras, y por lo visto, dispuestas a morir vírgenes, sin marcas del paso de ningún hombre en sus rostros lánguidos y secos, violentados por la frialdad de los días en soledad.

Pasaron por el lado nuestro y ni se mosquearon. Eran de esas personas que no registra ni al que les cobra, y viven enfrascadas en una rara conciencia de la vida. De cerca advertí que eran gemelas.

-Por lo menos no salís con ninguna de esas dos -dijo mi amigo, y se mordió el labio, y me preguntó por Carolina, mi pareja.

-Bien che. La verdad que ella es una de las pocas que lo sabe. No quiero que te ofendas, pero me duele querer contártelo y no poder hacerlo. Es como si algo se sublevara dentro mío y me quitara las palabras, la forma de decirlo. Creo que además te sumaría un problema, no podrías dejar de sentirte mal, un poco como me siento yo. Y de algún modo no quiero joderte.

De pronto el bar se había vaciado. Era insólito a esa hora. Es cuando la ciudad se relaja y la gente suelta la rueda que mueve al mundo y se detiene a tomar un café, a mirar sus propios pensamientos por la ventana. Podía escucharse el ruido de una mesa que con pocas ganas acomodaba el mozo al otro lado del local.

-Ni por las tapas que me enojo -Se rascó la cabeza, que es lo que hace siempre que se pone medio nervioso-. No soy de esos, ya lo sabés. Pero sos mi amigo y quiero ayudarte, compartir lo que te hace mal.

-Eso está muy bien, yo haría exactamente lo mismo. Eso distingue nuestra amistad. Es decir, llegar a desear algo tan estúpido como querer sufrir por el otro.

– ¿Y el resto de tu familia lo sabe? Eso te aliviaría. Digo que, tratándose de quien se trata…

-Sí, es demoledor, pero es lo que es. Ahora, yo digo, cómo es que puede fallarte la persona por la que darías un brazo, incluso tu vida. Y hacerlo con algo así. Lamento hablar de esto sin que termines de entender de qué va la cosa, sin que sepas qué fue lo que hizo. Pero te juro que por el momento no puedo decírtelo.

-Los psicólogos dirían que estás bloqueado.

Daba en el clavo. Recordé esas cosas estúpidas que son la metáfora perfecta. Un perro de un vecino de un lugar de mi infancia que me costaba recordar. El animal era mudo, un perro mudo. Toreaba y no se le escuchaba nada. Esa era mi sensación. Que por más que hablara, eso no causaría ningún efecto. Solo que yo era yo, y un perro es un perro.  Y los perros no tienen conciencia.

-Tranquilo. Ya vas a encontrar el momento y la forma -afirmó comprensivo y amable como siempre.

Por algo era mi mejor amigo, alguien que aceptaba mi aparente deslealtad.

-Con respecto a lo que decías -se alisó el pelo con la mano y advertí el paso del tiempo en la pronunciada entrada de su frente-, no hay peor cosa que el dolor de la traición. Creo que sentís eso. En parte estás defraudado y roto, pero además la cosa te resulta incomprensible, como cuando se muere un ser querido y uno no sabe ni donde está parado. Es como si tu…

-No lo nombres, te dije.

-Ok, es como si X se hubiera muerto en vida desde que te enteraste de eso que todavía no sé, y a la vez es como si te hubieran enterrado con él. ¿Estoy en lo cierto?

No se equivocaba. La intuición de quien te quiere, te hace pensar que sos vos mismo, pero con otro rostro, otra piel, otro nombre, pero finalmente la misma cosa. Antes de darme cuenta,un bullicio se levantó rápido y cubrió el lugar. El café se había llenado de repente. La gente hablaba a todo volumen, como si nada le importara. Quizás eso fuera lo peor. Estar condenados a vivir y a padecer sin que a nadie le interese, sin piedad por el otro. Y tal vez eso ocurra también con nuestro círculo íntimo, y sean capaces de cometer un acto imperdonable contra aquellos que dicen amar y respetar.

-Bueno amigo. Tengo que ver si le encajo un seguro a alguien.

-Sí, claro -dijo mi amigo-. Ya pasó la media horita de nuestro café -rió bajo la complicidad de saber que habíamos abandonado nuestras responsabilidades por un rato-. Te llamo y nos vemos. O llamame vos -suplicó-, no para contarme nada, sino para estar al lado tuyo en lo que sea, ¿ok?

-Sí, más vale.

El mozo me había visto. A la vez que había torcido la cabeza para hablar con una mujer que estaba parada junto al mostrador, moviendo los pies enfundados en sus zapatos cenicientos, y cada vez que reía volvía a bajar la cabeza y a estrujar una pequeña cartera blanca que tomaba con ambas manos.

Yo sabía el precio de lo que habíamos consumido. A final de cuentas era nuestro bar de encuentros. Y el mozo de algún modo nos conocía. Así que puse los billetes encima de la mesa y le hice un gesto con la cabeza.

Despreocupado, levantó el brazo con el pulgar hacia arriba, y yo quise que todo fuera así de fácil en la vida. Pero no.

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