Más linda que la mierda

—Es que soy muy bonita. —¿Y con eso qué? —le pregunté. …

15/07/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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—Es que soy muy bonita.

—¿Y con eso qué? —le pregunté.

—Nada, eso, que andás atrás mío por lo mismo que todos los otros.

—Quiénes son los otros.

—Vamos, no te hagas el pavo. Todos ustedes, los hombres.

Tenía probada la fórmula de convencer a una mujer por el lado de los piropos. Pero nunca a la inversa, es decir, por lo que no son. Eso parecen precisar las que son demasiado bonitas. Pero ¿qué hacer? Declararle un desamor, un fastidio, una no necesidad, un desprecio, un cierto repudio por ser lo que era ¿Acaso tenía que hacerla pasar por fea?

—Nunca me invitaste a salir —me dijo con una sonrisa cómplice— y no creo que seas tímido.

Sabía que jugaba conmigo. Las cosas tienen un sentido. Por decirlo de algún modo, una dirección, un norte, una lógica. De lo simple a lo complejo, de lo fácil a lo difícil, de la fealdad a la belleza. Es natural que lo fácil se junte con lo fácil, lo difícil con lo difícil y lo bello con lo bello. Qué hacía entonces yo con semejante error de cálculo, con esa distancia entre ella, la deidad, la belleza en estado puro, y yo, lo común, el homo sapiens.

—Si querés que te invite a salir, vestite como la gente, ponete algo que me haga quedar bien ante los demás—. Se rió moviendo la cabeza hacia los lados.

Es que nadie se viste mejor que ella. En sí, la belleza no es un pie en un zapato de cristal, ni una calabaza, ni siquiera un vestido de fiesta. A la Cenicienta nunca se le hicieron las doce. Y a ella tampoco, lo sabía. Maldita pieza de relojería; ella el tiempo y yo los segundos, tic tac tic tac tic tac…

Tendría entonces que ser honesto. Tirar las cartas sobre la mesa, incluirme en su vida, como el compañero tonto del detective piola en las series policiales. Irle ahí al lado hasta que advirtiera mi mundo microscópico, ridículo, meta saltar y gritar para que al menos me diera, aunque sea por culpa, un piedra libre.

Tenía un modo tan sutil de negarme, que no supe si yo era un personaje de una comedia o la víctima de un desquite.

—¿Se puede saber por qué te empeñás tanto en ser tan linda? — Me era imposible admirarla en silencio.

—Seguís haciéndote el gracioso. Vas bárbaro ¿eh? Vos te pensás que no sé.

Imagino que quiso decirme que ella sabía muy bien lo que era. Y que por lo tanto, todo elogio era inútil, y más me valía enfocar mis tentaciones para otro sector. Me tenía de mal en peor. Debía eyectarme antes de chocar contra la soledad insomne de mis próximas noches.

—Me rindo —le dije un día, ya harto de soñarla.

—¿Qué querés decir con eso? Acá no hay ninguna batalla. No hay dos bandos que se estén enfrentando. No hay nada.

Fue demasiado. Me desarmó. Se es muy frágil ante la belleza.

—¿Sabés lo que sos vos? —no pude evitar el enojo, absurdo y resentido.

—No —respondió y se cruzó de brazos, esperando algo, desafiante.

La miré y le aseguré que apenas era una cosa igual al resto, un ser lleno de tubos, nervios y orificios, un montón de órganos y vísceras, piel, huesos, sangre y mucho líquido. Eso era.

Me miró como se mira el mar en una tarde donde no hay nada que hacer.

—No entiendo qué es lo que provoco en tipos como vos; en tipos que me gustan tanto que al final me hieren —lloraba como una niña— O será por eso que me gustan.

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