Nunca te pases de listo

—Si vos supieras las ganas que tengo de borrarme para s…

21/01/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

—Si vos supieras las ganas que tengo de borrarme para siempre.

—De dónde, Ruso.

—Del planeta, macho. De dónde va a ser.

—Bueno, eso es muy fácil. Juguemos a la ruleta rusa. Siempre has tenido tanta mala suerte que a la primera de cambio te volás los sesos y voilà.

—Lo he pensado —dijo, y colgó la mirada en el techo y la dejó ahí, metida en una grieta donde asomaba lentamente una araña de patas largas.

El Ruso limpió de nuevo el mostrador de su negocio y tocó un poco la balanza. Hace eso cuando la incomodidad de los silencios se le cierra en la garganta y entonces no hay caso, ya no puede continuar con lo que venía hablando. Por allá andaban los hermanos Gutiérrez, meta quemarse el hígado con ginebra y a puteada limpia por las manos malas que les venían tocando.

—Tienen la misma puta suerte de siempre —dije, y esperé que el cambio de tema alimentara la llama de un estado de ánimo distinto.

Pero el Ruso es porfiado y se empantana con gusto en lo que jamás podrá resolver con subir el precio de los tragos o cerrando los domingos para tomarse un descanso. Tiene la idea fija en la constancia del trabajo, y jamás ha querido cerrar para no sentirse solo. Él dice que un bar nunca debe estar cerrado. Tiene mujer y dos gurises que suelen andar entre los parroquianos repartiendo alegría y haciendo de pato de los que ligan poco, hasta que la voz de su madre cruza una puerta que conecta el boliche con la casa.

—Mirálos a ellos. Qué me decís- me preguntó el Ruso, y dejó unos puntos suspensivos en el aire.

Unas risotadas se alzaron en el aire cuando el Matón Contreras contó por enésima vez la anécdota de cuando se cogió una putita que lo volvía loco y de la que no se sabía el nombre. Eso excitaba a los que ya venían adornados por el exceso de alcohol y la falta de mujeres.

El Ruso levantó la cabeza y el mentón pareció quedarle más alto que los ojos. Era lo que hacía cuando una situación estaba a punto de convertirse en un problema. Adelantaba la refriega con la mirada y el gesto tosco del que tiene viejas broncas que cobrarse. La paciencia que el bar le trabajó con el tiempo, solía quedar acorralada por ciertas personajes. O como decía él, tampoco la pavada eh. Con mirar nomás ya sembraba una paz instantánea que iba del silencio a los gestos apocados de quienes eran apercibidos. Ni el Matón Contreras se animaba a desafiarlo. Además, para qué clausurarse la entrada al único bar en varios kilómetros a la redonda.

-Quizás ese desgraciado –apuntó el Ruso- sea más inteligente que nosotros dos juntos, pero como te decía, los niños deberían vivir en un lugar menos espantoso que este.

—De dónde sacás esas ideas, Ruso — intentaba escarbar el fondo de sus pensamientos, tener acceso a esa tristeza de media tarde que le agarraba dos por tres.

—Es que un día el zángano ese va a sacar lo que lleva enganchado del cinturón y entonces pueden pasar dos cosas, o los pibes estos —hablaba así de sus hijos, como si fueran de otro y él solo estuviera a cargo— ven un espectáculo peor que en las películas de terror, o se quedan huérfanos para todo lo que resta del viaje.

Adiviné que detrás de sus palabras habitaba una idea sórdida, un deseo incumplido, tal vez un presagio de motivación puramente masculino.

Los pibes siempre daban con la mesa del Matón. Había algo en él que despertaba su interés, y ya no había caso. Se pegaban como sanguijuelas a una diversión que el Ruso nunca pudo conjurar desde que los trajo al mundo, y parecían recriminarle algo de esa fantasía que emanaba de los juegos y pellizcos con que el Matón sabía contentarlos como nadie. Los niños veían en él un recreo, el patio donde era posible reclamar entretenimiento.

—Si yo supiera qué hacer con ellos, se quedarían acá, al ladito mío, tirándome del pantalón, en vez de elegir a ese gusano que todo lo pudre -noté que hablaba sin cerrar las frases. Como si buscara que yo recogiese el hilo de la razón verdadera, a través del pulso titubeante de su voz—. Pero yo tengo esto y nadie se la va a llevar de arriba si las cosas se pasan de castaño oscuro —llevó la mano bajo el mostrador y sacó con lentitud un cuchillo largo pero de hoja más bien ancha. Adiviné que lo tendría para preparar sus famosos vigilantes, el postre que nadie se animaba a cambiar por ningún otro, quizás por la absurda idea de traicionar las costumbres que hacían al alma del pueblo, hecha de pequeñas intransigencias en los hábitos. Y digo lo que digo porque vi que estaba manchado del marrón del dulce de batata.

—Epa –le dije, y levanté las cejas en señal de seguirle el juego pero con un tono alarmante. Después volteé para cerciorarme de que el matón no había visto nada. Más que ver ese cuchillo amenazante que exhibía el Ruso, me preocupaba que le hubiese visto la cara y dentro de su cara, sus ojos encendidos apuntado directo hacia donde él estaba—. Tranquilo, compadre –dije—. La noche es larga y hay que templarla con paciencia. El hombre no vale la pena.

Fue cuando recordé que el Matón Contreras había sido novio de la Beatriz, la mujer del Ruso, y que los niños solían coincidir con su llegada. Un antiguo rumor hablaba de aquel como del padre del más grande. Las malas lenguas cuentan muchas cosas, pero cierto orden natural de los acontecimientos monta un escenario aparentemente casual para quien quiera ir viendo cuál es la más pura realidad. Y así fue que el pibe volvió solo del fondo, sin su hermano más chico, y se acercó al oído del Matón para decirle vaya a saber qué cosa. Yo vi pasar algo delante de mis ojos. Era el Ruso que después de correr del medio al pibe con un planazo suave en la cola, hundió el cuchillo en el cuello del Matón sin mediar una sola palabra. La mesa se descuajeringó en un gran estrépito, y los borrachos cayeron hacia atrás como tocados por agua hirviendo. Se quedaron pegados a la pared, azorados por el chorro de sangre que brotó profuso hasta que la víctima se quedó seca como culo de perro.

—Disculpen que les haya cortado el juego muchachos— dijo el Ruso y se volvió para donde yo estaba, como si nada, limpiando la cuchilla con el delantal que acostumbraba a llevar puesto, con la tranquilidad de un sacerdote que prepara el momento sagrado de la ceremonia. Con la cara de piedra dio la vuelta al mostrador, se paró delante mío y me miró fijo mientras armaba un cigarrillo sin que le temblaran las manos.

—Te dije que este mundo no es para los niños. Hay pocas cosas que realmente valgan la pena.

Yo me quedé muti, mirando al fiambre, esperando que los polvos que le había echado a la Beatriz, al menos lo hubiesen dejado satisfecho.

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