Pequeños amores

Ya nos habíamos pegado unos besos en el umbral de su ca…

14/10/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Ya nos habíamos pegado unos besos en el umbral de su casa. Era lindo encimar los labios como lo hacían los grandes, sentir, saber que se puede comunicar algo en silencio, con solo rozarse la boca. Pero ¿debían de cerrarse los ojos o era un mecanismo que actuaba por sí mismo, como estar a punto de chocar? Quizás ocurría para poder concentrarse en las sensaciones del tacto, para que la boca sea todo el cuerpo y lo demás no existiese, y la lengua ¡qué misterio por Dios! debía bucear adentro de la otra persona, pero cómo, cuánto, qué debía hacerse para no llegar a la risa o al ridículo. Poco sabía de eso, mucha teoría, mucho bocón de barrio contando sus historias de machos cabríos, cuando no eran más que simples mortales excedidos de alarde y con deudas de cama. No sabía yo que las cosas del sexo sucedían solas, y que encima los sentimientos formaban una correntada furiosa con un lenguaje propio en la que ningún salmón podía hacer historia. Estaba bien bien dada la expresión de habla inglesa: falling in love. Enamorarse traducen algunos, pero es caerse en el amor, caerse sin remedio en eso que el otro vaya a saber cómo, ha provocado en uno, empujándolo a un abismo dolorosamente placentero, donde es en vano buscar los porqués, a cuenta de qué, incluso su medida y su tiempo. Algo de eso pensaba, no estrictamente, pero me veía camino de poder irlo pensando, cuando me chantó el primer beso. En realidad no era el primero, era otra clase de beso, de los que se dan en la memoria y ya no se te borran nunca más. No era solo porque fuera hermosa, es decir, no lo habría dicho en esos términos, a esa edad. Habría dicho que no me gustaba solamente porque estuviera buena, sino porque además transformaba las cosas, rompía las reglas y podía ir más allá con lo mínimo, una mirada o algún silencio. Me sacó de paseo por la vida y yo veía en eso un despertar maravilloso. Todo se cargó de una misteriosa energía. Vivía en ese estado de pavotez donde lo externo es una circunstancia imperceptible, como estar bajo el agua, muy hondo, mientras todos se empeñan en tirar piedras a la superficie. A veces hacíamos los deberes juntos, o yo inventaba excusas que ella compraba. Así los días no eran solo una sucesión temporal, sino un fragmento de tiempo paralizado, contenido en una emoción. Todavía no sabía lo que era el sexo, pero empezaba a sentir que crecía en la zona baja del vientre, a través de los sueños, en el pensamiento diurno, al mirarla, en la aproximación de nuestros cuerpos. Ella hizo de mi inocencia una granada de hormonas a la que le habían quitado su espoleta. A contramano de cualquier moda, convertía su vida en una novedad.

El contrapeso lo ponía su madre, que sin problema ni conflicto, repudiaba sus salidas alocadas, su modo de estar, incluso envidiaba, estoy seguro, de solterona nomás que era, la fórmula que su propia hija ponía en acción para encontrar cierta paz sin que nada le importara un pirulo. Creo que era eso, más allá de lo específico. Porque si tuviera que medirla por aquello que la irritaba, podía ser cualquier cosa. Un día era el clima, otro la música, otro su ropa, al otro su pelo, y yo pensaba que a la señora se le iba la mano, y no tenía que ver con sus miradas de desprecio hacia mí, sino con su actitud siempre agria y petulante.

Llegando un día a su casa la escuché hablando pestes sobre mí. Me quedé quietito en la puerta con el dedo apenas apoyado en el timbre. Tomé el silencio de mi pequeño amor como un síntoma para no empeorar las cosas. Pero la madre no se guardó nada. Dijo de mí aquello que siempre dirán las madres celosas: dónde vas a llegar con ese tarambana. Lo dijo como si su hija y yo hubiésemos diseñado una vida juntos, y apenas si éramos unos adolescentes jugando a encontrarse. Me fui sin chistar. Al otro día, y de puro porfiado nomás, volví a verla. La encontré en el patiecito de entrada que quedaba al fondo del pasillo, sentada como un buda al lado de una botellita plástica de alcohol y un pedazo de algodón. Una de sus manos parecía estar escribiendo algo sobre su antebrazo. Para no desconcentrarse, me saludó sin levantar la cabeza. Me acerqué y vi que escribía algo en su piel con una aguja, cada pequeña línea era una herida abierta y sangrante, rasgaba su cuerpo.

-Qué estás haciendo- le dije.

-Me estoy tatuando tu nombre, -contestó.

Iba a decirle algo relacionado con el tiempo, con que éramos muy chicos, cuando escuché que su madre la llamaba desde adentro, y no pude contenerme.

-Va a ser mejor que termines con eso cuanto antes- le dije.

Ella solo sonrió.

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