Te voy a matar

—Te voy a matar —dijo y se secó la boca con el dorso de…

13/09/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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—Te voy a matar —dijo y se secó la boca con el dorso de la mano. Estaba agitada, hecha una fiera.

—Pero pará, no es cuestión de juzgar por juzgar. Dejame que te explique —ya era tarde—. No es tan sencillo como parece. Hubieras hecho lo mismo. La tentación es una roncha con prohibición de rascarse. Si hubiese sido al revés,  te juro que… —los infractores están llenos de excusas. Ninguna me servía. Era obvio que podía asestarme una estocada con un palillo.

—Decilo, dale, decilo, no te animás, claro, ahora el señor quiere hacerme creer que me perdonaría como si tal cosa. Y yo sé que no. Has comenzado infinidad de discusiones tan tontas que me da vergüenza recordarlas. Así que no me digas lo que hubieras hecho, hacete cargo, con eso bastaría aunque sea para que nos sentemos a comer de una buena vez. Pero ni siquiera te he escuchado pedir disculpas ¡Ay, Dios! Yo debo tener la palabra estúpida grabada en la frente ¿no? Porque no me vas a decir que vos no tuviste nada que ver —hay ocasiones en que llevas la carga en los ojos. Ella no había visto nada, pero no siempre se necesita la prueba del crimen para deducir al autor. Y era cierto, yo me había aprovechado de ella en reiteradas oportunidades. Bastaba con que se distrajera un poco y entonces mi naturaleza tomaba el mando y ¡zas! Les ocurre a todos, incluso a los hipócritas que marchan con la frente en alto y se sientan a la mesa familiar simulando estar atentos, como quien dice, a lo que pasa solo en su propio plato. Y esa es la vida que llevan, ciertamente aburrida, desapasionada, abstraída de la picardía de hacer lo incorrecto, resistiendo. En cambio yo no pude contenerme.

—Bueno, no es tan fácil, lo acepto —bajé la cabeza, cerré los ojos y ensayé una mueca infantil para casos de emergencia.

—No me vengas con caritas —estaba furiosa. Había trabajado toda la tarde y al llegar a casa cocinó para ambos. Todo bien hasta el momento de enterarse de mi atropello. Todo parece tan fugaz que no tuve tiempo de reflexionar. Es que así suceden las cosas. En un segundo se te va la mano en algo y no hay vuelta atrás. Estaba furiosa. Y cuánta razón tenía. En una convivencia prolongada hasta lo ínfimo es importante. Así que no hace falta tener una gran imaginación para comprender los porqués de su enojo.

—Me encantaría poder manejar el tiempo, volver atrás —dije, y me jugué con algo que debí callar—. Qué tal si los próximos días me hago cargo de la cocina —creí que cierto romanticismo adelantado podría echarme una mano—. Pero la herida estaba recientemente abierta, y era algo que hasta llamaba a ser observado con detenimiento, como si la culpa agrandase ese tajo imperdonable a cada instante.

—Ay, Dios, no lo puedo creer ¿Encima tengo que escucharte hablar? —dijo.

La convivencia hace frágil al amor. Lo intrascendente deja de ser un juego y se vuelve riña absurda, a veces rencor de días, y otras, venganza sutil. No podía parar de hablar.

—Debiste pensarlo antes, contenerte. ¿O acaso no pensás que yo también he sentido y sufro las mismas tentaciones?

—Ya lo sé mi amor —hablé con la voz casi quebrada—, y no te culpo—. Soy un idiota y la verdad es que ya se me fue el hambre.

—Dejá de hacerte la víctima, ¿querés? —su tono continuaba siendo duro, pero adiviné un matiz de esperanza—. Te juro que me das pena. Ya te lo había dicho la vez anterior. No quería que volviera a suceder, pero está clarísimo que te tomás todo en joda. Es que nunca aprendiste a respetar ni si quiera las pequeñas cosas —antes de que ella pudiera terminar el reproche, advertí con la urgencia de H. Simpson que las papas se enfriaban, que un huevo frito de espectacular consistencia esperaba ser saboreado sin más pérdida de tiempo. Mis manos estaban a punto de atacar aquel maravilloso e infalible menú.

—Sabés qué… —dijo, dándose por vencida. Mi boca era un dique desbordado por los jugos gástricos—. Mejor comé, y dejemos que la bronca se me vaya pasando de a poco. Pero ojito eh —le volvió la actitud de un gato acorralado—, la próxima vez que te atrevas a romper mi huevo frito untando una de tus putas papas, por Dios que en esta casa va a arder Troya. ¿Entendido?

—Sí, mi vida.

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