Un amor de estación

Volvíamos. Se estaba haciendo de día aquel viernes. Alc…

14/05/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

Volvíamos. Se estaba haciendo de día aquel viernes. Alcanzamos a subir al tren de puro milagro. Era costumbre ir a bailar a los pueblos cercanos. Caímos rotos sobre los primeros asientos, descerebrados de tanto alcohol. Escuchamos la voz lejana del guarda.

—¡Boletos señores, boletos por favor!

Quedé del lado de la ventanilla. El brillo del sol me reventaba los ojos. Escuché a medias la voz de alarma de mi amigo mientras miraba hacia afuera. Me gustaba llevarme la postal de la estación en los ojos; una especie de casona con techo a dos aguas y un alero gigante, goteando lenta la escarcha de la madrugada. En medio de la imagen que hoy es ruina y yuyos, la vi. Agitaba la mano con timidez entre la montonera excitada de otros adioses. Y nosotros ahí, sin nada más que una noche larga colgando de los ojos, y ella, a la que jamás volvería a ver, saludando a un amor de otro vagón. Lo supe por la expresión de su rostro, regalado a la intimidad triste de toda despedida. El tren siguió moviéndose lentamente, como si quisiera quedarse en vez de partir. Ella me miró a los ojos y sin remedio quedé atrapado en ese lapso sin tiempo en que dos cosas producen una tercera. Entonces sentí fuego en la cabeza. El guarda me había dado con su pica boletos.

—¡Bo-le-tos he dicho, señor!

¿Señor? Nadie me había llamado señor. No era un señor, era lo menos parecido a un señor. Imaginé a mi amigo con el viento en la cara, a salvo en el acordeón del tren, riéndose de mí, pero bien, como nos reímos los amigos de los amigos.

—Deme un segundo —le dije— y giré para buscar el afuera y a ella con la mirada. Pero la estación ya había quedado atrás. Tuve una ocurrencia estúpida, anticipada por una sensación compensatoria, como si el guarda me debiese algo por haberme distraído.

—¿Me va a dejar viajar gratis esta vez? —le eché en cara.

—Está bien pibe, pero decile a tu amigo que salga de ahí porque un día de estos va a terminar jodido.

El tipo dijo ahí, y ese ahí no era un lugar visible, tampoco lo señaló con el dedo, solo dijo ahí, como si siempre hubiese sabido de nuestras evasivas.

—Vi como mirabas a esa chica -me dijo.

—Ah ¿sí? —respondí—, y con eso qué.

—¿Querés saber su nombre?

—¿Usted qué piensa?

—Que sí. Pero si respondés que sí, vas a dejar de ser un viajero. Si la respuesta es no, este tren nunca partió hacia ningún lugar.

Lo pensé un poco, pensé en mi amigo, en las cosas de la edad y en la costumbre de estar huyendo para estar yendo siempre hacia algo distinto.

—No —le respondí—. Pero gracias igual.

—De nada —me dijo, y se fue silbando bajito.

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