Un buitre puede ser tan bello

—Pero es que sos tan bonita que das asco —me gustaba ac…

11/02/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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—Pero es que sos tan bonita que das asco —me gustaba acorralarla con frases hirientes. Qué otra cosa puede hacer uno con un caso de extrema belleza femenina. ¿Acaso no se es un niño embelesado por la magia navideña? ¿Qué es la belleza entonces: poder o maldición? Ella daba por hecho la segunda parte de la pregunta; la sufría, le pesaba la ventaja de la atención absoluta, la desganaba no tener que hacer nada para obtenerlo todo. ¿Qué sentido tenían los demás, títeres de su espectáculo gratuito? ¿Cómo elegir, como saber qué debía a su mundo interior, si es que eso fuese posible, o si todo era patrimonio de su belleza, solo deslumbramiento?

—Ya lo sé, y lo he pensado toda mi vida —dijo— desde que tuve conciencia de lo que provocaba mi imagen. Quisiera ser una chica común, un misterio a descubrir, y no tan solo esto, ser esto es lo más fácil que hay.

Había atravesado un trance muy complejo, lleno de incertidumbre. Llegó a estar internada en un psiquiátrico luego de entrar en pánico delante de un espejo, odiarse por no poder encontrar una sola cosa que reprocharse. Su rostro era como levantar la vista al pie de una montaña. Su nariz, la geometría de un sueño desembocando en el vergel carnoso de sus labios; sus ojos el encanto lánguido de un atardecer de verano; su pelo un enigma caudaloso, y la línea del contorno de su rostro el asomo de una emoción parecida a la fe. Ni una sola cosa mal puesta. Nada que rebatir ni abierto al debate. Un absoluto que dejaba sin aire y que no se podía contemplar por demasiado tiempo, como si en ella habitara el aliento indescriptible de una deidad.

Yo la conocía desde hacía mucho tiempo. Obnubilado por el placer inmenso de lo que se acepta solo como un deseo imposible. Pero en ella no había otra cosa que desesperación, una desilusión de sí misma que invitaba a repensar el halago como un veneno para su alma, un modo sutil de convertirla aún más en todo aquello que no quería ser. Llegó a maltratarse físicamente, odiaba que todo comenzara y terminara por la fascinación que era capaz de provocar.

—Tendrías que asumirte y punto —le dije, y la idea sonaba tan coherente, tan fácil de decir y a la vez tan inapropiado como un cuadro dado vuelta—. ¿Preferirías acaso —agregué— ser una más del montón, quedar expuesta al prejuicio, la crueldad y la burla de la fealdad?

—Sí. Y por momentos quisiera ser solo un chiste. Sin ir más lejos, siento que soy eso, una contrariedad que acusa todo lo imperfecto —tenía un modo de decir, que encima lastimaba; tanto había reflexionado sobre sí misma que a la larga había que darle la razón, y sin embargo desmentirla, echarle en cara que su queja era un absurdo, un desperdicio de la lógica, y que solo debía dejar estar el asunto y relajarse un poco.

—Claro —me decía—, vos porque sos…—. Nunca terminaba esa frase y yo adivinaba todo lo que era en ese silencio inconcluso. Yo sí sabía lo que era. No más que una persona común sometida a las reglas de los tipos comunes. Pero ella era un ser excepcional, un don que se castigaba a sí mismo.

—Tendrías que ir al psicólogo —la animé, pensando que la vieja historia del arregla sesos podía ayudarla en algo.

—¿Y qué me dirían? Además ya he pasado por eso sin ningún avance. A los hombres les quito el habla, y en cuanto a las mujeres, bueno, ya podés imaginar lo que provoco en ellas, por más psicólogas que sean.

Tenía razón. Había visto su poder en acción, no importaba quién estuviese delante. Solo caían como frutas maduras y luego se hacía una especie de pausa cósmica que anulaba el pensamiento.

—No sé qué decirte —dijo.

Una y otra vez caíamos en lo mismo. Era un punto de no retorno, donde se acababan las discusiones. Los novios ocasionales no duraban nada. No eran otra cosa que artefactos al servicio de una sensibilidad inmanejable; duraban lo que un parpadeo. De algún modo los detestaba, acababa con ellos como si intentase violentarlos -y para eso sobraba con una mirada suya- para ver quién era capaz de resistir, de dar el gran salto hacia su corazón. Pero no había caso.

—No digas nada. ¿Querés que tengamos sexo? Puedo darte eso o lo que quieras. Qué importancia tiene. Por qué estarías al lado mío si no fuese con ese fin. Podés negarlo si se te antoja.

—No podría —dije, bajando la cabeza, pero siendo consciente de que nadie podría pensar en otra cosa. Tal era el nivel de voluptuosidad, el llamado inmediato, la correntada de testosterona que producía en los tipos con el solo hecho de que alguien pronunciara su nombre—. Creo que dejarías de interesarme como mujer —dije, arriesgando una hipótesis digna del más idiota de los mortales—. Serías una más, y en mi caso no quiero que eso suceda. Tampoco podés ser mi amiga. No tengo amigas. Eso de la amistad entre los sexos es otra forma de represión de los instintos, una simulación de la cobardía, quizás una elección de un mal menor.

—Puede ser —dijo, y se corrió el pelo hacia un costado. Yo podía evocar a discreción cada movimiento de su pelo, el juego alegre que sus manos hacían con ellos, la dinámica de su perfección—. Yo quisiera ser otra cosa —siguió—. Es solo eso, pero no vamos a llegar a ninguna conclusión constructiva, a nada que pueda aliviarme. Me siento una esclava, la belleza extrema es una cárcel, mi cárcel personal.

No podía dejarla así. Algo tenía que decir. A mi mente acudió un pasaje de un libro de Truman Capote.

—Sabés qué —dije, y dejé la frase en suspenso.

—¿Qué de qué? —respondió.

—Cierto escritor dijo una vez que de morir le gustaría reencarnarse en un buitre.  Un buitre —decía— no tiene que preocuparse por su aspecto ni por su habilidad para seducir; no tiene que darse aires. De todos modos no va a gustar a nadie: es feo, indeseable, mal recibido en todas partes. Hay mucho que decir sobre la libertad que se obtiene a cambio —me detuve un segundo para que pudiera pensarlo—. ¿Te gustaría ser un buitre?

—Pues sí —contestó, y me miró con esos ojos que eran capaces de conseguir lo que quisieran.

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