Un Dios particular

A esta altura soy un satélite de un planeta llamado Bre…

24/11/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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A esta altura soy un satélite de un planeta llamado Brenda. Cuando entramos a la iglesia me colé entre mis compañeros para sentarme a su lado. Su mejor amiga buscó otro lugar, en silencio, con una cara de culo que supera a la de mis padres cuando traigo malas notas. Como está demostrado que Dios no interviene en cosas menores, el milagro de estar cerca suyo se produjo a medias, porque vi que el Turco se acomodaba cerca, quizás esté en el banco de atrás. No quiero ni mirar, últimamente hemos estado a punto de agarrarnos a las piñas por Brenda. Los pinchazos en mi espalda hablan de su enojo. Me debe estar taladrando con un compás. No pienso darme vuelta, menos cuando estoy a un paso del paraíso.

Estamos en una de las misas que organiza el colegio una vez por mes. El Padre Carlos parece superarse con cada intervención. Habla lento, es capaz de dormir a mi fox terrier. Dichosos los que creen sin ver, dice, es lo que creo escuchar a través del sonido defectuoso que escapa de los parlantes que cuelgan de las columnas. Creer no es fácil. Pero puede ser que la fe consista en querer creer. Yo estoy en eso, pidiéndole por Brenda cada noche, y sin embargo, nada, ni siquiera una miradita, una señal. Ahora ella mira al frente, concentrada en el repetido ritual de la misa, un embole cósmico que provoca distracciones, o lo que es peor, una desilusión anticipada sobre la clase de vida que sigue a la muerte. Me la tengo que jugar.

—Brenda, quiero decirte algo —mi voz es un susurro sin fuerza.

—Shh —dice, y apenas si tuerce el cuello para reprochar mi actitud. Y menos mal que es así porque me faltan las palabras o me veo muy tonto, como un personaje de telenovela sobreactuado, que intenta declarar sus sentimientos, su amor. Amor es una palabra muy grande, no es para adolescentes. Que la quiero, entonces, que me gusta, ahí está, que me gusta, pero con eso no alcanza, hay algo más, si no por ¿qué parece que estoy a punto de sufrir un infarto?

—Dale, cagón. Decile algo a Brenda —la voz del Turco me llega en una ráfaga caliente por detrás de la oreja—. Mirá que te voy a sacar la comida de la boca, eh.

Los pinchazos vuelven una vez más. Arqueo la espalda, es una tortura lenta. Cuánto más podré resistir. Llega el punto en que me pican las orejas, vuelo de la calentura y debo estar rojo como un tomate. La misa es un calvario. Tengo que apurarme, decir lo que tengo que decir. Pero por qué acá, qué me impulsa a creer que este es el mejor escenario. Quizás porque antes me faltaba coraje y en este instante, no. Entonces el Turco empieza a tener razón, y es él quien se la merece. Soy un cagón. Desde el altar siguen diciendo que Dios es la respuesta. Me doy cuenta de que el Padre Carlos pide un acto de fe, deja pistas del futuro que les espera a los que tomen la palabra del Señor al pie de la letra. También a los que se atrevan a desafiarla. Pero yo sé que el infierno y el cielo están acá. O ¿por qué es que se murió mi primo o se separaron mis padres? ¿Por qué un chico como yo tiene que sufrir tanto por amor? ¿O se tratará de otra clase de amor? ¿O es que el amor por Brenda es un pecado que se paga con sufrimiento? Al costado del púlpito veo la imagen de Jesús, un hombre herido de muerte, dispuesto a soportar la crueldad humana, implorando un porqué. Si Dios dejó que su propio hijo se desangrara en la cruz, si se negó a salvarlo y lo abandonó, de qué me sirve rezar todas las noches por Brenda. Encima tengo a mi lancero personal perforándome la espalda. Tengo que actuar.

—Brenda, no sé cómo decirlo pero lo voy a decir —un escalofrío me quita el dolor—. Yo… —Brenda se cruza el dedo en la boca, me pide silencio. Estoy perdido. Pero un segundo después se inclina hacia mí y me estampa un beso entre la mejilla y la boca. Me debo haber puesto de todos los colores porque me invade un calor fulminante, como si el diablo me hubiera tomado de los pelos y llevado a las puertas del infierno para después devolverme a la realidad. Lo logré, me dije y cerré el puño. Un cosquilleo eléctrico me atravesó todo el cuerpo. Ahora sí que me voy a dar desquitar con el Turco, le voy a gritar el gol en la cara aunque me echen de la iglesia. Al girar me doy cuenta de que ya no está, hay otros chicos sentados ahí. El cura da por finalizada la misa con el famoso: podéis ir en paz. Tomo a Brenda de la mano, apenas, y le pido por favor que mire las manchas rojas que debo tener en la espalda, mi trofeo de guerra.

—No tenés nada —dice, y me palmea suavemente.

Yo no sé qué hacer. Si el Turco no estaba cuando me di vuelta, si las manchas tampoco, entonces el beso de Brenda…

—¿Brenda, vos hiciste lo que yo creo que hiciste?

—¿Qué cosa? —pregunta.

—Lo del beso.

—No sé de qué me estás hablando. ¿Del beso de la paz? —quedo atontado, mudo.

Al trasponer las puertas de la iglesia veo al Turco en una montonera junto con el resto de mis compañeros. Se ríe de un modo extraño, tiene un brillo rojizo en los ojos. Me muestra algo que tiene en la mano y se ríe. Es el compás, el puto compás. Luego todos cruzan la calle para subirse a la combi del colegio.

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