Volver al barrio

Llegué a mi viejo barrio buscando un repuesto para el a…

07/02/2017
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Llegué a mi viejo barrio buscando un repuesto para el auto. Un negocio que trabajaba a precios bajísimos, lo convertía en una fija cada vez que las máquinas empezaban a descomponerse. Una ráfaga interior de las que desata la nostalgia me causó una excitación inesperada. El tiempo había volado, depositándome en otra vida donde no podía pensar hacia atrás. Y ahora la casualidad me instalaba de nuevo en una parte de mi vida, en mi querido barrio de juventud. Es que suele pensarse, como cuando cambiamos de trabajo y juramos volver a encontrarnos, que se volverá naturalmente a los lugares que recordamos con cariño, y sin embargo casi nunca es así. Entonces lo que parecía un despegue momentáneo, termina siendo el barrio al que nunca volviste. Pero ahí andaba yo de vuelta, buscando una pieza del motor para no quedarme a gamba.

—Búscate una cosa igualita a esta—me ordenó el mecánico.

—Y dónde —contesté.

—Hay una casa de repuestos en un viejo barrio al norte de la ciudad. Mandate ahí — me anotó la dirección mientras se secaba el sudor de la frente con el antebrazo.

Reconocí el barrio. Claro. Era mi antiguo barrio. Allí había pasado unos buenos años, de pobreza franciscana pero feliz al fin, ya que es más fácil encontrarse a gusto haciendo las cosas bien que teniendo los bolsillos llenos de dinero. Y yo sentía que era eso lo que estaba haciendo en aquel entonces.

El sol estaba alto y yo andaba contento de haber podido conseguir mi repuesto. El auto era una herramienta fundamental desde mi ascenso en el trabajo. Pero no tenía la seguridad de que hubiera salido beneficiado, pues me faltaba tiempo para todo, incluso para ver a mi hijo con la frecuencia deseada. Era como si la evolución y el éxito, la realización personal, se tirara de los pelos con las cuestiones elementales, especialmente las afectivas. Consumía mucho tiempo llegar a ser alguien en el trabajo, y habiéndolo alcanzado, la justificación parecía discutible y absurda.

El modo en que el barrio me abrazó, recaló en mí no como si las cosas fuesen cosas, sino como si las cosas excedieran la mera atribución estética del paisaje. La gente me observaba con la insólita admiración que se le profesa a la gente importante, como en esos pueblos del interior donde se alcanza el grado de celebridad con solo provenir de la gran ciudad. Y en este barrio ocurría algo parecido. De modo que manejé unas cuadras bajo el influjo de ese apego cordial aunque exagerado.

No podía demorarme. El tiempo era una voz despótica. Mi trabajo, las obligaciones, la locura que insumía quedar a mano con mi ascenso, transformaron lo cotidiano en un collar de ahorque.  Tenía muchas cosas que resolver. Pero el azar me había puesto a reflexionar, y de pronto sentí que me rebelaba contra mi nuevo status, mi lugar en el mundo. ¿Acaso no extrañaba vivir en aquel barrio, en la casita que alquilaba a la pareja de ancianos? Y qué había con ellos, como podía yo andar por ahí y no pasar a saludarlos. Tal vez se tratara solo de eso, de aprovechar aquella vuelta casual para saldar  anhelos pendientes, un saludo sencillo y seguir con lo de uno.

Así que por un instante volví a ser aquel muchacho buscavidas que luchaba por el mango, que todavía desconocía el amor y que nada sabía de la existencia del hijo que debía a pasar a buscar de un momento a otro por el colegio. Todo había cambiado, pero el barrio no. Ahí estaban sus veredas desparejas que podría recorrer con los ojos cerrados. El almacén del viejo Braulio, siempre pegado del otro lado de la reja, multiplicando nuestro sentido de la libertad. Incluso la higuera que crecía en el patio del fondo, y hasta el aroma del lugar, que como el olor que identifica a las personas, era capaz de caracterizar el exacto momento en que se entraba al barrio.

Seguí deslizándome con lentitud, deteniendo la vista en la calidez de esas casitas bajas sobre las que se derramaba el sol iracundo del mediodía. Y como los caballos que vuelven sin necesitar de la guía del jinete, mi auto desembocó en la cuadra donde supe vivir. El corazón me dio un vuelco y retrocedí hasta aquellos años, motivado además por una realidad calcada a la de mis recuerdos. Nada había cambiado. Todo parecía parte de un plan, porque divisé a los viejitos que me alquilaban la casa tomando fresco en la vereda, atentos a las historias mínimas que pasaban caminando delante de sus ojos.

Estacioné enseguida y me bajé como el hijo pródigo que vuelve de una incierta aventura por el extranjero. Caminé unos pasos sonriendo y vi que me miraban al borde del susto. Yo había bajado de repente. No tardarían en calmarse ni bien me reconocieran. La luz del día les resaltaba las arrugas, la piel gastada, como a punto de partirse y los ojos vidriosos de los viejos muy viejos.

—¿Cómo andan? —dije emocionado. Y me siguieron mirando fijo con la cabeza ladeada—. Ey, Doña Pepa —dije—cómo anda Adolfito —rematé, y advertí que abrían la boca y los ojos, como si estuvieran viendo un fantasma—. Cómo andan —dije riendo, seguro del abrazo que rompería la distancia de los años. Pero no pasó nada. Solo pestañearon frenéticamente.

—Es que… —dijo Doña Pepa, y vi que Adolfito agachaba la cabeza con una vergüenza culposa—, es que no nos acordamos quién es usted —dijo—y al callarse se abrió un silencio tan incómodo como profundo.

Escuché el viento sacudir las hojas del añoso limonero que estaba a mis espaldas. No agregué nada. Después hablé y era como estar dentro de una pesadilla.

—Ah, bueno, disculpen —dije, y me subí al auto pasmado de terror. No me recordaban.

Encendí el auto y los miré a través de la ventanilla. Cuchicheaban como si un loco hubiese bajado a saludarlos. Yo advertí que estaba llegando tarde al colegio de mi hijo. Mientras me alejaba, el barrio se fue borrando de mi memoria.

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