“La historia me seduce, el presente es menos heroico”

Florencia Canale compartió con QUÉ el trasfondo de su última novela, “Sangre y deseo”, sobre Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra. “Me robo vida para escribir y siento que encontré mi estilo, una voz para ficcionar la historia”, dijo.

23/01/2016

| Por Gonzalo Gobbi

-Desde cuándo te vence el miedo Encarna? Jamás conocí mujer más temeraria. Luego de mi madre, claro -dijo Juan Manuel sin mirarla. Toda su atención estaba puesta en los preparativos.

-No es miedo, es precaución, mi querido. ¿Por qué habrías de ir al encuentro con Dorrego? Que esa gente se arregle sola, bien que cuando se encuentran en la cúspide ni se les ocurre acercarse. Ahora en la mala vienen con el animal cansado. No me gustan.

La periodista y escritora Florencia Canale se propuso reivindicar el protagonismo que la historia -en términos académicos- le negó a Encarnación Ezcurra, el gran amor de Juan Manuel de Rosas, uno de los hombres más idolatrados y a la vez criticados de la historia argentina que se volvió mito tanto por su influencia política como por su condición de niño mimado devenido en un candidato codiciado por las más bellas jóvenes de la alta sociedad porteña.

En “Sangre y deseo”, su última novela, la cual presentó esta semana en Mar del Plata dentro del ciclo “Verano Planeta”, la autora reconoce que afianzó su estilo para ficcionar la historia. Ya lo había logrado con Remedios de Escalada en “Pasión y traición” y luego en “Amores prohibidos”, al develar las conquistas de Manuel Belgrano. 

Por cierto, aquel diálogo entre aquella Encarnación dominante, tan pasional, de visión clara, sesgada por las contradicciones y decidida a hacerse carne del dolor de su hombre, ni más ni menos que Rosas, tal vez nunca haya existido.

Pero la investigación histórica que Canale llevó minuciosamente a cabo, la confianza en sí misma para darle su voz a una historia de poder, odios, ambición, amor y muerte, y la rivalidad constante entre Encarnación y Agustina López de Osornio, la madre de Juan Manuel, hacen de “Sangre y deseo” una novela que se permite con locuaz criterio intervenir en el pasado desde un género y una perspectiva -a dos siglos de distancia- que a la propia autora le sientan cada vez mejor.

En una entrevista con QUÉ, la escritora habló de su intromisión y compromiso con esta historia que hizo propia y de su misión y vocación en esta sólida etapa de su carrera: darle voz y protagonismo a las fragilidades de los hombres y mujeres que durante décadas los manuales de historia presentaron como próceres sin dualidades. 

“Los seres humanos no somos seguros, no somos perfectos. No me despierta interés alguien que tuvo una vida sin riesgos ni emociones al límite”, reconoció Florencia Canale mientras trabaja meticulosamente en la redacción de la segunda parte de la historia de Rosas con la intención de publicarla antes de fin de año.

-¿Con qué sensación te quedaste al terminar de escribir esta novela?

-Todavía no se van de mi mente Encarnación ni Juan Manuel. Está muy bien que me sigan rondando porque estoy escribiendo la segunda parte, pero yo me quedé muy conforme con la investigación, el abordaje y con la historia que es muy digna de contar. Me pasa que al terminar una novela me quedo triste, doy vueltas y busco excusas absurdas para no terminar nunca. Yo estoy ahí con ellos, me meto mucho en la historia.

-¿Por qué los elegiste?

-Rosas es inmenso y no había dudas de que podía ser un gran candidato. Cuando escribí “Amores prohibidos” me quedé con la idea de escribir sobre él pero también encontré a Agustina López de Osornio, la madre de Rosas, el padre, los hermanos y Encarnación misma, sobre quien no se había contado demasiado más allá de espacios académicos. Pero me parecía que esta mujer se merecía su novela, sus casi 400 páginas

-La figura de Rosas ha generado amores y odios en la historia argentina con una dicotomía entre rosisas y antirrosistas ¿Te condicionó esto al momento de escribir?

-A mí me gusta mucho comprar libros viejos, discontinuados. Yo leo todo y en un punto ya era gracioso leer que a Rosas los rosistas lo pintaban como un dios bajado del cielo, mientras que para los antirrosistas era el demonio, prácticamente el responsable de las siete plagas. Lo mejor que se puede hacer para escribir una novela histórica es quitarse los prejuicios, los preconceptos y las arbitrariedades. Hay que entrarle al tema lo más vacía posible de lo que todo uno va juntando a lo largo del tiempo. En la escuela en algún punto Rosas es malo, así lo pinta la historia escolar. Traté de quitarme eso y que mi mirada fuese la del siglo XIX y no la del XXI y contar lo más equilibradamente posible los hechos con los firuletes de la novela, que es mi imaginación y mi cabeza. Luego quien lo lee hace su propia lectura y escribe su propia novela.

-¿Te identificaste con Encarnación?

-Nunca fui capaz de hacer algo como ella. La admiro por su foco, por tener clarísimo hacia dónde iba. Hoy las mujeres tenemos más obligaciones pero también muchos más derechos. Ella en el siglo XIX fue una mujer de avanzada, una visionaria. La quise mucho a Encarnación, porque en este tiempo siento que la conocí mucho también. Me dio pena que se muriera. Pero la admiré. En las cartas de ella a Rosas nunca nombra a sus hijos. Nada. No existen en las cartas. Son ellos. Y es él. Es ella manejándolo a él. Una verenación y una lealtad increíbles.

FLORENCIA CANALE 01

-En base a la investigación histórica que hiciste y la ficción que en torno a ellos desarrollaste, ¿en cuánto sentís que influyó Encarnación Ezcurra en la vida de Juan Manuel de Rosas?

-En todo. Ella dedicó su vida para construir ese hombre que después devino en mito. Rosas sin Encarnación no hubiera sido quien fue. Ella lo definió y también Agustina, su madre, por eso esa lucha constante entre estas dos mujeres tan fuertes para disputarse a este hombre. En algún punto son iguales, un espejo. La vida de Encarnación fue ese hombre, fue Rosas, que nada se pusiera en su camino. Eso me parece admirable, ahora es más difícil. Es una gran heroína de una historia de amor. Tanto trabajó y peleó por ese amor que terminó muriendo. Era una mujer de reacciones muy violentas, muy pasional. Lo protegía, buscaba que a Rosas nada le pasara, que ni siquiera sintiera dolor, porque el dolor se lo tragaba ella.

-¿Sentiste en algún momento el deseo de intentar cambiar el verdadero rumbo que tuvo la historia entre ellos?

-Le hubiera dicho “agarrá la valija y ándate”. O “echalo, o no sufras tanto”. Pero esto lo digo hoy con esta distancia. Cuando a uno le toca vivir las cosas no las ve con la claridad que te da la perspectiva de la distancia, de la historia. Yo la hubiera hecho confrontar con Agustina a trompada limpia. La vida le quedó corta pero vivió intensamente.

-Este género te permite tomarte ciertas licencias para contar el pasado ¿Creés que las manejaste con mayor seguridad que en tus primeras novelas?

-En la primera novela sentía esa duda de tener que pedir permiso todo el tiempo para ficcionar la historia. Las novelas históricas, como están ancladas en el rigor de la historia, tienen la pata de la ficción que las vuelve novelas. Entonces uno puede tomarse la licencia de pararse a imaginar encuentros, diálogos… la repetición me fue dando más seguridad. Yo no repito nada explícito en mis novelas, pero sí la estructura de este género. Y a medida que pasan las novelas voy sintiendo que voy encontrando mi voz y que tengo un estilo, que es mío.

-¿Cuál creés que fue la clave para encontrar ese estilo, esa voz?

-A mí me gusta que en mis novelas esté presente el movimiento, que la escena no sea estática, dura, fija y pesada. Ya la historia del siglo XIX es pesada. La hondura de la emoción es pesada también, pero yo voy de lo liviano de lo femenino, en este caso Encarnación y su mundo, a Rosas y su masculinidad, el barro, las botas, los negocios, las balas… los siglos pasaron, hemos ganado derechos las mujeres pero los hombres y las mujeres no somos iguales, y yo trato de pendular en ese sentido.

-¿Cómo te organizas para escribir tus libros sin descuidar tu trabajo como periodista?

-Me robo vida para escribir. Me pongo horarios fijos. Tengo horarios en los que soy más productiva. Hay un preámbulo orgánico que necesito y cuando me siento a escribir ya sé lo que voy a escribir, cómo voy a armar esa escena. Tengo todo tipo de esquemas científicos que muchas veces no cumplo: 100 mil caracteres por mes, entonces 25 mil por semana… yo hago cuentas sin parar. Es raro, pero siento que esos números me protegen. Yo mientras escribo ya pienso en lo que voy a escribir después. Necesito tener historias en la cabeza, aunque sea lejos y tengo candidatos que me sugieren mis lectoras. Pienso en Sarmiento, en Mariano Moreno, Güemes, Quiroga. Además de que el personaje masculino sea interesante, me interesa mucho la mujer. Necesito una mujer con contradicciones, que haya sangre, muerte. Una persona sin angustia no le interesa a nadie. Busco personas con fragilidades, vacilantes. Los seres humanos no somos seguros, no somos perfectos. Dudamos todo el tiempo. No me despierta interés alguien que tuvo una vida sin riesgos ni emociones al límite.

-Felipe Pigna hablaba en una entrevista reciente con QUÉ acerca del tiempo que hay que dejar pasar de la historia más reciente para analizarla justamente en términos históricos ¿Pensaste en llevar a cabo el desafío de ficcionar un pasado no tan lejano de la actualidad?

-Es cierto lo que dice Felipe, hay que dejar pasar un tiempo. A mí me seduce la historia. El presente es menos heroico, más pedestre. Tengo muchos personajes para contar. Podría llegar al siglo XX, pero a principios de siglo. Es más literario, más cinematográfico. El presente no lo veo para mí. Al menos por ahora, no me interesa meterme en ese barro.

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