Pinos de Anchorena

A escondidas

Silvia apura a su perro sin tirar de la correa. Estira la “e” de un “Dale” al salir del edificio…

11/12/2014
A escondidas

Silvia apura a su perro sin tirar de la correa. Estira la “e” de un “Dale” al salir del edificio. Mantiene las llaves en una de sus manos y con la otra mueve los dedos adentro de su cartera casi en forma coreográfica. Pero antes de sacar un cigarrillo, el encendedor y más tarde un chicle para disimular el aliento a tabaco, se aleja unos cuantos metros por la vereda en dirección a la esquina.

Lleva lentes negros y los cortes en su piel bronceada dejan entrever que Silvia pasa apenas los 50. Su pelo atado a las apuradas con mechones rubios sueltos combina con la improvisación de la musculosa floreada y el short de colores vivos que elige para salir unos minutos a la calle.

Mientras tanto su mascota, un pequeño fox terrier, agudiza su olfato y encuentra el cantero que más le complace para levantar su pata trasera derecha y hacer pis contra el fino tronco de una planta rodeada de colillas de cigarrillos, a centímetros del asfalto.

Mira para atrás. Más precisamente hacia la puerta de su edificio. Nadie vendrá, pero vuelve a fijarse. El terreno despejado le avisa que ahora puede encender ese cigarrillo que desde hace varios segundos mantiene entre su dedo índice y el anular, sin que nadie la observe.

Silvia fuma a escondidas. La salida diaria con su perro a la vereda es su oportunidad perfecta para saciar el vicio por la mañana. El balcón de su departamento da a la calle, pero ella camina para alejarse de la posibilidad de que su marido se asome por la ventana y la vea.

La primera bocanada de humo llega a su garganta con cierta molestia. Pero luego su gesto cambia, baja los ojos y suelta el aire con alivio. Inmediatamente, vuelve a mirar hacia atrás. Recién allí retoma su caminata y el “Dale” hacia el animal se repite ahora en un tono más seco.

La mascota mira fijo a su dueña y sigue con los ojos el recorrido del humo que se aleja en el aire. Silvia corre la vista, da unas pocas pitadas más y deja caer disimuladamente el cigarrillo sobre el suelo a medio terminar.

Con un movimiento ahora más preciso guarda su encendedor en la cartera mientras le quita el envoltorio a un chicle de menta. Su mandíbula revuelve la goma de mascar, como si intentara deshacerse del olor a tabaco de todos los rincones de su boca.

Hace tiempo por poco su marido la sorprende mientras fumaba. Esa vez tiró el cigarrillo junto al cordón con solo reconocer la manera en la que el hombre había cerrado la puerta del edificio. Era él, tal vez. Sí, esa vez era él.

Entonces disimuló, le dijo que más tarde iría a hacer las compras y tiró de la correa. Sin mirar a su mascota insistió con el “Dale”, para ganar distancia, correr el aroma y alejar lo que seguramente su marido ya sabe.

Sin embargo Silvia solo comparte su secreto con el pequeño fox terrier. En realidad, es su excusa, ya que lo saca a orinar más veces de las que el animal pide. Incluso a veces el perro gira su cuello sujetado por la correa y solo la observa, sin acercarse al verde.

Antes de volver a entrar al edificio, acaricia por primera vez a su mascota. Siente, tal vez, que el olor en sus manos podría delatarla y que el pelo del animal puede encubrir el aroma que hay entre de sus dedos.

Cierra el bolso, acomoda sus lentes negros, mastica repulsivamente el chicle y sube en ascensor hasta su departamento. Más tarde volverá a salir, esta vez sin el perro. Irá al almacén más cercano y guardará lo que compre en dos o tres bolsas. El atado de cigarrillos será escondido e irá directo al fondo de su cartera.

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