El admirador

No la mira con ese deseo porque no está. Esa mañana no fue al café. Solo por eso no la mira con ese frustrado intento de observarla sin que ella lo note. No está presente, pero las señoras hablan con ella, la camarera, de él, su admirador.

23/11/2015
El admirador
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

ggobbi@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

No la mira con ese deseo porque no está. Esa mañana no fue al café. Solo por eso no la mira con ese frustrado intento de observarla sin que ella lo note. No está presente, pero las señoras hablan con ella, la camarera, de él, su admirador.

Tal vez no la miró poco pero hasta ahora solo llegó al saludo, a pedirle el café y a decirle gracias. Pero la mira. Queda en un misterio sin importancia alguna si fue ella quien le contó, quizás halagada, del chico que viene por las mañanas y la observa detenidamente para que las señoras lo supiesen o si ellas también lo encontraron a él desviando la mirada con ese disimulo que a nadie podría engañar.

“¿Hoy vino tu admirador?”, pregunta la mujer con más de siete décadas de vida que hace rato terminó el té del desayuno del que solo quedaron migas frías de las tostadas tibias que sirven en el café, con un diario en mano que lee a la ligera.

El local es pequeño, casi familiar, íntimo, de poca pero recurrente clientela, de una carta que casi no se pide porque la orden la toma directamente ella y no hay nada extravagante para pedir. Porque el lugar, una casa convertida en café, es sencillo, decorado con lo mínimo, sin televisor ni wifi, y pocas opciones más sofisticadas que pastafrolas y submarinos.  

“No, hoy no vino…”, empieza a responder la camarera admirada por el admirador que esa mañana no la admira. “Ya va a venir”, la interrumpe la señora con una mueca pícara pero a la vez un tono de mujer mayor que busca conservar el pudor que por contrato social se le dijo que tuviese cuando luciera anciana, pese a que por suerte su vida puede haber tenido más aventuras e historias de amor vividas que charlas por whatsapp.

Pensó tan fuerte sus ganas de que la joven se sonrojara por lo que le había dicho, que casi se escuchó. Pero la elegida por el admirador que motiva la charla y el chisme, no estuvo ni cerca de ponerse colorada.

Las puertas se abren y dos clientes más se sientan en una de las pocas mesas que tiene el café. Ninguno de ellos la admira seguramente como él. ¿La admira? Seguro gustará de ella, pero las clientas (ahora también otra señora mayor que acaba de llegar) lo llaman así, el admirador.

La camarera toma el resto de los pedidos. “¿Y tu admirador?”, le pregunta la clienta que recién llega. La que primero había hablado lanzó un suspiro sin quitar la vista del diario, casi atrevido, explícitamente obvio, y unos segundos después le agregó una sonrisa y una tos repetida y forzada.

“No vino hoy”, respondió la joven ya con una paciencia que temblaba y un gesto casi de abandono. Después de llevar un cortado con dos medialunas a una de las mesas (“una dulce y una salada, pa’ variar”, le habían pedido), ahí juntó ganas, llevó las manos a su cara, sembró los codos sobre la madera de la barra y les empezó a contar: el admirador sí había pasado por el café.

Claro, no ese día. El jueves había sido. Esa vez él admirador no se había conformado con pedirle la infusión y decirle gracias, sino que se animó a hablarle, a decirle que le gustaba y a invitarla a salir esa misma noche “a tomar algo”.

La confesión o revelación le causó asombro a la señora del Clarín en mano y despertó la intriga de la otra mujer con una expresión de satisfacción por haberla inducido a que contara este capítulo de la historia gracias a su pregunta, que había hecho solo por preguntar, para sacar un tema.

Ese mismo jueves el admirador y la camarera admirada salieron. Fueron a un bar, charlaron y la pasaron bien. Solo eso les contó ella. “¿Y?”, la interrumpieron las señoras casi a la par. Ella se rio, no de estar contándoles lo que había pasado con él, sino por la mirada pícara que ninguna de las dos podía disimular.

“Y nada, eso, que salimos y la pasamos bien. Pero no pasó nada. No hubo onda, pero todo bien”, terminó de admitir ella para darle un final poco feliz en relación al que las clientas esperaban. Justo entró más gente y la charla se cortó.

Durante dos o tres minutos nadie dijo nada. Ahora la camarera atendía la nueva mesa que se había ocupado. Pero al terminar, tomó el celular y deslizó el dedo por la pantalla después de que vibrara dos veces sobre la madera.

“¿Qué pasó, te escribió?”, insistió la primera clienta que ya iba sin ganas por la sección Deportes del diario y que esperaba más de la historia. Para no angustiarla y terminar el tema la llamó para pedirle otro té, le tomó la mano, se le acercó casi en secreto, le regaló una sonrisa y le dijo: “Y bueno nena, a lo mejor solo tenía que ser eso, un admirador”.

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