El amigo de Dani

El amigo de Dani entró primero al café. La voz de Dani no se escuchó. La de su amigo, pidió dos cortados y tres medialunas.

20/06/2015
El amigo de Dani
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

redaccion@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

El amigo de Dani entró primero al café. Las bisagras de la puerta se encargaron de contarle a todo el lugar que alguien había entrado. Pero antes de meter los dos pies dentro del local, desde la vereda le preguntaba a su amigo qué iba a tomar. La voz de Dani no se escuchó. La de su amigo, pidió dos cortados y tres medialunas. “Sí, dulces”, fue lo segundo que dijo.

El pedido se escuchó a través de la barra, porque en este bodegón los que van seguido corren con ventaja y es casi una muestra de confianza y respeto poder pedir el café detrás del mueble de vidrio que guarda las facturas y algunos sobres de azúcar junto a unos pocos escarbadientes. Están los que esperan sentados en las mesas a que la camarera se acerque y los otros, como el amigo de Dani.

La cabellera blanca la llegaba hasta el tope de una campera amarilla bien gruesa que llevaba abierta. Rozaba los 60 y llevaba los bolsillos con envoltorios de golosinas que sobresalían. Eligió una mesa del fondo y se sentó manteniendo una conversación algo forzada con la camarera, que seguía detrás de la barra.

Había ido pocas veces al lugar, pero el solo nombrar a su amigo ante la camarera de la tarde lo volvía de la casa. Entonces, para dar muestra de ese reconocimientio, la charla fue solo sobre Dani, aunque quien respondía por él, era su amigo. La campera amarilla ahora colgaba sobre una de las sillas de madera.

Le preguntaron por el trabajo, pero no por el suyo, sino el de Dani. También sobre sus hijas, el coche que recién había vendido y el viaje a Buenos Aires que había hecho. No él, sino Dani. Al amigo de Dani le tocó responder por la tardanza. Había que tratarlo como de la casa, pero el protagonista de la charla se hacía esperar.

Su amigo ya sin tema de conversación se acercó a la puerta y lo apuró. Se miró en el espejo y se acomodó rápido los pelos y volvió a entrar sin saber si todavía Dani seguía en el kiosco de al lado o fumando un cigarrillo en la vereda, o las dos cosas a la vez. Avisó que parecía que ya entraba, mientras la camarera servía los cortados y los dejaba junto a la máquina de café hasta que el famoso Dani estuviera en la mesa.

La verdad es que Dani tardó. La charla ya lo anticipaba como alguien especial, interesante o al menos bien visto en el ambiente del café. “Ese Dani…”, decía bajito la camarera con un tono casi sugerente. Pero Dani seguía sin aparecer y su ausencia ya permitía dudar incluso de la existencia del muy nombrado. Aunque si ambos lo conocían…

La puerta hizo sonar sus bisagras otra vez para abrirse y… no, no era Dani. Dos señoras mayores muy abrigadas habían entrado a comer una pizza como merienda. Pensaron en una gaseosa, pero terminaron piediendo cerveza.

El amigo de Dani se había ilusionado al sentir la puerta. Pero volvió la mirada hacia abajo para tomar el diario ni bien comprobó que no era él quien había entrado. Enseguida, las bisagras de la puerta volvieron a avisarle a todo el café que alguien más entraba, pero esta vez, era Dani.

Un hombre de buen comer con una calvicie en proceso y una chomba azul desteñida metida adentro del pantalón deportivo entró al lugar, miró la mesa del fondo, saludó a la camarera y se sentó a acompañar a su amigo.

El amigo de Dani lo recibió con una sonrisa y un chiste que no causó gracia sobre su tardanza. La camarera se acercó a la mesa, lo saludó con un beso y le palmeó el hombro. El amigo de Dani lo notó. Para Dani ese trato era habitual.

Lejos de aquella imagen que había dejado el diálogo, Dani no se mostraba más que como un hombre simple, incluso reservado, silencioso y algo lento, aunque bebió su cortado ya algo tibio en dos tragos. No fue durante el café sino después que Dani se comió la tres medialunas. El amigo de Dani apenas había probado su cortado pero se había vuelto a poner el camperón amarillo después de quejarse del frío.

A simple vista, la vida de Dani resultaba más atrapante contada por su amigo. Fue poco lo que habló. Se quejó de la acidez que tenía hacía unos días, hizo un comentario por una nota deportiva de la cual solo leyó el título en el diario y colgó después su mirada en el televisor del café, que mostraba la novela de la tarde.

Extrajo un cigarrillo del atado después de sacarlo de su bolsillo y dejarlo sobre la mesa haciéndolo notar, y lo mantuvo entre los dedos hasta que su amigo terminó la infusión. Cuando la novela llegó al espacio publicitario y las dos tazas estaban vacías, volvió a hacerle otro comentario sobre el partido que se venía y pidió permiso por cortesía para salir a fumar.

El amigo de Dani volvió a quedar solo sentado ante la mesa. Se volvió a sacar la campera amarilla, la colgó en el respaldo del asiento, miró a la camarera y esbozó una mueca, casi una sonrisa. Ella se acercó, levantó solo la taza de Dani y con un tono de preocupación le volvió a preguntar al amigo: “¿Cómo anda Dani?”. La puerta se había cerrado y Dani fumaba afuera. El amigo de Dani estiró las palabras y solo le respondió: “Bien, el gordo anda bien”.

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