Guerra de plástico

Regresar a los años dorados de la infancia puede a veces ser más simple de lo que se presupone. Todo depende de tener entre las manos el recuerdo o el objeto indicado.

17/10/2015
Guerra de plástico
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

ggobbi@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

Regresar a los años dorados de la infancia puede a veces ser más simple de lo que se presupone. Todo depende de tener entre las manos el recuerdo o el objeto indicado: aquel que nos propone realizar en segundos un viaje a través del tiempo y nos permite vernos a nosotros mismos, iguales pero distintos, arrodillados sobre el suelo simplemente jugando, reinventando el presente, desatendiendo el futuro.

Mauricio no buscó regresar a su niñez: el destino se ocupó de hacerlo. Todo comenzó en una juguetería, con la difícil tarea de encontrar el regalo ideal para una niña -hija de un amigo- que había cumplido sus primeros dos añitos de vida. En aquel mundo de sueños, juguetes y colores, el protagonista de esta historia se reencontró con un “chiche” de su infancia: una gran bolsa de soldaditos de plástico.

Mientras su pareja continuaba eligiendo el obsequio perfecto, Mauricio tomó entre sus manos aquel envoltorio con pequeños soldados de color verde y marrón. “Cómo jugaba con esto…”, pensó en voz alta en el pasillo de la juguetería y un hombre de avanzada edad, al oír tal confesión, reconoció sentir ganas de sumarse al juego.

Sin dudarlo compró la bolsa de soldaditos. Traía en su interior casi 50 combatientes, un jeep militar y un helicóptero. Mauricio ocultó su nuevo juguete retro y eligió el momento preciso para abrir el envoltorio.

Noche de sábado. Reunión en el departamento con amigos. Entre los envases de algunas cervezas y un plato de snacks, Mauricio relató con orgullo la historia de su inesperada compra y segundos después distribuyó estratégicamente los soldaditos de plástico sobre la mesa. Pasado, presente y futuro coincidieron en el terreno de combate, sobre un sueño de papel sesgado por las reminiscencias de la niñez.

“Este tira granadas”, dijo con absoluta seriedad mientras la más feroz guerra de plástico se desataba en el centro de su departamento. Lejos de hacerse a un lado, sus amigos se sumaron a la batalla y continuaron ubicando a los soldados en posición de combate, colocando francotiradores sobre el pico de las botellas, ocultado militares marrones que se camuflaban entre los snacks, haciendo sobrevolar el helicóptero por sobre las trincheras de papa frita, esquivando los disparos invisibles para el ojo adulto.

Hubo heridos, caídos y trofeos de guerra. No resultó sencillo determinar qué bando se llevó la victoria. Ambos ejércitos lucharon hasta el cansancio en la imaginación de tres adultos devenidos en inocentes niños por una fracción de minutos.

Mauricio cumplió su sueño: recuperó aquel ejército de valientes soldados que una vez la vida le quitó. Pudo verse a través del tiempo arrodillado sobre el suelo, enfrentando a muñecos de plástico en un mundo de juego.

No hubo vencedores ni vencidos. El límite que divide a la realidad de la imaginación se borró por un momento. Regresar a través del tiempo a los dorados años de la infancia fue posible esta vez: solo fue necesario un juguete, un recuerdo, una ilusión, 50 soldaditos y una guerra que pudo terminar en paz.

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