Pinos de Anchorena

La del changuito de Pandora

O se queja del calor que la sofoca o expone el frío que sufre como nadie. Lo dice. Lo repite. Lo cuenta y lo remarca. No se engripa, se apesta. No se cansa, se fatiga…

04/10/2014
La del changuito de Pandora

O se queja del calor que la sofoca o expone el frío que sufre como nadie. Lo dice. Lo repite. Lo cuenta y lo remarca. No se engripa, se apesta. No se cansa, se fatiga. Lo exagera y redobla siempre la apuesta. Busca conversación pero luego solo ella domina la charla. Lo que le cuentan, ya lo vivió, pero peor o más intenso.

No deja hablar. No quiere dejar hablar. Conversa con aires de infundada grandeza para que la escuchen, pero nadie lo hace. Camina, siempre camina. Con sus más de 60 a cuestas -aunque no dice su edad-, pollera larga arriba de la cintura y su pelo rojo enrulado y desteñido, va a todos lados pero nunca lo hace sola, sino siempre aferrada a su desgastado, incierto y tal vez vacío changuito de compras, tan secreto, oscuro y misterioso como la caja de Pandora.

Regatea. Dice usar lo importado pero siempre gasta lo mínimo y termina llevando lo más barato. Que el país, que el dólar, que la gente, que los políticos. Más tarde que su salud, que su rodilla, que los años, que el viento o el colectivo que demora.

Circula por toda la ciudad con su changuito. Pero solo a veces hace compras e inevitablemente lo lleva vaya a donde vaya. Arrastra su canasto con ruedas y cuerdas entrelazadas por el pasillo de un banco, el salón de un café, la avenida del microcentro y el empedrado del barrio. No teme pedir el asiento y es la primera en hablar, siempre. Lo que el changuito contiene, es su tabú. De eso no habla.

No se maquilla, se pinta. Remarca sus labios con rojo, pone excesivamente rubor sobre sus mejillas y reafirma con trazo grueso el contorno de sus ojos. Usa cremas. Se le siente ese aroma a cremas hidratantes. La tintura siempre roja de su cabello a veces se le escurre y marca también la piel detrás de sus orejas.

Acompaña su rostro con gruesos y antiguos aros, o bien algún collar llamativo que desentona con su remera o camisón holgado por encima de la pollera marrón lisa que roza sus zapatillas o en verano sus sandalias negras. Dice que así sus pies respiran, porque se le hinchan, porque ella “yira” todo el día.

Al hablar abusa del “vistes” y le fascina decir que “fue de una amiga” para referirse a una visita. Mastica chicle y fuerza la mordida al cambiar la “i” por una “e” que placenteramente alarga cuando afirma (“seee”). Nunca da la razón, sino un argumento superador o queja mayor. Ataca a punta de diminutivos, porque la historia de quien la escucha siempre le resulta inferior.

Se la presume viuda, pero evita hablar de su vida privada. Miente acerca de donde vive, no baja de su grueso peso a pesar de lo mucho que camina y levanta el mentón mientras agita sus brazos flácidos cuando algo pide.

No aguanta estar sentada. Tiene que levantarse y caminar. Dice -se queja en realidad- que sus piernas le pesan. Cuando solo por segundos suelta su changuito de compras, su puño continúa fruncido y no descuida ni deja escapar del contorno de sus pies ese carro por el que muchos desde lejos ya la reconocen.

Cuenta que viajó adonde nunca fue. Acomoda la versión de cada historia a su conveniencia. Dice estar ya cansada de que la piropeen “los tipos”. Así se refiere a los hombres. Luego exhala con desprecio y revolea los ojos desde el cielo raso hasta el piso.

Adora romper el silencio sonándose la nariz casi en forma orgásmica con su pañuelo de tela a rayas, ponerse gotas en los ojos seguido de un suspiro y alzar la voz sin pausa para mostrar su queja hasta que la dejen hablando sola.

Así deambula la del changuito de Pandora, arrastrando dentro de él por la ciudad su secreto más oscuro o tal vez el más puro de los vacíos. Se sienta en la mesa de un café, se levanta dos o tres veces hasta la barra para comentar orgullosa y a viva voz que superó hace días una gripe aterradora. Pide y toma la infusión más económica, no saca la vista de su changuito, y le cuenta a la camarera mientras vuelve a sonar placenteramente su nariz, que vive en un lugar distinto al que dijo que vivía hace media hora.

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