Pañuelito

Esa noche Pañuelito salió de la nada dibujada de oscuridad de la puerta de un negocio a media lumbre que se predisponía a cerrar. “Hoy no vendí nada”, dijo bajo la lluvia en el semáforo con sus 11 años y los brazos llenos de paquetes de pañuelos descartables.

19/11/2017
Pañuelito
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

redaccion@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

Debe haber llovido 30 veces más desde que lo vi por primera vez. Esa noche Pañuelito salió de la nada dibujada de oscuridad de la puerta de un negocio a media lumbre que se predisponía a cerrar. Las baldosas de la vereda estaban empapadas y junto al cordón del asfalto se formaba un gran charco que corría con fuerza hacia la boca de tormenta de la esquina. Justo cuando el semáforo cambió de verde a rojo, Pañuelito dio el salto más largo hasta la calle que le permitieron sus piernas cortas, aunque no alcanzó para evitar que mojara su pantalón desteñido, deshilachado y ya humedecido por la intensa lluvia.

“Hoy no vendí nada”, fue lo primero que me dijo a menos de 30 centímetros de la ventanilla del auto con la marcha detenida y el limpiaparabrisas en la velocidad más alta. El pelo aplastado por la lluvia dejaba escurrir gotas entre sus ojos serenos. Su brazo completo, desde la muñeca hasta la axila, cargaba varios paquetes de una marca poco conocida de pañuelitos descartables.

La primera reacción fue preguntarle cómo estaba. Mojado y vendiendo pañuelitos descartables en el semáforo habría sido la respuesta tácita, evidente. No dijo eso. Estiró su corta mano hasta que el interior del auto cubrió sus dedos de la lluvia y dejó un paquete transparente con seis envoltorios de pañuelos sobre el tablero detrás del volante.

Veinte pesos el paquete de seis era el precio al que los vendía. Sin pensarlo ni necesitar pañuelos descartables busqué en mi billetera el dinero más para ayudarlo que para comprarle. Sentí culpa de encontrar que un billete de 100 pesos era el más chico que tenía en el momento.

“No tengo cambio”-me dijo confundido-, pero ‘pará”. Los demás autos comenzaron a moverse ansiosamente ante el paso de los segundos y el cálculo de que el rojo del semáforo se juntaría pronto con el amarillo y finalmente con el verde.

Pañuelito sintió los motores, el sonido de los aceleradores mezclado con el de los limpiaparabrisas a destiempo y las gotas golpeando la chapa de los techos. Miró los pañuelos, la calle, los autos, la lluvia, los cien pesos y por último a mí a los ojos. Tomó el billete y corrió hacia la vereda. “Estacioná en la esquina”, dijo mientras ya metía la mano dentro de una bolsa verde en busca del vuelto.

Le hice caso. Cuando el semáforo dio luz verde avancé en primera hasta cruzar mal la calle y estacioné en una doble fila mentirorísima en ochava. Pañuelito volvió corriendo a mi ventanilla. Sacó de una bolsa una pequeña pelota de billetes arrugados de dos, cinco y diez pesos. Comenzó a desenredarlos y a estirarlos como pudo colocándolos sobre mi mano.

“80 te tengo que dar”, calculó. Aproveché los segundos que le llevó la odisea de desentramar el puñado de billetes para preguntarle su edad y por su familia. 11 años me respondió. “Ayudo a mi mamá que no tiene trabajo y a mis hermanos”, siguió sin mencionar a su papá ni decir más.

Respiraba fuerte, llevando el agua que escurría de su nariz hacia adentro del tabique. “Quince, veinte, veintidós, veinticuatro…”. Lo frené en veintinueve. Me miró. Mal estacionado, consternado por la imagen triste y empapada de Pañuelito y todavía sorprendido por su edad, salió de mi boca una frase estúpida y cómoda que no busqué, pero fue un mal parche para seguir: “Ya está, dejalo ahí, ganaste vos”.

A pesar de mi oración imbécil que implicaba darle solo cincuenta y un pesos más del económico precio al que vendía los paquetes, sin nada que ganara de más en realidad Pañuelito me miró y sonrió. Construyó una mueca pícara y clavó la mirada en los billetes del vuelto que ahora ya era suyo. “¿En serio?”, me pregunto. “¿Seguro?”, insistió. Asentí. “Gracias… tomá, llevate otro”, dijo.

Su mano mojada volvió a atravesar la ventanilla con un segundo paquete. El primero ya se había caído hacia un costado al volantear para cruzar la calle. El segundo llegaba todavía más mojado por fuera. Su habilidad innata para la venta me dejó dos cajas de pañuelitos en el auto bajo la lluvia. Los veintinueve pesos del vuelto que me había llegado a dar atravesaron entonces la ventanilla hacia afuera. “¡Gracias señor!”, exclamó y volvió a sonreír. “Hoy en serio no había vendido nada”, me repitió. No supe si le creí. No pensé.

Le sugerí que volviera a su casa, con su mamá y sus hermanos. Que no se mojara, porque podía enfermarse. Se lo aconsejé como si supiera qué tiempo llevaba bajo la lluvia, debajo de la oscuridad de la puerta del negocio a media lumbre en una esquina en vías de inundarse. Más que suficiente agua había caído sobre su cuerpo desabrigado.

Pañuelito volvió al punto de origen. Cruzó a los saltos para esquivar mal los charcos y guardó el dinero mojado en la misma bolsa verde que contenía más paquetes. Me miró y extendió la mano ya de lejos mientras yo enderezaba el volante para seguir camino con cien pesos menos y un sabor amargo que no se fue al arrancar, ni al llegar a la avenida, ni en el próximo semáforo, ni al estacionar, ni al cenar, ni al apoyar la cabeza en la almohada seca. Cuatro días después me resfrié. La garganta áspera, la nariz colorada, los ojos achinados, una decoración minimalista y constante de pañuelitos por doquier.

Pasaron dos meses y algunas semanas hasta que volví a verlo. Pañuelito recorría la misma zona en una noche fría pero sin lluvia. Nos encontramos de casualidad en la puerta de un restobar en el entretiempo de un partido clave entre Argentina y Venezuela por la clasificación al Mundial. Seguía vendiendo los mismos pañuelos pero no me reconoció enseguida.

“¿Querés pañuelos? Hoy no vendí nada”, dijo repitiendo su estrategia de venta. Me sonreí al volver a escuchar la frase. Le volví a comprar, esta vez por veinte pesos. Sentí sus ojos clavados en mi cara, afinando la mirada como quien duda sabiendo ya la respuesta. “Vos me compraste el otro día, el de los cien pesos”, dijo tímido pero seguro a la vez, recordándome.

Le conté que semanas atrás me había engripado. Se rió. Le comenté que en el trabajo, en la cama, el auto y la calle me acordé de él cada vez que abrí uno de los paquetes y usé los pañuelos junto a infusiones de te antigripal y pastillas de Ibuprofeno.

Se rió otra vez con gesto de “menos mal que me los compraste”. Volví a preguntar y me contó que su mamá estaba bien y que sus hermanos y él van a la escuela. Entró al restobar a ofrecer pañuelos y vendió varios paquetes. “Si nos quedamos afuera del Mundial los voy a necesitar, pibe”, le dijo uno de los clientes. Una pareja le compro sin desclavar la vista del televisor. Un matrimonio mayor le dio dos porciones de pizza envueltas en servilletas.

Al salir me miró y estiró el brazo abriéndolo, buscado que yo estrechara mi mano con la suya. Lo hice y después chocamos los puños cerrados, mientras se inclinaba para atrás con una sonrisa llena de vida y la bolsa verde colgando de su hombro. “Cuidate”, le dije esta vez más seguro.

Argentina empató 1 a 1 y el resultado dejó esa noche a la Selección en el abismo del infortunio histórico de quedarse afuera del Mundial y en el escenario de carroñeros opinólogos del flojo desempeño del conjunto nacional.

Pañuelito se perdió en la oscuridad sobre la vereda rota y despareja en dirección opuesta al semáforo en el que lo vi por primera vez. No me volví a engripar desde entonces. Argentina clasificó a Rusia y llovió al menos 30 veces más. Tengo paquetes de pañuelos para varios resfríos de aquí en adelante. Pero también la necesidad de usarlos cuando en tardes como las de hoy se me quiebran las pupilas y me invade el silencio clandestino de la culpa innecesaria por una almohada seca y tibia y otros cien pesos más en el bolsillo, buscando entender al menos algo aunque sin resolver nada sobre el sabor amargo de la infancia frágil e incierta de un nene de 11 años al que llamé y escribí Pañuelito.

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