Punto de vista

Cada mañana asoma su rostro y observa con detención el movimiento sobre la calle Garay. En el barrio la conocen como “La Gallega”…

03/08/2015
Punto de vista
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

redaccion@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

Por detrás de sus rejas dañadas por el óxido, cada mañana asoma su rostro y observa con detención el movimiento sobre la calle Garay. En el barrio la conocen como “La Gallega”, pero los vecinos aseguran que su vida es un misterio y que sólo algunos saben poco y nada acerca de su pasado.

Desde la fachada de su casa deteriorada por el tiempo, mira todo lo que ocurre de sus puertas hacia afuera. Años atrás solía sentarse sobre un paredón de mediana altura ubicado al frente, pero después de ser víctima de algunos robos, esta jubilada de más de 70 años se vio obligada a encerrarse detrás unas altas rejas verdes que la separan del mundo exterior.

Observa y escucha, escucha y analiza, analiza y deduce, deduce y piensa, piensa y opina, opina en silencio y vuelve a observar. En ese orden. En silencio. Bajo la misma perspectiva.

A través del paso de los años, “La Gallega” ha descubierto desde su propia vivienda a las nuevas generaciones, ha sido testigo de la evolución de las modas, de los modelos de autos, de las nuevas tecnologías y de la aceleración del ritmo de la sociedad. Algo así como contemplar al progreso desde un mismo punto fijo, detenido en el ayer.

Con su piel blanca en la que reposan las arrugas del tiempo, su mirada reflexiva y cansada, y sus atuendos acordes a una mujer de esa edad, ella dedica su día a ser testigo y fiel espectadora de la vida de los demás, de tal forma que el paso de cada peatón parece formar en su memoria el inicio y el final de una película de suspenso, de un libro cargado de incógnitas o bien de una fábula con moralejas confusas.

¿Qué descubre la protagonista en cada imagen que pasa delante de sus ojos azules? ¿Cuál es la raíz de su curiosidad? ¿Qué trayectos de su pasado recuerda al atisbar el paso de una joven pareja o frente a las reacciones de los peatones de la calle Garay? Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá. Pocos lo pensarán.

“La Gallega”. Así se la conoce, aunque a ciencia cierta es un incógnita su origen español. Pues no es amante de iniciar conversaciones. Tampoco se caracteriza por ser amable, aunque jamás resulta irrespetuosa y, habitualmente, no rechaza un cordial “buenos días”.

Sin embargo, por la tarde la historia se repite. Se abre una puerta de madera que devela sólo oscuridad en el interior de su vivienda; se escuchan las pisadas que se arrastran sobre el suelo; y asoma su rostro y luego su cuerpo hacia afuera, ocasionalmente sosteniendo una taza de té entre sus dedos.

Protege los coches que estacionan junto a su vereda, observa detenidamente a cada transeúnte, se disgusta cuando llueve, frunce el seño cuando un vehículo circula con mayor velocidad de la normalmente necesaria y descubre en cada punto fijo un recuerdo que la obliga a bajar la mirada.

Así avanzan sus días. Detenidos en el tiempo y en un mismo punto de vista. Tal vez una tarde de invierno, esta vecina de Mar del Plata embebida en experiencias de vida reúna las fuerzas necesarias y se atreva a cruzar aquellas rejas frías, aquel muro de hierro que divide al pasado del presente, que aleja al detenimiento absoluto de la continuidad de su tiempo.

Quizá no necesita escapar, o tal vez el temor a lo desconocido no se lo permite. Por detrás o por delante de sus rejas dañadas por el óxido, ella continuará observando cada detalle, con la posibilidad de recuperar el protagonismo en el escenario de su propia vida. Mientras tanto, la vecina de la calle Garay continúa siendo una mujer solitaria, de constancia en su perspectiva, una perfecta desconocida, una testigo de ley, una Elsa que ha perdido… o que aún no ha encontrado a su Fred.

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