La noche, en situación de calle: la misión solidaria de la Caridad

Más de 350 voluntarios de La Noche de la Caridad llevan los 365 días del año viandas y compañía a casi 240 personas en las calles de Mar del Plata. QUÉ acompañó el recorrido de esta red solidaria contra la soledad, el frío y la indigencia.

17/07/2016
La noche, en situación de calle: la misión solidaria de la Caridad
(Fotos: Lucho Gargiulo)
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

redaccion@quedigital.com.ar @gonzalogobbi

“Gaspar” lleva bolsas adentro de otras bolsas. Es casi medianoche. Las medias rotas, la piel rajada por el frío, un grueso gorro de lana deshilachada. Las canas duras, dos camperas y un pullover, los guantes rotos. Llegó “alguna vez” de Entre Ríos pero no le fue como esperaba en Mar del Plata. Su noche lo encuentra “hace unos años” a los pies de un cajero automático de la avenida Independencia, con miedo, con frío, con vergüenza. Casi con culpa de pedir ayuda. Cuando las miradas lo esquivan y el aspecto lo excluye, la puerta del banco se abre y entra el viento helado. Detrás, tres jóvenes voluntarios de La Noche de la Caridad. Dos hamburguesas calientes, un vaso de sopa casera, tres alfajores, dos medias limpias y secas, un apretón de manos, un abrazo y un “¿cómo estás?” crean un puente solidario que logra arrancar del tiempo el destino en la calle a contramano.

Ya son casi las nueve de la noche y la parrilla del Colegio Fray Mamerto Esquiú dora unas 600 hamburguesas desde las seis de la tarde. Casi 20 personas -hombres, mujeres, jóvenes y adultos mayores- envuelven la comida prolijamente mientras sobre una gran hornalla se termina de preparar una sopa casera, la sopa, esa sopa. Los autos esperan en el patio de la escuela con los baúles abiertos para guardar el alimento en forma organizada y práctica para salir a repartir. En el Esquiú, la parroquia San Francisco de Asís (una de las 12 que componen la Noche de la Caridad) prepara cada viernes hasta el más mínimo detalle para recorrer la ciudad en busca de extender una mano solidaria a quienes viven en la extrema marginalidad urbana.

“El Guachín” cruza la calle 9 de Julio con un abrazo lleno de gratitud. Mira a los ojos antes que a la comida que sabe que recibirá, como cada noche. El diálogo ameno, la risa compartida, la picardía de la calle, la franela en el bolsillo de su gruesa campera, una emoción que no puede ocultar cuando degusta la sopa, esa sopa. No pierde de vista los autos que cuida, se muestra siempre alerta. Reconoce que en la calle “el alcohol es la peor mierda” y que si pudiera “obvio que estaría en otro lugar”. El tiempo transcurre tan distinto en la calle que no recuerda bien desde cuándo duerme en ella. Se apena al no recordar, se emociona al agarrar con ganas las hamburguesas, agradece con reverencia que La Noche de la Caridad no deje de acordarse un solo día de él.

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Ya está todo cargado. Bolsas con facturas y alfajores, jarras llena de sopa caliente con vasos descartables, conservadoras que mantienen las hamburguesas. Son más de las nueve de la noche y los voluntarios se preparan para salir, no sin antes celebrar la acción en ronda con un Padre Nuestro y una oración para pedir por aquellas personas en situación de calle. El mensaje llega seguido de abrazos que rompen el círculo y cálidas despedidas antes de iniciar en grupo los recorridos: por un lado la zona del Materno Infantil, otros en dirección al centro de Mar del Plata y algunos más hacia el HIGA, principales puntos de encuentro.

“El Chaqueño” tuvo que alejarse de su mujer y su hija en busca del trabajo que en su tierra no consigue. Confiesa haber sido golpeado y expulsado de su hogar cuando era pequeño. Se le quiebra la voz cuando revive el pasado y no puede dejar de agradecer el paso cada noche de los voluntarios. “Llegaron los chicos de la Noche de la Caridad”, le anuncia sonriente a sus compañeros, algunos igual o más alcoholizados que él. “Yo me rescato”, dice al contar que le ofrecieron un trabajo en la construcción, que no quiere seguir en la calle, que quiere “progresar”, que le gustaría terminar la escuela, que no quiere más esa vida. Entonces después del alimento, un par de zapatillas en buenas condiciones y una mochila se suman a la acción solidaria con la promesa de “ir sobrio a trabajar el lunes”, porque si no se cortará la caridad con él. Lejos del Chaco y de su familia, tiene 29 años y pide ayuda para torcer a la indigencia como su destino.

La ruta está definida de antemano. El vínculo creado resulta clave para el encuentro. Quienes llevan adelante esta acción solidaria conocen el lugar en el que alguien ansioso los espera cada noche. No siempre están allí y solo a veces el encuentro se posterga. La Noche de la Caridad se extiende hasta la madrugada. El largo recorrido en auto después de un día de trabajo por fuera de la acción solidaria, se completa con la satisfacción de atender con pasión una necesidad que la voluntad política no siempre alcanza a cubrir.

LA NOCHE DE LA CARIDAD

“El Mendo” conserva la expresión serena de su tierra cuyana, a donde hace tiempo no vuelve por el costo del pasaje. Parte de su familia aún lo espera y no todos saben que hace tiempo está en la calle, en la zona de la Ferroautomotora marplatense. Conoce a quienes están por el barrio en su misma condición. Conoce al Mapuche que vivía frente a la Terminal. Sobrevive gracias a la voluntad de otros que le extienden su mano a través de una ventanilla entrecerrada. Abraza fuerte con las manos cubiertas con guantes desflecados. “Extraño Mendoza, acá la calle está muy brava”, reconoce con los dedos apretando el vaso caliente de sopa y la mirada quieta de montaña.

 “EN 2002 SALÍAMOS CON 60 PORCIONES” 

Olga Paravizini está en todo. Si los voluntarios son ordenados y cuidadosos, ella supervisa a fondo que todo salga bien cada noche. La Noche de la Caridad lleva las manos de cientos de voluntarios y el corazón de Olga.

“Para mí es una vocación”, cuenta. Una vez, hace años, acompañó a su hija en esta actividad y nunca más dejó de participar.

“La gente te espera, sentimos el amor de ellos. La calle te enseña mucho. La mirada del hermano en la calle te enseña a comprender el dolor del otro. La vida lo puso ahí, pero nadie quiere estar viviendo en la calle”, explica.

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Olga conoce bien la noche y señala que en los 15 años que lleva funcionando La Noche de la Caridad “siempre se salió al encuentro del hermano en donde estaba”, lo que permitió con el tiempo ir configurando puntos de encuentro en las calles para no dejar de asistir a nadie durante los 365 días del año.

CARIDAD TODAS LAS NOCHES

Olga Paravizini afirma que “nunca hubo problemas con la gente”, explica que la compra de toda la comida “se hace con nuestros aportes y con los de la gente nos ayuda” y que por noche se preparan 240 porciones de comida. No reciben ayuda del Estado desde que obtuvieron fondos gracias al Presupuesto Participativo.

El menú varía de acuerdo a la parroquia y las características de cada cocina. “Nosotros acá en el Esquiú tenemos la parrilla, entonces la aprovechamos, pero otras parroquias hace guiso o pastel de papa, lo que se pueda. Lo que sí, siempre se prepara sopa, es fundamental, claro que después de verano se hace jugo”, agrega.

LA NOCHE DE LA CARIDAD 02

Temprano, un grupo de señoras procesa verdura en abundancia, que luego se mezcla con el sabor de alitas de pollo y condimentos que hacen de una sopa no cualquier alimento, sino esa sopa, la de la Noche de la Caridad. “Es lo que más nos piden, dice Olga. “¿Puedo tomar otra sopita?”, pregunta una de las mujeres en situación de calle que se define como “fanática de esta sopa”. “¿Te sirvo más?“, pregunta uno de los voluntarios. Casi siempre la respuesta es sí.

En base a su experiencia, Olga está segura de que a lo largo de estos años “fue creciendo la cantidad de gente en situación de calle” y recuerda con certeza que “en el 2002 salíamos con 60 porciones y a veces sobraba”. Hoy, la cantidad de personas en la calle se cuadriplicó.

Y en función de esa misma experiencia, deja un mensaje más que claro: “Lo que más falla es la atención de las adicciones. Sin ayuda una persona no sale de la calle. No todos quedaron ahí por las adicciones, hay que ver qué hubo detrás del vínculo familiar que se rompió. Para sacar de la calle a una persona hay que hacer un seguimiento porque si es víctima de las adicciones no va a salir de la calle. Y para sacarlos de esa soledad que los ha expulsado de la sociedad por algún motivo, necesitamos de la comprensión de la gente para quienes están en esta situación, es decir, que sepan ver y no se crucen de vereda”.

 PLAZA ROCHA: UN PUNTO CRÍTICO 

Existe entre las distintas entidades que atienden el flagelo de la situación de calle una especie de mapa paralelo de Mar del Plata que fue configurándose a partir de puntos de encuentro y lugares clave. Si ese mapa implícito pudiera marcarse tendría un gran círculo rojo sobre la Plaza Rocha, a solo diez cuadras de la Municipalidad.

Viernes, 22 horas. El vehículo con voluntarios de la Noche de la Caridad estaciona en la esquina de Luro y Dorrego. Antes de que la marcha se detenga, casi medio centenar de personas forman una fila detrás del auto.

Mujeres, nenes, adolescentes, padres, abuelos y abuelas componen la fila a la espera de la cena. No todos viven en la calle, pero si esperan bajo el frío casi una hora por un plato de comida es porque realmente lo necesitan. La esquina, un punto de encuentro clave y crítico para la Noche de la Caridad, muestra la foto de una Mar del Plata que no se ve o se tapa, pero que sin embargo existe.

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Los más viejos esperan su turno con la mirada llena de vergüenza. A los padres que se acercan con sus hijos se les deja entrever culpa, miedo, rencor. Los más jóvenes llevan en los ojos el alcohol, la droga, el vacío. Los más chicos entienden más de lo que parece y no tienen vergüenza ni culpa, pero sí gritan ayuda por estar con frío a la noche en una plaza en la que ocurre de todo.

Plaza Rocha es una de día y otra de noche. La entrega de unas cincuenta viandas completa el paso de la Noche de la Caridad por este punto. Casi siempre la gratitud, a veces el insulto o la agresividad involuntaria bajo los efectos del alcohol.

La esquina de Luro y Dorrego es exclusión y encuentro solidario a la vez. Plaza Rocha expone una Mar del Plata que margina tanto como ayuda sin más gratitud que pensar en lo que el otro necesita.

REFLEXIÓN FINAL

Para darle vida a esta nota, QUÉ Digital acompañó dos semanas a la Noche de la Caridad en su recorrido por Mar del Plata. Los voluntarios, las personas en situación de calle y quienes pudieron salir ella lo dejaron bien en claro: el alcohol y las adicciones en general se sufren más que el frío y el hambre bajo esta condición.

La calle no es lugar para vivir. La Noche de la Caridad no debería existir, pero -a la vez- afortunadamente existe. Siempre necesitan más colaboradores y donaciones. Olga Paravizini y los voluntarios accedieron a acompañar a los integrantes de esta redacción en el camino para difundir esa enorme red solidaria tan especial, bajo la premisa de comprender también al Periodismo en la Calle como una verdadera herramienta de transformación social.

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