Los vecinos de Etchecolatz: vigilia, entre la emoción y el repudio

Desde que se conoció la revocación de la domiciliaria, hasta que se efectivizó el traslado en la madrugada, los vecinos permanecieron frente a la casa del represor. Abrazos, aplausos y la tranquilidad de que el genocida cumplirá su condena en una cárcel común.

17/03/2018
Los vecinos de Etchecolatz: vigilia, entre la emoción y el repudio
(Fotos: QUÉ Digital)
Sebastián Alí

Autor: Sebastián Alí

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Fueron casi 15 horas de vigilia. Desde que se supo la resolución de la Justicia, alrededor de las 14 del viernes, hasta altas horas de la madrugada del sábado, frente a los portones verdes de la casa donde Miguel Etchecolatz pasó el verano, decenas de vecinos se mantuvieron expectantes, a la espera de ver con sus propios ojos al represor subiendo al móvil que lo trasladó al lugar de donde nunca debió haberse ido.

En esas largas horas hubo abrazos, aplausos, risas e incluso brindis y comida. Pero también lágrimas, lágrimas de desahogo. Desahogo por ya no estar obligados a convivir con un genocida, desahogo porque la memoria sigue imponiéndose sobre la reconciliación, y porque la fría letra de la ley, aunque aún queda una instancia más de apelación al fallo, pareciera tener un poco más de sentido común.

Además de los vecinos, que se organizaron y lucharon a través del colectivo “Vecinos sin genocidas”, en tantas horas de vigilia también se hicieron presentes, por ejemplo, la diputada Fernanda Raverta y el propio juez del TOF 1 de La Plata, Pablo Vega, como también algunos medios de comunicación, tanto locales como nacionales.

Pero quien estuvo desde un primer momento fue la referente de Abuelas de Plaza de Mayo, Ledda Barreiro, quien por la tarde, antes de retirarse, saludó irónicamente al represor desde la calle al grito de “que vivas mucho tiempo”, para que así pueda pagar con sus condenas el guardarse esos secretos, esos que se llevará a la tumba, entre ellos, dónde están la propia hija y la nieta de Barreiro.

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Entre los vecinos también estaban los más chicos. Además de ser los más curiosos, son los portadores de la semilla que plantó este proceso de lucha, el de las marchas y festivales en el barrio, ese por donde antes andaban en bici libremente hasta que un día se encontraron con una calle totalmente vallada. En ellos floreció la curiosidad, la memoria y la conciencia. “Yo lo quiero ver, fui a las marchas con mi papá pero quiero ver cuando se lo lleven”, comenta uno de ellos, que no supera los once años de edad y que comparte la expectativa de los mayores en plena madrugada.

“Como a los nazis les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar”, sin dudas fue el hit del verano, que en el sur de la ciudad se escuchó más seguido que de costumbre en el último tiempo, y que en la noche del viernes rompió en más de una oportunidad el oscuro silencio del Bosque Peralta Ramos.

Alrededor de las seis de la mañana, una vez que el camión del Servicio Penitenciario Fedeal se llevó a Etchecolatz a una cárcel común –evidencia de que la organización y la lucha de tantos días dio sus frutos- los vecinos desconcentraron y guardaron la bandera que encabezó las movilizaciones y que esta noche permaneció frente a las narices del genocida, esa que dice “La única casa para un genocida es la cárcel”.

Pero la significación de esa bandera y la lucha no terminará con el exitular  de la Policía Bonaerense condenado a seis cadenas perpetuas tras las rejas, porque aún quedan genocidas fuera de las cárceles comunes y las señales que da el Poder Judicial e incluso el propio oficialismo, invitan a no bajar la guardia.

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