Un testigo del asesinato de Riera al que arrancaron de su vida

El hombre que reconoció a uno de los condenados pasó 122 días escondido en la pieza de un hotel. La familia tuvo que abandonar el barrio San Martín tras las intimidaciones. El Poder Judicial no los protegió y de a poco vuelven a reconstruir su vida.

20/11/2016
Un testigo del asesinato de Riera al que arrancaron de su vida
(Fotos: QUÉ Digital)
Joaquín Lledó

Autor: Joaquín Lledó

jlledo@quedigital.com.ar @joaquinlledo

Supongamos que Juan es el nombre de un testigo que fue clave en la investigación del asesinato del taxista Mario Riera, por el que días atrás condenaron a prisión perpetua a Luis Balbuena y a 17 años de prisión a Alan Luna. Sólo es necesario suponer su nombre, el resto de su historia es real; es la historia del calvario que tuvo que atravesar a lo largo de toda la investigación de un caso que conmocionó a la ciudad porque el Poder Judicial no le garantizó una protección adecuada, porque tuvo que abandonar su barrio de prácticamente toda la vida, porque tuvo que estar 122 días en la pieza de un hotel de tres metros por tres con su mujer y su hija, porque pese a que su nombre apareció en tramos claves de la resolución condenatoria contra uno de los acusados, él fue arrancado de su vida a base de amenazas, intimidaciones, disparos y la destrucción de su casa, su lugar en el mundo.

Juan accedió a hablar con QUÉ –con el compromiso de no identificarlo- para contar su historia y para exponer cómo mientras muchas veces las quejas pasan por la falta de compromiso ciudadano, hay un Estado que no sabe cómo garantizarle protección al testigo central de un homicidio, en este caso el de Mario Riera, el taxista asesinado el 9 de mayo de 2015 en el barrio San Martín.

A lo largo del proceso judicial y mientras estuvo escondido en un hotel céntrico, Juan y su mujer perdieron el trabajo, tuvieron que abandonar su barrio de toda la vida, sufrieron numerosas intimidaciones y su hija perdió dos meses y medio de escolaridad porque tenían que estar escondidos en lugar de ser protegidos.

 EL HECHO 

Juan lo conocía a Junior Balbuena. Más allá de los rumores del barrio acerca de su presunta participación en dos homicidios cuando era menor de edad, lo tenía bien identificado porque le había robado dos veces. La primera fue un día alrededor de las 4 de la madrugada mientras esperaba el colectivo para ir a trabajar. Ese día Balbuena se acercó, le puso un arma en la cintura y le pidió plata. Juan le dijo que no tenía, que en realidad sólo tenía $10. “Si nos conocemos, amigo, ¿me vas a sacar $10?”, le preguntó. Sí, le sacó los $10  y una campera.

Con ese antecedente y uno más cuando ingresó a robar en su casa, Juan reconoció a Balbuena aquella tarde del sábado 9 de mayo de 2015 en la zona de Mateotti y Benito Lynch.

Alrededor de las 18, Juan se había levantado de la siesta e iba a mirar un partido de Aldosivi. Según relata, minutos después, cuando iba a salir en su auto escuchó disparos muy cerca. Y, de repente, vio venir corriendo a dos jóvenes. Uno de ellos, de tez oscura al que no llegó a ver bien y otro al que reconoció al instante: Junior Balbuena. Cuando aparecieron corriendo, el perro de Juan, “Fatiga”, encaró a Balbuena y él le apuntó con el arma.

A todo esto, Juan le gritaba a su perro que volviera mientras se había parado en el porche de una casa aledaña.

Tras esa secuencia, escuchó un grito de “socorro, socorro”. Se acercó hasta donde estaba el taxi con Riera herido de bala. Juan habló por la radio y anunció que al taxista le habían disparado por lo que pidió que fueran para allá la policía y sus compañeros. A los pocos minutos, llegó un taxi y un poco después, un patrullero.

Taxista asesinado 1  ©

Mientras tanto, Riera tomó su celular e hizo un llamado: Juan identificó que hablaba con su pareja. Después, guardó el teléfono en su bolsillo, malherido, y un compañero lo trasladó en su auto hacia el Hospital Interzonal, donde finalmente falleció.

A las pocas horas, Juan se enteró de la muerte de Riera, y, según recuerda, tras ello un efectivo de la Dirección Departamental de Investigaciones (DDI) llegó a su casa buscando al hombre que había estado en la escena del crimen. Dudó, pero rápidamente se identificó y empezaron a entrevistarlo.

 EL DESPUÉS 

Después de brindar las primeras declaraciones ante los investigadores, y sabiendo que era la única persona que había identificado a Balbuena en el hecho, Juan preguntó a las autoridades qué seguridad le iban a dar por declarar.

Entonces, cuenta que el fiscal Eduardo Amavet –en ese momento a cargo de la causa- le dijo que podían darle un celular para que les avisara si le ocurría algo además de instalar un patrullero en su casa. “Pero con eso me mandás más al frente”, recuerda que le dijo y les anunció que no iba a aceptar la propuesta, que quería alguna protección real. “Métanme preso, no voy a declarar”, dice que llegó a decirles.

Dos días después del hecho, las intimidaciones comenzaron a aparecer y su pareja había sentido un disparo en la zona de atrás de su casa, en un patio al cual no dejaba salir a su hija, por el temor que se volvió habitual en el barrio, según cuenta.

Tras ello, autoridades municipales decidieron sacar a Juan de su casa: lo fueron a buscar y lo llevaron al Centro de Operaciones y Monitoreo (COM) donde pasó unas ocho horas, de acuerdo a su relato. Desde ahí, nadie sabía qué hacer con él, cómo resguardarlo, cómo protegerlo.

Inicialmente su mujer se quedó en su casa con su hija. Se querían quedar ahí, pero el peligro era latente. Finalmente, toda la familia terminó en un hotel, después de largas horas, de idas y vueltas y de empezar a ser arrancados de su vida, de su barrio, de sus pertenencias. A ese hotel céntrico se fueron con lo puesto más una muda de ropa, con una hija de siete años que sólo llegó a llevarse de su casa unos dibujos y unas muñecas.

El Estado no sabía cómo actuar, qué mecanismo desplegar, cómo hacer que un testigo considerado clave para develar un homicidio ocurrido en plena vía pública no corra riesgo de vida por contar lo que vio.

Así, el calvario de Juan y su familia se extendió por 122 días en un hotel sin seguridad, sin protección, con asistencia alimentaria y económica del Municipio a través de la Oficina de Asistencia a la Víctima, que entonces conducía Gastón Herrera, y en el secreto de unos pocos familiares y autoridades municipales que se comprometieron a no dejar de ayudarlo.

A los pocos días de su forzada partida, la casa del barrio San Martín quedó destrozada luego de cinco o seis ataques. Juan cuenta que luego de balearla, se robaron todo, hasta puertas y ventanas,  y quisieron usurparla.

A todo esto, el cambio de vida: Juan tuvo que dejar de un día para el otro la fábrica en la cual trabajaba, su mujer abandonó sus tareas y su hija de siete años tuvo que dejar por dos meses y medio la escuela. En ese sentido, Juan relata que en las cámaras de seguridad del lugar donde trabajaba quedaron registradas motos que, según sostiene, no tenían otra intención que, al menos, intimidarlo para que no hablara.

Los días pasaban, y la familia seguía encerrada en la habitación de tres metros por tres. A las dos semanas, aproximadamente, llegó al hotel una trafic, llena de gente robusta y misteriosa, según recuerdan Juan y su mujer, perteneciente al programa de protección a testigos. De acuerdo al relato, les propusieron llevarlos a un lugar que no llegaron a decirles, los limitaban a estar sin celular, sin contactarse con su familia a excepción de una vez por mes y a pedir permiso al menos con un día de anticipación para salir, por ejemplo, a una plaza a llevar a su hija.

Juan y su mujer rechazaron la propuesta. Hoy remarcan que aquellos funcionarios tampoco se esforzaron mucho en convencerlos.

Un día, la Municipalidad les ofreció un terreno para levantar una casa en la zona de Aquópolis y hasta donde en caso de trasladarse iban a tener que pedir agua y luz, porque no allí no había. Algunos días después, esa opción fue descartada.

Finalmente, desde el gobierno de Gustavo Pulti les consiguieron un terreno y una casa a través de un subsidio: cuando llegaron no tenían agua, sólo una cocinita para calentarse y unos colchones para dormir en el piso. Pero de a poco, las gestiones avanzaron y finalmente pudieron empezar a construir una nueva vida en ese lugar, lejos, bien lejos de su barrio, de un barrio al que dicen extrañar, del que se sienten parte por haber vivido desde siempre o desde hace más de 20 años.

Al día de hoy, los gastos por $19 mil pesos por el uso del hotel siguen sin pagarse. Un subsidio tramitado en ese sentido nunca llegó.

 LA JUSTICIA Y EL JUICIO 

“La Justicia no me dio nada, tenía más derechos el preso que yo. Lo protegían más a él que a mí”, se queja Juan.

Con el correr de los meses, su vida y la de su familia comenzaron a estabilizarse en la lejanía del barrio que debieron abandonar. Algunos días antes de que tuviera que declarar en el juicio, las sensaciones volvieron a ser extrañas, y varios le aconsejaron que pida que su declaración sea privada, para evitar el contacto con los allegados de los acusados.

Entonces, así lo pidió porque, caso contrario, hasta dudaba en declarar aquello que repitió tantas veces, lo que vivió. Finalmente, el pedido fue concedido.

JUICIO RIERA SENTENCIA 01

En la mañana del miércoles 26 de octubre llegó a Tribunales, otra vez sin protección ni seguridad. Cuando sólo faltaban unos minutos para el arranque de la audiencia llegó al quinto piso acompañado por el fiscal del juicio Juan Pablo Lódola y un auxiliar con cierta rapidez, a la vista de todos, y lo ingresaron a una oficina contigua a la sala de audiencias. En ese preciso momento una policía le explicaba a la familia Riera que no podría presenciar el testimonio. Afortunadamente para Juan en ese momento no había ningún allegado a los acusados.

“Vos tenés que decir que yo no fui, me estoy comiendo un garrón”, reconstruye Juan que le dijo Balbuena tras pedir un careo que fue interrumpido por el Tribunal a los pocos minutos. Lo declarado por Juan ya había alcanzado.

 EL FINAL 

A Juan haber sido un testigo clave de un homicidio por el que recientemente Balbuena fue condenado a prisión perpetua, le arrancó parte de su historia, su casa, sus bienes, sus recuerdos.

“Uno no deja de extrañar su lugar”, dice su mujer después de que aquella casa – o lo que quedaba de ella- finalmente con el paso del tiempo fuera vendida. La mujer dice sentir alegría y orgullo por la determinación de su pareja. Juan dice que le provoca emoción que alguien haya tenido justicia.

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