Miércoles 01 de abril | Mar del Plata
¡Seguinos!

Te voy a matar

Publicado por el 13/09/2016

—Te voy a matar —dijo y se secó la boca con el dorso de la mano. Estaba agitada, hecha una fiera.

—Pero pará, no es cuestión de juzgar por juzgar. Dejame que te explique —ya era tarde—. No es tan sencillo como parece. Hubieras hecho lo mismo. La tentación es una roncha con prohibición de rascarse. Si hubiese sido al revés,  te juro que… —los infractores están llenos de excusas. Ninguna me servía. Era obvio que podía asestarme una estocada con un palillo.

—Decilo, dale, decilo, no te animás, claro, ahora el señor quiere hacerme creer que me perdonaría como si tal cosa. Y yo sé que no. Has comenzado infinidad de discusiones tan tontas que me da vergüenza recordarlas. Así que no me digas lo que hubieras hecho, hacete cargo, con eso bastaría aunque sea para que nos sentemos a comer de una buena vez. Pero ni siquiera te he escuchado pedir disculpas ¡Ay, Dios! Yo debo tener la palabra estúpida grabada en la frente ¿no? Porque no me vas a decir que vos no tuviste nada que ver —hay ocasiones en que llevas la carga en los ojos. Ella no había visto nada, pero no siempre se necesita la prueba del crimen para deducir al autor. Y era cierto, yo me había aprovechado de ella en reiteradas oportunidades. Bastaba con que se distrajera un poco y entonces mi naturaleza tomaba el mando y ¡zas! Les ocurre a todos, incluso a los hipócritas que marchan con la frente en alto y se sientan a la mesa familiar simulando estar atentos, como quien dice, a lo que pasa solo en su propio plato. Y esa es la vida que llevan, ciertamente aburrida, desapasionada, abstraída de la picardía de hacer lo incorrecto, resistiendo. En cambio yo no pude contenerme.

—Bueno, no es tan fácil, lo acepto —bajé la cabeza, cerré los ojos y ensayé una mueca infantil para casos de emergencia.

—No me vengas con caritas —estaba furiosa. Había trabajado toda la tarde y al llegar a casa cocinó para ambos. Todo bien hasta el momento de enterarse de mi atropello. Todo parece tan fugaz que no tuve tiempo de reflexionar. Es que así suceden las cosas. En un segundo se te va la mano en algo y no hay vuelta atrás. Estaba furiosa. Y cuánta razón tenía. En una convivencia prolongada hasta lo ínfimo es importante. Así que no hace falta tener una gran imaginación para comprender los porqués de su enojo.

—Me encantaría poder manejar el tiempo, volver atrás —dije, y me jugué con algo que debí callar—. Qué tal si los próximos días me hago cargo de la cocina —creí que cierto romanticismo adelantado podría echarme una mano—. Pero la herida estaba recientemente abierta, y era algo que hasta llamaba a ser observado con detenimiento, como si la culpa agrandase ese tajo imperdonable a cada instante.

—Ay, Dios, no lo puedo creer ¿Encima tengo que escucharte hablar? —dijo.

La convivencia hace frágil al amor. Lo intrascendente deja de ser un juego y se vuelve riña absurda, a veces rencor de días, y otras, venganza sutil. No podía parar de hablar.

—Debiste pensarlo antes, contenerte. ¿O acaso no pensás que yo también he sentido y sufro las mismas tentaciones?

—Ya lo sé mi amor —hablé con la voz casi quebrada—, y no te culpo—. Soy un idiota y la verdad es que ya se me fue el hambre.

—Dejá de hacerte la víctima, ¿querés? —su tono continuaba siendo duro, pero adiviné un matiz de esperanza—. Te juro que me das pena. Ya te lo había dicho la vez anterior. No quería que volviera a suceder, pero está clarísimo que te tomás todo en joda. Es que nunca aprendiste a respetar ni si quiera las pequeñas cosas —antes de que ella pudiera terminar el reproche, advertí con la urgencia de H. Simpson que las papas se enfriaban, que un huevo frito de espectacular consistencia esperaba ser saboreado sin más pérdida de tiempo. Mis manos estaban a punto de atacar aquel maravilloso e infalible menú.

—Sabés qué… —dijo, dándose por vencida. Mi boca era un dique desbordado por los jugos gástricos—. Mejor comé, y dejemos que la bronca se me vaya pasando de a poco. Pero ojito eh —le volvió la actitud de un gato acorralado—, la próxima vez que te atrevas a romper mi huevo frito untando una de tus putas papas, por Dios que en esta casa va a arder Troya. ¿Entendido?

—Sí, mi vida.

La Terminal

Publicado por el 30/08/2016

Casi que me goteaba la nariz del frío. Subí el cuello de la campera y hundí la cabeza. De vuelta me encontraron sus ojos chiquitos a través del vidrio, con la mirada calcada de los niños que piden en los semáforos. La mano abierta contra la ventanilla, señalándome, curtida por el tiempo, las huellas dactilares de un adiós. Yo le hice saber que me quedaría, aún con la demorada aparición de los choferes, mateando tal vez en la boletería, calculando la paciencia de los viajeros, lo que tarda el muchacho de los bolsos en cargar todo en la baulera.

—Deberían dejarnos ir con un golpe de mano  —dijo un tipo que apareció a mi lado como un ánima.

—Sí, como los reyes, con el dorso de la mano —dije, y la moví tal cual.

El tipo se rió y no agregó nada. Mientras tanto yo era testigo de un verdadero show de morisquetas. Gestos exagerados y a la vez mudos, lanzados a esa platea que resistía y contestaba a grito pelado, desde abajo, la tierra de los que se quedan.  Los minutos corrían y las caras fueron siendo tomadas por una especie de vergüenza. Ya no tantos mensajes, solo sonrisas tiernas, con la complicidad de los que quisieran no irse, extrañando con el gesto apesadumbrado de sus rostros. Me dije que si era tan así deberían bajarse a las corridas, fundirse en un abrazo y vivir todos juntos bajo el mismo techo para siempre felices. Pero no. En vez de eso deciden aferrarse a uno con la mirada del cordero degollado, llueva o truene, lejos de la piedad por la cual pedía el señor que volvía a hablarme.

—Fuera de los chistes, ya empiezo a extrañarlos. No sé cuándo volverán —lo vi  tomarse la nuez de Adán con una mano y tragar saliva. No necesitaba ser un genio para darme cuenta de que estaba a punto de lloriquear.

—Tranquilo —le dije—. Es como las vacunas cuando sos chico. Duele por un ratito, y después pasa —creo que no compartía lo que acababa de decirle.

Desde arriba y muy pegada a la ventanilla sentí que volvía a mirarme (así eran las despedidas) me hacía señas raras, apuntaba el valijero que estaba encima de su cabeza con el índice. Le respondí con una expresión desconcertada. Decidí responderle con un guiño y levantar el pulgar. Se calmó. El ruido nebulizante del motor del micro ejercía en mí un efecto somnífero, era como si estuviera en medio de una película de Chaplin tras ser golpeado por un tablón. Ninguno de los dos entendíamos nada. Solo era un instante prolongado y absurdo. Los choferes llegaron al fin y subieron con ese aire de celebrities que están a punto de despegar un Boeing 737. Todos agitaron sus manos. El micro había comenzado a moverse. Yo también saludé. Me respondió batiendo la mano desesperadamente, era como ver el ala de un colibrí. Miré hacia el cielo y descubrí que esa bóveda celeste no es un techo ni un refugio, que no hay nada que dé alivio y que provenga de ahí arriba. Alrededor mío estalló un vocerío y desperté de nuevo en la estación de micros con la mano levantada. Decenas de personas lloraban la partida de sus seres queridos, también reían y andaban a los saltitos. A lo lejos, un sueño incandescente se hundía en el horizonte.

—Se nota que lo van a extrañar —me dijo el hombre de al lado, buscando charla de nuevo.

—Seguro —respondí.

No sabía quién era esa persona que me saludó hasta que el micro salió de la rampa y se perdió en el intenso tráfico de la ciudad. Yo solo estaba parado acá, me miró, y eso fue todo.

 

 

Escrito en la pared

Publicado por el 13/08/2016

—¿Pero vos creés en esas cosas?

—¿Quién, yo? —contesté como si hubiera alguien más en el comedor—. Bueno —agregué—, ya sé que es una estupidez, que las supersticiones son formas del miedo. Por algo hablan del miedo al Barba como la vara que castiga si no estás en regla. Es más, algo debe haber porque es muy raro que esta relojería universal, cada pequeño engranaje que la compone no sufra un desperfecto y vayamos a parar a la mierda.

—Y quién te dijo que no va a ser así —afirmó—. Sabes qué, yo creo en las películas de Hollywood. Para mí que esos chabones tiene la posta y te cantan las cuarenta para que vayas sabiendo que si todo se mantiene tal como está, es de puro ojete nomás —el gordo hablaba boludeces difíciles de refutar, algo así como verdades mal dichas. Yo aproveché para pegarle un chupón al mate y casi pierdo las tripas.

—¿Lo hacés a propósito gordo?

—¿Qué cosa?

—Hervir el agua, cabronazo.

—Ah, sí. Es que no hay como sufrir algo peor cuando se la está pasando mal.

—¿Lo decís por lo del negocio?

—Y por qué otra cosa va a hacer —dijo, y se rascó la panza como si tuviera culebrilla—. Pucha che, no vaya a ser cosa que me hayas contagiado la maldición.

—Mirá que sos bocón gordo. Con esas cosas no se jode, ya ves lo que pasó.

Lo que pasó fue que tuve que cerrar el negocio porque me fundí. Ocurrió muy rápido, como una plaga del destino. Todo iba bien al principio, viento en popa, la gente entraba, llevaba lo suyo y volvía al día siguiente. Yo hacía caja, los números cerraban y a otra cosa. Pero desde el día que descubrí la inscripción en la pared, detrás de una de las estanterías, no solo me quedé helado, sino que además empezó a venir la mala. Es desesperante ver que la gente pasa y pasa, pero nadie entra, y las ventas caen y te empieza un cosquilleo nervioso que te hace perder los estribos y preguntarte qué es lo que estás haciendo mal. En realidad yo no había cambiado nada. Yo era el mismo, el negocio también, nunca maltrataba a la gente, hacía rebajitas con los clientes fijos y metía horas como un caballo, me esmeraba por tener las estanterías llenas y el boliche limpio y presentable. Pero algo pasó tras descubrir el cartel aquel. La baja de la clientela fue notable. La inscripción parecía el juego de un niño, estaba escrita con un pulso desprolijo y titubeante: “Este lugar está maldito”. Eso decía el cartel, y con el tiempo la letra me pareció algo tenebrosa, como si hubiesen forzado a alguien a escribirla.

—Che, no te colgués, dale con el mate, ya veo por qué te fundís, por colgado.

—Cortala gordo, me tenés las bolas llenas. Tengo la cabeza que me va a estallar y vos jodiendo con eso. ¿No ves que no sé de qué voy a vivir de ahora en más?

—¿Y por qué no levantás la boludez esa con un trapo húmedo o un poco de pintura, y abrís de nuevo a ver cómo te va?

—¿Te pensás que no lo hice? No sale con nada —el gordo me miró como si yo estuviese delirando.

—¿Cómo que no sale?  Dejáte de joder. Sos un picha floja, no servís ni para espiar.

—O sea que no confiás en mí. Ok. Largá el mate, acomodate la panza, y vamos que te muestro.

Encaramos algo sugestionados. El gordo tenía ese color de los que entran por gracia a un cementerio. El negocio quedaba en la planta baja, yo vivía arriba. Antes del último escalón me tomó del brazo y tiró con fuerza.

—Dejá, te creo —dijo—. No es necesario que me muestres nada.

—Pero vos sos pelotudo. Ahora vamos igual, vení -lo agarré de la manga de la campera y lo llevé a la rastra. Me impactó entrar en un sitio vacío, de aire espectral. Hasta hacía poco rebosaba vitalidad y era un comercio próspero. En su momento llegué a pensar que me volvería viejo detrás del mostrador y que la gente diría mi nombre al avisar a los suyos que saldrían de compras, como en esas barriadas donde la gente vive y muere sin penas ni glorias. Pero no. Había fracasado en menos de lo que canta un gallo.

—Dale. Mové las cachas, gordo, no tengo todo el día. Mirá, ahí está, fijate, vas a ver que no te miento.

Se acercó y dobló un poco la espalda, apoyando las manos en las rodillas. Lo vi aguzar la vista al acercarse, mientras yo me mantenía de brazos cruzados, esperando que confirmara lo que yo le había dicho. Pero abrió los ojos como si hubiera visto un muerto. Luego trastabilló mientras retrocedía, se incorporó y me miró con la boca abierta, pasmado.

—No te hagas el pelotudo gordo, ¿por qué me mirás así?

—Es… es que ahí…-no terminó la frase.

—¿Ahí qué?

—Ahí no dice lo que vos decís —tenía la voz quebrada y los ojos llorosos—. Dice otra cosa.

—Ah ¿sí? ¿Y qué dice huevón? —lo corrí de un manotazo. Comprobé que no mentía. En la pared estaba escrito mi nombre y la fecha del día, pero el año que figuraba era diez años más adelante.

Decidí mudarme, dejar atrás esa historia. Mañana llegará esa fecha que he pensado día y noche desde entonces. Ya es tarde, el sueño está viniendo, los ojos me pesan. Debo dormir.

Quiero vale cuatro

Publicado por el 27/07/2016

—Quiero vale cuatro –dijo el Chino y elevó el mentón en aire marcial.

Ellos se miraron de reojo. Cayeron en su propia trampa y habíamos llegado al tope del susto truquero. Con un quiero se terminaba la partida. Un no quiero habilitaba un par de manos más.

—¿Qué hacemos compañero? —le preguntó el Tano a Cristian—. Para mí que mienten y los comemos crudos. Me sobra con este ancho de basto —dijo y se frotó la carta por el pecho.

El perro toreó del otro de la puerta.

—Deben estar tocando timbre —dijo Cristian, el dueño de la casa—. Que se aguanten un toque así puedo ir a abrir con cara de ganador.

Nunca supimos cuándo fue que el mero hecho de juntarnos a jugar al truco por horas nos volvió jodidos, como si montáramos un personaje sacado de un bar cualquiera. Ni siquiera apostábamos. Pero sí aparecían charlas que los hombres evitan.

Hasta el primer partido de la última ronda todo transcurría normalmente. La ironía y la burla se abrían paso y se aceptaba de buena gana hacer de pinche por un rato, dejarse llevar por las cargadas y retrucar con chistes groseros. Cristian y el Tano siempre jugaban juntos. De modo que los alardes, lo subrepticio y el pasar mentiroso del truco se había aceitado con el tiempo en ambas duplas. Las jugadas se activaban con movimientos que excedían las señas propias del juego. El Chino ni se había mosqueado ante el anuncio del ancho. Levantó los hombros, hizo pucherito con la boca y se mojó la frente, gesto que adelanta el lugar donde irá a parar el ancho de espadas. ¿Mentía?

Lo vi crecer en la partida desde el minuto cero, con cierta jactancia masculina, afectando el estado de ánimo de Cristian, quien siempre decidía sobre su compañero, mucho más impulsivo por la sangre que le corría por las venas. El Chino en cambio, era una máquina de mentir. Todo el tiempo y con la misma cara. Incluso acostumbraba a dejar de pestañear cuando cantaba. Tuviese o no cartas, pegaba un grito corto con voz de führer. Luego medía la duda ajena. Si titubeaban avanzaba. Pero si advertía una chispa de entusiasmo en el inevitable brillo de los ojos de los rivales, se quedaba en el molde.

De modo que aquí estábamos con un vale cuatro en suspenso. Madre mía, quién lo había mandado a jugarla de guapo, pensé, siendo que yo tenía tres pollerudos. Pero me dejé llevar por su determinación, el resultado lapidario de su trabajo psicológico desde que trajo a cuento el nombre de la morocha que ahora Cristian quería presentarnos bajo la formalidad del noviazgo.

—Te digo que te vas a llevar un chasco. No es lo que pensás. Por algo la tomé como un toco y salgo —había dicho el Chino al principio del bueno, cuando la suerte nos daba la espalda. Yo vi que un tic tomó el ojo derecho de Cristian. Luego pasó uno de sus dedos por donde se amontonan las lagañas, arrugó la boca y se recostó en el respaldo de la silla.

—Creo que te equivocás, Chino —la tensión espesaba el aire, costaba respirar—. No todas las minitas son como las que te dan bola a vos. Además ella me aclaró que entre ustedes nunca pasó nada, y debe ser cierto porque lo único que sabés hacer bien es mentir.

—Cómo vamos —pregunté como quien manda a la pausa en un programa de televisión.

—Once a dos —ganaban ellos. Con algo de picardía y jugadas conservadoras, podrían mantener la distancia. Las cartas se nos negaban.

Más adelante, el Chino siguió metiendo la púa sin asco. Vi que con el pasar de las manos Cristian se removía inquieto, perdía confianza y donde podrían salir hechos, montaba la escena del cacareo, estaba en juego la vieja disputa de quien la tiene más grande. El tano y yo éramos meros observadores. A pesar de estar en contra mantuvimos miradas cómplices, entendíamos el magnetismo violento de esos cuerpos enfrentados a los que contenía el largo de la mesa.

Nos pusimos veintitrés a ocho, se cortaban sin remedio. De vuelta la lengua del Chino se puso en acción. Para entonces el tic de Cristian había desaparecido y lanzaba las cartas con relajada languidez, su cabeza se resolvía despreocupada en lo alto, como uno de esos fenómenos que la erosión produce en piedras gigantescas sostenidas finalmente por una superficie ínfima pero en perfecto equilibrio. La luz que entraba por el ventanal le perlaba el rostro y se veía como un ser inalcanzable, digno de la gloria de un prócer.

—Escuchame Cristian, no es que quiera insistir, pero la mentirosa es ella. Si no se quiere hacer cargo es porque somos amigos —el Chino era un presidente en cadena nacional—. Estás a tiempo, yo te aviso. Y acordate que por donde pasa el Chino no vuelve a crecer el pasto —yo me mordí el labio de abajo y me pregunté por qué tenía que mandarse con esa. El asunto iba a terminar mal, y encima ellos se pusieron a cuatro porotos del final. Estábamos fritos. Creí que la solución de mi compañero era cagarse a trompadas antes de terminar la partida. Pero en qué nos habíamos convertido, qué clase de amigos eran capaces de traspasar la joda ordinaria para calzarse de sombrero una estupidez pendenciera.

Fue cuando el perro se puso a ladrar del otro lado de la puerta y todos supimos que había visitas. Alguien tocaba el timbre. En el interior de mi cabeza resonó la campana de los asaltos de boxeo. A sus rincones, pensé, y respiré profundo. Pero la cosa venía de traste. Nadie se levantaría hasta no terminar el juego. Y menos el Tano y Cristian que pensaban juntos en el vale cuatro que el Chino había soltado sin que se le moviera un pelo. Se produjo un silencio que imaginé igual al momento en que se abrieron las aguas del mar rojo. Lo único que rompía la inmovilidad era la agitación maniática de los ojos.

—Sonó el timbre, Cris —dijo el Chino—. Debe ser tu amorcito. Si querés atiendo. Me encantaría ser el primero en enseñarle el camino —estábamos en la pieza que daba al fondo del zaguán.

—¿Quiero vale cuatro dijiste, Chino? –—la cara de Cristian lucía a punto de explotar.

—Ajá. Con un quiero, tenés la oportunidad de volver a llamarme mentiroso.

—Entonces quiero —dijo Cristian y movió la cabeza para que el Tano mostrara el ancho de basto. Después vi que el Chino metía la carta con suavidad en medio del maso.

—Andá a abrir la puerta nomás —ordenó mi compañero, y por primera vez le vi quebrar la cara de piedra con que solía jugar.

 

A la sombra del árbol

Publicado por el 18/07/2016

La tortura de pensarlo me volvía loco. Como en las películas de Hitchcock, el suspenso es peor que el desenlace. Lo medité mirando las flores del jardín que plantamos juntos. Todavía la recuerdo, lejos en el tiempo, enterrando los plantines con la parsimonia amorosa de las cosas que se hacen para siempre. Y yo acodado en la pala observando su dedicación maternal, adivinando los colores de las flores que hoy pintan el fondo de nuestra casa.

-Ya está –había dicho cruzándome los brazos por detrás del cuello, mientras yo proyectaba la imagen del árbol futuro debajo del cual concluí que debía separarme.

A la par de mis razones, fundadas en la revelación del desamor, sé que lo recibido es inmensamente mayor a esta carga que me quita fuerzas para encontrar el momento. Me silencia la entrega simple de los hechos cotidianos, los ojos a los que les juré amor eterno y que aún guardan la ilusión de que todo siga igual. Será así o sospechará algo. Habrá advertido mi desgano, la cara vacía con que pasamos las horas. No lo sé. Pero mi modo de actuar es una señal clara. Sin esfuerzos huyo de las alegrías fáciles, me retraigo, la dejo naufragar despacio en su soledad. Voy queriendo que me descubra y me obligue y me salve de la culpa de emboscarle la esperanza.

-Parece mentira que los Ruiz se hayan separado –comenté-. Sabemos muy poco de los demás ¿no?-. Quería inducirla pero ella siempre encuentra la forma de apuntalar lo nuestro desde la desgracia ajena.

-Por suerte es un problema de otros –me dijo-. Por el contrario, me pasa de vernos viejitos tomados de la mano.

-Claro –asentí-. Pero está visto que el destino es un capricho. Hay cosas que suceden porque sí -quería decirle que nadie está a salvo. Pero el amor que ella siente es testarudo y ciego, igual que lo era el mío.

-Será que les faltó hacer lo suficiente –dijo, como si el amor fuera una alcancía.

Hace rato que el sexo es un convidado de piedra sin rastros de pasión, mecánico y aliviador, sí, pero forzado por los convencionalismos. Después sucede que quedamos enfrentados a un abismo insulso, como inconscientes caballos de tiro.

Antes, los planes nos salían al paso y sin expectativas. El otro era el plan, el milagro se bastaba por sí mismo. Jugábamos de memoria con un dale. En cambio ahora es un trabajo. Odio a los aceptan esa palabra como una verdad, el punto que aspira a construir un modelo, un recipiente donde cabe la forma de un sentimiento. De ahí en más es ir cuesta abajo, desnaturalizar lo que de intuitivo y misterioso tiene el amor. Noto incluso que ríe más que antes, que se arregla para estar más llamativa. Y la veo más linda, pero la admiro desde la distancia de quien observa un cuadro en un museo. Me gustaba cuando la deseaba por anticipado y la tomaba sin mediar palabra. Y no es culpa de los niños. La pasión encuentra su lugar en la desvergüenza.

Ayer me dijo que vendría bien pintar la pieza de los chicos y podar un poco el árbol. Lo comentó en medio de la abstracción que le provoca estar lavando los platos.

-Me gusta verte en casa. A veces sueño que estás todo el día acá. Detesto las horas que nos quita tu trabajo. Quizás –dijo, y se quedó paralizada por un segundo-, sea eso lo que nos falte: tiempo -luego vino lo de la pieza de los chicos y lo demás. Sentí la opresión de cada palabra, los síntomas previos, la sospecha creciendo como un cáncer en las entrañas de la rutina.

-Mmjj- contesté y el aire quedó enrarecido. Tuve que salir a fumar para evitar la incomodidad. El vecino de en frente llegó en tropel con la familia. Me saludó y jugó a correr con su mujer y los chicos hasta perderse por la puerta de entrada. Me pregunté si la vida de la gente no era una gran farsa ¿Qué había del otro lado de las paredes? ¿Con cuánto se contentaban? ¿Ya les había llegado la hora de trabajar por el amor?

En el laburo me distraía con facilidad. El jefe me reprendió por quedarme tieso mirando la nada.

-Hay que andar todo el día con el rebenque en la mano. Te quiero bien despierto, ¿entendido? Ah, y necesito eso para las doce y sin falta – tuve ganas de juntarle la boca con el culo, pero me quedé callado. Ahí decidí el momento. Lo haría esa misma noche.

Volví más cansado que de costumbre. Ella me atendió como un rey. Me sentí una basura que traicionaría su afecto antes de que volviese a salir el sol. Mandé a los chicos a la cama y la televisión se transformó en un ruido molesto. Hoy saltearíamos el rato final que pasábamos juntos cada día, una costumbre que nos apoltrona en el sillón del living con un vasito de licor en la mano.

La cama me pareció de otro. Todo lo que estaba a mí alrededor se volvió inerte, mudo. Prendí el velador y tomé mi libro de la mesa de luz. Ella se cruzó de brazos y revoleó los ojos como un animal a punto de ser sacrificado. Cerré el libro. Había llegado el momento. Uno de los niños entró a la habitación y pidió la bolsa de agua caliente. Esperé. Al volver entró la misma mujer de siempre, no la que estaba acostada hacía un instante. Se tapó hasta el cuello y se puso de espaldas a mí pero sin reticencia, con la naturalidad de una noche cualquiera. Yo había vuelto a agarrar el libro. Faltaba poco para terminar el capítulo. Luego hablé con los nervios y la seriedad que merecía semejante anuncio.

-No sé cuál es el momento indicado para estas cosas –dije conmovido-. Hubiera querido que fuese de otro modo. Desde hace tiempo que me siento mal, raro, hasta que supe lo que me pasaba. Y lo cierto es que…–alargué la palabra y tomé aire. Era el fin del mundo-, es que ya no te amo –afirmé, y me sentí cansado-. Es así, es eso. Y creo que… creo que por el bien de ambos y de los niños, deberíamos separarnos –la palabra cayó como un rayo helado en medio de la cama-. Te juro que no es antojadizo, y tampoco hay otra mujer. Es solo eso.

Torcí la cabeza y vi su cuerpo, un montoncito acurrucado bajo las sábanas. La imaginé llorando en silencio, sin saber qué hacer, qué decir, shockeada.

-Mi amor –dije en automático y le moví un poco el hombro con la mano. Un ronquido profundo y cavernoso salió de su boca. Se había dormido, estaba planchada, ida, fuera del alcance de mis palabras. Recordé que siempre había envidiado la facilidad absurda con que lograba dormirse. Cerré los ojos y maldije el retraso de mi coraje. ¿Habrá otro momento?, me pregunté.

Luego me dormí pensando en comprar la pintura para la pieza de los chicos y en el galpón del fondo donde descansaba la tijera de podar.

La mosca y la araña

Publicado por el 04/07/2016

Alterar el orden de la naturaleza puede llevarnos a una calamidad. Bradbury lo demostró con un cuento. Un hombre viaja al pasado con la prohibición de pisar fuera de una senda antigravitatoria. Ya se imaginan el desenlace. De modo que nada es joda. Un guiño de ojos, cavar un pozo, una patada de más en un partido de fútbol, cualquier cosa, por minúscula que sea, puede desatar la catástrofe. Y ahí me encontraba yo ante la pregunta crucial.

—¿Me amás?

La contestación cambiaría el futuro de mi vida, quedaría atado al compromiso de las palabras. Encima era un casi, estaba seguro que me faltaba poco, pero aún era un presentimiento. Tal vez el amor sea a veces una descoordinación del tiempo sentimental. Me puse a repasar el techo del departamento y vi un lamparón de humedad que crecía en un rincón, pegado a una telaraña donde una mosca luchaba por escapar.

—Hace mucho tiempo leí a Bradbury —le dije, y en la cara debió quedarme un aire pensativo.

—No te cuelgues. Es fácil. No son cosas que deben pensarse demasiado —arrugó el vestido y se lo metió entre las piernas. Dejó las manos ahí y abrió los ojos adelantando la cabeza.

—Sí, lo sé. Tengo dos opciones. Decirte la verdad y jugarme. O mentirte en la cara y también quedar jugado —la idea extrañamente la animó. Surgió de ella una sonrisa tibia como el sol que entraba por la ventana y le iluminaba la mitad de la cara.

—Yo me daría cuenta de que me estás mintiendo. Te conozco.

—Esa respuesta no es acertada —dije, y la vista se me fue de nuevo hacia la mosca. Tensaba las cuerdas de la telaraña. Un arácnido de patas largas caminó despacio sobre la arquitectura de su red—. Deja tu pregunta sin sentido —agregué—. Nadie pregunta lo que ya sabe. Y además, ¿no estamos bien así?

—Así cómo.

—Así, como estamos. Me encanta verte, te extraño, quisiera que esto durara toda la vida pero…

—Pero qué. Al final sos un descreído como todos los hombres. Nunca dan el brazo a torcer. Pero ¿qué pasaba en el cuento de Bradbury?

—Nada. Es una tontería que se me vino a la cabeza. Es algo así como intentar desafiar al destino y meter la pata en el intento. Voy a buscar un vaso de agua —buscaba hacer tiempo. Estaba en desventaja y ella tenía la pelota.

—Gracias —dijo—. Esta es una de las cosas que más amo de vos. Siempre sabés lo que necesito.

Guau, me dije. Un  vaso de agua es más que un vaso de agua. Cómo podía desilusionarla. Es un problema cuando alguien hace todo bien en favor de uno. Es mágico. Te convierte en un héroe infalible de bajo presupuesto. Si me emborracho está bien, si llego tarde está bien, si no le pido disculpas está bien, si no le digo que la amo…mmm, no, eso eleva el precio de la vida en pareja.

—¿Y si mejor me lo preguntás más adelante? El tiempo da muchas respuestas —afirmé y vi que hizo trompita y enarcó las cejas. En el rincón, la araña devoraba a distancia a su presa. La desesperación acabaría pronto con las fuerzas de la mosca.

—O sea que no pensás ser franco conmigo. Dejá, no te gastes. Sé lo que no te animás a decirme —en un segundo se levantó de la cama recogiendo el vestido con ambas manos. Yo la tomé del brazo—. Soltame, soltame te digo.

Tuve que soltarla. Me quedé sentado en la cama y desde la puerta me dijo que no se me ocurriera llamarla.

—No te pongas así, esperá —dije, y luego solté un te amo— el portazo lo tapó todo. Un segundo después golpeaba la puerta con su mano—. Ah, y una cosa más —gritó—, metete a Bradbury en el culo, pedazo de maricón.

No había escuchado mi declaración de amor. Tal vez dije lo que dije hacia adentro, fingí decirlo o solo moví los labios. No lo sé. Una mosca me zumbó cerca de la oreja. Arriba, la araña estaba sola, inmóvil. No había nada más. Esperaba a su próxima presa.

La maestra

Publicado por el 25/06/2016

Enamorarse de una maestra es tan previsible como inútil. Tal vez por eso las palabras idilio y delirio suenan parecidas. De la nada te ves haciendo poses y queriendo llamar la atención. Y a lo sumo sos una cabecita que cada tanto levanta la mano. Más que una gracia es una maldición y para colmo se repite todos los años con una maestra distinta. De modo que una reemplaza a la otra y todo queda en comentarios de niños.

—Viste lo buena que está la de lengua —me preguntó un día Mariano. Era un pícaro que me agarraba al vuelo. Intuí que me habría pescado mirándola con cara de bobo.

—Sí, y explica muy bien —dije—. Casi que ni tengo que estudiar en casa.

—Bueno, tampoco exageres, estás medio olfa por lo que parece —la palabra olfa me hundía en las primeras filas, al lado de los detestables. Debía medirme al hablar.

—Digo que es casi tan clara como tu mamá —la madre de Mariano era la directora de la escuela. Si uno sabía lo que le convenía soltaba un elogio para levantarle la moral y sacárselo de encima cuando se ponía pesado. Tenía la virtud y el “derecho” de gastar a todos sin recibir recriminaciones.

Yo sabía que él también estaba enamorado de ella. Lo vi con mis propios ojos. Al final de la clase se le ponía al lado y se quedaba hablándole. Creo que la maestra le respondía por ser quien era, pero enseguida apretaba sus libros contra su pecho fingiendo estar apurada. El muy tonto la jugaba de galán delante de mí. Y yo me preguntaba cómo es que se definen estas cosas, porque debía elegirme a mí y no a él. Decidí enfrentarlo mientras jugábamos a la mancha en el recreo.

—Se ve que a vos también te gusta mucho la seño —afirmé. Tenía la garganta caliente y los puños cerrados. Pocas veces he sentido ganas de borrar del mapa a una persona. Esa era una. Mi furia empeoraba por no saber si lo hacía solo para joderme.

—Te voy a decir algo —dijo, y me miró como cuando se va a patear un penal midiendo los palos—, las maestras no son de nadie. Si querés podemos preguntarle con cuál de los dos prefiere quedarse.

—Eso es una estupidez —dije—. Somos niños —pero el desafío quedó resonando en mi interior. Y si fuese posible por un segundo que ella…Era absurdo. Recordé haberla visto de compras con su pareja. La llevaba de la mano y sonreían con la incomodidad vergonzosa de los enamorados. Nada podíamos hacer nosotros. Éramos el decorado de un aula, menos que las guirnaldas que dieron la vuelta al pizarrón el día del festejo de la bandera. Qué clase de pretensiones podía tener un niño que ni siquiera sabía lo que era masturbarse. Hasta mi hermana más grande me dijo algo que sonó a advertencia. Lo tuyo es platónico, afirmó, y yo le dije que sí, que seguro que era eso, y no tenía ni la más pálida idea del significado de esa palabra.

—¿Y?, ¿te decidiste? —Mariano era una espina. No aflojaba-. Mirá que si ella no sabe lo que te pasa, te vas a quedar con las ganas eh.

Tenía razón. Comportarse como un hombre y perder la vida en la batalla, eso era lo que correspondía. Juntar el valor suficiente, y el momento, y las palabras y… Me quería matar. Todo resultaba chirlo, como decía mi madre cuando a la sopa le faltaban fideos. Cuál era el idioma de los grandes, qué se decían al momento de declararse su amor, ¿qué se hacía después? ¿Besarla? ¿En la boca? ¿Salir corriendo por las dudas me tirara con el borrador?  Decidí actuar con naturalidad, nada de ensayar discursitos. Eso ya había fallado con otra chica del grado. Diría lo primero que se me viniera a la mente.

En el primer recreo y antes de la clase me crucé con Mariano.

—Hoy es el día, es mi turno, después hacé lo que quieras. ¿Está? —hablé con convicción, me sentía maduro. Me fui antes de que contestara.

Jamás me temblaron tanto las piernas. La clase pasó volando y en el pecho tenía un pequeño animal que luchaba por salir. Conté cada latido hasta perder la cuenta. Cuando todos se levantaron después del timbre yo me quedé quietito, esperando.

—¿Qué pasa? ¿No salís al recreo? —me preguntó y se acercó muy despacio. Definitivamente el corazón se me hizo una bola de fuego—. ¿Te ayudo en algo?

Me dieron ganas de decirle que sí, que necesitaba abrazarla o algo por el estilo. Y eso hice. Mi cuerpo avanzó sin mi consentimiento y enlacé los brazos alrededor de su cintura.

—¿Qué pasa chiquitín? —preguntó mientras me pasaba la mano por la cabeza. Eso me devolvió a mis diez años. Lo que tardó el recorrido de su mano abrió un dolor que desarmó mi fantasía. Luego se puso en cuclillas y me miró a los ojos. Creo que entendió perfectamente lo que me pasaba porque sonrió y yo recordé a mi madre.

—Querés decirme algo. Decílo nomás —levanté la vista y vi que Mariano me espiaba junto con otros chicos, todos muertos de la risa. Tomé aire y me sequé una lágrima que no supe de dónde había salido.

—Claro que quiero decirle algo —hubo una pausa grande como el patio, y como me lo había prometido, dije lo primero que se me ocurrió—. ¿Qué es el amor platónico señorita? —puso su mano en mi pecho y volvió a sonreír.

—Es eso que te late ahí —contestó.

Al incorporarse advertí que medía casi el doble que yo. Luego cruzó la puerta con sus libros y yo me quedé escuchando las risas de mis compañeros.

Amor de góndola

Publicado por el 08/06/2016

Parecía el comienzo de una típica película con Sandra Bullock. Mi carrito de las compras parado frente a la góndola de los lácteos y de repente un golpecito seco producto del descuido.

—Uy, perdón —no terminó de completar la frase. Algo así como, no me di cuenta, o disculpá.

Abrió los ojos sabiendo que era yo, y yo sabiendo que era ella, pero muchos años después. De no ser nadie, hubiera girado el carro y sonreído un poco, para luego plantarme en el sector de embutidos y perderme en mi propia imagen horas después,  mirando el partido y acompañando la picada con una cerveza helada. Pero no. El corazón me dio un vuelco insinuante, algo así como haber pisado en falso y estar a punto de caer en un pozo. Es un segundo, la rémora de viejos recuerdos, no más que eso, un sentir incómodo como el que pudiera tener un perro que escarbando porque sí da con un viejo y olvidado hueso.

—No te la puedo creer. Qué haces, qué ha sido de tu vida —me hablaba desde alguna lejana galaxia.

—Nada extraordinario. Voy muriendo de a poco como todo el mundo —dije, y su sonrisa asomó como cuando las cosas van bien y no hay que preguntarse nada al respecto.

—Sos un… —podría haber dicho guacho, el mismo tarado de siempre o cosas por el estilo. Pero la vida había mutado hacia otra cosa, y las palabras que brotan con espontaneidad cuando se observa la vida como desde la ventanilla de un tren, ya no son las mismas, han adquirido otro sentido, se deshacen a mitad de camino, son de otros.

—¿Soy un qué? —ella bajó la vista y agachándose un poco movió lo que llevaba en el carro para después engancharse el mechón de pelo por detrás de la oreja, como lo ha hecho siempre.

—Nada. No sé qué decirte o cómo seguir estar charla. Está bueno verte, pero bueno, no sé.

Estaba más buena que antes. Me pregunté si se debía al trato que le daba su actual pareja, o si las personas son lo que son, y punto. Miré alrededor, empezaba a sentirme raro, incómodo. Habría venido con su… ¿marido?

Cuando estábamos juntos la palabra marido era dicha tantas veces como la palabra esparadrapo. Ni siquiera se pensaba en eso. En realidad quién quiere hacerlo. Sí, ya sé. Los que le dan a cada cosa un lugar, una pertenencia, una categoría, un status. Sucede que la juventud se da el lujo de poner distancia de todo lo que suene convencional. Hay en eso un aire de patetismo que se esquiva de modo inconsciente. Para qué molestarse con el futuro cuando miramos de frente a la eternidad. Es el lujo, el divino tesoro de la juventud, y en aquel tiempo lo éramos.

—No hay que seguir esta charla más allá de lo que vale. No tengo por qué preguntarte nada. No hay nada que el tiempo no pueda vencer —me vi diciendo lo que no quería. Para qué herirnos, qué clase de compensación estúpida nos anima a decir lo que no queremos: Que si hubiéramos seguido juntos tal cosa, o si a esta altura tendríamos un “proyecto”, palabra de doble filo que a veces lo puede todo y otras lo echa todo a perder—. Para qué devanarse los sesos —dije y casi pronuncio su nombre al terminar la frase—. Es más simple, hay historias que merecen un futuro y otras que solo se preservan como un buen recuerdo.

—Claro, siempre fuiste de pensar así —retrucó con aire desafiante—. Sin embargo no estoy segura de que romper haya sido una buena idea. Tal vez nos apuramos y quizás hoy podríamos llevar un mismo carro para los dos.

Me quedé helado. Un instante de confusión me nubló la vista. Hay veces en que se siente algo con intensidad, una presencia de ánimo que creías dormida, y sin embargo estás invadido por una reminiscencia de otro tiempo, algo que al día siguiente no va a importarte un comino. El viejo y atractivo juego de la seducción metía su cola, era la oferta del día.

—Puede ser —dije—. Las dudas no son lo mío. En realidad mis únicas certezas son las dudas. Nunca sé que pudo haber sido mejor. Es como haber soñado con un número y no  haber entrado a una casa de quiniela. Un absurdo más. Fuiste muy importante para mí. Eso es lo que sé —lo dije sin esfuerzo, justo yo, a quien las confesiones sentimentales le caen peor que un vino picado.

Todo es muy extraño. Vivís con alguien, dormís, comés y cogés con esa persona, es tu delirio y tu perdición y de pronto todo se esfuma, a veces sin una razón aparente. Un día te das vuelta en la cama y hay otra mujer distinta que no se parece en nada a la anterior y que sin embargo, vive, come y coge con vos como si todo fuese muy normal, y nada hubiese sucedido en el medio. ¿Qué son esas gentes que se pierden en el camino? ¿impasses? ¿Ensayos del cinismo amoroso? ¿Cómo es posible que un día lo sean todo, y pasado el tiempo no signifiquen absolutamente nada?

—Vos también fuiste muy importante para mí —dijo—, te diría lo más importante. Pero, qué somos hoy —¿jugaba conmigo, esperaba que le devolviera la gentileza, estaba decepcionada de su vida actual? Pensé de nuevo en las películas de corte femenino mientras una mirada acaramelada terminó de empujarme hacia el abismo.

—¿Sabés que somos? Dos extraños que acaban de chocar sus carritos dentro de un supermercado.

—No lo creo —me respondió, y se alejó zigzagueando como las amas de casa que salen de compras para perder el tiempo.

El crack

Publicado por el 26/05/2016

Me resultaba difícil verlo de nuevo. Ahora asomaba detrás del mostrador del almacén que había puesto con su mujer a unas cuadras de la casa de mi madre. Entré de casualidad en una situación inesperada. Casi todas las cosas buenas de la vida, también las otras, suceden porque sí. Y no como muchos, que atribuyen las consecuencias a planes o sistemas de vida. Nadie tiene el control de nada.

Todavía llevaba yo en la cara el gesto de dolor que me provocó el ruido chirriante de la puerta. Adentro faltaba una luz que le diera vida el pequeño espacio tapizado con estanterías aparentemente repletas. En realidad solo estaban disimuladas con una prolija pantalla de productos en todos los frentes. Si se aguzaba la vista advertías que era solo eso. Como la gente que se enmascara detrás una sonrisa falsa, para dar la sensación de que la está pasando de maravillas.

Al verlo me pegué una especie de susto. Su mujer me saludó como a un cliente más, y él no supo cómo abordar el tema. Simplemente me nombró y se refirió a mí como un viejo amigo. Sí claro -dijo la mujer-, que enseguida sospechó la quinta pata del gato. Verlo me hizo a la idea de tener que comprar más cosas de las que tenía previstas. El impulso vino de la estupidez de ser asaltado por culpas infundadas. No se reparan las vidas ajenas con actos de altruismo.

Sobre una de las paredes había un poster del mítico Independiente de los tiempos del Bocha, y un banderín descolorido por el paso del tiempo.

-Desde la película de Szifrón donde descubren que una persona puede cambiar todo menos sus pasiones –dije-, pienso en vos cada vez que perdemos un partido o no ganamos un campeonato. -Su mujer se hizo a un lado y comenzó a acomodar vaya a saber qué.

-¿De verdad? -dijo-. Puede que tengas razón. En mi caso eso sería lo último que se me ocurriría hacer. Incluso ahora miro o escucho los partidos con mucha más atención. Desde mi retiro he pensado que de todas formas las cosas siguen su curso y que hay que mejorar lo que se tiene. De nada me han servido los psicólogos. Solo los amigos me han dado la fuerza suficiente. Y claro –dijo señalando a su mujer con la vista-, este tesoro que me ha dado los años más felices de mi vida. Dios te quita pero también te da.

Recordé que cuando jugaba al fútbol pintaba para crack. Desde las inferiores que todos los clubes se peleaban por su fichaje. Además era buena gente y tenía un pie dotado para hacer valer cada centavo de las plateas. La gente le hubiera dado un crédito eterno para que jamás tuviese que soltar la pelota, pero no pudo ser. Es el placer indestructible de la belleza al servicio del deporte, chocando una vez más contra la realidad. Giré un poco la cabeza y vi que había una foto encuadrada con el equipo de aquellos años. Se lo veía sonriente y en cuclillas, ubicado en la parte de abajo de la formación con la punta de los dedos apoyada sobre la redonda.

-Qué tiempos aquellos eh. Como jugabas, que te parió.

-Eso ya pasó. Es solo recuerdo -dijo.

Me quedé mudo, creí haber metido la pata en grande. Siempre pasa. Como en el chiste de los bigotes de la tía, y qué bien le quedan.

-No intentaba causar ninguna molestia -me atajé rápido-. Es que eras Dios adentro de la cancha.

Un gato pasó entre mis piernas. Luego lo rocé con el pie y se puso a ronronear mientras fregaba el lomo contra mi pantalón.

-Ahora soy el ángel caído -dijo, y se tocó la nariz como si le picara. Su señora ponía cara de circunstancia, mantenía la vista al suelo como hacen los provincianos cuando les habla uno que viene de la ciudad.

-Siempre fuiste un tipo muy fuerte. Recuerdo cuando salías con mí…-me detuve porque estaba a punto de revelar nuestro pequeño secreto. Había sido novio de una de mis hermanas por aquel tiempo, y era cantado que los celos retrospectivos de su mujer pudieran tirar por la borda un momento aún indefinido-,…te decía que todavía recuerdo aquella moto azul que tenías. Que caño eh. Y fuiste tan demente como para prestármela. Yo era chico todavía, pero no te importó. Creo que nunca te agradecí eso.

-Es una tontería -gruñó-, yo quería quedar bien con vos. No te la presté porque te tuviera confianza.

La confesión llevaba un tirito por elevación. Comprendí que la jugarreta habido tenido por fin congraciarse con mi hermana. Todo bien, yo hubiera hecho lo mismo. No merecía ningún reproche.

-Y cómo va el almacén. Cuánto hace que lo tienen -dije para escapar de la subliminal encerrona. Podía entender cierto odio contra el mundo por lo suyo, lo que no quería decir que tuviera que soportar deslices incómodos.

-En realidad el negocio es de ella -dijo, y su mujer no emitió palabra. En qué se había convertido aquel muchacho simpático que hizo levantar copas a su club y que a punto estuvo de ser contratado por un equipo grande de capital. Dejé que se explicara. Notaba en él cierta ansiedad de ponerme al tanto de su vida después de tantos años sin vernos. Miró de nuevo a su mujer-. Creo que sin ella las cosas hubieran sido mucho peor. Así que acá me ves, levantándola con pala y feliz de la vida. Ah, y sabés qué.

-No -dije- ¿Qué?

-Paradójicamente tengo una kangoo. Podés creer los delirios del destino.

Recordé todo en un flashback demoledor. Una lesión en el tobillo lo había puesto afuera de las canchas cuando estaban a punto de jugar la final. El decidió acompañarlos igual, y viajó con unos amigos porque la fecha era de visitante. El conductor perdió el control y a pesar de que la camioneta volcó, todos salieron ilesos, a excepción suya. Él sufrió un golpe que le cortó la médula y lo dejó paralítico. Era una Kangoo. Ahora, mientras lo veía moverse con alguna dificultad, notaba la disminución del tamaño de sus piernas, y una postura algo encorvada que había ido desarrollando con el tiempo.

-Bueno, y que vas a llevar. Hoy tenemos promoción. Con una compra superior a los doscientos pesos te llevás de regalo una bola de cristal que te canta lo que te va a pasar.

La ironía no me causó ninguna gracia. Pero decidí no devolverle el golpe dialéctico. Tenía demasiado con estar condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida.

-Mejor no voy a llevar nada -le dije-. Iba a comprar un paquete de cigarrillos pero he decidido dejar de fumar en este mismo instante.

-Excelente. Eso te mejorará la calidad de vida. Es de sabio llegar a viejo sin ser un lastre. Yo no puedo decir lo mismo, ¿no cierto mi amor? -le habló sin mirarla, y ella sonrió como acostumbrada a su cinismo.

-Bien, ya tengo que irme. Un gusto verte.

-Para mí también -murmuró, y una mueca de la tristeza acumulada a lo largo de los años se le dibujó en el rostro. No quise agregar nada más, pero me salió del alma dejar una voz de aliento para la pasión que teníamos en común.

-Vamos el rojito eh, que en el próximo campeonato la rompemos-. No soné para nada sincero. Teníamos un equipo de mierda y le hablaba a un hombre que había dejado de vivir de ilusiones bobas.

-Sí, claro -dijo en un tono muy suave, y luego bajó la cabeza. Ni siquiera me extendió la mano para decirme adiós. Tampoco me la había dado al llegar.

Salí del lugar como si nunca hubiese entrado pero vuelvo a ese pequeño almacén cada vez que escucho chirriar alguna puerta.

 

La música de los pájaros

Publicado por el 13/05/2016

Le pedí a mi mujer que me alcanzara el transporte de la guitarra. Solo ella sabe dónde van a parar las cosas que se pierden de vista. Es una cualidad similar a la de los padres cuando te dicen que busques algo, volvés diciendo que no lo encontraste, y al segundo se levantan y van al mismo sitio, toman aquello que no encontraste y te lo exhiben como si fuese un trofeo para tontos.

—Gracias —le dije y ella sonrió arqueando las cejas. Lo recogió del suelo, justo al lado del sillón donde me encontraba.

Las tardes de domingos, tan quietas y silenciosas, con la paz que obtuvimos al concretar nuestro sueño de la casita de campo, nos daba el respiro y el lugar para nuestros pasatiempos. Mientras ella cantaba yo ponía todo de mí para no romper la magia de su voz con arpegios muy suaves. En más de una ocasión la incentivé a que aprendiera a tocar, pero me decía que hay gente hecha para unas cosas y otras para otras. Siempre fue de respuestas simples pero contundentes. Me gustaba contemplar la profusión de las tenues arrugas que se habían ido formando en su rostro, y veía en ella un futuro de abuela que se mece en su sillón de mimbre, rodeada de nietos, los hijos de nuestros hijos, escuchándola cantar.

Nos disponíamos a tocar una de Dylan que ella entonaba como Joan Báez. Se cruzó el dedo en la boca después de mis primeros acordes.

—Shhh —dijo, y arrugó el ceño. Afuera cantaba un pájaro que nos visitaba por las tardes, como si la naturaleza enviase un mensajero celoso de nuestro arte—. Ahí está. No se puede tocar mientras él esté cantando, ¿no?

La inocencia de mi mujer fue el primer encanto que revolucionó mi vida. El trinar del ave simulaba mi guitarra, al tiempo que ella improvisaba un fraseo, y era como si estuvieran hablando entre sí. Yo me sentía aislado pero satisfecho. Observaba en ese deleite de media tarde, a una mujer que hablaba el idioma de los pájaros, moviendo los brazos como si fueran alas, hasta que al fin todo terminaba y yo comenzaba a rasgar mi guitarra como si volviera de una suerte de placentera hipnosis.

—Shhh —dijo de nuevo.

—¿El pájaro otra vez? —pregunté.

—No. Otra cosa. Es otro ruido —hizo una pausa—, como si hubieran abierto la puerta del fondo.

Pensé en el viento que a esa hora se volvía más intenso, en nuestro perro que solía escoger su lugar para escucharnos cantar. Pero no. Vi que se levantó con un gesto extraño y caminó con cierta cautela hacia la parte de atrás de la casa. Seguí improvisando un poco esperando a que volviera. Me sobresalté al escuchar unas voces, luego sobrevinieron unos gritos. Al instante un sujeto entraba al living tomando a mi mujer por detrás, tapándole la boca. Pero también había otro que me amenazaba a distancia con una pistola.

—Quedáte quieto guacho. Quedáte quieto porque sos boleta.

—Tranquilos, tranquilos, todo está bien —dije y levanté las manos. La guitarra hizo un ruido deforme al golpear contra el suelo.

Después de un par de culatazos y puteadas me metieron en el baño y cerraron la puerta del lado de afuera. Podía escuchar lo que decían, me desesperé al saberme inútil, y esos dos con mi mujer de rehén, tan cerca de mí, y sin embargo, a una distancia que se me antojó imposible, terrorífica.

—No la toquen por favor, llévense lo que quieran, pero no la toquen.

Los ruidos empezaron a multiplicarse como si desmantelaran la casa, todo a los gritos y con mucha violencia. Patadas y más patadas, insultos y guarangadas.

—Vos tocá la guitarra putita —le decían a mi mujer—. Tocá te digo.

Imaginé lágrimas y el espanto dibujado en su cara. Unos acordes tétricos actuaron de telón de fondo de las correrías, una música infernal, a tono con lo que estábamos viviendo. Me obligaron a hacer silencio. Me quedé callado y pegué la oreja a la puerta.

Uno de ellos debió tomar una de las bebidas de la pequeña barra junto al hogar. Mirá guacho, mirá, le decía uno al otro, y calculo que se empinaba la botella del whisky más caro. Qué hacés, no desperdicies eso, dame un trago, dijo su compañero. ¿Qué serían capaces de hacer si se emborrachaban? Tocá puta, seguí tocando, no dejes de tocar porque para vos también hay. Los acordes de la guitarra me parecieron infernales. Vas a ver cómo te sacamos buena. No paraban de reírse. Mi mujer lloraba con hipo, como una niña, pero no dejaba de tocar. No no, sueltenmé, les decía, y yo la emprendía a los gritos, sin saber si eso era mejor o peor para ambos. Ahora vas a seguir tocando pero con esto que tengo acá, gritó uno. Imaginé al tipo agarrándose la pija. Enseguida lo mandó al otro a revisar las piezas, y el muy imbécil salió gritando como si comandase un malón. En cuanto a vos turrita, insistía con mi mujer, más vale que me digas donde esconden la teca, pero decimeló cantando y ni te ocurra dejar de tocar eh. Mi ira llegó al tope, y por primera vez sentí que era capaz de matar a otra persona, a esos dos cobardes que jugaban con mi mujer vaya a saber a qué. Entre sollozos y desesperación ella les indicó dónde estaba el cofrecito que usábamos para guardar nuestros ahorros, regalo de un viaje de su madre a Francia. Escuché algo parecido a unas cachetadas y comencé a patear la puerta. Mi mujer gritaba, y sin embargo en ningún momento dejaba de tocar, como si ese fuera su chivo expiatorio. A mí ya no me importaba nada, estaba dispuesto a volar la puerta a golpes. Tranquilízate sorete que por cada ruido que hagás vos, la va a terminar pagando el bomboncito tuyo eh. La voz era temeraria, tenía un dejo de perversidad, una firmeza para nada improvisada, como si lo hicieran todos los días. Caí al suelo rendido, llorando arrodillado. Maldije los materiales con los que estaba construida la puerta. Una cosa es una puerta común y silvestre y otra cosa es esto, me había dicho el vendedor cuando estaba construyendo la casa. Lo puteé a él, a la puerta, al destino, a la mierda en la que estábamos metidos. Intuía que podía pasar lo peor y yo ahí, impotente. La música era un mismo acorde chirriando sin cesar, una danza macabra. Escuché una serie de golpes como si se dispusieran a destrozar la casa por completo. De nuevo los gritos de mi mujer, un poco más apagados, le habían puesto algo en la boca. Arremetí contra la puerta nuevamente, miré hacia todos lados creyendo que podría aparecer mágicamente algo así como una barreta o Dios sabe qué clase de milagro Me fue imposible romperla. De pronto no escuché más voces, ¿el tormento había llegado a su fin? Lo extraño era que la guitarra seguía sonando, pero el ritmo se hizo lento y menos intenso, hasta que finalmente el aire fue ocupado por un silencio atroz. Mi vida ¿estás bien?, grité. Nada. Insistí con todas mis fuerzas una y otra vez hasta quedarme ronco. Nada. Decidí hacer silencio y guiarme por lo que podía escuchar, y fue peor. Era como tener un zumbido ensordecedor en la cabeza. La mente se me quedó en blanco. Me recosté contra la puerta, esperando, vencido. Estúpidamente pensé en el cofre, en las explicaciones que debería darle a mi suegra, en las respuestas absurdas de semejante suposición. Quizás no quería pensar en nada más. No quería darle entidad a lo que imaginaba como escena final. Permanecí unos segundos con los ojos cerrados hasta que algo me sacó de mi estado de shock. Era el trinar del pájaro, el maldito pájaro de nuevo, a pesar de que nunca volvía por segunda vez. Cantaba distinto, como orgulloso y alegre. Y con ese gorjeo manso y encantador me fui quedando dormido.

El alazán

Publicado por el 04/05/2016

Cuando caí por el rancho la tarde era una mano negra que escupía lluvia. Las gotas me mordían la cara. Era finita y violenta. Crucé la tranquera y me agarré el dedo con el pasador. Debió ser que el agua había hinchado demasiado la madera. Ni bien la cerré vi al ternero guacho que merodeaba el corral de los cerdos; no supe qué clase de curiosidad podía encontrar en la inmundicia pestilente del chiquero. Ya lo había visto a Don Horacio arriarlo con la mirada todas las tardes hacia el corral. También recordaba aquella tarde que le metió un topetazo en los testículos. Al instante la mano del viejo le dio justo en la mollera y el golpe produjo un sonido seco, como si la cabeza fuera una calabaza vacía. Mano a mano -había dicho- para después tomarse la entrepierna.

Aquella fue la primera vez que vi entrar un médico en el rancho. Al pobre lo trataron como si fuera un intruso, desprestigiaba la guapeza de la gente de campo. Y su entrada resultó tan vergonzosa que casi podría afirmar que colaboró con la recuperación del paciente. A los dos días el viejo caminaba arrastrando el pesado tacho de comida de los animales, con el dolor metido en las verijas, pero con el orgullo testarudo de no dejarse vencer por las contingencias. Todos nos preocupamos mucho, pero salió adelante sin chistar, y solo cuando un rojo palpitante iba cerrando la lenta puesta del sol, largaba lo que tuviera a mano, oteaba las cenizas del día y volvía reconfortado a su casa.

Yo vivía a unos cinco kilómetros. Tenía apuro de ver que pasaba. Un mal presentimiento me acosaba desde temprano. A la vez el caballo avanzaba muy despacio. Incluso y sin saber cómo justificarlo, me detuve a comer piquillín. Debe haber sido el efecto sedante de la lluvia; suele convertir mi mente en un telón blanco.

Los perros torearon un rato y luego me escoltaron hasta la casa. Me pareció raro que un chivito colgase de una de las ramas del árbol que custodia la entrada. Don Horacio no es olvidadizo ni desperdicia nada. Y tampoco Doña Lila, la amorosa señora que tiene por mujer. Podía presentir que algo malo sucedía puertas adentro. Repasé el corral de las vacas con la vista y me miraron por única vez con cierta expresión humana. Será por eso que uno tiene cara de vaca cuando ve llover. Golpeé las manos por las dudas. Sé que tengo el privilegio de sentirme como en casa, pero nunca pierdo el respeto por la intimidad ajena.

—Buenas buenas —grité, y me di cuenta del atropello ensordecedor de la lluvia. Parecía a punto de romper las tejas. Un tarro de aceite sin tapa hacía de tambor y aumentaba el estruendo. Vi asomar a Doña Lila moviendo la mano en dirección mía.

La penumbra interior estaba dada no solo por la falta de ventanas sino por la espesa y grisácea capa de nubes que dominaba el cielo. Sobre un esquinero, una lámpara a querosene emitía un ruido sordo. Nunca me pareció tan bajo el techo como en aquella oportunidad.

—¿Qué pasó Doña Lila? —dije al advertir el cuerpo inmóvil de su marido en la cama. Tenía la cabeza levantada y respiraba con dificultad. Al costado había un fuentón con un líquido espeso que me recordó a las carneadas de vacas, donde hay que dejar que el animal se desangre por completo.  Tuve la espeluznante ocurrencia de que al otro día podíamos hacer unas morcillas con la sangre de Don Horacio.

—No sé bien cómo fue m’hijo —me respondió la diminuta mujer sin levantar la mirada-—. Alcanzó a decirme que se chocó una rama al galope, y que el alazán le salvó la vida trayéndolo hasta acá. Yo lo vi acostado sobre el cogote del animal —siguió—, allá, pegado a la tranquera. Corrí hasta donde estaba y después lo traje tirando de las riendas. Es un hombre guapo, pero está muy débil, ha perdido muchísima sangre. No sé qué hacer, m’hijo. Por suerte está acá para darme una mano. ¿Cómo fue que se le ocurrió venir con semejante aguacero?

—Pura intuición Doña Lila. No lo vi pasar con las vacas hoy temprano, antes de que se largara con todo, y eso me pareció muy raro. Pero cuénteme como fue lo del accidente. No lo entiendo, no tiene mucho sentido.

Estrujó un trapo en un balde y se lo chantó en la frente. Volaba de fiebre. Su rostro se beatificó por un instante, y luego volvió a la mueca típica de quien sufre sin decir ni a. Pensé que ir a dar aviso a un médico del pueblo me llevaría más o menos tres horas. Mi caballo responde bien pero el trayecto es largo y la lluvia debía de haber hecho estragos. Necesitaba un transporte, la vieja f 100 de los Coronel vendría como anillo al dedo. Pero recordé que habían ido para el bajo bien temprano, y conociendo como se daba todo cuando llovía copioso, esperarían hasta que el agua les diera tregua. Estábamos condenados. La cama estaba empapada y la sangre no paraba de manar, como un río desalentador y turbio. Vi que toda su cara se ennegrecía más a cada segundo. Pensé en el tamaño de la rama y las estúpidas formas en que uno podía morir.

—Voy a tirar esto, ya larga mal olor —dijo Doña Lila y el banquito crujió al quitarle el peso de encima.

Sus manos se cerraron como tenazas sobre los bordes del fuentón y lo levantó sin pedirme ayuda. Se perdió en la abertura que comunicaba con la cocina. Me acerqué a Don Horacio y susurrándole al oído le pregunté qué había pasado. No soy de ensañarme con las explicaciones pero veía una raya negra y curva que le atravesaba gran parte de la cara. Él cerró los ojos muy despacio, resignado, como pidiendo disculpas. Yo salí en medio de la lluvia y fui hasta donde estaba atado el alazán, con el cuerpo echado contra el paraíso de donde pendía el nudo de las riendas. Al levantarle una de las patas traseras me quitó la mano con una patada corta y violenta. Lo calmé acariciándole las ancas y volví a intentarlo. Tenía una espina grande clavada en la parte interna del vaso. Me di vuelta porque sentí un dedo frío en la nuca. Era la mirada de Doña Lila asomando de nuevo por la puerta, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado. ¿Cómo era posible que su caballo más querido…? Entré de nuevo en la casa y la vi llorando sobre el pecho de Don Horacio. La mirada del viejo estaba fija en el techo y sin embargo lo atravesaba, ascendía entre las gotas de lluvia y se perdía en el infinito.

—Nunca lo escuché quejarse —dijo Doña Lila y no me estaba hablando a mí.

Salí de nuevo y el fresco de la lluvia me alivió el alma. Recorrería el tramo hasta el pueblo y volvería para darle el sagrado sepulcro que se merecía. Al avanzar me hipnoticé con el balanceo de la cabeza de mi caballo. Era un animal muy fiel, como el alazán de Don Horacio.

Amigos son los amigos

Publicado por el 25/04/2016

—Sí, sí, claro —dije, y lo seguí escuchando.

Pocas veces las historias son tan conmovedoras. Cuando un amigo sufre es un duelo compartido. Para cualquier persona enamorada, la infidelidad es un golpe desde el lado ciego de la vida, una guillotina que cae sin ruido y parte la pareja en dos. Nada de lo que yo pudiera decirle calmaría el picotazo que le había dado la sospecha del engaño.

—Estoy seguro —me contaba—, no sabría cómo explicártelo, pero estoy seguro.  Es casi lírico y se da por momentos. La he descubierto tildada, abstraída, o como quieras llamarle. Y sé que esa mirada ausente tiene que ver con otro hombre. Parece un robot. Y no es que haya dejado de ocuparse de la casa para quedarse en la ventana con la mirada perdida, sino que la veo limpiar y fregar como todos los días, solo que con algo distinto en los ojos, como si estuviera en un viaje mental con esa otra persona, estoy seguro, no me mires así, que yo no nací ayer para no darme cuenta de estas cosas.

No sabía qué corno decirle. Era una situación embarazosa, llena de interrogantes, como cuando llegan noticias trágicas y uno se queda sin poder creerlo del todo. Esto era lo mismo. Dónde, cómo se había colado la certeza en la mente de mi amigo. Con su mujer llevaban años de casados y todos hablaban y hasta envidiaban esa muestra viva de cariñosa relación que quedaba a la vista de todos. Tenían dos hermosos hijos y habían llegado a forjarse una respetuosa carrera profesional sin competencias ni mezquindades. El diablo había metido la cola otra vez. Mi amigo se quebraba por dentro con cada palabra. Y yo no quería ahondar en los detalles. De todas formas él mismo iría llegando de a poco.

—Pero aún así, deberías continuar —dije, no del todo convencido-. La vida no es una suposición. Juntá fuerzas, intentá que todo vuelva a su lugar, y listo. En todo naufragio —no quise decir eso pero fue lo que salió de mi boca—, siempre hay algo que rescatar –caía en el patetismo de los gurúes de autoayuda—. Pensá en los chicos, en vos, que sos un gran tipo, pero sobre todo en ella. Quizás hayas… —quité la invocación a su persona—, digo que…—la duda, la puta duda en el medio—, digo que quizás sea hora de regenerar algo que han perdido en la pareja —dije regenerar y me imaginé un tajo que se cerraba en el pecho de Wolverin, gracias a su poder curativo. Soy muy dado a pensar huevadas cuando estoy inmerso en temas serios—. Vas a ver que lo vas a sacar adelante —no podía mirarlo a los ojos—, es solo cuestión de volver a probar, ¿o no se trata de eso, eh?

Los ojos se le pusieron más llorosos. Mi arenga había tenido un efecto nulo. Qué sería capaz de hacer en caso de estar en lo cierto, de descubrir que el amor de su vida lo engañaba. Quería hacerme parte de su lógica, meterme en la trama detectivesca que el veneno de los celos despertaba en él.

—Sin ir más lejos —dijo levantando una ceja—, sus modos y horarios han cambiado. El otro día enfureció con el más chico porque se retrasó con los deberes del colegio. Dijo que estaba harta de tener que ocuparse de todo el mundo y que ella también necesitaba de sus tiempos y una serie de recriminaciones que jamás supuse que podría llegar a decir. Vos sabés muy bien que a ella le encanta estar con los chicos, que adora la sencillez cotidiana. ¿O no la has visto regar las plantas mientras canta y esa clase de cosas? No es necesario que te relate cómo es que ella ha cambiado en su modo de ser. Vos la conocés muy bien. Y acá me quiero parar un segundo. ¿Por qué nunca está cuando vuelvo del trabajo? ¿Porque siempre está volviendo de algún lugar? Y hay algo peor. Ahora la veo más coqueta, más arregladita, y camina como si no hubiera ley de gravedad. Es raro che, ¿no te parece?

—¿Pero eso no lo podés provocar vos? —dije para levantarle el ánimo—. ¿Por qué te tirás tan abajo? ¿Y si está buscando darle un impulso nuevo a la pareja, hacerte sentir un macho de verdad? —la sarta de boludeces que estaba diciendo me hacía arder las orejas—. Tenés que quedarte tranquilo, repensar, esto no es ninguna pavada, y de estar equivocado te puede salir carísimo —fue casi un reto cariñoso el que le di—. Así que —ya no sabía qué hacer para que abandonara la idea del engaño—, levantá la cabeza y a remarla de nuevo, ¿sí?

En el aire revoloteaba un tufillo rancio. En la cocina tenía al plomero metiéndole mano a un flexible que me estaba trayendo problemas con la vecina del piso de abajo. Yo veía que el tipo paraba la oreja haciéndose el boludo.

—Usted metalé con lo suyo —le dije a distancia, y las palabras fueron dardos en su nuca—. Si yo tuviera que garparle por el tiempo que lleva ahí abajo —dije medio caliente— yo me quedaría más seco que el cartonero Báez. Así que metalé que tengo toda la tarde por delante.

Recién ahí mi amigo se percató de la presencia del plomero y soltó una risa nerviosa.  Ningún hombre confiesa semejante asunto delante de otro, a no ser que sea su amigo. El plomero había terminado siendo un testigo mudo de la peor denigración masculina que pueda existir: la del cornudo.

—Y quién es este boludo —preguntó mi amigo, como si el plomero fuese una cámara de Chiche Gelblung transmitiendo en vivo para todo el país.

—Tranquilo, el hombre ya se va —dije.

Y se fue. En menos de lo que canta un gallo, el trabajo estuvo terminado y yo me volví a hacer la misma pregunta de siempre. Estos tipos integran una organización clandestina de chusmas a domicilio, o demoran lo que tarda en llegar el reproche del que garpa.

—¿Te das cuenta que me pone nervioso cualquier cosa? —dijo mi amigo—. No sé lo que sería capaz de hacer en caso de enterarme de quién le está metiendo mano a mi mujer.

De a poco se aproximaba al punto que finalmente remiten todas estas historias. Si bien importa el qué, quizás el quién remueva los demonios internos y abra en el despechado un sentimiento de morbosa curiosidad y venganza. Si el protagonista es un don nadie que hizo mutis por el foro una vez consumado el acto, el aguijón es doloroso pero se puede extirpar, y en sí, cabe dentro de las leyes de mierda del azar. Pero si se da con alguien cercano, la cólera anula todo perdón y la comprensión de los arrebatos pasionales, nunca podrá explicar ni apañar semejante actitud. Caminé a la cocina a calentar el agua para el mate. Él se quedó sentado en el living con la cabeza baja, consumido por su presentimiento. Me quedé mirando la pava. Es un ritual hipnótico que me suele dejarme tecleando en la nada. Salgo del trance de la misma manera que entré, sin razones, y luego, mate en mano, me reincorporo a la realidad. Pero esta vez mi cabeza estaba ocupada en pensar en la mujer de mi amigo.

—Che, se te está pasando el agua –su voz sonó amenazante.

De qué modo se había percatado.

—Tenés razón —le contesté frunciendo la boca—. Esperá que le echo un poco de agua fría y a la mierda.

—Ese es mi amigo —dijo—. Nada de perder el tiempo, palo y a la bolsa. Hay que ser práctico. En eso nos parecemos tanto, ¿no? Hoy sacaba cuentas del tiempo que hace que nos conocemos. ¿Vos te acordás?

—La verdad que no tengo ni idea —hablé con la boca torcida, como quien quiere deshacerse de una conversación que no le importa.

—A esta altura somos como almas gemelas —pronunció cada palabra levantado la voz para que siguiera el hilo de su aparente nostalgia—. Si hasta nos gustaban las mismas minas. ¿Te acordás?

Sí que me acordaba. Me acordaba perfectamente.

—¿Dulce o amargo? —le pregunté.

—Lo que vos elijas hacer, para mí va a estar bien —respondió, y yo le eché azúcar sabiendo que ambos lo preferíamos amargo.

Cosa extraña la noche

Publicado por el 14/04/2016

Cosa extraña la noche. El alcohol es la falsa conciencia, crea otro yo, tal vez el verdadero. De alguna manera desnuda, suelta la pequeña bestia. Es el pájaro azul y triste que vivía en las cavernas de Chinaski. Capaz que por eso se aborrece a los ebrios.

La noche había comenzado tranquila. Era una de esas fiestas donde se anticipa un embole marginal y la diversión madura sin esfuerzo en los rostros ajenos, nunca en el propio. Alguien dijo que al momento en que estás pensando en retirarte de un lugar, el reloj verdadero que avisa cuando hay que abortar una incomodidad, hace rato que cuenta un tiempo vencido. De modo que es tarde, muy tarde. Uno es un náufrago sin velas ni ganas de remar, ubicado en un punto sin retorno. La cabeza ya no puede distinguir entre el quedarse o el irse, y solo se deja llevar por la marea absurda de aquellos a los que cualquier cosa les da lo mismo. Así que ahí estaba yo, buceando en la pelotudez mirona y perseguida de los que se conforman con fisgonear lo que pasa.

Una barra improvisada cortaba el amplio living. Esos lujos de las casas hechas para personas de un tamaño anormal. O será que las dimensiones de su propia importancia se alivian con la espectacularidad ociosa de los grandes espacios. Una rubia torcía su cuerpo hacia atrás con un trago azulado en la mano, y alrededor de ella, podía verse el pavoneo estéril de una corte de machos diciendo idioteces una atrás de la otra. La risa de la rubia se esparcía por todos los rincones, volaba por encima del volumen de la música, y aterrizaba en la envidia natural del resto de las hembras, que por lo bajo, le inventaban errores a su cuerpo o recalaban en las típicas arbitrariedades que suelen echarse en cara por asuntos de vestuario. Un grupito de muchachos que quedaron a destiempo por la edad, charlaba como metiendo la pata, atribulados por la sonsera de no saber qué hacer en una fiesta que excluía a los pendejos. Una gran bola giraba en el centro de la sala e imaginé la mano de un cupido travieso que se divertía encandilando a los presentes, listo para flechar de un momento a otro a los más intrépidos, a los arremetedores, esos que hacen del tiempo una sustancia erótica, un laboratorio de la seducción.

Me acerqué un par de veces a la barra. Qué hacer cuando te mandás al lugar equivocado sino seguir la joda para no sentirte tan estúpido. Un chaboncito bien parecido, como dicen en las pelis, jugaba al experto revoleando botellas al aire y preparando tragos inverosímiles, una suerte de excusa para la avidez de los borrachos. Prendí un cigarrillo, el décimo de la noche; paquete extinguido. De salir por la puerta para calmar lo que de seguro se transformaría en un futuro pellizcón del vicio, no volvería a entrar, y me retiraría con la guardia baja y silbando bajito hasta casa. Así que al rato nomás estaba garroneando uno. ¿Porque no poner en juego mi amor por el absurdo? Debía ser con la rubia, que ahora alternaba carcajadas con algunas bocanadas de humo.

—¿Querés uno? —una voz suave, forzada, con el matiz de una invitación tramposa cruzó mi oído derecho.

Una flaquita que había visto deambulando por ahí, tan perdida como yo, extendió la mano con un paquete de cigarrillos.

—Ah, ok —dije.

—Son mentolados, si no te importa —torció la cabecita hacia un lado y me lanzó una sonrisa compradora.

—A esta altura cualquier cosa me viene bien —dije-. Ya no me quedan más balas.

Ella se rio, en lo que me pareció una imitación trucha de los arqueos de cisne que veía en la rubia, ahora a mil kilómetros de distancia de donde me encontraba.

—Te estás aburriendo, ¿no?

La pregunta me obligó a abrir los ojos y torcer la boca. ¿Qué contestarle? Que sí y entonces saltaría de mi cara todo el desconcierto que me atravesaba el cuerpo en ese momento. Decidí no darle el gusto. Ocultar mi soledad bajo el as de una sonrisa mentirosa y muté hacia mi versión del lobo solitario, un papel que me obligaba al histrionismo más pavote que se pueda concebir.

—No –contesté—. Me gusta relajarme y tomarme el tiempo para ir midiendo la noche. Me cuesta hablar cuando no tengo ganas. De modo que solamente me aíslo hasta que la manada reclama a gritos mi presencia.

Ella se rio con gusto y de repente tomó mi vaso a medio terminar y caminó moviendo el culo hasta la barra. Está como para un seis, me dije, un seis tirando a cinco. Tenía un sacón largo de hilo que le llegaba hasta los muslos. Noté que enderezó el cuerpo al caminar como si se exhibiese en todo su esplendor, buscando el impacto. Usaba unos tacones altos, de esos que hacen caminar a las chicas como si tuvieran el cuerpo en falsa escuadra. Encima adiviné una pronunciada escoliosis en su espalda, lo que le daba una impresión final de irse a la mierda en cualquier momento. Mientras le servían el trago, se hizo un rodete alto en el pelo, cosa que siempre me ha parecido lo más excitante que una mujer pueda hacer. Como si lo supiera, mantuvo la postura un rato largo, jugaba a que le costaba ensortijarse el cabello hasta que al fin tomó la bebida y caminó de regreso hacia donde me encontraba.

—No vuelvas a hacer eso. En dos tragos más podría ser peligroso —dije con voz de galán.

—Entonces me pongo del otro lado de la barra y te convierto en un cliente vip —respondió—. Sabés qué —dijo, y vi que la cosa avanzaba hacia el exacto lugar al que me había llevado un chiste que debí evitar. No me interesaba. No veía en ella más que una oportunidad para pasar el rato diciendo tonterías—, te partiría la boca ya mismo y tendríamos que irnos de este lugar.

No se andaba con chiquitas. El único drama con las minas que no son agraciadas es que hacen exactamente lo que uno quisiera obtener de las que sí lo son, con la diferencia de que, con las primeras, el efecto es igual a cero. Me ha pasado infinidad de veces. He estado de ese lado de las cosas, y las palabras, por originales y divertidas que aparenten ser, terminan armando una sopa de letras inentendibles por inútiles.

—Epa, no creí que te inspiraras con tanta…—en un santiamén sentí el sabor dulce de su boca en la mía. Los varones no tenemos mucha defensa cuando esas cosas pasan. Después me perdió su lengua exploradora y de repente la puse contra la pared al tiempo que advertía la ingravidez de aquel ángel indeseado. Luego repusimos los tragos varias veces y el ambiente empezó a ser un ruido envolvente, las palabras rodaban en un aturdimiento sordo y general.

—Voy al baño. No se te ocurra moverte —ordenó.

—Me quedé papando moscas, mirando la nada y riendo sin motivos, como todo borracho. Una mano me tomó del hombro y supuse que era ella. Al darme vuelta vi a la rubia con un cigarrillo en la boca.

—¿Me das fuego?

De la nada la tomé de la cintura y casi nos fuimos al suelo. En el mundo de los ebrios cualquier ridículo se transforma en diversión. La alcancé a manotear y se me quedó enredada en el brazo.

—Mmm, que hombre tan fuerte.

—¿Hombre? —respondí, y ella largó una carcajada igualita a las del resto de la noche. La pegué al cuerpo de un tirón y sin decir agua va le chanté un beso como si fuera un pedazo de torta. Ella me cruzó los brazos por encima del cuello y no sé cuánto tiempo habremos pasado ahí, apoyados en la barra, en un franeleo impúdico y descontrolado.

—Vámonos a la mierda —dije—. No soporto a los tipos que se quedan regulando en un beso interminable y a la vista de todos. En realidad, no sabía ni dónde estaba parado, ni quién era el dueño de casa, y tampoco me importaba un bledo.

Salimos haciendo eses entre la gente, y sentí un resplandor en el ojo derecho. Era la puta bola de cristales, el morboso y pajero gordito de Cupido lanzando un flechazo desde las alturas.

Cruzamos la puerta principal a los tumbos. Sentada justo en una de las puntas del cantero de entrada, vi una figura con la cabeza metida entre los brazos, parecía tiritar o algo por el estilo. La noche estaba cálida, prometedora. No era el frio. Debía estar sufriendo los espasmos previos al vómito.

—Tu casa o la mía —dijo la rubia y me apretó la cintura como si yo tuviese otro lugar donde escapar que no fuesen sus encantadores y delgados brazos. Alcancé a ver el sacón de hilo de la persona doblada sobre sí misma, que parecía ensayar una especie de llanto.

—La tuya o la mía —volvió a decir la rubia.

—La tuya —dije, y rio de nuevo como si las estrellas fuesen un trofeo extra de la noche.

La muñeca

Publicado por el 07/04/2016

Con los amigos no existe el paso del tiempo ni hay distancia que afecte. Todo sigue igual, imperturbable, la cosa siempre es hace un instante. Es una convención del cariño, un hilo infinito del cual puede tirarse para saber que en la otra punta siempre está la misma persona, el mismo afecto. Por eso la amistad es una trinchera. Se sabe de amores que han enlutado la amistad; mujeres y hombres que, delatados y urgidos por el absurdo de los celos, ven en la amistad de su pareja, el riesgo de la falta de atención, el problema inacabable de ser relegado. Para esos, ni olvido ni perdón. Y hay otros que contra todos los pronósticos, son capaces de inmolarse por la causa y ceder ese amor a otros que nunca faltan. De estos hay pocos. La transición suele ser silenciosa, trabajada en la artesanía humana y diaria de ocultar lo que se cree de uso exclusivo. Pero más temprano que tarde se descubre que en la amistad hay algo que no se repite en ningún otro vínculo, al menos de forma tan simple y honesta. En eso pensaba mientras abrazaba a un viejo amigo. El registro de la boludez humana incluye también no volver a llamarse cuando el azar pone distancia. Eso había pasado entre nosotros.

—Hijo de puta, te perdiste mal —me dijo.

La ley del hijo de puta manda a decir que uno tiene que cantar retruco antes de que lo hagan cargo.

—Vos sos el que te perdiste mal, la concha de tu hermana. Desapareciste del planeta después de que te casaste con esa trola.

Aceptó la chanza. Todo estaba en orden. Al escuchar su risa la recordé. En sus buenos tiempos le había dado mucha ventaja con las minas. Con el resto del grupo aprendimos que era valiosa, no sabíamos bien cuán valiosa, pero lo era. Lo habíamos visto actuar. Su risa aflojaba, abría el juego, daba confianza, mientras nosotros nos empeñábamos en seguir con la versión de los pibes duros. Cuando terminamos de entender el poder de la risa, le seguimos el juego. Empezamos a imitarlo, creíamos que las cosas iban a cambiar. A él le resultaba, pero a nosotros nos faltaba lo otro, eso que tienen algunos más allá de la sonrisa. Y este fenómeno tenía algo, abría una puertita interior en las mujeres y por ahí pasaba como pancho por su casa. Por eso lo seguíamos. Y todo bien hasta el día que se enganchó con la presa más codiciada del plantel femenino y se quedó piola, como si el mundo terminase en aquella chica de ojos claros y dientitos separados por la que nos hubiéramos clavado un compás en el ojo a cambio de un cachito de su amor. Después vino un casamiento tempranero y cada cual siguió con su vida. Él se fue del pueblo y ya nunca volvimos a verlo, hasta hoy, cuando después de mirarnos a lo lejos nos reconocimos, o al menos yo lo hice primero y luego él, y lo hice a pesar de que había perdido un poco de pelo y ganado unos kilos. Fue gracioso darnos cuenta que éramos nosotros. Uno se vuelve a reconocer como el que fue cuando se cruza con un amigo que no ve hace tiempo.

—¿Qué hiciste de  tu vida loco? —me preguntó.

—Lo mismo que vos, Cheto —así le decíamos de chicos—, desperdiciarla.

Volvió a reírse y quedamos en encontrarnos al día siguiente en una fonda; queríamos hacerlo al viejo estilo, un lugar donde la comida tuviese un gusto casero y el vino pegara mejor para la charla.

—Cheto querido —dije al verlo entrar en la fonda—, cómo te extrañé, mi viejo —otra vez vino el abrazo interminable, el mozo nos miraba con aire de querer sumarse.

Nos clavamos un guiso con un buen vino tinto y enseguida se nos amontonaron las  anécdotas.  Me contó que el padre –viejo mecánico de los de antes-, se había muerto de un infarto y la siguiente calada que le pegó al cigarrillo fue con bronca, como si la lección de la muerte nunca fuese suficiente para espantar los vicios.

—¿Y ricitos de oro? —le preguntè para sacarlo del dramático recuerdo.

—Ah, mi mujer —hablaba con alguna duda—. Bien che, la verdad que me banca en todas. No te digo que es fácil pero la gringa es de fierro, soporta todas las boludeces imaginables y de las otras también.

En ese momento recordé su pasado de Don Juan y le guiñé el ojo.

—Guachito, te vas a morir pirata vos, eh —él sonrió forzadamente con una parte de la boca.

—¿Te acordás de la muñeca? —dijo de repente. Lo miré entrecerrando los ojos y la recordé.

El episodio de la muñeca había quedado en la parte de la cabeza donde se ubica todo lo que no encuentra explicación. En su casa, donde solíamos juntarnos a jugar, habíamos armado una casita hecha con dos chapas contra una pared, revestida con ramas que con el tiempo se pusieron amarillas y resecas. Ahí arrumbábamos toda clase de chucherías, y nos gustaba imaginar que éramos dos náufragos en una isla. Mirá -me dijo un día el Cheto-, y me mostró esa muñeca deshecha a la que le colgaba un mechón de pelo desteñido y duro de un costado de la cabeza. Tenía el torso desnudo y la boca pintada. En la espalda podían verse unos agujeros por donde salía el sonido de un llanto al darla vuelta, y también era el lugar donde se colocaban las pilas. Le faltaba un ojo y el que le quedaba se abría y se cerraba si la dejabas parada o la echabas boca abajo. El Cheto le subía y le bajaba los brazos mientras ponía voz de niña, y decía cosas del tipo: me llamo Carolina y tengo los ojos azules. ¿Jugamos un poco?, me dijo en aquella oportunidad y al sacudirla cerca de mi oreja, escuché que algo resonaba por dentro, como si tuviera una tuerquita suelta. No, está bien, gracias –le contesté-. Mejor juguemos a los náufragos. Entonces él la guardó bajo una toalla vieja que le habíamos robado a la madre, y eso había sido todo. A mi mente volvía aquella tarde y aquel recuerdo, bajo el modo misterioso de las sensaciones sin respuesta. Desperté como de un sueño y lo vi delante de mí sorbiendo un poco de vino.

—Ah, sí, la muñeca, claro que me acuerdo Cheto, sí, sí —le dije e hice una pausa. ¿A cuento de qué venía el comentario?, pensé.

—¿Te acordás que yo te dije que era mía y vos te reíste y quisiste seguir jugando a los náufragos?

—Sí. Y con eso qué —no sabía adónde quería llegar.

—Bueno, era mía. De verdad era mía. La quería más que a cualquier otra cosa. Mi hermana nunca notó su ausencia porque yo siempre tuve el cuidado de esconderla muy bien. Y ese día que te la mostré, quise decirte algo más, pero todo se dio de modo muy distinto a como lo había pensado.

—Vos me estás queriendo decir que…—me había agachado como un animal al acecho, lo miraba de costado, calculando el peso de sus palabras, la deducción a la que no quería llegar.

—Sí —dijo—. Eso mismo que estás pensando.

—Pero… —yo no salía de mi asombro—. O sea que las chicas del colegio… eh…la gringa… —sentí que el aire se espesaba.

—Todo eso fue farsa. Ya no vivo más con la gringa. Me confesé con ella. Ahora estoy con Ricardo, un abogado que conocí en un viaje de placer que me tomé después de la hecatombe, por decirlo de algún modo. Llevamos una vida muy feliz y…

—La puta madre —dije, y mi expresión no fue de indignación sino de asombro.

La cara de la muñeca con un solo ojo se me hizo presente de nuevo y fue como una aparición cadavérica de aquella amistad, de aquel tiempo; el objeto que me llevaba a otra realidad. Algo dentro mío resonaba como la voz de un gps humano que empieza a desvariar. Qué poco puede saberse sobre las personas, incluidas las más cercanas. Recalculando, decía esa voz, y no había caso, porque el Cheto no era el Cheto, ni mi infancia era aquella infancia, y como si no alcanzara, tampoco sabía exactamente qué o quién era yo, qué era la vida, qué era aquello que daba por hecho. Caí en la cuenta que yo también había vivido con un solo ojo.

Los Coiro

Publicado por el 27/03/2016

Entraba a la casa de los Coiro. En el pueblo hasta el apellido de los que tienen guita suena de otra manera. Cada vez que alguien decía Coiro para mencionar a la familia más adinerada y tejer el vicio de la envidia, yo pensaba en una sola cosa: la hija de los Coiro. Moría por ella. Su ausencia era un bolero que me consumía cualquier asomo de pensamiento.

El gran portón de la entrada, un hierro sólido de prodigioso tamaño parecía gritarme que era un enano. Anticipo de sobra de la opulencia que se extendía ante mis ojos. La casa quedaba apartada del pueblo, como si no mereciese opacar su magnificencia con la mundana ordinariez de los demás. Era un punto de atracción turística para todos. Pasábamos por ahí para admirar el misterio que en apariencia esconde el mundo de los ricos, y como decían algunos, la buena vida, ese fluir sin esfuerzo que parece precipitar el solo hecho de tener suficiente dinero.

Detrás del portón había un inmenso jardín, una especie de vergel infinito con toda clase de plantas y colores. Pablo, el hermano de mi enamorada Andrea, me había dicho que el jardinero me acompañaría hasta la casa y luego podríamos hacer los deberes con tranquilidad.  Él era un chico discreto, no sé si por timidez o por exagerada altanería. Más bien lo último. Y también creo que sabía muy bien que a mí los deberes me tenían sin cuidado, y que sería el último chico al que acudiría para remediar algún problema del colegio. A nadie se le ocurriría sentarse con él en ningún lugar que no fuese el pupitre de la escuela. Pero yo también tenía una hermana, y sabía que él estaba tan loco por ella como yo por la suya. De modo que ambos convenimos en una especie de arreglo o trueque a futuro, como si fuesen mercancías y jugásemos a ser amigos para ir arreglando el negocio sentimental.

Crucé el portón y caminé despacio. De pronto vi que alguien salía de entre medio de unas plantas de enormes y brillantes hojas. Era el jardinero, un personaje que todo el pueblo conocía de tanto andar curioseando por los alrededores de la casona. Siempre miraba a todos como diciendo: qué buscan, esto no es un circo, vuelvan a sus vidas.

-Hagame el favor de limpiarse bien los pies antes de entrar –dijo agitando el rastrillo.

-Sí, sí, no se haga problema –contesté titubeante. Un colchón de hojas secas trazaba un caminito hasta el hall de entrada. Me pregunté si se habría tomado el trabajo de hacer de los desperdicios del otoño una delicada y natural obra de arte.

Al subir los pocos peldaños de la escalera de entrada, pensé en volverme a toda carrera y escapar de ahí, lo sentí en el vientre mientras el corazón me galopaba desenfrenado. Toqué a la puerta y nadie respondió. Sabiendo que los ojos del jardinero me acribillaban la espalda, preferí entrar igual. Empujé la puerta y me introduje en aquel glamoroso espacio a media luz, fascinante como una película de aventuras. Vi un piano, y adiviné los colores de una alfombra sobre la cual se apoyaba una mesa con sus sillas, todas hechas de una madera gruesa y lustrosa. Algunos adornos servían de guarnición de una enorme chimenea y a los lados dos sillones imperiales cerraban un cuadro de magnífico esplendor. Justo encima de la mesa pendía una gigantesca araña de techo. Me quedé extasiado.

-Permiso, permiso… –dije-, Pablooo, ya llegué Pablo –la certeza de encontrarme donde no debía corrió por mis venas. Nadie respondió, y encima mi voz fue tapada por los gritos de una discusión que tenía lugar más allá, en algo que parecía ser la cocina. ¿Qué debía hacer? Me acerqué un poco sintiéndome un intruso y pude escuchar todo muy claramente.

-Que yo sepa nunca pensás en mí –tronaba la dueña de casa. Una mujer de una hermosura deslumbrante. Por un segundo la pensé muy joven y me di cuenta que su hija era una réplica suya.

-Querida, fue solo un intento de homenajearte –contestó Don Coiro con paciente dulzura. Seguía por detrás a su mujer que no se quedaba quieta, unos pasitos para allá y luego darse vuelta y caminar hacia otro lado. Juntos imitaban el gracioso cortejo de las palomas. Pero esto no era un chiste, discutían en un tono desesperante. Ella tenía un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra. Levantaba la cabeza al hablar, como si quisiera superar en altura a su marido. La cosa se iba poniendo cada vez más fea. Yo revoleaba los ojos por las dudas apareciese Pablo o su hermosa hermana Andrea, la razón mis desvelos, el motivo de estar ahí, y de ser testigo involuntario de la embarazosa situación.

Es que todo lo que haces para mí te sale mal –siguió la mujer-. Está claro que lo haces a propósito.

-¿Todo esto es por haber quemado un poco la comida? A qué se deben tantos reproches mi cielo – La llamaba así con la esperanza de ablandarla.  

-¿Que a qué se deben? –se puso muy colorada y le salió una voz chillona-. Se deben a que me has arruinado la vida, me has arruinado la vida y ni siquiera te has dado cuenta. No se trata de la comida, se trata de todo lo demás.

Empecé a retroceder muy despacio y sin querer me choqué la silla con el pie. Vi que Don Coiro me enfocaba con la mirada y pensé que se transformaría en una especie de monstruo devorador de niños fisgones. Su mujer lo enderezó tomándolo de la mandíbula, quería reñir cara a cara. Creí que de todas formas no me había visto, quizás me confundiera con las sombras. Agradecí la penumbra de las persianas bajas. Abrí la puerta y salí.  Crucé el porche, di un salto y sorteé la escalerita. Luego corrí por el extenso jardín hasta llega al portón.

-Ey ey eyyy –era la voz del jardinero-. ¿Todo bien pibe?

-Si señor –respondí temblando-, es que…-dudé un segundo-, es que quedamos en vernos otro día.  

-¿Seguro? –preguntó, y vi en sus ojos la sagacidad de quien comparte un secreto.

-Seguro, buenas tardes –atravesé el portón como un preso recién liberado. Luego pensé en la fortuna de ser solo un niño enamorado, sin una hermosa casa, sin una hermosa mujer, sin dos hermosos hijos, sin un hermoso y enorme jardín.

El limonero

Publicado por el 15/03/2016

Yo sabía que mi abuelo estaba ahí, del otro lado de fachada de la casa, en su pieza, y que había un limón en el cajón de la mesa de luz, de los que comía por las noches antes de dormir,  y que tomaba de la planta que levantaba los mosaicos de la vereda. Y no era que lo escuchara ni hubiera un pasaje mágico de este lado de las cosas hacia ese mundo impensable del más allá. Solo lo presentía como se presiente la llegada de la soledad.

Uno de los antiguos vecinos pasó caminando sin reconocerme. No tenía por qué. Caminaba más encorvado, con la paciencia de quien camina porque sí, distinto a aquel hombre que reía y brindaba en las fiestas de fin de año. Lo conocía de refilón por esas cosas que tienen los pueblos donde las puertas parecen ser las puertas de todos y si hay festejo y celebración no hay más que entrar sin permiso. La famosa vecindad, el vínculo sin muchos porqués, de los que se arman en conversaciones de almacén y cruces a toda hora. De aquello también había pasado un tiempo que excedía el tic tac de los relojes. En mi cabeza detonaron los recuerdos de los carnavales, las corridas de las chicas que intentaban eludir las emboscadas de las bombitas que llenábamos con aire y sal, o el baldazo traidor que aparecía de repente desde algún zaguán.

El sol me daba en la nuca y se me vinieron los calores lejanos y tórridos de la niñez, el mazazo insoportable de ese disco dorado que mandaba a la gente a dormir la siesta. Pero yo estaba ahí aguantando estoico, mientras mi cabeza me paseaba por la infancia y me devolvía el sabor de las uvas que comía bajo la parra del fondo, o la gracia de tirarles bolitas de paraíso a los que caminaban por la calle.

Tocaba la corteza áspera del limonero, testigo de aquel abuelo que escuchaba a Gardel en su tocadiscos y se sentaba mudo en su banquito de lona, con un vaso de agua fresca en una mano y un cigarro armado en la otra, al amparo de la sombra, buscando mitigar el calor que hacía bullir la sangre y no pensar en nada más que estarse quieto.

Y yo seguía sintiendo que el abuelo estaba detrás de esas paredes que terminaban lindando al fondo con la casa de los Jenkins. También pensaba en el galponcito que cerraba el patio, donde todavía aguantaba la carpintería. Veía como en una película el arte minucioso de esas manos que finalmente develaban una silla, un armario o un corcel de madera con el que yo podía jugar hasta aburrirme.

Y era como si las raíces del limonero hubiesen tejido un brazo subterráneo que atravesaba el frente de la casa, y yo fuese capaz de fluir en él como la savia, con ojos que se derramaban sobre ese mundo pasado tal cual fue, con sus sonidos y sus cosas, sintiendo el piso frío bajo mis pies descalzos, sonriendo ante la bicicleta de carrera con la que me llevaba a la cancha donde fue un ídolo, todo en impecable estado, intacto, luchando contra los huracanados vientos del deterioro.

Y me disponía a entrar porque habían pasado décadas, siglos tal vez. Ahora era yo una persona adulta empujada por la nostalgia hasta una casa vacía que solo conservaba el silencio perfecto de la muerte.

Pero no me animé o no quise. Me mantuve ahí, transpirando al lado del limonero, copiando de la memoria todo lo que había desaparecido. La farmacia de Don Pasciucco, los vecinitos con quienes solía jugar cuando iba de vacaciones. El baldío de las travesuras. El taller mecánico de una familia cuyo apellido no fui capaz de recordar. Y el paredón siempre pintado con dibujos típicos de la grosería mundana.

Tenía las llaves de la puerta principal en la mano. Sería un recorrido como el que hacen los niños en los museos. Pero no me dio la cuota de coraje para enfrentar la ruindad del abandono. Así que levanté los hombros como cerrando cuentas con el pasado, y casi al borde de las lágrimas arranqué muy despacio uno de los limones de la planta y lo miré como se mira una novia que se perdió hace tiempo. Se veía como recién lustrado, de un color vibrante que oscilaba entre el amarillo y el verde, tan fresco y jugoso que pensé que podría durar para siempre, como esas frutas de plástico que engañan a la vista hasta que uno las toca y advierte que hay algo en ellas que está mal. Pero este limón era real, y duraría un tiempo, como todo. Se me ocurrió que no sería mala idea arrojarlo bien lejos. De modo que lo tiré con todas mis fuerzas y lo vi partirse en dos al chocar contra la superficie candente de la calle.

Pero que cagadita hermosa

Publicado por el 03/03/2016

—Te juro, hacía rato que no veía al viejo, una eminencia, un tipo honesto, de los que elegirías para tener al lado en cualquier laburo —dijo mi amigo accediendo a uno de esos recuerdos que atesora la memoria.

—Mirá vos che —contesté, y mi gesto le alcanzó para seguir contando.

—Me ha dejado muchas enseñanzas, pero la principal fue el día que lo vi cortando unas hojas con noticias que enviaban los de la agencia Télam. En esos tiempos todavía se leían informaciones sin prejuzgar, como caían. Ahora todo está en discusión. Bueno, la cosa es que ahí estaba con ese papel en las manos, leyendo en silencio antes de soltarlas en el micrófono con su voz clara y rigurosa. Era de los que ya no quedan.

—Ajá —dije, mientras me engullía una facturita que pedimos junto con el café.

Día cálido de mesita bajo los árboles, una caricia al alma.

—¿Y entonces era él? —pregunté.

—No, era alguien muy parecido, pero la emoción fue la misma. Castillo, le grité, y el hombre se dio vuelta para revelarme que era solo un sosias. Ahí le dije que me disculpara la confusión —me contaba y transcribía la paradójica emoción de la que había sido presa—, y me volví caminando con el recuerdo del viejo y de sus lecciones venidas del arte y dominio que tenía de su oficio. A veces le sobraba con mirarte. El cejo fruncido era un no. Y una sonrisa apenas perceptible, el camino seguro, la huella que había que seguir.

—¿Así que no era el viejo che? Qué garrón —dije—. Pero no me dejes con la anécdota a medio contar. ¿Qué fue lo que te dijo en aquel entonces, cuando estaba sacando las noticias de Télam?

—Ah, sí, sigo con eso —retomó el recuerdo cómo un niño al que invitan a jugar de nuevo—. ¿Ves esto que estoy haciendo?, me había dicho el viejo —contaba como si lo tuviera adelante—, bueno, hace veinte años que hago lo mismo, y vos vas el que siga, y esos veinte años van a suceder en un santiamén —dijo que le decía el viejo—, así que va a ser mejor que pongas las barbas en remojo y empieces a meter las narices en asuntos más serios, para que el paso fugaz del tiempo y de la vida no te tome por sorpresa, ¿estamos? El viejo siempre decía ¿estamos? al final de cada historia —me señaló—, era especialista en eso de dejarte sin palabras, y el “¿estamos?” era su forma de constatar que no había hablado al pedo.

—Bueno, eso no está nada mal —dije, y respiré profundo al advertir que una cagada de paloma había caído justo dentro del pocillo de su café. Lo veía tan ensimismado que no me dio para avisarle, y en esas cosas hay un solo momento, y ese momento ya había pasado—. Hay que sacar provecho de los que saben —no podía dejar de pensar en la inoportuna puntería del bicho que pendía sobre nuestras cabezas como una alada espada de Damocles. Tenía que decir cualquier estupidez—. Eso es de vivos —añadí—, quedarse con la generosidad de los que transmiten su experiencia sin mezquindades.

—Exacto. Por eso me confundí a propósito con este hombre en la calle, tenía muchas ganas de volver a verlo.

—¿Eh? ¿Cómo es eso? —ya me sentía medio mareado. O sea que había confundido a alguien sabiendo que no podía ser él. De qué carajo iba el asunto—. Explicate mejor, por favor —le pedí.

—Es que yo ya sabía que no podía ser el viejo, porque ya lleva muerto como diez años.

La información me desconcertó. O a mi amigo se le había corrido el dial o se trataba de uno de esos chistes pelotudos, al estilo de: ¿Lo conocés a Pedrito? ¿Qué Pedrito? El que te rompió el culito. No entendía nada, no sabía adónde quería llegar.

—¿Te sentís bien? –pensaba que el efecto de la caca de paloma le había reseteado el cerebro por unos segundos.

—Sí, claro, pero te parece disparatado ¿no?

—Y, la verdad que sí.

—Pasa que te cuento esto porque el viejo murió hace rato y yo hoy cumplo exactos veinte años en el laburo, y sigo sacando las noticias de Télam y leyéndolas como quien tira mierda al río, preguntándome por qué razón no seguí su consejo al pie de la letra. Ya sé que para nosotros es tarde, ya estamos en la mitad de la vida y no hay marcha atrás —dijo con aire melancólico—, pero jurame que no vas a dejar que a tus hijos les pase lo mismo ¿Estamos?

Tenía los ojos llorosos y a mí se me había hecho un nudo en la garganta.

—Dejá que pago yo —le dije, y escuché que la paloma agitaba sus alas para emprender el vuelo.

Un asunto serio

Publicado por el 25/02/2016

Soy muy bueno detectando esa clase de cosas. Me lo permite mi vista privilegiada. Así que pude saberlo a media cuadra de distancia.

Primero divisé algo borroso. Luego di un par de pasos más y estuve todavía más seguro. Todo alrededor se convirtió en un decorado sin importancia. La gente era una mancha borrosa que interfería mi vista. No había dudas, tenía la certeza de estar desembocando ante el problema. Di un salto mental hasta la situación concreta. El calor hacía del día un castigo estival.

En la medida en que me fui acercando pude observar a aquel hombre con detenimiento. Vi el detalle de su malla: un degradé prolijo que iba de un rojo intenso a un naranja aguado y sin gracia. Lo portaba un sujeto de mi estatura. También morocho y de un andar despreocupado. Me distraje cuando una abuela chocó contra mi hombro derecho y alcancé a estirar el brazo para evitarle la caída. Ni sé qué fue lo que me dijo, pero me sonó con el mismo  tono tajante de los alemanes. La mujer siguió su marcha diciendo otra sarta de palabrotas ininteligibles que le hacían temblar la mandíbula. Estaba verdaderamente enojada.

Sin perder la concentración, vi que aquella persona de la malla roja entraba en la panadería de Charly. ¿Qué hacer? Era el lugar donde me dirigía siempre para comprar un poco de pan, y además, porque debía despejarle mi territorio. Yo tenía más derechos que él, por rutina y porque me unía un afecto barrial que me volvía una persona conocida, de conversaciones efímeras pero amables, cómplices, esas que dan cuenta de un vínculo real, una fidelidad de consumidor, por así decirlo, que va más allá de lo comercial. Seguramente Charly y su hija sonreirían al verme entrar y me dirían si iba a llevar lo de siempre, y yo respondería que sí, y haríamos la chanza del gestito de idea para después perdernos en las charlas tontas del clima y aquello que sin explicar demasiado, formaba parte de nuestras vidas.

Pero hoy la cosa pintaba distinta. Aquel individuo había entrado antes que yo. ¿Hubiera cambiado en algo que yo entrase primero? No lo sabía. Pero así lo quiso el destino, y no estaba dispuesto a relegar ni alterar el orden habitual de las cosas. No tenía por qué. Era aquel desconocido quien debería retirarse con solo verme aparecer. Al entrar flasheé que podría cruzar a otra dimensión y así estaría todo resuelto. Empujé la cortina a tiras y sentí que ya no había vuelta atrás, que la dimensión era la correcta, y que el azar me había depositado sin remedio en aquella absurda situación. Ya me había pasado en otra oportunidad y me había sentido muy incómodo. No me daba lo mismo.

—Ejejey —dijo Charly con su particular modo de saludar a quienes conocía. Con el resto reinaba una sutil formalidad.

—¿Qué hay de nuevo Charly? —dije, y la frase me brotó como en las películas yanquis.

La persona de la malla roja se dio vuelta de inmediato y ahí nos vimos del todo. Charly se ruborizó por mí, y todo quedó en un letargo visual que hizo del tiempo una cosa elástica, provista de una inevitable y asesina observación. Ahí estábamos sin poder esquivarnos, echados a nuestra suerte, mirándonos con un odio súbito, una especie de burla mutua que acalló a la clientela, sorprendida también por lo que estaba pasando.

—Bueno —dijo Charly— imagino que llevarás lo de siempre.

—No hay problema Charly —contesté.

Charly levantó las cejas, como diciendo, y bueno, mala leche, a veces ocurre. Hoy les tocó a ustedes. Decidan qué van a hacer porque cada cual tiene que seguir con su vida.

Estuve a punto de ceder, de salir limpiamente de la situación. Me detuvo el orgullo típico que en esa clase de circunstancias redobla la apuesta y obliga a resistir hasta el punto crítico. Encima, ninguno de los dos aflojaba y la tensión crecía. Creo que empecé a sudar y no quise pasarme la mano por la frente para no darle ventaja. Él también se aferró a la convicción de que debía mantenerse firme, estaba dispuesto a dar la batalla. Intuí que estaba a punto de dirigirme la palabra. Lo vi abrir la boca pero a la vez noté que se le había quedado seca, y que a final de cuentas no podría decir nada. Yo tampoco iba a darle la oportunidad. Si alguien debía hablar, ese era yo. Jugaba de local, él era tan solo una desgraciada burla del destino. Antes de pronunciarme miré a mi alrededor y advertí en todos un estupor paralizante. Charly había quedado tieso con la pinza de las facturas. Su hija con la mano en pausa sobre dos sándwiches de miga. Una señora con anteojos de marco grueso, azorada y pálida, y más quieta que un mueble, juntaba las manos por delante de su pecho, sosteniendo a duras penas una carterita marrón. Un grandote pasado de kilos sudaba la gota gorda pegado a la estantería de las cosas dulces. Y por último estaba este personaje insolente, un intruso en la trama cotidiana, humillándome delante de todos. Tenía que terminar cuanto antes con el bochorno.

—Ya sé que usted —no sé por qué lo traté como si fuera una persona mayor cuando no lo era— no ha tenido la intención de provocar este percance. Pero está claro que uno de los dos está de sobra en este lugar —mis palabras sonaron de nuevo a película trucha de Hollywood—. Así que le pediría que se retire ya mismo —mi voz sonó autoritaria pero tuvo su efecto porque lo vi bajar la cabeza. Sin embargo había dudado un instante y temí lo peor. Creí que sería yo quién tendría que abandonar el lugar. Pero no.

—Suspenda el pedido —le dijo el invasor a Charly, quien emitió un suspiro de alivio—. Está bien, lo acepto —siguió el sujeto—, pero no se crea que la próxima vez tendrá usted la misma suerte —también hablaba como en los films norteamericanos—. Por esta vez eh, solo por esta vez —dijo con el índice en alto mientras comenzaba a caminar hacia la puerta de salida.

Ahí fue que miré por última vez esa malla roja en degradé, igualita, juro por Dios que era igualita a la mía.

Amor cruel

Publicado por el 17/02/2016

Yo me preguntaba si la crueldad era parte del amor o al revés. El mundo está sembrado de ejemplos. Con mi pareja habíamos llegado a un desequilibrio tal que cada uno había recuperado su perspectiva de la vida como quien reclama su lado de la cama. Esto es mío y se terminó. La tan temida línea imaginaria que habilita de nuevo los intereses personales, destraba, y a la vez tiñe de una sobria libertad lo que había sido un fluir de voluntades, se rompe para formar dos bandos en guerra donde los silencios son armas cargadas.

Y fue así porque despertamos un día siendo nosotros mismos. Sin furia ni rebelión, pero conscientes de estar empezando una reconstrucción con los escombros que fueron quedando en el camino.

—Ya me cansé de tus saliditas nocturnas, tus reuniones con amigos, el fútbol, bla bla bla —una retahíla de recriminaciones hechas a la medida de todos me acribillaba la paciencia.

—Pues a mí —respondí, mientras me entretenía acomodando un retrato nuestro que semblanteaba la mesa de luz- me pasa exactamente lo contrario. Siento que cada vez me gustan más las cosas que hago, las disfruto casi como un escape.

—Un escape —dijo frunciendo el ceño y tapándose un poco más con la sábana como si eso creara una mezquindad de nuestra reconocidísima intimidad-. Bien, eso suena a: antes que vos cualquier otra cosa.

—No es eso, es solo que el negocio de llevarnos bien boicoteando planes personales, no puede llevarnos a otro lugar que no sea una trampa —la miré de reojo para ver cómo le sentaban mis palabras. Su cara era un campo minado cuyos gestos me decían que pisara con cuidado.

Se levantó y fue al baño a mojarse un poco la cara. La cosa venía para rato. Otra noche más de insomnio y mal humor. Dormir de espaldas de nuevo, simulando conciliar el sueño antes que el otro, mientras se mastica la mierda del hartazgo, la falta de soluciones. Al volver se sentó en posición de loto. La voz se le amplificó y comenzó el baile de sus manos, un asunto serio que subrayaba cada frase como una sentencia.

—Así que el señor piensa que estaríamos mejor separados.

—Yo no dije eso. Solo dije que la autocensura es estúpida. Ni yo ni vos podemos darnos lo que esas cosas significan. Es un valor en sí mismo, como decirte el aire que algunos animales acuáticos necesitan para volver a sumergirse —ella odiaba las metáforas. La hacían salir de las casillas. Creía que enunciaban una naturaleza distinta a la nuestra.

Cuando se ponía medio loquita, a mí me daba por fastidiarla, usar parte de mi sarcasmo y llevarlo al límite de la crueldad. Detestaba que llegase primero con sus lágrimas y anulara el argumento, el choque que supone cualquier disputa donde uno y otro pelean por la razón en un territorio que sin embargo está hecho de otra cosa. Ella batallaba con su método de trabajar el amor, de hacerlo más concreto. Y yo con mi idea de superar el trance colectivo para salvar lo individual. Llegué a hacer del desprecio una moneda de cambio de sus llantos extorsivos. Pero esta vez parecía diferente.

—O sea que vos te pensás que yo te quiero cagar la vida. Que me ocupo de controlarte y quitarte cada cosa que te gusta. Estás equivocadísimo. Es solo que pienso que no me dedicás tiempo y que todo está antes que yo, lo que sea. Vos no te das por aludido o no te das cuenta y eso es todavía peor. Preferiría que lo hicieses a propósito, que fuese parte de tu maldad —empezó a darle vueltas al anillo de casados a un ritmo frenético—. Te voy a dar una noticia porque ya no me importa tres pepinos lo que puedas llegar a pensar.

—Dale, te escucho —le dije en tono desafiante—. Soy Luisa Delfino.

—No. Sos un pelotudo que no para de hacer chistes inoportunos. En fin, eso también me tiene harta. Lo que te quiero decir es que me estoy viendo con otro tipo.

Mi cara debió parecerse a la de un psicópata a punto de llevar adelante su acto más sanguinario. Se corrió un poco y siguió.

—Pero no pasó nada todavía. Solo lo estoy viendo. ¿Se entiende?

—Si se entiende qué —sentí una oleada de furia creciéndome por dentro.

—Que es el lugar donde me has ido empujando de a poco. Antes ni se me ocurría mirar a otros tipos, y ahora me sucede algo con alguien que no puedo evitar.

Salté de la cama como un chimpancé al que le hubieran metido un dedo en el culo. Luego le metí un trompazo a la lámpara del techo que me dejaría un sobrehueso de por vida. Además de dejarnos a oscuras por un rato.

—¿Qué haces animal? Ahora encima se te da por la violencia.

—¿Violencia? Esta chica… —dije despectivo porque para esa altura había empezado a ser un blanco que atacar sin compasión—. Este…vos, vos no me conocés ni un poco. Si tu sexto sentido funcionara correctamente deberías empezar a correr en este instante —la busqué con las manos pero se había corrido sin que lo advirtiera. Estaba al costado de la cama cubriéndose con la sábana. Alcancé a divisarla por la poca luz que soltaba una luna amarreta.

—Te voy a matar  —yo nunca decía cosas así. Quería darle dramatismo, me sentía insultado, un perdedor. Tenía que herirla, devolverle el golpe, humillarla—. ¡Sos una atorranta de mierda!

—Andá a buscar un foco, querés. Dale y seguimos hablando —me trataba con absoluto dominio. Mis dardos eran balas de salva, palabras muertas. Me había quitado toda la hombría, vaciado. Moría sin remedio mientras su confesión se transformaba en un dolor agudo justo sobre la izquierda del pecho, donde va esa cosa que bombea sangre y a veces desarma. Me dirigí a la cocina sin pensarlo. Busqué una lamparita de repuesto y volví. Al terminar de enroscarla advertí que se había puesto el conjunto de ropa íntima que más me gustaba, el negro con encajes. Fue un electroshock de último momento, un nuevo escenario que me dejó sin palabras.  No entendía nada.

—Tontito —me dijo muy dueña de su lujuria—. Cómo se te ocurre que puedo fijarme en otro. Me muero de amor por vos, no sé qué haría sin vos, con tus olvidos, tus partiditos de fútbol a última hora, y especialmente tus celos.

—Te voy a matar —dije de nuevo y esta vez lo sentía de verdad. Pero el alivio fue superior a la ira. Cerré los ojos y me acomodé a su lado.

—Quiero que me hagas cucharita —fue una orden, no una sugerencia. Cuánto me quedaba por aprender de mi pretendida masculinidad.

—No tenemos que pelear más —dije—. No nos quedan más foquitos.

—Sos un tarado —respondió con una risa a medias. Sin que nos diéramos cuenta dormíamos pegados de nuevo, como duermen los que se quieren, los crueles de toda la vida.

Un buitre puede ser tan bello

Publicado por el 11/02/2016

—Pero es que sos tan bonita que das asco —me gustaba acorralarla con frases hirientes. Qué otra cosa puede hacer uno con un caso de extrema belleza femenina. ¿Acaso no se es un niño embelesado por la magia navideña? ¿Qué es la belleza entonces: poder o maldición? Ella daba por hecho la segunda parte de la pregunta; la sufría, le pesaba la ventaja de la atención absoluta, la desganaba no tener que hacer nada para obtenerlo todo. ¿Qué sentido tenían los demás, títeres de su espectáculo gratuito? ¿Cómo elegir, como saber qué debía a su mundo interior, si es que eso fuese posible, o si todo era patrimonio de su belleza, solo deslumbramiento?

—Ya lo sé, y lo he pensado toda mi vida —dijo— desde que tuve conciencia de lo que provocaba mi imagen. Quisiera ser una chica común, un misterio a descubrir, y no tan solo esto, ser esto es lo más fácil que hay.

Había atravesado un trance muy complejo, lleno de incertidumbre. Llegó a estar internada en un psiquiátrico luego de entrar en pánico delante de un espejo, odiarse por no poder encontrar una sola cosa que reprocharse. Su rostro era como levantar la vista al pie de una montaña. Su nariz, la geometría de un sueño desembocando en el vergel carnoso de sus labios; sus ojos el encanto lánguido de un atardecer de verano; su pelo un enigma caudaloso, y la línea del contorno de su rostro el asomo de una emoción parecida a la fe. Ni una sola cosa mal puesta. Nada que rebatir ni abierto al debate. Un absoluto que dejaba sin aire y que no se podía contemplar por demasiado tiempo, como si en ella habitara el aliento indescriptible de una deidad.

Yo la conocía desde hacía mucho tiempo. Obnubilado por el placer inmenso de lo que se acepta solo como un deseo imposible. Pero en ella no había otra cosa que desesperación, una desilusión de sí misma que invitaba a repensar el halago como un veneno para su alma, un modo sutil de convertirla aún más en todo aquello que no quería ser. Llegó a maltratarse físicamente, odiaba que todo comenzara y terminara por la fascinación que era capaz de provocar.

—Tendrías que asumirte y punto —le dije, y la idea sonaba tan coherente, tan fácil de decir y a la vez tan inapropiado como un cuadro dado vuelta—. ¿Preferirías acaso —agregué— ser una más del montón, quedar expuesta al prejuicio, la crueldad y la burla de la fealdad?

—Sí. Y por momentos quisiera ser solo un chiste. Sin ir más lejos, siento que soy eso, una contrariedad que acusa todo lo imperfecto —tenía un modo de decir, que encima lastimaba; tanto había reflexionado sobre sí misma que a la larga había que darle la razón, y sin embargo desmentirla, echarle en cara que su queja era un absurdo, un desperdicio de la lógica, y que solo debía dejar estar el asunto y relajarse un poco.

—Claro —me decía—, vos porque sos…—. Nunca terminaba esa frase y yo adivinaba todo lo que era en ese silencio inconcluso. Yo sí sabía lo que era. No más que una persona común sometida a las reglas de los tipos comunes. Pero ella era un ser excepcional, un don que se castigaba a sí mismo.

—Tendrías que ir al psicólogo —la animé, pensando que la vieja historia del arregla sesos podía ayudarla en algo.

—¿Y qué me dirían? Además ya he pasado por eso sin ningún avance. A los hombres les quito el habla, y en cuanto a las mujeres, bueno, ya podés imaginar lo que provoco en ellas, por más psicólogas que sean.

Tenía razón. Había visto su poder en acción, no importaba quién estuviese delante. Solo caían como frutas maduras y luego se hacía una especie de pausa cósmica que anulaba el pensamiento.

—No sé qué decirte —dijo.

Una y otra vez caíamos en lo mismo. Era un punto de no retorno, donde se acababan las discusiones. Los novios ocasionales no duraban nada. No eran otra cosa que artefactos al servicio de una sensibilidad inmanejable; duraban lo que un parpadeo. De algún modo los detestaba, acababa con ellos como si intentase violentarlos -y para eso sobraba con una mirada suya- para ver quién era capaz de resistir, de dar el gran salto hacia su corazón. Pero no había caso.

—No digas nada. ¿Querés que tengamos sexo? Puedo darte eso o lo que quieras. Qué importancia tiene. Por qué estarías al lado mío si no fuese con ese fin. Podés negarlo si se te antoja.

—No podría —dije, bajando la cabeza, pero siendo consciente de que nadie podría pensar en otra cosa. Tal era el nivel de voluptuosidad, el llamado inmediato, la correntada de testosterona que producía en los tipos con el solo hecho de que alguien pronunciara su nombre—. Creo que dejarías de interesarme como mujer —dije, arriesgando una hipótesis digna del más idiota de los mortales—. Serías una más, y en mi caso no quiero que eso suceda. Tampoco podés ser mi amiga. No tengo amigas. Eso de la amistad entre los sexos es otra forma de represión de los instintos, una simulación de la cobardía, quizás una elección de un mal menor.

—Puede ser —dijo, y se corrió el pelo hacia un costado. Yo podía evocar a discreción cada movimiento de su pelo, el juego alegre que sus manos hacían con ellos, la dinámica de su perfección—. Yo quisiera ser otra cosa —siguió—. Es solo eso, pero no vamos a llegar a ninguna conclusión constructiva, a nada que pueda aliviarme. Me siento una esclava, la belleza extrema es una cárcel, mi cárcel personal.

No podía dejarla así. Algo tenía que decir. A mi mente acudió un pasaje de un libro de Truman Capote.

—Sabés qué —dije, y dejé la frase en suspenso.

—¿Qué de qué? —respondió.

—Cierto escritor dijo una vez que de morir le gustaría reencarnarse en un buitre.  Un buitre —decía— no tiene que preocuparse por su aspecto ni por su habilidad para seducir; no tiene que darse aires. De todos modos no va a gustar a nadie: es feo, indeseable, mal recibido en todas partes. Hay mucho que decir sobre la libertad que se obtiene a cambio —me detuve un segundo para que pudiera pensarlo—. ¿Te gustaría ser un buitre?

—Pues sí —contestó, y me miró con esos ojos que eran capaces de conseguir lo que quisieran.