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19/12/2021

Fabián Muñoz: relatos de una familia marcada por la persecución, el secuestro y el terror

El hijo de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de Mar del Plata declaró esta semana en el juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en el “Pozo de Banfield”.

Fabián Muñoz: relatos de una familia marcada por la persecución, el secuestro y el terror
(Foto: Abuelas Plaza de Mayo Mar del Plata)

Con un relato pormenorizado de la persecución que sufrió toda su familia desde 1975, ya en la previa de la última dictadura cívico militar, Fabián Muñoz, hijo de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de Mar del Plata, Ledda Barreiro, declaró esta semana a través de videoconferencia en el juicio que se lleva adelante en La Plata por crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención conocidos como “Pozo de Banfield”, “Pozo de Quilmes” y “El Infierno” de Avellaneda.  Su relato partió desde el primer violento operativo concretado en la casa familiar de Mar del Plata, pasó por el secuestro de su hermano luego transformado en “detención” y liberación, por el secuestro y las torturas sufridas por su madre y su padre y por el secuestro de su hermana Silvia en La Plata mientras estaba embarazada. La búsqueda de ese hijo o hija hoy sigue siendo el motor familiar, en especial para Ledda, a sus 83 años. “Vive porque todavía tiene esa esperanza”, definió Fabián.

El juicio en el que declaró Fabián –hoy integrante de Abuelas de Plaza de Mayo filiar Mar del Plata- se inició en octubre del año pasado y tiene a 18 acusados, entre ellos los genocidas Miguel Etchecolatz y Juan Miguel “El Nazi” Wolk, quien fue el responsable del “Pozo de Banfield” durante 1976 y 1979 y cumple prisión domiciliaria desde 2016 a metros de la entrada del Bosque Peralta Ramos en Mar del Plata. Desde allí, en el inicio del juicio, se negó a declarar.

En una audiencia íntegramente virtual, esta semana Fabián declaró como testigo ante los jueces del Tribunal Oral Federal Nº1 de La Plata Ricardo Basílico, Walter Venditti y Esteban Rodríguez Eggers, y cerró su testimonio con un deseo y un pedido: “que los genocidas hablen” para poder encontrar a los nietos y nietas que quedan por recuperar y que el Estado “de continuidad y celeridad” a los procesos judiciales.

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EL INICIO DEL TERROR

Fabián Muñoz vivió el terror desde chico en la previa de la sangrienta dictadura cívico militar que en Mar del Plata se abrió paso con el accionar del grupo paraestatal de ultraderecha Concentración Nacional Universitaria (CNU).

Hacia 1972, cuando él tenía unos 6 años, su casa era “muy militante”, comprometida, con un padre –Alberto Mario Muñoz– “peronista de siempre”, con una madre –Carmen Ledda Barreiro– pendiente de la vida política y con dos hermanos –Alberto o “Beto” y Silvia– militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) (concurría a un colegio industrial)  y de la Juventud Universitaria Peronista (estudiaba psicología en la Facultad de Humanidades), respectivamente.

En esa casa “muy comprometida”, ubicada en Quintana al 4000 a escasos metros de la Casa del Puente donde por entonces funcionaba una radio, hacia 1974 eran muy frecuentes las juntadas de militantes y compañeros, hasta que la persecución previa a la dictadura se empezó a hacer sentir con autos que paraban cerca, con vigilancia, con un teléfono intervenido.

“Todas esas reuniones se empezaron a hacer cada vez más espaciadas”, recordó Fabián, hasta que finalmente se cortaron cuando la tensión en la ciudad empezó a escalar con la acción de la CNU y el asesinato de su líder Ernesto Piantoni en manos de Montoneros en marzo de 1975.

“Se respiraba miedo”, relató Fabián y contó que por ese entonces sus hermanos dejaron su casa para “guardarse” ante el temor que empezaba a sembrar la CNU. Así fue que una noche, entre abril y mayo de 1975, un Falcon paró frente a la casa de la familia Muñoz. “Entró una patota, reventaron y rompieron todo, golpeaban todas las ventanas a los gritos. Yo corría por los pasillos y veía caer los vidrios. Fue una noche feroz, de mucha violencia, y buscaban a mi hermano, era a quien querían matar”, expuso y definió: “Fue un delirio de violencia”.

Como parte de esa violencia, llegaron a apoyarle una escopeta recordada en el cuerpo a su padre, mientras lo tenían con los pies en el aire, para que dijeran dónde estaba Beto. También, recordó Fabián, encontraron un diario de su hermana, donde él había hecho algunos escritos, entre ellos uno que decía “montoneros” y una serie de leyendas. “Ahí empezaron a los gritos también a buscar a mi hermana”, expuso y recordó que decían: “Esta hija de puta también es montonera”.

A partir de ese operativo, cambió todo para la familia Muñoz. Algunos días después, incluso, Beto fue corrido a balazos mientras estaba en un café en Colón e Independencia. “La CNU en Mar del Plata tenía la calle liberada, hacían lo que querían”, señaló Fabián.

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Sin conocer el destino de Beto y Silvia, pero conectados a través de la organización Montoneros, Alberto, Ledda y Fabián dejaron su casa y se fueron a vivir a un departamento prestado. Mientras tanto, Beto –con su pareja Ivonne- era derivado a Mendoza y Silvia –con su reciente pareja Gastón Larrieu- fue enviada a La Plata.

Con el incremento de la represión, la recomendación a la familia fue abandonar la ciudad. Así, Alberto, que trabajaba en el Casino, consiguió un trasladado a Bariloche –aunque administrativamente se dejó asentado otro destino para confundir- y allí se instaló la familia durante algunos meses y donde incluso recibieron una visita de Silvia y Gastón. “Pudimos disfrutar un poco, nadie sabía que iba a ser el último disfrute en años”, rememoró Fabián en su declaración.

Al mes de esa visita, Silvia volvió de emergencia a Bariloche, nerviosa, con un mensaje para sus padres: Beto e Ivonne, que estaba embarazada, habían sido secuestrados en Mendoza. A los pocos días, iniciaron un viaje hacia allí en busca de conocer su paradero.

SECUESTROS Y PERSECUCIÓN 

“Fuimos a preguntar por mi hermano y por Ivonne a todos lados, todos decían que no sabían nada”, contó Fabián y relató que mientras su madre se juntaba con un “contacto” de la organización y él jugaba en una plaza vio en un puesto de diarios que una portada decía “Detienen a once subversivos”. Y en la foto, entre otros, estaban Beto e Ivonne. Por haber publicado esa foto el director del diario después pasaría varios años detenido junto a Beto.

Con el diario en la mano, Alberto, Ledda y Fabián fueron hasta la “Cárcel Modelo de Mendoza” y allí tras varias insistencias Ledda fue recibida por el director. “El tipo levantó un teléfono y lo hace entrar a mi hermano”, recordó Fabián. En ese momento, el militar les dijo: “Si ustedes ganan, recuerden lo que yo hice por ustedes”. Beto estaba sumamente afectado por las sesiones de tortura, prácticamente no podía caminar.

Tiempo después, Beto e Ivonne fueron puestos “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. Para entonces ya había nacido Antonia, su hija. Y posteriormente serían trasladados a Paraná, Entre Ríos.

A poco tiempo de concretado finalmente el Golpe de Estado, la vuelta de la familia a Mar del Plata era imposible y por eso Ledda viajó a intentar vender la casa: cuando llegó a retirar algunas cosas, se desplegó un intenso operativo militar en busca de Beto. “Hijo de puta, como se nos escapó, cómo que ya está en la cárcel”, gritaron los militares cuando Ledda les dijo que estaba detenido. Mientras tanto, también buscaban a Silvia.

Finalmente, Ledda logró vender la casa y a los pocos días de concretada la venta fue prácticamente destruida por otro operativo militar, ya que desconocían que había sido vendida, lo cual motivó en que su nuevo dueño realizara una publicación en el diario Clarín en la que aclaraba que no tenía nada que ver “con la familia que estaba antes”.

Atravesado 1976, Alberto y Ledda pudieron organizar un viaje con el aval de Montoneros para visitar a Silvia y a Gastón en La Plata y pasar Navidad juntos. El 22 de diciembre mantuvieron un breve encuentro y Silvia les dijo que tenía una sorpresa y que se las contaría al día siguiente. Ninguno sabía que esa sería la última vez que se verían.

“Al otro día teníamos que encontrarnos. Fue tremendo, no vino Silvia. Mis viejos dieron la vuelta, empezaron a llorar. Con todo lo que nos pasó no se había llorado nunca todavía. Silvia no apareció”, relató Fabián y eso, indefectiblemente, daba cuenta que había sido secuestrada. Así se los confirmó luego un compañero de militancia de la joven. “Silvia había caído, no se sabía más nada”.

Algunas horas después, lograron verse con Gastón. “Ahí fue donde él, en una reunión muy breve, nos dice que la sorpresa era que Silvia estaba embarazada”, contó Fabián. Esa sería, también, la última vez que verían a Gastón ya que desde ese momento no se sabe más nada de él.

Con el dolor a cuestas, Fabián contó que mientras tanto a Beto lo iban a visitar a la cárcel casi todos los meses, en medio de diversos trasladados. Ellos, por su parte, se mudaron desde Entre Ríos a Alta Gracia, Córdoba.

Cuando se iniciaba 1978, Fabián ya con 13 años pidió a sus padres volver a Mar del Plata. Y Alberto y Ledda eso hicieron en enero para instalarse en un departamento de Independencia y Vieytes que habían comprado con el dinero de la venta de la casa. “A la semana, a mi viejo le hacen una ronda de reconocimiento adentro del Casino”, señaló Fabián como introducción de la continuidad del terror.

Una semana después, su papá fue secuestrado mientras salía del Casino. Y esa mañana, cuando él se despertó en el departamento, percibió algunas cosas fuera de lugar, se asomó a la cama de sus padres y estaba deshecha. “Bajé los cuatro pisos del edificio por escalera, me asomé por la ventana y en la esquina había un tipo vigilando. Fui, le golpeé al portero, que estaba aterrorizado, y le pregunté qué había pasado y me dijo que mi vieja había salido con tres o cuatro tipos jóvenes”: Ledda también había sido secuestrada. Ambos fueron trasladados a La Cueva, el centro clandestino de detención que funcionó en la Base Aérea de la ciudad.

Fabián, ante ese panorama, agarró plata del departamento y escapó por la cochera. Empezó a deambular y a los tres días se comunicó con su tío. “Le dije que mi viejo no había aparecido después del trabajo y que a mi vieja se la habían llevado”, recordó y señaló que permanecieron secuestrados y torturados durante tres meses, hasta abril de 1978. “Para mí estaban muertos. Fue un shock volver a verlos, eran dos esqueletos, estaban muy mal”, rememoró.

LA BÚSQUEDA DE SILVIA, DE GASTÓN Y DE SU HIJO

Tras su liberación, Ledda y Alberto empezaron a recibir informaciones sobre Silvia. También empezaron a organizarse las primeras reuniones de familiares y amigos de desaparecidos en la Parroquia Santa Ana de Mar del Plata.

En su declaración, Fabián destacó que los primeros datos sobre Silvia llegaron a Ledda de la mano de de Adriana Calvo, sobreviviente del “Pozo de Banfield”. “La reacción de mi viejo fue ir a comprarle ropa a Silvia”, expuso Fabián y señaló que hasta entonces la esperanza seguía puesta en poder encontrarla. “Creíamos que había chances de que Silvia estuviera viva, de que pudiéramos recuperarla, verla”.

La búsqueda fue creciendo con la organización de familiares, con reuniones que entre 1979 y 1980 se fueron haciendo más grandes. “Mi padre quedó muy mal del secuestro, no se recuperó nunca”, lamentó Fabián y recordó que pasado 1980 él acompañaba a las reuniones “clandestinas” a su mamá. Mientras tanto, hacia fines de 1981 Beto fue liberado –bajo libertad vigilada- y algunos meses antes había ocurrido lo propio con su pareja.

Junto a Antonia Acuña “Negrita” de Segarra –quien sufrió el secuestro y desaparición de sus tres hijos-, Ledda empezó a darle forma a la filial Mar del Plata de Abuelas de Plaza de Mayo, con actividades que se fueron potenciando con el paso de los años. Con el regreso de la democracia, expuso Fabián, la familia tuvo que empezar a asimilar “que Silvia no iba a aparecer más”.

“Estas mujeres, Negrita, mi vieja y todas su compañeras, ya más lanzadas, mi vieja aún con muchos problemas físicos por las torturas que había recibido, nunca dejaron de estar permanentemente presentes en los viajes, reclamos, movilizaciones en la calle”, destacó Fabián y contó que su padre murió en 1989. “Mi vieja fue una locomotora en la búsqueda de Silvia y de Gastón y de mi sobrino o sobrina, y eso se transformó en el eje de la vida de todos nosotros“, sumó.

Aun con el paso de tantos años, las pistas y datos sobre el destino de Silvia no dejan de aparecer. Poco tiempo antes del inicio de la pandemia del coronavirus, una sobreviviente que estuvo junto a ella secuestrada en la comisaría quinta de La Plata se puso en contacto con Fabián y concretaron una reunión de la que también participaron Beto e Ivonne en Mar del Plata. “Nos contó que estuvo brevemente con Silvia, con una panza de unos seis meses de embarazo, que pese a todo Silvia se mantenía muy fuerte“.

Esa fue la última información que la familia pudo reconstruir en torno a Silvia. “Fue la última información concreta que tuvimos y nos da una esperanza muy fuerte de que todo este proceso de mierda que arrancó en 1975 y que tuvo tantas muertes y secuestros, no finalice, pero que nos permita a la familia tal vez algún día conocer al hijo de Silvia y de Gastón, eso sería extraordinario”, dijo, emocionado, Fabián. Y remarcó que hoy Ledda intenta sobreponerse a problemas de salud, a sus 83 años. “Sigue siendo el motor de su vida. Vive porque todavía tiene esa esperanza, sin dudas”.

REPARACIÓN INTEGRAL

Prácticamente sobre el final de la declaración guiada por la querella de Abuelas de Plaza de Mayo en el juicio, el juez Rodríguez Eggers se tomó unos minutos para preguntarle a Fabián qué sería, a su entender, una reparación integral para su familia por parte del Estado.

“La reparación integral para nosotros como Abuelas sería en primera instancia que los genocidas hablen, que más allá de todos los horrores que cometieron no se vayan en silencio, que hablen, que den información. Ya no sería la reparación del Estado sino de ese enemigo que nos aniquiló, que nos destruyó, que mató, que torturó, no por llevarnos algo sino para dar cierre a algunas cosas”, respondió y también pidió que el Estado “le de continuidad y celeridad a estos procesos” y que “esté detrás y profundice la búsqueda de estas casi 300 identidades que buscamos”.

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