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16/09/2021

Noche de los Lápices: “reconstruir” la vida en Mar del Plata, 45 años después del horror

El testimonio de Emilce Moler, sobreviviente radicada en la ciudad desde su liberación en 1978, en el juicio que se realiza en La Plata y en el que están acusados Wolk y Etchecolatz, entre otros 16 represores.

Noche de los Lápices: “reconstruir” la vida en Mar del Plata, 45 años después del horror
Emilce Moler participó de un nueva edición de "Esquinas con Memoria" (Foto: Marcelo Nuñez)

A pesar de la necesidad de “mirar para adelante” para “reconstruir” su vida después del calvario que vivió al haber estado meses secuestrada y luego “detenida”, Emilce Moler entendió lo significativo que podía llegar a ser “atesorar en la memoria” todo el dolor atravesado durante su cautiverio. Es que sin el testimonio de las y los sobrevivientes la condena social y judicial contra los represores hubiera sido muy difícil, tanto años después.

Con esa “tranquilidad”, Moler vuelve a declarar y a recordar, cada vez que es necesario, el horror que atravesó desde que fue secuestrada a sus 17 años por la dictadura cívico militar en la madrugada del 17 de septiembre de 1976 en su casa de La Plata, en el marco de la denominada “Noche de los Lápices“, nombre que recuerda el secuestro de un grupo de diez estudiantes secundarios que, hace exactamente 45 años y en plena dictadura, llevaron adelante una lucha por el boleto estudiantil en La Plata. De ellos, seis continúan desaparecidos.

Y así como este martes estuvo presente en Mar del Plata -donde vive desde que fue dejada en libertad en 1978- en una nueva edición de la iniciativa “Esquinas con Memoria”, hace pocos meses brindó un nuevo testimonio ante la Justicia, en el juicio iniciado el año pasado en La Plata que tiene entre sus 18 acusados a los represores Juan Miguel Wolk –que desde 2016 cumple prisión domiciliaria en Mar del Plata– y Miguel Etchecolatz y que se centra en crímenes de lesa humanidad cometidos en tres centros clandestinos de detención conocidos como “Pozo de Quilmes”, “Pozo de Banfield” y “El Infierno” de Avellaneda.

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En 1985, cuando por primera vez fue entrevistada por el Equipo de Antropología Forense, Emilce Moler entendió la importancia que tenía poder testificar, contar el horror que había padecido y “atesorar en la memoria” hechos que, ante cualquier otra circunstancia, desearía poder rápidamente olvidar.

“Me permitió darme cuenta de la importancia de ser testigo de los centros clandestinos, de poder identificar personas, alguna ropa que quizás al momento de encontrar el cuerpo no se había degradado. Yo tenía 26 años y a partir de ahí tomé conciencia de lo que era ser testigo, atesorando en la memoria todos los detalles para brindarlos en las distintas instancias”, contextualizó ante el Tribunal Oral Federal N°1 de La Plata cuando hace algunos meses prestó un nuevo testimonio, en este caso en el juicio por crímenes cometidos en los centros clandestinos a los que también fueron conducidos los otros nueve jóvenes secuestrados en el marco de la “Noche de los Lápices”.

También, antes de dar su testimonio de manera virtual desde Mar del Plata, recordó que en 2006 -prácticamente en paralelo a la segunda desaparición de Jorge Julio López- declaró en un emblemático juicio contra el genocida Etchecolatz por lo que luego recibiría serias amenazas y por lo que hoy todavía sigue bajo protección. “Hoy a mis 62 años, hace 36 años que doy mi testimonio“.

Fue en la jornada 28 del juicio que sigue desarrollándose en La Plata -y que puede seguirse en directo a través de La Retaguardia– que Emilce Moler declaró de manera virtual ante las preguntas de la querella que lleva adelante la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH). Y así volvió a relatar, para ratificar, lo que sufrió desde la madrugada del 17 de septiembre de 1976 cuando militares armados golpearon la puerta de su casa, encañonaron a su padre -un policía jubilado- y entraron en busca de la estudiante del Bachillerato de Bellas Artes y militante de la Unión de Estudiantes Secundario (UES).

En cuestión de minutos, a Emilce le taparon la cabeza y la subieron a un auto que estaba estacionado afuera de su casa.

“Comenzamos a andar, primero pasamos por la casa de otra compañera del secundario que no estaba, luego por la casa de otra compañera, Patricia Miranda, que no tenía militancia política y la subieron a otro coche. Llegamos a algo que yo decía que era un descampado y que con el tiempo pasó a ser lo que se conoce como el ‘Pozo de Arana‘”, expuso, inicialmente, y así hizo un pedido particular a los jueces: no tener que volver a rememorar -como ya lo hizo en diversas declaraciones previas- las aberrantes torturas recibidas.

Con el aval de los jueces Ricardo Basílico, Walter Venditti y Esteban Carlos Rodríguez Eggers, siguió con su relato cronológico de lo que atravesaría hasta 1979, momento en que sería liberada completamente y comenzaría la “reconstrucción” su vida en Mar del Plata.

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DETENIDA-DESAPARECIDA Y “PRESA LEGAL” 

Los recuerdos de su paso por el centro clandestino de detención “Pozo de Arana” por alrededor de una semana, Emilce Moler los resumió bajo el hecho de haberse encontrado en “condiciones inhumanas“, entre tormentos y torturas, hasta que el 23 de septiembre la subieron a un camión junto a otros compañeros de militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios, algunos de los cuales fueron bajados a mitad de camino: “Nunca supe en ese momento que se estaba determinando la vida y la muerte de distintas personas”.

El recorrido del camión siguió hasta que llegaron a otro centro clandestino de detención: el “Pozo de Quilmes”.

“Al recibirme se enojaban porque como yo era muy delgada cuando querían ponerme las esposas se me salían”, recordó y expresó que entre los guardias se quejaban: “Pero qué van a traer acá un jardín de infantes”.

Ya en el nuevo centro clandestino, Emilce y sus compañeras fueron alojadas en una celda, con los ojos tapados y atadas, y empezaron a escuchar voces y, con el tiempo, a ver a distintas personas en su misma situación. En ese contexto, recordó que un día le llevaron a su celda un peine y un espejo, le sacaron su vendas y le dijeron que iba a tener una visita: así se reencontró con su padre.

“Tuve la fantasía que me podía ir con él y me dijo que no, que mi vida dependía de Vides y de Etchecolatz que eran dos personas siniestras y que no sabía cuándo me podía volver a ver y que estaba haciendo lo posible aunque las puertas se le cerraban por todos lados”, rememoró.

Recién a fines de diciembre de ese año Emilce sería nuevamente trasladada. Un día, dos o tres personas se acercaron a su celda con una máquina de escribir, le desataron las manos, le hicieron una serie de preguntas y le anunciaron que quedaría “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, lo cual implicaría algunos días después su derivación a una comisaría de Valentín Alsina, donde al menos empezaría a ver periódicamente a su familia.

Allí estuvo hasta el 27 de enero de 1977 cuando una vez más fue trasladada y derivada a la cárcel de Villa Devoto, ahora en calidad de “presa legal”. “La celadora cuando llegué me empezó a leer todos los cargos que me imputaban como tenencia de armas de guerra, de explosivos, de asociación ilícita y yo con mi inocencia decía que no era cierto”, recordó.

Emilce señaló que su estadía en Devoto sería “muy larga” y que, al poco tiempo, dejó de poder recibir visitas de su familiares. Para entonces no dejaba de recibir malas noticias de familiares y amigos secuestrados, desaparecidos o asesinados por la dictadura.

La mujer, en un tramo de su relato, recordó que en un momento un militar fue a entrevistarla tras tener contacto con su padre y tras esa reunión le dijo: “Olvídese de su hija, su hija es irrecuperable para esta sociedad“. “Fue una frase que me marcó mucho”, expresó.

Y sobre su extensa estadía en la cárcel de Devoto amplió: “Devoto era un lugar donde se trataba de buscar la destrucción, las cientos de mujeres encontrábamos las maneras de sobrevivir y de sobreponernos a ese lugar porque hasta los curas que daban las misas nos insultaban, todo era para destruirnos”.

Entre días “casi eternos” en los que cumplió sus 18 y 19 años encerrada, un día de manera “inesperada” recibió la noticia de que le otorgarían la “libertad vigilada”. Para ese entonces, señaló, sus padres ya se habían mudado a Mar del Plata ya que sabían que ella no podría permanecer en La Plata.

“Se habían ido a Mar del Plata sabiendo que me gustaba el mar y que podría reconstruir mi vida en algún momento allí”, expresó y recordó que una vez en la ciudad debía presentarse cada 48 horas en la comisaría primera hasta que finalmente en mayo de 1979 recobró completamente su libertad.

LA RECONSTRUCCIÓN DE LA VIDA

Cómo “reconstruir la vida” después de tanto dolor fue uno de los puntos que atravesó la exposición de Emilce Moler en el juicio.

“Fueron tiempos muy difíciles, al principio uno no podía ir a psicólogo, no podíamos hablar, no podíamos decir, no te creían, y uno se fue aferrando a los afectos, a la familia, al estudio en mi caso y reconstruir una pareja, tuve tres maravillosos hijos y siempre digo que sentí que fui libre cuando tuve a mi primera hija, cuando sentí que mi cuerpo respondía y que había superado las cosas que había padecido”, describió.

En esa reconstrucción de su vida, Emilce relató que nunca más se dedicó al arte que fue su motor durante su paso por la escuela en La Plata: “Cada vez que siento el olor de a los oleos y demás no puedo dejar de pensar en mis compañeros”.

En cambio, Emilce llevó adelante actividades políticas, gremiales y de derechos humanos y se formó como doctora en bioingeniería, magíster en epistemología y profesora en matemática.

En torno al paso de los años, entre las satisfacciones y los puntos pendientes de todo el proceso de lucha, concluyó: “Logramos que Argentina realmente condenara las dictaduras, las desapariciones, las apropiaciones, eso no es poco como país y valió el esfuerzo de todos los que hablamos. Sin embargo falta, faltan algunas cuestiones porque los genocidas hicieron una sola cosa y muy bien: callar y por lo tanto no sabemos donde están los cuerpo de nuestras compañeras y compañeros desaparecidos y dónde están los nietos que tenemos que recuperar. Por eso seguimos hablando, seguimos testimoniando a pesar de hacerlo desde hace 36 años”.

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