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11/05/2019

Subzona 15: el terror de la persecución y tres amigas secuestradas

Gladys Rusell declaró en el juicio, por la desaparición de dos amigas y la hija de una de ellas más el secuestro y liberación de otra. Contó cómo fue su “exilio interior” y cómo la buscaron por diversos lugares.

Subzona 15: el terror de la persecución y tres amigas secuestradas
(Foto: archivo / QUÉ Digital)

Gladys Rusell habla de terribles secuelas. Dice que no pudieron quebrarla y hasta el día de hoy sigue actuando políticamente –fue diputada de La Pampa–. Pero lamenta que quedó en ella una especie de síndrome de no poder recordar fácilmente nombres, identidades y rostros. “Es como que el inconsciente me dice ‘si la historia se repitiera y cayeras, vos no vas a poder cantar a nadie’”, señala.

Es que tres amigas suyas y la hija de una de ellas fueron secuestradas en febrero de 1978 –tres permanecen desaparecidas- y a ella la persiguieron por diversos lugares y de distintas maneras, pero logró no ser encontrada. Con el dolor de que dos de sus amigas y la hija de una de ellas permanezcan desaparecidas declaró en el juicio por delitos de lesa humanidad que se lleva a cabo desde el año pasado en el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata y que tiene a 43 imputados por delitos cometidos en la Subzona 15 -ámbito jurisdiccional, compuesto por las áreas 15.1 y 15.2- y en los centros clandestinos de detención conocidos como “La Cueva” y Base Naval.

Allí, expuso cómo fue su “exilio interior” que la llevó a no terminar secuestrada, y quizás desaparecida, y cómo el terror la persiguió hasta que en 1979 se fue a La Pampa, donde intentó encontrar algo de seguridad.

Susana Kowaldo, Amanda Virginia Prato, María Adela Chiappe y su hija de 16 años María Gabriela Leguizamón fueron secuestradas el 12 de febrero de 1978 en Mar del Plata en la vía pública por personal de las fuerzas armadas: fueron subidas a dos vehículos y trasladadas a la Base Naval, adonde fueron alojadas clandestinamente en las dependencias de Buzos Tácticos. Y días después, fueron conducidas al centro clandestino de detención que funcionaba en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (ESIM) y alojadas en lo que se llamaba “El Polvorín”.

Prato y Chiappe -de militancia en Montoneros- y la hija de esta última actualmente permanecen desaparecidas y Susana Kowaldo tras 20 días de cautiverio logró ser liberada, y ya declaró como víctima en una de las jornadas de noviembre pasado del prolongado juicio que continúa.

Gladys Rusell inició su relato con una descripción sobre la relación que la unía con las cuatro víctimas. A Susana Kowaldo, contó, la conocía porque su cuñado era abogado como ella en La Plata y habían cursado juntos una licenciatura. Con María Adela Chiappe –escribana- las unía una militancia en conjunto en la Juventud Trabajadora Peronista.  Y con Amanda Virginia Prato –también abogada- las unía la militancia y el trabajo territorial en los barrios. Las cuatro solían juntarse y pasar momentos juntas.

Desaparecidas Chiape - Leguizamon - Prato

El 24 de marzo de 1976, ya con el temor que representaba su militancia y tras haber pasado algunos meses en Europa por “recomendación” de un amigo familiar, Gladys decidió mudarse de La Plata –de donde era oriunda- y se fue a vivir a El Palomar junto con Armada. “Ya había tenido algunos llamados de atención, me habían tirado un auto encima”, relató ante los jueces ante los jueces Roberto Falcone, Mario Portela y Alfredo Ruiz Paz y ante preguntas de la fiscal Eugenia Montero.

Asimismo, completó que hacia 1977 se había ido a vivir con quien formó pareja y tuvieron su primera hija el 1º de febrero de 1978. Ya en las últimas semanas de su embarazo, Gladys contó que no había visto mucho a sus amigas por el embarazo pero también porque sabían que “podían ser elegidas” y así recordó que, de todas maneras, periódicamente se encontraba con María Adela Chiappe para saber que estaban bien.

“Me acuerdo que me contaba que alguien la llamaba, con varios llamados insistentes, que estaba sola, que le pedía que viniera a Mar del Plata. Sabíamos que había gente que hacía eso, pero que entregaba gente”, recordó respecto a lo que fueron días previos al secuestro de sus amigas.

Asimismo, relató que cuando las tres fueron a conocer a su hija allí le contaron que viajarían un fin de semana. “Habían decidido ir porque no podía ser que todos estuvieran quebrados y entregando gente”, expuso y contó que en parte el viaje también era porque Chiappe tenía que aprovechar a realizar cuestiones vinculadas con la escribanía.

Ante la consulta sobre quién realizaba las llamadas que haría que las tres amigas vinieran a Mar del Plata y fueran secuestradas, la mujer sólo pudo precisar algunas referencias de una posible compañera de militancia de Chiappe., sin mayores recuerdo.

En un tramo de la declaración Gladys Rusell relató cómo eran aquellas visitas de conocidas, teniendo en cuenta el peligro al que sabían que estaban expuestas y así habló de vivir en un “exilio interior”. “Cuando alguien iba a la casa de alguien nos movíamos como lo que llamábamos compartimentados, fijábamos la vista y no podíamos ver lo que teníamos alrededor y alguien te iba  guiando”, detalló y contó que por entonces Susana Kowaldo era quien sabía dónde vivía.

Gladys se enteró que algo les había pasado a sus amigas –en realidad supo que no se sabía nada de ellas- mientras estaba en La Plata en la casa de su madre. En paralelo, el temor por su situación comenzó a aumentar.

Según contó en el juicio, el mismo día que se enteró que algo les había pasado a sus amigas en Mar del Plata, su pareja había ido a buscar pañales a su casa de Buenos Aires y cuando llegó se encontró con la advertencia del portero de que los militares habían estado en el departamento.

Entonces, los compañeros de su pareja –que no formaba parte del peronismo- decidieron “guardarlo” y así pasó dos meses en los que ni Gladys supo nada de él.

Luego supo, de acuerdo a lo que relató ante los jueces, que inmediatamente después de la desaparición de sus amigas –y tres días antes de que su pareja fuera hacia allí- al departamento habían ido los militares y durante toda una noche habían dejado un camión con soldados en la zona. “La portera tenía que ponerse la mano en la cabeza cuando nosotros llegáramos”, contó según las indicaciones que le habían dado los militares a la mujer mientras caminaba de lado a lado de la cuadra. Pero Gladys, sin saber aquello, había decidido quedarse algunos días en lo de su madre.

El relato de cómo fue el reencuentro con su pareja también puso en evidencia la persecución que sufría. Durante esos dos meses que no supo nada de él estuvo dando vueltas de casa en casa ante el peligro que suponía que la estuvieran buscando. Y un día se contactaron con ella para decirle que su pareja estaba con vida y que lo habían “guardado” sus compañeros. Así coordinaron para encontrarse, y cuando viajó a Buenos Aires para encontrarse su madre y su hermano llevaron a la hija en auto y ella fue en tren “de manera de que si caía no le pasará nada a la nena”.

JUICIO LESA HUMANIDAD MEGA CAUSA SUB ZONA XV  (5)

Antes de partir hacia 1979 –cuando quedó embarazada por segunda vez- a La Pampa y ya con conocimiento de que Susana Kowaldo había sido liberada, Gladys recordó en el juicio haberla visto. “Un día en la calle la vi. No hice nada para hablar con ella, porque fue como que hubiera visto… No la culpo porque uno no sabe qué hacer en un marco de tortura, pero no puedo hablar con ella”, expuso respecto a lo que representó su liberación y el allanamiento ocurrido en su domicilio apenas días después del secuestro de ellas.

Otro de los episodios de persecución, según relató, se dio en la casa de una tía muy mayor que tenía en Mar del Plata y a quien regularmente le giraba dinero para ayudarla a mantenerse. Luego de que los militares estuvieran en su casa y se llevan todo, la vivienda de su tía en Mar del Plata fue allanada. “Me fueron a buscar a la casa de ella. Fue terrible el operativo. Al poquito tiempo, ella murió”, contó.

 LAS SECUELAS 

Gladys realizó en su declaración un pormenorizado detalle de cómo era la situación vivida y también se tomó su tiempo para describir las “terribles secuelas que tuvo esta historia”.

En este sentido contó haber padecido y aún padecer “un síndrome como de no poder recordar nombres, caras, identidades”. “Eso es una cosa muy fuerte”, lamentó.

Y luego graficó: “Es no poder saber cómo se ve el otro y no poder decirle que ya nos habíamos visto. Es como que el inconsciente me dice ‘si la historia se repitiera y cayeras vos no vas a poder cantar a nadie’”.

Asimismo, Gladys lamentó que hacia 1979 en su partida a La Pampa prácticamente no pudo ejercer como abogada y casi ni presentaba esa como su profesión. Pero al repasar esas consecuencias, como contrapartida, sí destacó que hay algo que los militares no pudieron “quebrarle”: “Seguí actuando políticamente hasta hoy”.

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