Carmen Ledda Barreiro: “No lograron quitarnos la ternura”

La abuela de Plaza de Mayo y exdetenida desaparecida compartió su historia. El terror, las torturas y un reencuentro que no llega, porque a su rompecabezas le faltan dos piezas: una hija desaparecida y un nieto por recuperar.

24/03/2015
Carmen Ledda Barreiro: “No lograron quitarnos la ternura”
(Foto: Kito Mendes)
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

[email protected] @gonzalogobbi

La historia de Carmen Ledda Barreiro de Muñoz es un rompecabezas, como así también su relato. Sus palabras permiten unir las piezas de un testimonio de 40 años de vida, persecución y búsqueda. La abuela de Plaza de Mayo y exdetenida desaparecida próxima a cumplir 80 años, compartió con QUÉ fragmentos de esa historia aún incompleta. A 39 años del golpe cívico militar, este 24 de marzo irá a la marcha para seguir firme en la lucha por reconstruir un rompecabezas al que aún le faltan dos piezas esenciales: una hija embarazada desaparecida y un nieto por recuperar.

Antes de que el grabador se encienda, Ledda baja la música en el comedor de su departamento cuando otro tema de Calle 13 (“Latinoamérica”) está por comenzar a sonar. “Me gusta, porque sus letras hablan con la verdad”, dice, ofrece mate y comienza a revivir anécdotas que saltan en el tiempo, de los ’70 al presente, de los mecanismos de tortura en “La Cueva” al nieto que Estela de Carlotto recuperó el año pasado, y del 24 de marzo de 1976 a la reunión que tras la entrevista tendrá con sus familiares que vinieron a visitarla.

Cuando en agosto del 2011 Ledda Barreiro declaró ante el Tribunal Oral Federal Nº1 en el juicio por la megacausa “La Cueva”, su relato duró dos horas y media. Incluyó en él todos los detalles -que recuerda sin descuidos- desde que una patota de la CNU comenzó a perseguir a su familia, pasando por el primer allanamiento en el que agredieron a su hijo menor, Fabián; la detención de su hijo Alberto, “Beto”; la desaparición de su hija mayor, Silvia; las torturas sobre su cuerpo que su marido Alberto fue obligado a presenciar; el miedo de muerte, los amigos que nunca volvieron y la búsqueda para reconstruir esa historia.

LA CUEVA: TORTURA Y MENSAJES DE AMOR

“El ser humano tiene recursos en situaciones límite, de tortura y muerte, que son extraordinarios. Que no sabe que las tiene hasta que las vive”, afirma Ledda Barreiro cuando recuerda momentos de los meses que estuvo secuestrada cinco metros bajo tierra en “La Cueva”, entre enero y abril de 1978. Para entonces, su hija mayor, Silvia, llevaba poco más de un año desaparecida.

Cuatro hombres sorprendieron a Ledda en su casa mientras dormía. Le cubrieron la cabeza con la funda de una almohada y se la llevaron en silencio sin que Fabián, el menor de sus hijos, oyera lo que pasaba. Aún no lo sabía, pero su marido estaba en el mismo lugar al que la trasladaron, en “La Cueva”, en otra habitación.

“Era terrible”, dice al recordar las torturas. “A todos, nos torturaban todos los días, sobre una mesa larga de madera a la que le quedó en el medio una cruz. Eran los cuerpos que habían dejado esa marca, que hizo saltar las capas de pintura y que nunca le pudieron borrar”, agrega.

A Alberto, su marido, no lo torturaban. “Peor, le hacían ver cómo me torturaban a mí”, recuerda. Golpes, quemaduras, picaneadas y sumergidas en un balde al límite de ahogarse.

“A algunos no sabés como les daban, era horrible”. Tuvo seis operaciones por las consecuencias de los meses de tortura: le extrajeron el útero, un riñón y perdió huesos de sus piernas: “Pero a la marcha siempre voy”, aclara y pese a todo, sonríe.

El contacto con Alberto en esos meses de encierro fue sin palabras. Habían acordado toser para saber que el otro seguía vivo. “Cuando nos llevaban al baño tosía y si escuchaba su tos, pensaba: está vivo”, cuenta Ledda y luego dice con una sonrisa que en ocasiones, a través de un vidrio que formaba parte de las instalaciones del centro clandestino de detención, él le escribía “Te quiero” con el dedo. “Y yo”, le respondía ella de la misma manera.

A veces le hacía un gesto con los brazos, que mecían a un bebé que no estaba. Era la señal sin palabras para preguntarse cómo estarían los chicos. “Cosas de enamorados”, afirma la abuela de Plaza de Mayo casi con vergüenza adolescente.

SILVIA, LA MIRADA DULCE

Cuenta su madre a partir de testimonios recogidos en todos estos años que mientras estuvo secuestrada (primero en Arana, luego en “La Cacha” y finalmente en el Pozo de Banfield), Silvia le cantaba a sus compañeros luego de las torturas.

Supo que unas hormigas entraban a la celda y se llevaban las migas del pan con el que junto a un mate cocido servido en una lata alimentaban a los prisioneros. “Las chicas las pisaban y Silvia pedía que no lo hicieran. Porque las hormigas salían al otro lado de la pared, eran libres. Y ella preguntaba qué podían comer cuando fueran liberadas. Dijo que sería capaz de comerse un pote entero de dulce de leche Chimbote”, relata Ledda, según le contaron. “Y era así, se podía comer el pote entero de dulce de leche”, garantiza, porque lo sabe.

Silvia estudiaba psicología y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. En las fotografías que guarda su madre sobre un mueble se la observa calma, alegre, libre. “¿No es hermosa?”, piensa Ledda en voz alta. “Tenía una mirada tan dulce…”, agrega y calla para volver a mirar la foto, de cuando tenía 16 años.

A los 21 años, el 22 de diciembre de 1976, Silvia Muñoz fue secuestrada. Tenía que presentarse a una cita en una plaza de La Plata, pero no llegó. Luego lo vieron a Gastón, su pareja. Él les dijo que Silvia no había vuelto a dormir y les dio a los suegros la noticia que ella no pudo contarles: estaba embarazada y “Gastón dijo que le quería poner Ramiro”.

El hijo de Silvia nació en el Pozo de Banfield. Gastón sigue desaparecido. “Los antropólogos que trabajaron en el Pozo de Banfield me dijeron que tenían malas noticias”, dice Ledda : muchos de los cuerpos fueron arrojados al río. Su nieto, jamás apareció. Las ganas de encontrarlo, son indescriptibles, incluso para Ledda .

“Creo que lo reconocería. Que si lo viera, sabría que es él. Debe tener la cara de Gastón. Me lo imagino, que sé yo, hasta con la mirada de mi hija”. Es una pieza que Ledda busca para completar el rompecabezas de su historia, que sigue incompleto.

EL HORROR, LA LUCHA Y LA TERNURA

Ledda Barreiro está por cumplir 80 años de vida. Detrás de esos ojos que retienen lágrimas que no pueden esconder la emoción está el recuerdo de la “terrorífica” noche del 24 de marzo de 1976, que pasó escondida adentro del hueco de una planta de laurel en pleno centro de Mar del Plata.

Detrás de esos ojos, están los nombres de los nietos recuperados que a través de su trabajo en Abuelas de Plaza de Mayo filial Mar del Plata ayudó a encontrar. Están también los meses en “La Cueva”; la nostalgia por la ausencia de su esposo, quien murió por inanición a mediados de los ’80; las últimas charlas con Silvia; las visitas a “Beto” en la cárcel; la ayuda de Fabián, que ya tiene 50 años y trabaja con ella en la oficina de Abuelas; los viajes por todo el país para huir del terror; la valentía de haber declarado para reconstruir la historia de los suyos y de otros; y la incertidumbre de no saber dónde están las dos piezas que a su vida le faltan.

Pero en todo su relato, Carmen Ledda Barreiro remarca una palabra con especial hincapié: ternura. Dice que “si algo no lograron quitarnos, es la ternura”. Defiende que sus hijos, por sobre todo, “son personas tiernas”. Y ese amor que la aferra a su familia, es el mismo que la hace seguir luchando. El mismo que este nuevo 24 de marzo la llevará a participar de la marcha en el centro de Mar del Plata, para continuar en la búsqueda de un reencuentro y un abrazo que aún no llega, y que Ledda necesita para completar su historia, su rompecabezas. 

Ver más: , , , , , , , ,

Comentarios