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05/07/2015

“Quiero escrachar al Estado, porque a mí el Estado me cogió”

Rosario fue violada por Claudio Napolitano, quien será juzgado por 7 casos de abuso sexual y cuenta con una condena por el mismo delito. Rosario quiere contar su historia para que los que tienen que hacer, de una vez por todas, hagan.

“Quiero escrachar al Estado, porque a mí el Estado me cogió”
(Foto: QUÉ Digital)

Son las 22,25 del 14 de febrero de 2013 y Rosario llega a su casa, ubicada en la calle 49 y Florencio Sánchez. A 50 metros de su vivienda, es interceptada por un hombre, que le pone un arma en el cuello, la lleva a un descampado ubicado diez cuadras hacia adentro del barrio, abusa de ella y le roba sus pertenencias. Antes de irse, le dice: “Qué mal me siento por lo que te hice ¿Vos te pensás que no soy consciente de que te cagué la vida?”.

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Son las 17,30 del 3 de julio de 2015. Rosario se sienta entre sus alumnos en el gimnasio y mientras les da indicaciones cuenta su historia. Habla con entereza y tiene un esbozo de sonrisa en el rostro, aunque su mirada dice mucho más. Aclara una y mil veces que no tiene filtro para decir las cosas y pide disculpas por sus expresiones; como si no fuera toda una sociedad la que debería sentirse avergonzada por lo que le pasó.

En días nada más comenzará el juicio a Claudio Napolitano, ese hombre que dos años atrás le marcó la vida. Entonces, dice Rosario, ella quiere contar su historia. Pero no por él, sino por todo lo que gira alrededor de él. “El tema con Napolitano para mí es lo de menos, él es una escoria; a mí me garchó Napolitano y me garchó el Estado con Napolitano como intermediario”, dispara, sin filtro, como ya aclaró y va a volver a aclarar.

Claudio Napolitano, alias “Pepino”, tiene 46 años y dos condenas. Una de ellas data de 1996, cuando la Justicia lo halló culpable de haber violado a 7 mujeres y lo condenó a 25 años de prisión. Sin embargo, Napolitano fue beneficiado por la ley del 2×1 y solo llegó a cumplir 7 de los 25 años, por lo que en 2003 quedó en libertad. Además, ya tenía una condena anterior a 11 años por robos a mano armada. Estuvo en libertad hasta que en mayo de 2013 lo detuvieron en la ciudad.

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Rosario tiene 32 años y vive en un monoambiente. Antes del 14 de febrero de 2013 vivía con su familia, pero “después de Napolitano”, como ella cuenta, no pudo ni quiso quedarse allí. Hoy se levanta todos los días, trabaja como personal trainer y, asegura, “vive el día a día”. A la obvia pero inevitable pregunta de qué cambio, la respuesta es tan evidente como contundente: “Todo”.

“Sé que el común dominador es la depresión, pero yo lo que pensé fue: ‘Vos te diste el lujo de hacer lo que hiciste y me marcaste la vida, pero no me la vas a cagar, no te voy a dar tanta importancia’”, afirma. Y por eso, cree, tiene la entereza que tiene. Y también, claro está, gracias al acompañamiento y el apoyo del equipo de la ONG En Red, que la contiene y la ayuda en este proceso, que el martes tendrá un nuevo capítulo.

Sin embargo, contrario a lo que muchos pueden suponer, para Rosario el juicio “es como un trámite”. “Yo con el juicio arranco, porque al Estado le chupa un huevo la integridad de sus ciudadanos y yo quiero que eso se sepa”, advierte y recuerda, entre tantas cosas, lo que vivió cuando fue a pedir asistencia psicológica, al poco tiempo del abuso.

“Me dijeron que el lugar solo estaba abierto hasta las 14; yo les dije que no podía en ese horario porque trabajaba y no me dieron bola, me dejaron sola; estuve un año sin hacer terapia porque estaba negada a hacerlo por mis propios medios, porque soy partidaria de que el Estado debería hacerse cargo de semejante negligencia”, explica. Y quién podría decirle que no tiene razón.  

Rosario dice, remarca y reitera que no está deprimida. Está enojada. Muy enojada. Está indignada. Muy indignada. Siente impotencia. Mucha impotencia, por un Estado negligente que liberó a quien se ocupó de marcarle la vida a ella y muchas chicas más.

“Yo caí de lo que me había pasado en septiembre, estuve en shock, estaba bien, no entendía. Hay personas que se les da por llorar, por estar mal, pero yo tenía unos terribles ataques de ira con la vida en general, con la gente ni hablar. Y hoy me sigue pasando lo mismo”, relata y dice no tener tolerancia alguna. Igualmente, aclara: “Siempre fui así, pero con lo que pasó se agravó más; a veces los ataques de ira no me dejan dormir, no sé si patear la puerta, si romper el placard, si romper los platos o los vasos. Todo el tiempo”.

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A Rosario, el Poder Judicial y el Estado no hicieron más que maltratarla. Eso es lo que ella cuenta y, una vez más, quién podría decirle que no. “El Estado no se hizo cargo de nada nunca, hay un maltrato total hacia la víctima y por eso, yo quiero escrachar al Estado, porque a mí el Estado me cogió”, reafirma con crudeza y le pide a la sociedad que la acompañe, que no la deje sola, pero no por Napolitano, sino por la propia sociedad en sí misma.

“Quiero que la gente tome conciencia; yo no quiero meterme en una cuestión política, pero indefectiblemente voy a caer ahí: quiero desenmascarar el Estado, porque a esta persona nunca se le hizo seguimiento alguno, vivía a seis cuadras de mi casa como si nada”, argumenta y por eso, considera que “Napolitano es un mulo, es un reo, es una escoria, pero el tema es todo lo que gira a su alrededor y todo lo que ampara a esta clase de gente”.

Y con toda esa impotencia, Rosario agrega: “Por eso, la realidad es que de este juicio no espero nada, porque voy a declarar, se va a dictar la sentencia, serán 500 mil años, todos van a aplaudir, la gente va a llorar y yo voy a estar casi como si fuera al velorio de alguien que no me importa, porque lamentablemente en cinco años va a salir de nuevo”.

Entonces, relata, todo el mundo le dice que es derrotista. Y ella se ríe y dice, “creo que los hechos hablan por sí solos”. Y de nuevo, quien podría decirle que no. Como si fuera poco, recuerda, cuando empezó los trámites judiciales decidió ir a un abogado particular. Su única pregunta fue si alguien podía garantizarle que Napolitano no saldría nunca más. Y le dijeron que no. “Si nadie me lo garantiza, ya fue, para qué voy a pagar”, reflexiona.

A nivel personal, y más allá de la bronca, Rosario asegura que su psiquis le jugó a favor, porque nunca se quebró. “Si me pongo a pensar en el hecho, es una cagada, es tétrico, cada segundo que recuerdo es tétrico, pero de insano no tiene nada”, subraya, pero sabe que las marcas están y que no se van ir. “Tengo buena capacidad de disociación, esto no me generó rechazo en los hombres, pero sí me generó mucha soberbia, es como que después de todo lo que me pasó, me hice sola, y entonces pienso ‘¿A mí me la vas a venir a contar?’”,afirma.

Y en cuanto a cómo salió adelante, no lo duda ni un segundo: su pasión, “los fierros”. “Después de Napolitano me puse a entrenar, siempre lo hice, siempre me dediqué al complemento de pesas, pero después de lo que pasó empecé a manejar unos pesos importantísimos, lo hacía a la par de un tipo”, dice orgullosa, porque entiende que ese fue y es su refugio. Y como si fuera poco, decidió competir, así que a fines de este año “se va a subir a las tablas”, porque eligió ponerse una meta, concentrarse “en algo en el medio de tanta mierda”.

“El dolor es como una cosa amorfa, que cambia de forma, depende el momento. A mí me pasa esto, tengo muchas obsesiones, me volví así, antes no lo tenía, porque lo que me pasó es que me di cuenta de que tenía que volver a empezar, tenía que aprender a vivir día por día y así fue y así es”, relata y asegura que es consciente de que no pudo recuperarse del todo, pero en eso está: “Dependo mucho de las cosas que hago, mi humor depende de eso. No es normal y no está bien, pero es de lo que me agarro ahora para poder seguir”.

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Son las 18,30 y Rosario sigue dándole indicaciones a sus alumnos, que no entienden demasiado bien qué es lo que pasa, pero confían en su entrenadora. Tal vez no tengan idea lo que ella está contando. O tal vez sí ¿Importa eso en realidad? “Todo el tiempo tengo miedo”, admite ella y relata sus trastornos del sueño, sus pesadillas recurrentes, las constantes vueltas a ese descampado, con esa misma persona, en ese mismo lugar.

“A mí el juicio no me cambia nada, porque acá no hubo un cambio drástico en los juicios en los que ya lo habían condenado; igual eso te lo digo ahora, pero quizás todo cambié y me afecte, pero no lo sé, últimamente soy una bolsa de sorpresas emocionales. Ojalá los años no me den la razón y él siga adentro”, completa, suspira y queda en el aire esa idea, esa necesidad de que ese ojalá esta vez no sea una expresión de deseo, sino una realidad.

LOS DETALLES DEL JUICIO 

Claudio Napolitano está imputado por 7 casos de abuso sexual agravado por uso de arma de fuego y acceso carnal y 7 robos agravados por uso de arma de fuego cometidos entre 2009 y 2013. En el debate, que se desarrollará a partir del próximo martes y durante 6 jornadas completas, habrá 16 testimonios y el Ministerio Público Fiscal, representado por la fiscal María Isabel Sánchez, buscará probar que acusado es el autor material de todos los delitos, que tienen una pena máxima prevista de 50 años.

Luego, será el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) Nº 4 el que deberá resolver. En el juicio estarán representadas las tres partes -defensa de Napolitano, Ministerio Público Fiscal y particular damnificado- y la expectativa de la fiscalía es que los jueces Alfredo De Leonardis, Gustavo Fissore y Jorge Peralta tomen como agravante el hecho de que Napolitano ya tenía condenas previas por delitos de la misma índole.

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