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01/09/2020

San Antonino, cuatro años después: “Sigo por la memoria de mi hermano”

El recuerdo de Alejandro Ricardenez, una de las seis víctimas del hundimiento, y el pedido de justicia de su hermana, Verónica, en un nuevo aniversario.

(Fotos y video: Qué digital)
Sebastián Alí

Por: Sebastián Alí

Alejandro Ricardenez trabajaba hacía poco más de diez años en la pesca. Esa necesidad de trabajar era lo único que lo sacaba de la cancha, donde defendía cada fin de semana los colores del Boca marplatense. Pero ya buscaba cambiar de aire, y aseguraba que la del 1 de septiembre de 2016 sería la última marea. Pero el Rusito no volvió, y hoy, al cumplirse el cuarto aniversario del hundimiento del San Antonino, su familia no descansa y sigue en la búsqueda de justicia.

“Yo sigo por la memoria de mi hermano”, dice con firmeza Verónica, hermana de Alejandro y quien este martes no podrá estar como cada año a la cabeza de un acto en homenaje a los seis tripulantes del buque. Aunque por la pandemia el recuerdo deba descansar en cada una de las fotos que pintan las paredes de la casa de los Ricardenez, como también en el “santuario” que rodea al barco a escala que atesoraba el Rusito, Verónica remarca una y otra vez que la búsqueda de verdad y justicia seguirá intacta hasta que haya responsables por el hundimiento.

El San Antonino era una embarcación de pesca costera, una de las denominadas lanchas amarillas. El 1 de septiembre partió de madrugada del Puerto de Mar del Plata y poco más de una hora después a la altura del Faro, la estructura de madera de 58 años cedió tras una filtración, naufragó y se llevó la vida de los seis tripulantes, de los cuales solo se recuperaron los cuerpos de Sergio Juárez, Carlos Campos y Gonzalo Godoy, mientras que Claudio Zerboni, Pablo Pardo y Alejandro Ricardenez siguen desaparecidos.

(Fotos: Qué digital)

Cuatro años después, aún no hay culpables, como nunca los hubo hasta el momento en ningún hundimiento. Pero las familias que siguen poniendo el cuerpo no olvidan, ni mucho menos bajan los brazos, sobre todo después de lo que fue el último gran avance de la causa, 11 meses atrás, con el procesamiento de dos de los tres armadores, Antonio Di Iorio y Alfredo Solimeno, acusados de abandono de persona por no haber registrado a uno de los tripulantes que viajaba a bordo del San Antonino, responsabilidad que no le fue aplicada también a Prefectura a pesar de los reclamos de las familias.

A diferencia de otros casos en los que el desamparo económico de las familias apremia, tuvieron la posibilidad de dedicarse desde el primer momento a la búsqueda de “verdad y justicia” en el ámbito penal, y hoy Verónica sigue siendo la cara visible de las víctimas en lo que califica como “el peor hundimiento”: “Siempre voy a decir lo mismo. Aunque tarde toda la vida en poder hacer que se sepa la verdad, sé que lo voy a lograr, porque estuvo muy armado todo”, denunció.

“La causa mucho no avanzó con todo esto de la pandemia. El procesamiento fue en octubre. Cuando se podría haber avanzado empezó todo esto y se complicó ir a ver cómo sigue la causa”, explica Verónica, quien más allá de los últimos avances sigue exigiendo que se completen las pericias al casco, cuestionando el accionar del fiscal de la causa, Nicolás Czizik, (hoy de licencia en su cargo) quien incluso les habría respondido a las familias que si querían hacer las pericias que demandaban, las hicieran por su cuenta.

Ante la falta de pericias completas, las pruebas testimoniales están atravesadas por una historia que se repite en la ciudad con más desempleo: la teoría del “ejército de reserva”, donde se aceptan las peores condiciones laborales con tal de no perder el trabajo frente a miles de desocupados que esperan la oportunidad de aprovechar cualquier baja en las fuerzas productivas. Verónica muestra que ese miedo a perder el trabajo se expresa en todos los ámbitos, no sólo en no poder cuestionar el estado de las embarcaciones.

“Sé que muchos mintieron en la causa. Sé que por no perder el trabajo algunos siempre van a mentir. Muchos dijeron que no se conocían, esto o lo otro. Es mentira. Todos se conocen en el Puerto y todos saben cómo están los barcos. Todos saben en las condiciones que salen. Si uno habla se queda sin trabajo, y atrás de ese hay otras 500 personas esperando para navegar. Es así”, remarca.

Estos cuestionamientos ya pudo expresarlos en una oportunidad frente a Czizik y también frente al juez a cargo del Juzgado Federal N°3 de Mar del Plata, Santiago Inchausti, gracias a reuniones en las que intercedió el por aquel entonces candidato y actual intendente, Guillermo Montenegro. Hoy, aunque asegura no querer “molestar” al jefe comunal en medio de la gestión de la pandemia, lo cierto es que espera que vuelva a interceder para reunirse con los funcionarios judiciales.

En su relato, Verónica remarca una y otra vez la injusticia entre quienes pudieron seguir haciendo su vida y sacando rédito del naufragio, y quienes todavía hoy cargan con el dolor de haber perdido a un ser querido sin justicia alguna: “Los dueños del barco cobrando el seguro y vendiendo o cediendo el permiso de pesca se compran otro barco. Yo desde el primer momento lo dije, es un negocio perfecto para ellos. Ellos siguieron su vida como si nada”, lamenta.

“Fue acá, pasando el Faro, ni siquiera dos horas después de salir del Puerto. Los dueños sabían que el barco ya no les servía más. Sabían que en cualquier momento se hundía. No querían cambar la bomba de achique, el barco tenía 58 años, era de madera y ya salieron del Puerto haciendo agua. Empezó a entrar agua y al estar todas las maderas podridas se reventó todo. No les dio tiempo a nada. Fue todo en cinco minutos”, continúa y rechaza la versión de los empresarios de la falla humana por la rapidez en la que se dio el hundimiento, por el estado del tiempo y porque la embarcación ya salió del Puerto con problemas.

La pandemia frenó todo, sí. Los tiempos de la justicia, que de por sí son largos -y más aún en el caso de los hundimientos- se estiraron mucho más. Pero si hay un denominador común entre las víctimas de las últimas tragedias marítimas, es el dolor por no poder recordarlos como cada aniversario, frente al mar, y mantener viva su memoria en las calles, por la vigencia de la cuarentena y el temor a contagiarse.

“Es la primera vez que no puedo hacer un acto ni un homenaje, eso me tiene muy mal. Es lo que más me duele. El primer año hice un mural en la Escollera Sur, hacíamos actos con la Multisectorial Ningún Hundimiento Más. Hasta escribí una canción. Pero este año me siento un poco impotente”, lamenta.

San antonino

De todas maneras, este cuarto aniversario la encuentra golpeando puertas, preguntando aquí y allá para ver si al menos consigue un permiso para ir con su familia a la Banquina de los Pescadores, hoy vallada por la cuarentena, y donde descansa una placa que recuerda al Rusito, al igual que cada rincón de la casa de los Ricardenez, pero cerca del mar y del sitio donde lo vieron embarcar por última vez.

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