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09/07/2019

Situación de calle: una historia de desarraigo, adicción y asistencia

La de Luis es una de las tantas historias que confluyen entre las personas en situación de calle, tan particulares y con tantas aristas que hacen de esta problemática una compleja realidad.

Situación de calle: una historia de desarraigo, adicción y asistencia
(Fotos: Lucho Garigulo / QUÉ Digital)
Sebastián Alí

Autor: Sebastián Alí

[email protected] @aliseba4

Como tantos otros, Luis no es de Mar del Plata. Gran parte de su vida la vivió entre Junín y 9 de Julio, hasta que por distintas circunstancias terminó en la ciudad. Trabajó en la pesca, en empresas de transporte y hoy, a sus 68 años, está jubilado. Hace años que vive -pasa el día y duerme- en la calle, y desde hace un año y medio que lo hace en la entrada de un consultorio, frente a la Plaza Mitre. Su historia es sólo una de las tantas que confluyen en la calle y que hacen de esta problemática una realidad tan diversa y compleja, tanto para etiquetar como para abordar.

En la calle no hay historias lineales. Hay marginalidad, desarraigo, pobreza, adicciones e incluso gente que está en la calle, pero que no duerme en ella. Cada una de las personas que son asistidas por dispositivos estatales o por organizaciones que trabajan la problemática tiene su propia historia. A veces muchos de esos factores confluyen, a veces sólo algunos, a veces todos. Allí reside la dificultad a la hora de intentar abordar debidamente este cúmulo de carencias, sobre todo teniendo en cuenta que los dispositivos estatales recién están comenzando a mirar hacia allí con detenimiento. Una mirada atenta que parece haber llegado tarde, ante la responsabilidad que le cabe al Estado por el denominador común de todas las historias: la exclusión social.

El caso de Luis, quien se quedó sin nada, con una adicción a cuestas y quiere dejar la calle pero no encuentra la manera, es quizás el estereotipo de persona en situación de calle. Pero en la misma vereda conviven también otras historias. Como la de su amigo “El chaqueño” o la de un matrimonio que tuvo la suerte de alquilar un humilde lugar para tener un techo, pero que recurre a la puerta del consultorio día a día para, junto a Luis, esperar cada atardecer que los voluntarios de La Noche de La Caridad lleguen con viandas de comida y, también, algo de abrigo.

 LA VIDA DE LUIS, EL ENTORNO FAMILIAR Y SU SALUD  

A la hora de explicar por qué está hoy en la calle, Luis habla de su familia y de su cruda historia. “Lo mío viene a nivel familiar. Empezó en el año 1973 con el suicidio de mi hermano, que estaba viviendo en Madariaga. Después, al año y medio se murió mi papá de depresión. En el ’94 tuvimos un accidente y murió mi madre. Fue la gota que rebalsó el vaso. En el ’95 vine para acá, y después fui y vine a 9 de Julio por algunas parejas que tuve. Pero a mí la vida me sigue dejando. La vida dijo ‘a este lo vamos a dejar’. Me vine acá prácticamente en el 2000 sin rumbo, sin destino. Empecé cuidando coches en la terminal vieja, y dormía ahí”, cuenta en diálogo con QUÉ Digital.

Junto a él, sus bolsos con ropa y algo más, Luis carga con una adicción, que probablemente haya sido otro de los factores por los que hoy no tiene más que la jubilación y la comida que le brindan desde La Noche de la Caridad. Luis dice que por el seguro del accidente cobró “mucha plata”, pero no pudo hacer ni proyectar nada, quizás por su adicción: “A propósito o no, me metí en el juego. Yo soy jubilado y llegó un momento en que los recursos no me daban. Un poco como que me chupó la calle. Si un día podré zafar por mérito propio, no sé. Soy adicto al juego. Uno sangra por las heridas que tiene o por dónde quiere. No me quejo de nada, de nadie. Pedí ayuda pero una adicción tarde o temprano te llama”, relata Luis entre los vaivenes de sus recuerdos, que quizás dificultan la reconstrucción de su historia, pero que siempre tienen un hilo conector.

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 LOS PRIMEROS DÍAS EN LA CALLE Y LA ASISTENCIA 

Luis cuenta que dejó de asistir a los paradores y puntos de encuentro por los disturbios que se generaban con otras personas que concurrían. “Yo iba a Plaza Rocha y había bondi todos los días. Iba al Materno, bondi todos los días. Después dije no, y me vine acá y me quedé. Los dueños me dejan. Vos tenés que respetar el lugar que te dan para vivir. Y eso que no soy el Papa Francisco. Yo soy mejor, porque él le miente al mundo”, bromea.

“Hoy estoy acá, me conocen las chicas de La Noche de la Caridad y me traen la comida. Hay muchos que les piden más de una bandeja, se las dan y después las tiran. No se dan cuenta que le están sacando la comida a otro. Yo soy grande. Me quedo acá con respeto y chau. Acá todos los días la gente pasa y mira y mira. Por ahí me salta la chapa de rebelde y les pregunto qué miran, si necesitan algo de acá. Soy un tipo tirado en la calle y me hacen sentir más mal”, continúa.

LUIS SITUACION DE CALLE (4)

Cuando no puede quedarse en la puerta del consultorio, generalmente durante el día, Luis va a Plaza Colón o camina hasta la Rambla, donde se encuentra con otras personas que conoció en el día a día de la calle. Lo único que sabe es que, a eso de las 21, tiene que estar en su lugar para que los voluntarios de La Noche de la Caridad le dejen una vianda de comida, que muchas veces es lo único que come en el día.

Hoy no comí, estoy esperando a La Noche de la Caridad. Para ellos no es fácil porque ahora hay mucha necesidad, hay mucha gente en la calle. Por lo que sea. Porque quieren, por la facilidad, por lo que sea. Entonces tienen que venir de lunes a lunes. Yo estoy bien. Estoy bien, estoy tranquilo”, cuenta Luis, en lo que es, sin dudas, una pequeña y certera síntesis de lo que se vive en la calle marplatense.

En cuanto a los albergues municipales y provinciales, la decisión de acercarse o no a los espacios, según Luis, “va en la vivencia que ha tenido cada uno”, aunque la negativa de la mayoría de los que no acceden, muchas veces tiene que ver con la noción de “libertad” y la convivencia con otras personas: “Apenas vine estuve en el Hogar de Nazaret. Una atención de primera. Estuve como tres meses. No sé si seré marxista o qué pero me gusta la libertad. No me gusta el régimen. Para mí -puedo estar equivocado- tiene que ser un régimen digno. Por qué vos tenés que estar encerrado, tenés que estar esperando que se haga el horario para irte. Hoy ya no voy. La higiene la tengo asegurada. Tengo el mar, duchas en todos lados. Es cuestión de saber vivir y adaptarse a las circunstancias”.

 ¿LUIS, QUÉ NECESITAS? 

Mientras el sistema sigue generando exclusión, ante esta situación los dispositivos estatales todavía deben perfeccionarse ya que no pueden aún dar una respuesta adecuada para evitar que personas como Luis sigan eligiendo dormir en la calle en lugar de en los hogares, con todo lo que eso implica y el peligro de morir por hipotermia que aparece ante la llegada de cada crudo invierno. Para Luis la solución -en su caso personal- sería tener una techo donde poder estar tranquilo, sin horarios y con esa “libertad” que él siente le da la calle.

“A esta edad quisiera estar en un lugar que sea gratis. Sin encierro, sin horarios, sin convivir con otra gente. Un lugar para vivir, para cuidar. No quiero plata. Hace un año y medio que estoy acá con permiso de los bioquímicos. Yo estoy bien, mientras el cuerpo me aguante. No me gustan los albergues por el régimen, por esa historia de los horarios que te cortan la libertad. El último operativo frío que estuve el anteaño pasado, tuve una mala experiencia con otros y no volví. Si bien cada cual tiene su historia, tenés que respetar la historia ajena”, relata.

La charla con Luis -en medio de una de las tantas frías noches de junio- terminó precipitadamente, quizás cuando ya no había mucho más que explicar. Se hicieron las 21 y llegaron las viandas de La Noche de la Caridad. Al terminar el encuentro y tras la visita de los voluntarios, la gorra de Luis se transformó en gorro de lana. Su barba ahora estaba cubierta con una bufanda y podrá cubrir con guantes sus manos, no sin antes comer los fideos que le trajeron. Pero además de abrigo y comida, y lejos de la indiferencia, Luis también tuvo oídos que escucharon su historia y, tal vez al exponerla, su testimonio sirva para conocer y entender mejor este aspecto de la marginalidad, para que finalmente la problemática sea abordada en forma integral  y para que nunca más alguien que debería estar en vías de reinserción social, muera de frío.

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