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12/03/2021

Un año de coronavirus: relatos y vivencias desde adentro de una terapia intensiva

Marcos es enfermero del hospital modular, donde desde septiembre se desempeña doce horas cada día. Recuerda los meses críticos como “muy complicados” y de “desborde”.

Un año de coronavirus: relatos y vivencias desde adentro de una terapia intensiva
(Fotos: Qué digital)

Marcos tiene 30 años y hace diez que se desempeña como enfermero en el sistema de salud de Mar del Plata. Pasó por algunas clínicas privadas y desde hace cuatro años trabaja en el Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA). En septiembre pasado, en medio del pico de casos de coronavirus y con un sistema tensionado, se sumó a las becas acordadas con la Municipalidad para desempeñarse, además de sus seis horas en la guardia de HIGA, otras seis en la terapia intensiva del hospital modular, donde se necesitaba cada vez más personal.

A un año de la llegada del coronavirus a Mar del Plata, mira hacia atrás y recuerda aquellos meses críticos como “muy complicados” y de “desborde”. Cuenta cómo tuvieron que aprender a convivir con la muerte de entre dos y tres pacientes por día, cada día, y recuerda que la demanda y la ausencia de trabajadores suficientes era tal que con sus compañeras y compañeros llegaban a trabajar sus doce horas sin parar a comer y a veces sin ni siquiera ir baño.

Hoy, con la realidad epidemiológica más controlada y con un nivel de internación muy por debajo de los niveles de septiembre y octubre, Marcos -ya vacunado con las dos dosis de la Sputnik V– cuenta que se pone contento cada vez que sabe de pacientes con covid-19 que se recuperaron luego de pasar por una terapia intensiva y por un respirador y expresa la alegría que sienten al ver el movimiento en el vacunatorio instalado en la Unidad de Pronta Atención (UPA) Nº13 en el predio del HIGA, que cada día muestra un mayor flujo de personas.

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Desde el pico de la pandemia entre los meses de septiembre y octubre Marcos trabaja doce horas en el hospital modular, donde hay disponibles doce camas de terapia intensiva más otros seis respiradores que, cuenta, llegaron a usarse sólo algunas veces por falta de personal médico y de enfermería capacitado para su implementación.

Cuando abrió el modular a fines de julio del año pasado la necesidad de sumar personal para atender ese refuerzo de camas instalado -a un 50% de la capacidad generada- llevó a un acuerdo entre el gobierno provincial y municipal para que este último otorgara becas a trabajadores de la salud que se sumaran a cubrir esos puestos. A partir de ello Marcos sumó a sus seis horas en la guardia del HIGA otras seis en el modular, que luego se transformaron en doce sólo en el modular.

El enfermero recuerda que por aquellos meses el panorama era crítico porque los casos de internación crecían a un ritmo más que considerable y cuando el hospital modular no tenía espacio suficiente los pacientes aguardaban para pasar allí en la guardia.

“Fueron momentos muy complicados, me acuerdo que trabajaba doce horas sin poder comer algo, sin ir al baño. Había veces que hacía realmente las doce horas completas, se notaba también el agotamiento de las y los compañeros, había muchos que venían sin vacaciones hacía un tiempo y se sentía la carga de seguir trabajando más esa saturación”, relata Marcos.

Y grafica que el nivel de ocupación total del hospital modular implicó en los meses más complejos la atención de numerosos pacientes con cuadros muy graves: “En algunas instituciones suele haber cada dos pacientes un enfermero y acá en un momento estábamos dos enfermeros con doce pacientes, el número era muy grande y se trata de pacientes que requieren muchos cuidados”.

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En aquellos meses de mayor saturación entre septiembre y octubre, Marcos cuenta que entre la complicación en sí de los cuadros y el desborde que implicaba para ellos la atención, siempre intentaron que las y los pacientes no perdieran el contacto con sus familiares y por eso tenían un celular con el cual ayudaban a comunicarse fundamentalmente a aquellos pacientes que comenzarían a utilizar respiradores artificiales. “No es solo el paciente que está ahí sino también la familia que está afuera”, expresa.

El atender los cuadros más complejos generados por el coronavirus y convivir con un alto porcentaje de muertes de pacientes lleva hoy a Marcos y a sus compañeras y compañeros a alegrarse cada vez que conocen de pacientes que tras pasar por una terapia intensiva se recuperan, aunque se trate de casos de lo más lejanos. Y repara en la ausencia de contención psicológica, muy necesaria en aquellos meses críticos a partir de esas “cosas horribles vividas” como consecuencia del peor impacto de la pandemia.

El trabajador dice que, con una situación estabilizada y con niveles de atención mucho más bajos que el pico desatado entre septiembre y octubre, hoy el miedo pasa por volver a aquel escenario de un trabajo por demás desgastante con el peso de todo un año, después del cual por el momento sólo accedieron a doce días de descanso de carácter excepcional y mientras aún esperan novedades sobre las vacaciones.

En paralelo, ver que el vacunatorio instalado en la UPA Nº13 en el predio del HIGA aumenta el caudal de personas que llegan para vacunarse se transforma en un motivo de esperanza. “Vemos el movimiento de gente que llega para vacunarse y eso nos pone contentos”, dice.

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