La técnica

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07/07/2017
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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―Chicos, voy a dirección. Más vale que cuando vuelva los encuentre trabajando ―el profe nos guiñó el ojo y salió.

―Sí, mi general –contestamos. Era nuestro modo de asumir una responsabilidad que nunca respetábamos, y menos con Olivera, quien tenía la manía de ausentarse de sus clases de carpintería. Ni bien cruzaba la puerta empezábamos a tirarnos con todo lo que encontrábamos a mano. Olvidábamos que la complicidad tiene sus límites.

Hacía poco se había incorporado la primera chica a nuestro curso. Las razones por las que terminó ahí era un misterio. Las escuelas técnicas eran un nicho donde sobraba testosterona y oficios que difícilmente se ajustaran a la delicadeza femenina. No se sentía muy a gusto en semejante panorama, a no ser porque el desierto convierte cualquier yuyo en flor preciosa.

―Cuidado ―dijo el Chino―. Al suelo. Estos animales nos van a arrancar la cabeza ―la batalla campal había comenzado.

―Hijo de puta. Ese Gordo sucio está completamente loco ―dije―. Debe juntar y esconder un montón de maderitas en la hora anterior. Nos están matando.

En breve volvería el Profe y nos quedaríamos sin poder desplegar un buen contraataque. Se alzarían con la gloria. Para nuestra sorpresa, tuvimos la mala suerte de que María había quedado de nuestro lado, lo que significaba que el Gordo, ni lerdo ni perezoso, había tomado un integrante más para su batallón, un chico, unas manos con fuerza y dirección, de las que producían esa incesante lluvia de objetos sobre nuestras cabezas. María se había tirado al piso y se cubría la cabeza con las manos. La posición del cuerpo le marcaba el culo, y yo pensé que era imposible calentarse en un momento así. También saqué dos conclusiones. Echarle la culpa de nuestra derrota, o bien jugarla al héroe y frenar el quilombo en su honor. De esa forma tendría chances en las próximas visitas a su casa. Caíamos en banda los fines de semana, nos amontonábamos como perros alzados y la madre nos hacía pasar de a uno y hasta nos tomaba el tiempo y nos hacía retirar del lugar con cara de decepcionada. ¿Acaso buscaba un noviecito para su hija?

―Shh, ey, tranqui―le dije―. No te preocupés. Voy a terminar con esto en un segundo.

Me miró al borde de las lágrimas, percibí también una sonrisita apagada. Tenía que resolver el asunto. Mientras tanto el Gordo y su banda no paraban de humillarnos. Ella no aguantó más y rompió en llanto. Era raro porque durante el desarrollo de los combates estaba prohibido gritar, llamar la atención. Lo único que se escuchaba eran los impactos contra las improvisadas barricadas que nos protegían del fuego enemigo. Todo parecía irreal, una agresividad muda. En cambio ahora se la escuchaba llorar a moco tendido.

Dos de los míos se rindieron y vi que los que quedaban no tardarían en darse por vencidos. No podía terminar con la imagen cobarde de los derrotados.

―Yo te voy a sacar de acá ―le dije. Estaba viviendo una de Chuck Norris. Ella sabría de qué manera corresponderme―. Estos pibes son unos tarados ―dije. Ella me miró y yo supe que sería mía. Abandoné nuestra trinchera construida con malogradas sillas y banquitos, y de modo criminal arrojé un pedazo de madera con punta que dio justo en la frente del Gordo.

Pará animal, le diste durísimo-dijo el Ruso, que lo atajaba con las manos mientras el otro buscaba tomar un poco de aire-. En ese momento entró el profe Olivera. Al ver la escena levantó las manos y empezó a los gritos.

―Qué pasa acá me cago en diez.

Yo hice unos pasos hacia atrás y con cara de ganador la tomé del brazo para que pudiera incorporarse. Ella me miró sin entender, se paró y comenzó a caminar tímida, con la cabeza gacha, buscando al profe con los ojos. El gordo pudo salir de la semi-inconsciencia en la que había quedado después del roscazo que le metí, y en un segundo todo volvió a la normalidad. Era una forma de decir. Olivera nos amenazó con aquello de que la próxima vez no tendría ninguna consideración, sabiendo que varios caminábamos al límite de la cantidad de amonestaciones.

Era la última hora, así que al sonar el timbre sellamos un pacto entre todos.

―A formar al patio, y vos ―dijo el profe y señaló al gordo―, hacete ver ese tajo.

Así eran las cosas, se hablaba directo, había códigos, y hasta María había entendido eso desde el comienzo, y también que, de algún modo, el espacio natural de convivencia entre varones, alumnos y profesores, había sido quebrantado por su sola presencia. Así que, lo mínimo que podía hacer era llamarse a silencio.

Ya en el patio formamos fila como todas las tardes.

―Vení para acá ―me dijo Olivera.

―Qué pasa.

―Andá a tocarle los huevos a la paloma hasta que yo te diga― había una paloma pintada de negrosobre una pared blanca.

―No entiendo.

―Sí que entendés. Andá a tocarle los huevos a la paloma hasta que yo te haga una señal, y después volvés a la fila para que podamos irnos a casa.

―Pero lo hice por ella ―mentí y la miré, confiando en que ella me hubiera escuchado.

Mis compañeros se reían mientras los alumnos de otros cursos se ubicaban en medialuna alrededor del espectáculo. No entendían qué pasaba. Yo sí, el profe también, y los chicos de mi aula ni hablar, especialmente el Gordo forro que se tapaba la herida en la cabeza con un pedazo de papel higiénico. Yo insistí para ver si podía zafar.

―Pero profe…

―Andá te digo, porque si no se arma.

Caminé hasta donde estaba la paloma y extendí la mano derecha a la altura en que imaginé podrían colgar sus inexistentes testículos. La cara me hervía y me debo haber puesto de todos los colores, a la vez que escuché cómo el grupo estallaba de la risa. Olivera mantuvo la cabeza levantada y abrió los ojos como un director de orquesta que decide sostener una nota por un tiempo inusual. Fueron segundos eternos. De repente bajó la cabeza y cerró los ojos. Luego hizo un ademán cortito para que me reintegrara a la fila.

―Muy bien, hora de cantar el himno y de arriar la bandera. María, por favor ―dijo el profe.

Mientras María enrollaba la bandera, noté que me miraba de reojo. Tuve el pálpito de que a pesar de todo me había convertido en su superhéroe, pero también entendí que nunca jamás podría tener algo con ella, tal cual suele pasar en el mundo de los cómics.

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